La Gaceta Jurídica

Perspectiva filosófica de la concepción Derecho

(Parte final)

Foto: flickr.com

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La Gaceta Jurídica / Álex R. Zambrano Torres

00:00 / 21 de mayo de 2013

La actitud de los hombres que se dirigen por esta cosmovisión mítica se enmarcaría dentro de lo que denominaríamos el pensamiento primitivo, la premodernidad, la concepción acrítica, irreflexiva. Aquí el orden tiene sus fundamentos en discursos extraordinarios, supersticiosos, hasta divinos, pero no en discursos racionalmente demostrables.

Esto, sin embargo, no anula la validez del conocimiento mítico, puesto que las sociedades que trajinaban dentro de esta percepción de la vida no pensaban siguiera en que había otra forma de explicar las cosas, bastaba con la expuesta por estos relatos fantásticos. El carácter es altamente acrítico, pero a la vez fantásticamente creativo.

Hay menos capacidad de contradicción, pero mucha agilidad mental para construir respuestas a los hechos de la vida. Se trabaja con el elemento más a mano para explicarlo todo: la mente. La comprobación que es una operación racional está lejos del alcance de las posibilidades de estos individuos. Los hechos y los fenómenos se atribuyen a potencias ocultas, aun los más naturales.

Algo vendría, luego, a erosionar el fundamento mítico de la vida, el mundo, las relaciones sociales, etc., es decir, de la existencia: la escritura. Fue la escritura de estos mitos lo que originó la crítica de los moldes de conducta, de las formas normativas, de la determinación del orden social y jurídico. Y fue, según narran los historiadores, de Homero y Hesíodo (1) –en la cultura occidental– quienes plasmaron por primera vez los mitos en escritos. Con ello había comenzado, toda nuestra historia escrita y la formulación objetiva de la crítica.

Antes de esto el pensamiento, las narraciones míticas estaban formuladas en versiones orales que no se asentaban en ningún cubículo objetivo, sino más bien eran discursos volátiles, etéreos, etc. La escritura permitió el paso hacia el pensamiento crítico, otorgó la posibilidad de contradecir las versiones míticas de la existencia y las relaciones normativas. De esta forma, el modo de transmisión de conocimiento, de orden normativo se transmutó, cambió, etc; el conocimiento se hizo objetivo, visible, perdurable, pero también criticable, refutable, rebatible.

Este suceso –que los mitos volátiles trasmitidos de boca en boca habían sido escritos–, aparentemente tan inofensivo, habría de provocar una enorme transformación en la vida humana. Habíase determinado con la escritura un punto focal, central de donde partirían las fundamentaciones de las relaciones sociales y jurídicas. Desde ese momento la cultura –gran parte de ella– nos viene por medio de los libros, de la palabra escrita, de la delimitadora palabra; pero, a la vez, nos vienen los materiales para refutar esa cultura. La escritura actuaría como método de formación y transformación de los individuos en función de ciertas normas.

Además, a partir de la escritura los conceptos sufrieron ataques más perennes y corrosivos; por ejemplo, los dioses mitológicos habían sido debelados, por Homero, como seres con los mismos defectos atribuidos a los humanos.

La escritura fue el quiebre de lo mítico, su verdugo, el mecanismo que lo hizo erosionable, aquello que le quitó validez, no lo destruyó totalmente, pero sí lo disolvió, le quitó poder explicativo y de conocimiento, etc. Con este fenómeno de objetivización de la palabra, de sistematización material del lenguaje la discrepancia con los mitos era el signo característico; se podía objetar de los mitos porque estos no ya se perdían en especulaciones verbales, sino que quedaban asentadas en representaciones materiales, impresas, lo que los exponía a análisis o examen de sus contenidos y a la constatación de la validez o no de estos contenidos.

En todo esto el Derecho, o lo que más se le asemejaba, venía de los mitos, incluso podría decirse que los mitos surtían efectos de normatividad, pero cuando apareció la escritura ésta era la que justificaba, daba validez a cualquier fundamentación mítica. Es decir, las normas podían basarse en creencias míticas, pero era la escritura lo que hacía a la norma válida y legítima.

Los mitos eran, acaso, explicaciones de orden religioso. Eran relatos que intentaban explicar los principios de la vida. A través de esta visión todas las explicaciones a las interrogantes de la vida estaban ya dadas. A través de los mitos se explicaba, por ejemplo, que había una constante lucha entre bien y mal; lo que suponía que la distancia entre estos dos conceptos (bien y mal) estaban claramente diferenciados. El mito determinaba de alguna manera la participación del hombre en la construcción del mundo. Poniendo otro ejemplo, había poblaciones que hacían sacrificios a los dioses para agradarlos y darles fuerza para combatir las fuerzas del mal. Y, como se sabe, el Derecho también cumple una función de diferenciación entre lo prohibido (el mal) y lo permitido (el bien).

Por otro lado, la concepción mítica, unida a la religión, provocó una importante y determinante influencia en el actuar jurídico, en la normatividad, en la ley de la cultura griega. Las leyes se revestían, por esta concepción de carácter sagrado, sustentada en mitos, o argumentos de esa índole (2).

Este acercamiento a lo sagrado tuvo en la antigüedad una vital importancia: “Durante muchas generaciones, las leyes no estuvieron escritas; se transmitieron de padres a hijos, con la creencia y la fórmula de la oración” (3).

Por último, según esta teoría, los mitos eran el fundamento central para la formulación del Derecho. La historia demuestra esta concepción. El sistema social de organización estaba basado específicamente en las explicaciones míticas. Estos formaban un conjunto de preceptos que funcionaban como conductos, caminos por los cuales dirigir las conductas. Lo que debía o no debía hacerse estaba en los mitos. Así que el Derecho más primario se fundamentaba en estos mitos. La relación íntima entre ordenamiento jurídico y mito demuestra el carácter premoderno de la concepción del Derecho.

El Derecho y la naturaleza o “como la búsqueda de explicaciones en la naturaleza y sus procesos”

Como dijimos, con la aparición de la escritura se hizo posible discutir la validez y verdad de los mitos. Por ejemplo, la mitología de Homero fue discutida porque en sus escritos los dioses aparecían con las mismas cualidades de los hombres, es decir, los dioses eran, también, egoístas, de foco fiar, etc. Fue así que “por primera vez se dijo que quizá los mitos no fueran más que imaginaciones humanas” (4).

Jenófanes (año 570), por su parte, haciendo también una crítica a la cosmovisión del mundo a través de los mitos, explicó su posición exponiendo que la explicación mítica facilitaba el enredo y la confusión o, en todo caso, la inexactitud, la imposibilidad de la coincidencia entre la verdad y la realidad, ¿cómo podían los hombres crearse dioses a su imagen y semejanza? La mitología había planteado esa posibilidad, cosa que Jenófanes no aceptaba como probable. Rechaza el antropomorfismo de los dioses.

Por esa época los griegos fundaron una serie de ciudades estado, cuenta Jostein Gaarder. Y tenían esclavos que hacían todo el trabajo físico. Esto alentó el pensamiento. Si los ciudadanos libres no tenían que trabajar, ¿qué podían hacer? La consecuencia fue natural: pensar. Y lo mejor, pensar por cuenta propia. Esto era ya un rasgo elemental del pensamiento moderno: capacidad de pensar por cuenta propia. Sin embargo, había confluencia de situaciones sociales, personales, sociales. Los esclavos no podían pensar por cuenta propia, lo que determinaba una evidente situación premoderna.

Con la crítica de los mitos como instrumento de certeza, había que encontrar otro fundamento de la existencia. Encuentran un nuevo principio por la cual explicar los fenómenos naturales y, por lo tanto, por los cuales guiarse ellos también. El objetivo cambio de una recurrencia a lo tradicional y mítico a explicaciones naturales. “El objetivo de los primeros filósofos era buscar explicaciones naturales a los procesos de la naturaleza” (5). El principio universal que explicaría de ahí en adelante ya no sería el mito, sino la naturaleza y sus procesos. Entonces intentaron buscar leyes naturales constantes. Se quería entender los procesos naturales, independientemente de las explicaciones míticas. Esta fue una forma cómo la concepción del mundo se independizó del mito e, incluso, de la religión.

El orden mítico había sido arrinconado y el orden natural emergía.

Tales de Mileto intentó explicar la existencia y el mundo de acuerdo a criterios desligados del razonamiento mítico, de la explicación mítica. Con él la orientación mítica se coloca en un lugar apartado y el nuevo factor del pensamiento occidental empieza a darse en la explicación a través del análisis y estudio de la naturaleza y sus procesos (6).

En la cultura griega no había esa preocupación por el origen de las cosas, se pensaba que las cosas estaban ahí desde siempre. Creían en la existencia de leyes universales, las de la naturaleza, y en la necesidad de encontrarlas, descubrirlas, para luego adaptar las conductas humanas de acuerdo a esas leyes universales de la naturaleza, a esos principios. Así que su preocupación estaba enfocada en el proceso, en el movimiento del orden natural. En qué era realmente la naturaleza. Esta preocupación le viene de un fenómeno muy preciso: el movimiento. El movimiento significa cambio o variación. El hombre griego descubre cuatro tipos de movimientos (7). Esto lo pone en una situación riesgosa e incierta ante la vida (8).

