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Salida al mar, perspectivas de solución

Las gestiones presidenciales de Chile han girado en torno a la herencia institucional de Pinochet.  Foto: es.wikipedia.org

Las gestiones presidenciales de Chile han girado en torno a la herencia institucional de Pinochet. Foto: es.wikipedia.org

J.C. Cartagena y Nadine Briatte

00:00 / 16 de diciembre de 2015

Desde el fin de la Guerra del Pacífico (1879-1883), Bolivia, que perdió su litoral en beneficio de Chile, no ha cesado de reclamar la recuperación de una salida soberana al mar. En ese conflicto, Perú también perdió territorios: la provincia de Tarapacá, hoy al extremo norte de Chile.

La reivindicación boliviana nunca se ha debilitado. Hace diez años, incluso, se ha intensificado proporcionalmente con el creciente prestigio de ese país gracias a una estabilidad política y un crecimiento económico sostenido, ganado después de la elección del presidente indígena Evo Morales.

Habiendo fracasado en 2013 todas las negociaciones emprendidas en diferentes épocas, Bolivia ha interpuesto un recurso ante la Corte Internacional de la Haya para que obligue a Chile a negociaciones serias afín de encontrar una solución.

Históricamente Chile se ha sentido superior a su vecino del noreste, por eso el problema de la recuperación de la salida al mar boliviana no ha sido tratada de manera seria por las autoridades chilenas. Dado el volumen enorme de textos jurídicos a los que referirse, parece paradojal que Chile no haya sido capaz de resolver este diferendo satisfaciendo a los implicados.

La diplomacia chilena no ha estado tampoco a la altura de las exigencias de la situación. Desde que la reivindicación boliviana se ha hecho insistente, Chile ha desarrollado sistemáticamente razonamientos que más parecen frutos de la improvisación y mantras invocatorios que verdaderos argumentos.

Durante años, los chilenos han proclamado que se trataba de una cuestión exclusivamente bilateral. Sin embargo, toda negociación, incluyendo los territorios del norte de Chile –antiguas posesiones de Perú–, debe contar con su aval. Evidentemente, el problema no es exclusivamente bilateral. En 1978, la solución de un corredor pegado a la frontera peruana no pudo concretarse pues el vecino del norte se opuso.

La cancillería chilena no ha cesado de repetir que los acuerdos y tratados son intangibles y que están firmados de una vez y para siempre. Una especie de “fin de la historia” a la chilena. Aquí tampoco la posición suya convence. Los protocolos, acuerdos y tratados sobre el asunto entre los dos países son numerosos (una lista somera incluye los de 1874, 1886, 1895 y 1904), cada uno remplazando o complementando el precedente.

Por último, los responsables chilenos han repetido sin cesar que no habría más problemas con Bolivia, pues Chile garantiza, según el acuerdo de 1904, acceso permanente a las costas. Olvidan, sin embargo, en qué condiciones de inferioridad Bolivia tuvo que negociar este tratado y que el acceso a los puertos chilenos, de las mercaderías bolivianas, está lejos de ser garantizado.

El tráfico sobre la línea ferroviaria entre Arica y La Paz está interrumpido desde 1977 y bastó una huelga de los estibadores chilenos en los puertos privatizados por las políticas neoliberales para que la “garantía” chilena sea suspendida como ocurrió en diciembre de 2013. Esto sin mencionar la prohibición de hacer transitar armas entre 1932 y 1935, durante la Guerra del Chaco, o el embargo sobre las mercaderías de 1952 a 1953, prohibición y embargo decretados por las autoridades chilenas.

Así, con insidia, las alegaciones chilenas se han descalificado a sí mismas dejando el campo libre a los razonamientos de Bolivia y, de hecho, la estrategia boliviana de promover su posición en el concierto de naciones no ha cesado de cosechar frutos.La situación chilena

Hay que buscar las razones de la desenvoltura del trato de este litigio en la idiosincracia de la nación. Chile está convencido de que el recurso último para arreglar este diferendo es la fuerza. En efecto, sus fuerzas armadas (ffaa) se posicionan en tercer lugar en América Latina, de acuerdo a su potencia, su tamaño y su presupuesto (este es equivalente al de Argentina y Perú reunidos), detrás de Brasil y México, países harto más poblados y económicamente importantes.

Esas FFAA están marcadas por el nacionalismo, el chovinismo y el anticomunismo de los que la dictadura de Pinochet las ha impregnado desde 1973 adoptando la Doctrina de Seguridad Nacional, forjada en las academias de guerra de Estados Unidos.

En los regimientos chilenos se enseña que, aparte de los marxistas, los tres países limítrofes del subcontinente (Chile posee también una frontera lejana con Francia gracias a la isla de Pascua, a través de la Polinesia francesa (1)), son enemigos que hay que eliminar. Es esta doctrina legada por Pinochet que domina en la actualidad.

