La Gaceta Jurídica

Reflexiones sobre el ejercicio de la abogacía

(Parte final)

Foto: mind42.com

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Carolina Loayza Tamayo* Alberto Che-Piú Carpio**

00:00 / 06 de septiembre de 2015

El ejercicio de la abogacía que se nos muestra

La película que comentamos (El abogado del Diablo) nos muestra que la profesión del Derecho está en crisis en cuanto a valores se refiere. Presenta al abogado exitoso como aquel que gana los casos sin importar lo despreciable de los cargos que se imputen al cliente y sin importar su inocencia o culpabilidad, pues su defensa solo se dirige a exonerarlo de responsabilidad o de satisfacer sus intereses más allá de su legalidad o no.

¡Yo gano! ¡Yo siempre gano!, resume la posición del abogado Lomax, porque ganar es sinónimo de éxito y éxito es sinónimo de dinero. No importan los medios que se emplee para ganar, si son los debidos o no, no interesan los medios sino los resultados.

La pregunta de ¿cómo se siente empujar al jurado hacia la duda razonable? recibe como respuesta que “es el momento de disfrutar el éxito, no es el momento de los escrúpulos”. Los resultados se dirigen a los valores determinados por un sistema mercantilista, ajeno a la moral y a la solidaridad, es decir a los valores negativos que, en realidad, no ayudan a una mejor convivencia en sociedad.

Se dice que la pobre enseñanza en las facultades de Derecho es una de las causas de la crisis de valores en la profesión jurídica. En realidad, dicha crisis se remonta, en primer lugar, a la formación personal que todo potencial alumno de las facultades de Derecho –y todo futuro profesional– recibe en sus hogares (1) y, en segunda instancia, a la crisis de la enseñanza misma del Derecho que los alumnos reciben en las universidades.

Para lograr modelos y paradigmas personales del abogado correcto que desea un derecho más justo y, por ende, una sociedad más justa, queda una tarea concienzuda de parte de todos nosotros como padres de familia, como ciudadanos y como abogados.

En efecto, no podemos negar que las universidades tienden a la superproducción de abogados dirigidos a insertarse a un mundo donde prevalecen valores contrarios a los que desea una sociedad con justicia, contrarios a lo que determinan los valores positivos, tales como el poder económico, la vanidad, el individualismo, la falta de honestidad y el éxito, sin importar los medios. Se trata pues de un mundo donde, si bien sobran abogados, faltan modelos a seguir (2).

Según el doctor Cuadros Villena, el descenso ético de la abogacía no es sino el resultado del incumplimiento de las normas morales que regulan su ejercicio y la conducta privada del abogado. Pero el problema es indudablemente mucho más profundo y cala en la esencia misma de las relaciones sociales, en la propia naturaleza del Derecho y en la ética general de la sociedad.

Es que la abogacía, como parte de la conciencia social, corresponde necesariamente a la estructura de la sociedad y a la naturaleza del Derecho que esa estructura produce (3). Por ello, cabe preguntarnos, ¿acaso esta crisis de la profesión jurídica no corresponde también al comportamiento de toda la sociedad, a la falta de valores positivos en ella?

Si se quiere recuperar la imagen del abogado es necesario incidir en su formación y dirigirla a enriquecer la calidad personal del futuro profesional, la calidad moral donde las normas éticas, el deber ser sean las metas a alcanzar en el ejercicio de la profesión. Es necesario abogados con vocación solidaria, responsables de su rol en la sociedad.

Sin duda, el título de abogado confiere una jerarquía intelectual y una dignidad social. El abogado de hoy, sabedor de su dignidad, debe luchar constantemente por afianzar el Derecho, la justicia, el progreso, la libertad y la paz social (4). El patrimonio principal del ser humano es su dignidad y no hay dignidad segura sin justicia que lo ampare.

Ser abogado significa constituirse en un fiel custodio del régimen constitucional, en un defensor abnegado de los derechos humanos, en un combatiente contra las injusticias sociales y toda la actividad lesiva al ser humano.

Por tanto, toda profesión, no solo la del abogado, es un ejercicio habitual y continuado de una actividad laboral desarrollada, que se ejercita luego de haber cumplido ciertos requisitos, entre los cuales está haber aprendido satisfactoriamente los elementos esenciales de carácter científico y con la finalidad de servicio a la colectividad y a la propia persona y familia de quien lo ejercita.