Es por esto que el humano empieza a buscar las respuestas en la naturaleza. Se preguntaba, más bien, cómo ocurrían los cambios en la naturaleza. Pensaba que había la materia primaria de donde surgía todo. ¿Cuáles eran? y ¿porqué importaban? Porque de acuerdo a ello establecerían el orden a seguir, el orden en la vida y en las conductas humanas. Era necesario para saber el curso natural, el proceso de evolución de los seres, para poder tener un criterio de certeza con cual conducirse.

Esta búsqueda de respuestas ya no estaba en los mitos, sino en la naturaleza. Los seres humanos dejarían de conducirse (establecer sus normas de conducta) por los mitos para cambiarlos por razones de orden natural. A la vez esta búsqueda de respuestas sólidas estaba dando lugar al pensamiento racional. Podemos aventurarnos a decir que se estaba estableciendo un nuevo tipo de pensar el mundo y las relaciones sociales, incluso diríamos que “los filósofos de la naturaleza dieron los primeros pasos hacia una manera científica de pensar, desencadenando todas las ciencias naturales posteriores” (9).

Por su parte, Parménides pensaba, por ejemplo, que todo lo que hay y existe ha existido siempre, es decir, el orden estaba ya dado de antemano. Pero se aventuró a afirmar aún algo más: que en realidad no podía haber ningún cambio. Aun sabiendo que la naturaleza muestra cambios, éste pensador fundamentó su concepción de inmutabilidad de las cosas en la falencia de los sentidos, es decir en la incapacidad de los sentidos de atrapar real y verdaderamente los hechos o sucesos naturales. Para él los sentidos no eran de fiar, pues podían ser susceptibles de estar percibiendo ilusiones; así que confrontados los sentidos y la razón optaba por la última.

Era un filósofo que se sentía con la responsabilidad de “descubrir toda clase de ilusiones” que pudieran distorsionar el sentido de la vida. Esta dilucidación refleja un pensamiento racionalista, que es el que adoptan, en parte, los procedimientos jurídicos. Las pruebas y los actos probatorios son eso: medios racionales con los que se demuestra un acto, hecho o conducta. La prerrogativa de Parménides intentaba demostrar que el conocimiento de la naturaleza y sus procesos no podían recogerse arbitrariamente por los sentidos.

Por otra lado, Heráclito de Éfeso contradecía la concepción de Parménides y pensaba que “todo fluye”, todo está en movimiento, en constante cambio, evolución. Nada es eterno. Nada es lo mismo. “No se puede descender dos veces al mismo río”. Esta concepción de que nada es lo mismo, de que todo fluye, pone al hombre a pensar que sus normas no pueden ser estáticas, porque no funcionarían en un mundo donde todo fluye. Heráclito propone un fenómeno inherente al mundo y fundamental en las relaciones sociales: la contradicción.

El dice que el mundo es contradictorio, es una playa de contradicciones. Esa contradicción es parte del movimiento o, mejor, lo que produce el movimiento. Si todo es contradicción, el bien y el mal también lo son, pero, ¿existen necesariamente como exigencias recíprocas? Heráclito señala que el mundo está caracterizado por constantes contradicciones y que “tanto el bien como el mal tienen un lugar necesario en el Todo (...) y si no hubiera un juego entre los contrastes, el mundo dejaría de existir” (10).

Este filósofo se inclinaba a pensar que existía una “razón universal” que dirige todo lo que sucede en la naturaleza, común para todos y por la cual todos tienen que guiarse”. Estaba hablando de Dios, de la Ley natural o razón universal. A diferencia de Parménides, creía en las sensaciones, en el cambio, en que todo fluye, en la ley natural, en Dios (11).

Veía en las contradicciones un todo no ideal llamado Dios o Logos (razón). Heráclito pensaba que la virtud consiste en la subordinación del individuo a las leyes de una armonía razonable y universal.

Por su parte, Empédocles (494-934 aC.) trabaja con las concepciones de Parménides y su convicción de que nada cambia, pero sin descartar la teoría de “todo fluye” de Heráclito. Concilió estas dos concepciones arguyendo que en realidad se contradecían, pero que ambas no se anulaban. Explicaba que existen cosas que nunca cambian, como el agua, que siempre será agua, pero que al unirse a otros elementos va formando parte de estos, lo que produce el cambio del que habla Heráclito.

Por consecuencia, tanto nuestra razón como nuestros sentidos son ciertos, funcionan, y no hay que descartarlos. Lo que hay que hacer es conjugar esos dos conocimientos. Para Empédocles había dos fuerzas que actuaban en la naturaleza: el “amor”, que es la fuerza que une y da la base del cambio, de la transformación, y, al contrario de esto existe el odio, que separa (12).