La importancia que Chile concede a la fuerza es histórica y su escudo es revelador de ésta en su mentalidad: “Por la razón o la fuerza”. Las ffaa chilenas se complacen de repetir que es un “ejército vencedor, jamás vencido”. Sin embargo, la mayor parte de las batallas, las ffaa las han ganado contra los habitantes de su propio país. Desgraciadamente, la historia chilena está sembrada de convulsiones más bien provocadas por la fuerza que por la razón y acompañadas de su cortejo de masacres perpetradas por las ffaa.

Para señalar solo las más importantes: 1884 (pacificación de la Araucanía), 1891 (derrocamiento y suicidio de Balmaceda), 1907 (masacre de Santa María de Iquique) y 1973 (golpe de Estado contra Allende).

La declaración del exministro de la defensa, Jaime Ravinet, replicando después del rechazo a la objección chilena por la corte de La Haya, en la cual provocaba a Bolivia y la desafiaba a venir a buscar una salida al mar por la fuerza, prueba en que dominio la reacción chilena se encuentra más a gusto.

Las recientes maniobras militares cerca de la frontera de Perú y Bolivia tienen un mensaje subluminal.Las razones bolivianas y los desafíos a vencer

Las aspiraciones que levantó el plan de 13 puntos firmados por los dos países en el primer mandato de Michelle Bachelet (2006-2010), que comprendía un arreglo a la salida al mar de Bolivia, fueron abortadas por decisión del siguiente presidente, Sebastián Piñera en 2010.

El gobierno boliviano, decepcionado de ver sus demandas rechazadas, tomó la decisión de acudir al Tribunal de La Haya sin tener en cuenta, tal vez, la dinámica difícil que vive Chile desde 1973. En efecto, la dictadura de Pinochet, que se prolongó durante diecisiete años, modificó profundamente la mentalidad inoculando en el imaginario popular los “valores” más retrógrados de individualismo y de chovinismo. Hasta ahora estas ideas predominan en la sociedad chilena. Los comen- tarios insólitos, negativos y agresivos difundidos por las redes sociales con motivo de la inauguración, por una comuna comunista –Recoleta–, de una farmacia que distribuye remedios a precio de costo en beneficio de todos, corrobora la existencia de una posición ideológica extremista y obstusa, en despecho del buen sentido, en el seno de la población.

El recurso hecho al Tribunal de la Haya y la campaña de promoción internacional boliviana han tenido dos efectos. Uno positivo: el apoyo internacional a la postura boliviana aumentó con apoyo llegado de todos los horizontes. El otro negativo: aparte de las actitudes solidarias, pero minoritarias hacia las aspiraciones bolivianas en la sociedad chilena, la gran mayoría de los chilenos se replegó en el chovinismo y la xenofobia frente a lo que ellos consideran una agresión.

La ola chovinista que ha azotado el país después de la decisión del Tribunal de la Haya del 24 de septiembre de 2015, de declararse competente sobre este litigio, rechazando la reclamación chilena, muestra el estado de espíritu de la población.

Los cambios de mentalidad serán forzosamente lentos y deberán ser acompañados de transformaciones en las ins- tituciones y en la legislación que administran la vida de los chilenos.Las condiciones y las perspectivas de solución

La última batalla de Bolivia para reencontrar una salida soberana al océano Pacífico ha comenzado. Esta se desarrollará no sobre el terreno de las armas, sino sobre los terrenos jurídico, diplomático y político en los que Bolivia está mejor posicionada. Este conflicto no será resuelto, como lo pretende el escudo chileno, por la fuerza, sino por la razón y, únicamente, por ella.

La condición para el arreglo de este diferendo es una transformación de la mentalidad de la gran mayoría del pueblo chileno, una evolución más o menos rápida de valores individualistas a una consciencia más generosa, responsable y colectiva, incluso más allá de la vida interna del país.

Quienes obran para sustraer al país de la hegemonía reaccionaria impuesta por Pinochet actúan en sentido correcto y, por el momento, las más grandes transformaciones en las instituciones pinochetistas no han sido realizadas y no pueden provenir en el futuro próximo más que del gobierno de la Nueva Mayoría, apoyándose sobre las reivindicaciones sociales.

Entonces, atacar al gobierno chileno bajo pretexto de que no avanza suficientemente rápido revela precipitación, impaciencia e incomprensión de la dinámica en curso.

Por otro lado, la polémica, a menudo contra-productiva desde donde venga, no puede crear un ambiente favorable a la comprensión y, en consecuencia, a una solución del litigio. Desde 2013, fecha de la remisión a la Haya, la guerrilla de declaraciones de las dos partes no ha amainado. En el estado actual de las cosas, podría ser perjudicial la causa boliviana.

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