En “El abogado del Diablo” hay una honda reflexión frente a la toma de conciencia de elegir la justicia no en función al interés particular, sino al interés social. Hay tres situaciones claras que se nota en esta historia:

La relación defensor-cliente

El ejercicio profesional del abogado en la relación defensor-cliente está basado íntegramente en la versión del cliente y se sustenta en la confianza. De este modo, el abogado cree de buena fe en la versión de su cliente que la sustenta en los medios probatorios; a partir de ello, elabora una estrategia de defensa basada en sus dichos y a las pruebas que posee.

El abogado no puede, erróneamente, considerar que la contratación de su servicio profesional implica per se una obligatoria defensa al margen de la verdad, por el hecho del pago de los honorarios profesionales. Su ejercicio profesional está limitado por la verdad real que él deberá sustentar observando principios éticos y jurídicos.

La relación cliente-defensor

Esta situación se refiere a la conducta del cliente, que puede suponer que por haber contratado los servicios de un abogado dichos servicios deben ceñirse a “su verdad” sin tener en cuenta los principios éticos ni la verdad real ni la justicia.

La frase del cliente “tú eres mi abogado, tienes que defenderme”, pretendiendo su absolución a sabiendas de que no es inocente, no significa para el abogado el ejercicio de una defensa incondicional. En este caso, la exigencia del cumplimiento de las normas de la ética debe recaer no solo en el abogado, sino también en el cliente. Ningún cliente puede pretender que, frente a una situación de culpabilidad, su abogado tenga la obligación de demostrar una inocencia inexistente.

La conducta del cliente guarda relación con la conducta de los abogados. En este tipo de situaciones todo profesional del Derecho debe no solo cumplir sus obligaciones, sino también propiciar que su cliente cumpla sus obligaciones jurídicas y éticas, solo así el abogado se transformará en útil instrumento de pacificación, de perfeccionamiento individual y social (5).

En cualquiera de ambos casos, el abogado enfrenta una disyuntiva: reducir su ejercicio profesional a la defensa de intereses particulares al margen de la justicia o conservar los principios que animan su profesión observando los principios de justicia que buscan dar a cada uno lo que le corresponde y, en ese caso, defender los intereses de su cliente en conjunción con los intereses de la justicia.

Alcanzar la justicia por el abogado desde la perspectiva de la defensa comprende la absolución de su cliente de ser inocente o su condena si es culpable, pero con la imposición de una pena que corresponde al nivel de su responsabilidad, para ello deberá tener en cuenta las circunstancias de la comisión del delito, su responsabilidad en el acto o no, la ausencia de dolo, la negligencia, las circunstancias atenuantes, etc.

Cuando se logra imponer una falsa inocencia a través de medios lícitos –crear una duda razonable– e ilícitos –pruebas falsas– se atenta contra la sociedad misma, pues se le está negando su derecho a sancionar conductas desviadas y, por ende, a mantener la tranquilidad social. En consecuencia, se favorece la impunidad.

En efecto, al ser la sociedad humana una forma solidaria de existencia, en la que la actividad de cada uno se coordina en sus aspectos básicos con los demás, la actividad de los unos resulta de un modo u otro apoyando o ayudando a la de otros, intencionalmente o no.

En función a ello, lo que haga un individuo va a repercutir en la sociedad donde se desenvuelve, desde este punto de vista debe entenderse que la profesión del abogado no es sino una forma especializada de servicio a los demás. Supone hacer por ellos lo que no saben o no pueden hacer por sí mismos. Los abogados actúan, por ejemplo, como “voceros”, “razonadores en pleito ajeno”, “peritos” en materia jurídica (6), etc.

La relación del abogado con el Derecho

El abogado debe aceptar una defensa con convicción y tratará de ganar el proceso en el contexto de la verdad de su cliente, quien se la ha encomendado más allá de los honorarios. Aquí el abogado se enfrenta a dos caminos: la justicia y el llamado “éxito profesional”, esto es, no errar, no fracasar, solo ganar los casos que representa en el sentido de su argumentación.

Entre la justicia y el éxito profesional que satisface el ego personal, el abogado de la película que comentamos elige –en un primer momento– la figuración personal buscando presentar al cliente como víctima, generando la duda ante el jurado para conseguir la justicia disfrazada.

De este modo, el éxito del abogado está condicionado a satisfacer sus expectativas personales, dejando de lado el rol que la sociedad le ha conferido. La inocencia disfrazada no es un triunfo, es un triunfo disfrazado.En este caso, debido a los valores alejados de todo sentido humanitario y social, el éxito del profesional se mide en función de la mejoría material de su estatus profesional; es decir, medido en dinero y en el poder que éste te posibilita dentro de la sociedad. El abogado, en este caso, es infalible sin considerar los medios, importándole solo los resultados. Así el Derecho se deshumaniza.

Siendo el Derecho solo un mecanismo para alcanzar la justicia, depende de quiénes y cómo lo usen para conseguir dicho fin, por lo tanto, no hay que olvidar que del individuo, como operador del Derecho, depende de que se alcance la justicia. Las leyes por sí solas no son justas, hace falta la acción del ser humano.

Con esto no queremos decir que la abogacía se ejerce por “pura” vocación y nada más (aunque sea requisito muy importante), sino también para satisfacer nuestras necesidades, pues no puede negarse un principio de productividad económica en todas las ocupaciones humanas.

El abogado es un profesional que necesita ganarse el sustento; sin embargo, debe equilibrar su ejercicio con el desinterés, el cual no debe ser entendido como una exagerada generosidad.

Este desinterés está referido al aspecto económico que no corresponda al de los honorarios correctamente devengados; por lo tanto, no está referido a cualquier otro interés concomitante que se le ofreciera al margen de dichos honorarios y a todo lo que no corresponde al ejercicio digno de la profesión. De ser así, podría devenir en un mero ánimo del lucro e influir negativamente en su toma de decisiones y en su independencia profesional (7).

No hay que olvidar que el abogado es siempre y, ante todo, la persona que debe combatir “por el Derecho” con un espíritu de desinterés que es necesario entender en el sentido más elevado de la palabra. Su misión no es un comercio del Derecho, sino un servicio al Derecho.

Cabe recalcar que no debe buscar el éxito del pleito para solo ganar dinero, sino, principalmente, para el triunfo de la justicia. Esto no quiere decir que el abogado deba abandonar toda ambición y logro personal. Si esto fuera así, no seríamos abogados, sino santos.

Le es lícito al abogado perseguir su mejoramiento económico a través del ejercicio de la profesión que ha elegido, pero es necesario al tener en cuenta su interés personal considerar siempre el interés del cliente a quien defiende y el de la sociedad. Todo ello se expresa en el bien común.

El desinterés que debe caracterizar al abogado no consiste en el desprecio del provecho pecuniario, sino en el cuidado de que la perspectiva de tal provecho no sea nunca la causa determinante de ninguno de sus actos; pero le impide enriquecerse de cualquier forma a costa del cliente o de la parte contraria.

El ejercicio de esta profesión labra, indiscutiblemente, el bienestar individual, pero el bienestar individual aislado de todo otro sentimiento humanitario o de todo otro anhelo colectivo, resulta la expresión de un egoísmo perjudicial para los intereses de la colectividad (8).

De los honorarios de los abogados

Respecto a los honorarios del abogado, no está demás explicar sus orígenes. Entre los pueblos primitivos el ejercicio de la abogacía fue gratuito. En los primeros tiempos de Roma la defensa era ad honorem, pero, con el transcurso del tiempo, se generalizó la costumbre de pagar a los defensores.

Quizás estas costumbres degeneraron en el abuso. En algunos países, por ejemplo Alemania, los honorarios deben fijarse de acuerdo con “aranceles de abogados”, aunque pueden también pactarse convencionalmente. A falta de arancel o de pacto, o cuando se señala una suma indebida, la práctica legislativa ha establecido que sea el criterio de los tribunales el determinante.

Muchas veces sucede que el monto de lo litigado puede definir la importancia, la fama del pleito o de la gestión, pero no la índole de la labor profesional.

Las actuaciones judiciales pueden determinar el monto de los honorarios, pues constituyen un signo del ejercicio profesional, pero no refleja necesariamente la efectividad del servicio, que puede lograrse con pocas actuaciones.

El éxito en el proceso constituye una indiscutible ventaja lograda a favor del cliente, pero tampoco es índice de esfuerzo, porque una causa puede ser ganada por la calidad del derecho defendido, por la naturaleza incontrovertible de la prueba preparada por el abogado o por la sencillez del asunto.

Otros temas planteados

En la película se esbozan el bien y el mal, el libre albedrío, la familia, el género, etc. Se presenta también un problema de la fe, éste nos lleva a reflexionar sobre la posición que debe tomar el ser humano entre el bien y el mal.

Al margen de las creencias religiosas (9), y sin ánimo de herir susceptibilidades, algunos consejos dados por “el Diablo”, resultan interesantes, por ejemplo cuando señala que “el libre albedrío” debe ser utilizado en forma responsable, pues hay que ser consecuentes con el uso de esa libertad. Ello, sin perjuicio que la fe cristiana, está basado también en la libertad.

