La Gaceta Jurídica

Transgénicos para la soberanía alimentaria, una propuesta inédita

Los Estados que abrazan la tecnología transgénica pierden soberanía alimentaria pues merma su capacidad de controlar y regular la producción doméstica de alimentos.

La Razón (Edición Impresa) / Enrique Castañón*

00:00 / 30 de diciembre de 2015

En los últimos meses, representantes del agronegocio cruceño y expertos en comercio internacional se han reunido bajo el rótulo de contribuir a la soberanía alimentaria del país. Estos eventos fueron espacios para promover su visión particular sobre el agro y, fundamentalmente, plantear demandas sectoriales ante el Estado.

Los empresarios del agronegocio plantearon la necesidad de introducir nuevas variedades transgénicas en el país. “En Argentina obtienen 200 quintales de maíz transgénico con una tierra más frágil que la nuestra y nosotros sacamos solo 80 quintales”, afirmó Edilberto Osinaga, gerente general de la Cámara Agropecuaria del Oriente (cao).

Apelar a visiones productivistas ortodoxas resulta siempre un argumento poderoso, al fin y al cabo, ¿quién puede estar en contra de que suban los rendimientos agrícolas en el país? Que esto se logre simplemente con el uso de transgénicos es una pregunta abierta, más aún si se considera que a 10 años de la introducción de soya transgénica en Santa Cruz este no ha sido el caso.

Los datos de la propia cao muestran que el rendimiento de soya en este periodo se estancó en el nivel más bajo de toda la región (aprox. 1,9 Ton/ha). Lo que se logró con la soya transgénica es reducir los costos de producción e incrementar la ganancia, pues el agronegocio es hacer dinero y su relación con la alimentación es colateral debido a la naturaleza de las mercancías que son producidas.

El uso de transgénicos es cuestionado a nivel global en base a evidencia científica respecto a sus impactos nocivos sobre la salud y el medioambiente: cáncer y pérdida de biodiversidad son los elementos más preocupantes.

Pero, propongo considerar la introducción de transgénicos como una pérdida de soberanía ante las transnacionales, pero postularla desde la soberanía alimentaria resulta una propuesta inédita, por decir lo menos. El marxista inglés Henry Bernstein argumentó que el problema central con los transgénicos no reside en la tecnología en sí, sino en el control oligopólico que los capitales transnacionales ejercen sobre estos con el fin de subsumir la agricultura dentro de sus procesos de acumulación de capital.

Se debe comprender la problemática de los transgénicos en su contexto más amplio por eso es pertinente pincelar elementos históricos que han marcado la economía política alimentaria global. En los años 40, la productividad laboral y agrícola en las granjas capitalistas del norte aumentó por los avances de la agroquímica; esto amplió la brecha productiva respecto a los pequeños productores campesinos del sur.

El aumento derivó en la sobreproducción. A falta de demanda efectiva, la respuesta de Estados Unidos fue la creación de un nuevo régimen alimentario global para acomodar sus excedentes agrícolas en forma de “ayuda alimentaria”. Esta medida se constituyó en un elemento central de su política exterior, principalmente durante la guerra fría.

Para Harriet Friedmann, la subvención a la producción agrícola y el manejo selectivo de su comercialización en beneficio de algunos países y corporaciones del norte son elementos que permiten hablar de un régimen alimentario de corte “mercantil-industrial”. La estabilidad de este régimen, sin embargo, duró unas cuantas décadas, pues colapsó paulatinamente a consecuencia de dos principales dinámicas.

Por un lado, el levantamiento del embargo que Estados Unidos tenía hacia la Unión Soviética da paso a que grandes cantidades de cereales estadounidenses sean destinados a este nuevo mercado, lo que, a su vez, produjo una repentina escasez de granos en el mercado global con la consecuente subida de precios. Por otro lado, la geografía de la producción industrial de alimentos se vio reconfigurada con la incursión de Argentina y Brasil –principalmente a través del cultivo de soya– esto dinamizó la competencia en el mercado mundial y erosionó la lógica mercantilista.