Lo importante de estas apreciaciones es la distinción y los extremos de cada fuerza: el amor y el odio; pero también la relación, lucha de fuerzas que se produce al unir o desunirse los elementos. Se establece una causa y una consecuencia o, al menos, se concreta la idea de la lucha de fuerzas, que es un elemento fundamental en las relaciones humanas, jurídicas. ¿Estas fuerzas “amor”, “odio”, son las que producen la determinación del orden?

Por su parte, Anaxágoras pensaba que hay algo de todo en todo o en algo, pensaba que el mundo está hecho de piezas minúsculas, que estas podían dividirse y que había en ellas algo de todo. Para que se unieran tenía que existir una fuerza. “Anaxágoras se imaginaba una especie de fuerza que “pone orden” (13).Quién formuló la Teoría Atómica (14), Demócrito, “pensaba que había una causa natural en todo lo que ocurre, una causa que se encuentra en las cosas mismas” (15). Para este filósofo había siempre una causa natural en todo lo ocurrido, por lo cual aspiraba a descubrir las leyes de la naturaleza. Y fue él quien puso fin, al menos temporalmente, a la filosofía griega de la naturaleza (16).

Notas

1. “Hesiodo (...) pretende narrar cómo se ha configurado y ordenado el mundo o la genealogía de los dioses; hace una teogonía, cuenta un mito”, Marías, Julián. Historia de la Filosofía. Madrid, Ediciones Revista de Occidente, 1974, 26ª Edición, p. 12.

2. “Por otra parte, excepción hecha de los sofistas, el pensamiento griego estuvo impregnado del carácter sagrado de las leyes que, basadas en las más antiguas tradiciones, aparecían como nimbadas de creencias religiosas”, Du Pasquier, Claude. Introducción al Derecho. Lima, Edinar, 4ta. Edición 1990, p. 180.

3. Coulangues, Miguel. La ciudad antigua, pp. 209.

4. Gaarder, Jostein. El mundo de Sofía. Madrid, Ediciones Siruela, Grupo Editorial Norma, 1995, p. 31.

5. Ibídem, p. 31.

6. “Se conviene en considerar a Tales de Mileto, quien vivió aproximadamente entre los años 624 y 546 aC, el primer pensador que se propuso dar una explicación del mundo según criterios independientes de la reflexión mítico-religiosa tradicional. Si bien la orientación de su pensamiento no pudo ser totalmente extraña a esa tradición, en él ésta ya define la orientación general del pensar filosófico”, Salazar Bondy, Augusto. Iniciación filosófica, Lima, Editorial Universo SA, Tercera edición, 1967, p. 44.

7. Estos son: 1. El movimiento local, el cambio de lugar; 2. El movimiento cuantitativo, es decir, el aumento y la disminución; 3. El movimiento cualitativo o alteración; y 4. El movimiento sustancial, es decir, la generación y la corrupción. Marías, Julián. Op. cit., p. 12.

8. “Todos esos movimientos (...) perturban e inquietan al hombre griego, porque le hacen problemático el ser de las cosas, lo sumen en la incertidumbre, de tal modo que no sabe a qué atenerse respecto de ellas. Si las cosas cambian ¿qué son de verdad? Si una cosa pasa de ser blanca a ser verde, es y no es blanca; si algo que era deja de ser, resulta que la misma cosa es y no es. La multiplicidad y la contradicción penetran en el ser mismo de las cosas; el griego se pregunta entonces qué son las cosas de verdad, es decir, siempre, por detrás de sus muchas apariencias. Apela de la multitud de aspectos de las cosas a su raíz permanente e inmutable, superior a esa multitud y capaz de dar razón de ella. Por esto, lo verdaderamente interesante es la pregunta inicial de la filosofía: ¿qué es de verdad todo esto, qué es la naturaleza o principio de donde emerge todo?”, Marías, Julián. Op. cit., p. 12.

9. Gaarder, Jostein. Op. cit., p. 38.

10. Ibídem, p. 42.

11. “Para Heráclito, Dios –o lo divino– es algo que abarca a todo el mundo. Dios se muestra precisamente en esa naturaleza llena de contradicciones y en constante cambio”, Gaarder, Jostein. Op. cit., p. 42.

12. “Empédocles pensaba que tenía que haber dos fuerzas que actuasen en la naturaleza. Las llamó ‘amor’ y ‘odio’. Lo que une las cosas es ‘el amor’, y lo que las separa, es ‘el odios’”, Gaarder, Jostein. Op. cit., p. 46.

13. Ibídem, p. 47.

14. Según la teoría atómica de la materia de Demócrito todas las cosas están compuestas de partículas diminutas, invisibles e indestructibles de materia pura.

15. Gaarder, Jostein. Op. cit. p. 35.

16. Ibídem, p. 55.

Es abogado titulado en la Universidad Privada de Tacna, Perú.

Tomado de: alexzambrano.webnode.es

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