Cuando en la cinta el jurista se defiende y dice: “soy un abogado”, como una forma de justificar su conducta inmoral, dando a entender que su profesión le impedía elegir, él se equivoca, pues el uso del libre albedrío encuentra su fundamento en la libertad.

El abogado, libremente, eligió ser un soldado de la justicia. En consecuencia, eligió hacer uso de esa libertad en función de valores positivos. Cuando busca alcanzar esos valores, está buscando el bien social, ya que la justicia particular va de la mano con la justicia que busca la sociedad toda.

Se nota la confusión que existe en la mente de todo abogado amoral o inmoral, que se funda en la idea de que su trabajo consiste solamente en que siempre debe ganar, sin importar el medio o de negar la verdad o la justicia.

Si bien la profesión jurídica es fuertemente competitiva, donde supuestamente es mejor quien gana un litigio sin tener en cuenta cómo lo hizo, ello obedece a la distorsión ética antes mencionada. La relación del abogado consigo mismo, dejando de lado la justicia y, por ende, el sentido de la solidaridad, es pues, un tema motivo de reflexión. El trabajo del abogado no es ganar, es buscar justicia.

La película nos presenta a un abogado que busca el éxito por la familia, pero que en este afán se aleja de ella por el éxito personal, fama, dinero, fortuna poder. La familia es la célula básica de la sociedad, el primer cobijo del individuo, en consecuencia, su valor es inconmensurable para el desarrollo del ser humano y de la sociedad.

Cuando se deja de lado a la familia por los intereses materiales, el individuo atenta contra sí mismo.

También se puede apreciar una distorsión del rol femenino en la sociedad. La película, en su perspectiva religiosa del bien y el mal, presenta a la mujer como sinónimo de mal y de las más bajas pasiones, recurriéndose a prejuicios históricos sobre la mujer y su responsabilidad en las decisiones del varón.

Se trata de una visión parametrada que deja entrever la imagen de la mujer asociada al “mal” –demonio– y su posición de gran influencia sobre el hombre, la que, en todo caso, sería en ambos sentidos.

La realidad es que cada persona tiene la plena libertad para tomar sus propias decisiones, en ella radica la riqueza del ser humano, que no necesita de sugerencias para tomar el camino debido, pues los principios éticos son inherentes a su razonamiento, es su capacidad de decidir sobre la base de su libre albedrío lo que le ayudará a decidir qué camino tomar.

A manera de conclusión

Los valores éticos son inherentes al ser humano. La conciencia del hombre siempre está y estará presente para evaluar todas las acciones de la vida, se trata del contenido del sentido común de todo individuo.

Si bien “la ley nos da acceso a todo, la ley es poder, es el paso supremo” (10); no debemos olvidar que la ley la hacen los humanos y, en consecuencia, es perfectible.

De tal forma, el poder está en los humanos y en su libre albedrío, que se legitima cuando se ejerce en función del bien común.

Solo así la ley será justa y se constituirá en un verdadero poder que los abogados deben coadyuvar a respetar, lo cual no solo forma parte de su compromiso con la sociedad, sino también el que tienen consigo mismos, sea por vocación o por formación.

Notas

1. Vemos cómo el abogado Lomax de la película en mención, finalmente, decide por los principios adquiridos en su hogar a través de su madre, es decir que muchas veces aquello que se inculca en el hogar influye decididamente en la vida profesional.

2. Monroy Gálvez, Juan. “¿Cómo se forma (o deforma) un abogado?”. En el Comercio de Lima, Perú. Opinión, 28 de febrero de 1999.

3. Ob. cit., pág. 40.

4. Viñas, Raúl. “Ética de la abogacía y de la Procuración”… Separata de ética

5. Ibíd.

6. Llerena Quevedo, ob. cit., Separata de Ética.

7. Martinez Val, José Ma. Ética de la Abogacía. Bosch, Barcelona, 1987, pág. 64.

8. Castillo Dávila, Melquiades. “Deontología Forense”, Separata de Ética.

9. La autora es católica.

10. Frase textual del “Diablo” en la película.

*    Es abogada con estudios de maestría y profesora asociada de Derecho Internacional Público y Derecho Internacional Humanitario de la Universidad de Lima, Perú.

**    Es abogado y fue asesor del Tribunal Constitucional de Perú.

Tomado de: blog.pucp.edu.pe

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