Para inicios de los años 70 las presiones sobre el régimen mercantilista y la emergencia de la globalización neoliberal dieron paso a la formación de un nuevo régimen alimentario en sintonía con los cambios en la economía política global. En este nuevo régimen alimentario, aún vigente, las corporaciones transnacionales tienen rol protagónico por el acrecentamiento de su poder y control sobre las cadenas productivas agrícolas.

En particular, el capital transnacional se ha concentrado en la producción de inputs agrícolas (semillas transgénicas, agroquímicos, maquinaria, etc.) y en la distribución y comercialización de los productos u outputs, siendo el ejemplo más claro las cadenas de supermercados. Así, es posible afirmar que estas transnacionales pasaron a organizar las condiciones de producción y consumo alimentario a nivel global y lo hicieron en función a sus intereses corporativos.

No obstante, en el campo de la producción el capital encontró barreras para su penetración e imposición. Una de las principales es que la semilla tiene “carácter dual”, al mismo tiempo es un medio de producción y, como grano, un producto. Su segundo carácter es compatible con la forma mercancía, el primero resulta más bien antagónico. Es decir, cuando un agricultor continúa propagando su semilla de manera indefinida, hay poco incentivo para que el capital se inserte en la producción comercial de semillas. Así, se pretende destruir esta capacidad de autoabastecimiento a través de la tecnología transgénica para dar paso al proceso de subsunción de la agricultura en el capital.

Este ataque sobre la habilidad de los agricultores de reproducir autónomamente sus propias semillas fue realizado en dos principales frentes. Por un lado, el desarrollo de “Tecnologías Restrictivas del Uso Genético” (“Tecnologías Terminator”) impide la germinación de semillas a menos que se aplique productos químicos patentados. Dado que no existe ningún beneficio agronómico, estas tecnologías son un mecanismo descarado para impedir que los agricultores continúen sembrando sin control transnacional.

Por otro lado, el lobby corporativo ha empujado con fuerza un mayor y más extenso desarrollo de legislación bajo el acuerdo sobre los Derechos de Propiedad Intelectual (dpi) o trips (sigla en inglés) que se negoció al interior de la Organización Mundial del Comercio (omc). En años recientes, las presiones del ente global hacia los estados miembros para que establezcan alguna forma de legislación dpi en relación a los cultivos han ido en aumento.

En este sentido, la promoción de semillas transgénicas puede entenderse como parte del proyecto neoliberal de apropiación de “lo público” para su transformación en mercancía de propiedad exclusiva. Al ser separados de uno de sus principales medios de producción (la semilla) los agricultores son despojados del elemento que les permite cierta independencia ante el capital.

Este despojo sobre el campesinado a favor de las transnacionales reproduce el carácter de “Robin Hood en reversa” –robar a los pobres para dar a los ricos– propio del neoliberalismo. No en vano, David Harvey ve en los transgénicos y en la industria biotecnológica uno de los más claros ejemplos de “acumulación por desposesión”. 

Dado que traspasan el control sobre la producción agrícola hacia las corporaciones transnacionales, los transgénicos se encuentran en la antípoda de cualquier noción de soberanía alimentaria. Al desactivar la capacidad de siembra de los productores locales, son las semillas transgénicas las que se consolidan como opción productiva dominante. Así las corporaciones pasan a controlar de facto la tierra de los Estados. Luego, la tierra no puede producir si no es con los insumos que las mismas transnacionales producen, con el agravante de que los precios de semillas y del resto de los productos suben constantemente. Los Estados que abrazan la tecnología transgénica pierden soberanía alimentaria pues merma su capacidad de controlar y regular la producción doméstica de alimentos.

*    Es magíster en Medio Ambiente y Desarrollo e ingeniero agrónomo.

Tomado de: ftierra.org

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4 5 6
7 8 9 10 11 12 13
14 15 16 17 18 19 20
21 22 23 24 25 26 27
28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia