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Uso y abuso de la filosofía en la enseñanza del Derecho

(Parte I)

Foto:  diaporia.wordpress.com

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Martha C. Nussbaum

00:00 / 21 de enero de 2014

“Sócrates se acerca a un político prominente, alguien considerado instruido e inteligente por muchas personas y, especialmente, por sí mismo” (1). Consigue entablar con él un interrogatorio filosófico sobre su supuesta pericia, preguntándole, tal como Sócrates acostumbra, que dé cuenta coherente y libre de contradicciones de ciertos conceptos centrales legales y políticos, tales como igualdad, justicia y derecho. El experto prueba ser incapaz de contestar las preguntas de Sócrates satisfactoriamente.

Sócrates confiesa sorpresa y se aleja, concluyendo que después de todo él mismo es un poco más instruido que este experto, pues él sabe al menos cuán complejos son estos conceptos y cuán insuficiente es su propio entendimiento sobre ellos, en tanto que el experto no sólo carece de una comprensión adecuada de los conceptos, sino también de su propia incompetencia.

Sócrates concluye que él mismo es una personalidad útil en un gobierno democrático, pues el gobierno democrático es “un caballo grande y noble aunque algo indolente a causa de su tamaño” y él es el tábano que pica al caballo para espabilarlo (2).

Cuando los filósofos se comportan de este modo a las personas a quienes intentan beneficiar no les complace demasiado. Sócrates concluía que debería dársele un puesto asalariado vitalicio y sin revisión de mérito (3), algo así como una judicatura federal de Estados Unidos. Los ciudadanos de Atenas, como sabemos, tenían una idea diferente. Para aquellos profundamente inmersos en los asuntos prácticos, el filósofo es siempre un personaje algo sospechoso.

¿Por qué es tan imparcial? ¿Cuál es su campo de experiencia empírica? ¿Qué le da derecho a acercarse a un poeta, a un economista, a un abogado, a un biólogo e iniciar cuestionamientos fundacionales, sin credenciales profesionales en esa disciplina? (4).

Como Calicles le dijera a Sócrates, esa clase de comportamiento es muy apropiada en adolescentes, pero cuando uno crece debe conseguirse una profesión real o será fuente de burla y atropellos (5).

Aun así, Sócrates arguye seriamente que su cuestionamiento fundacional tiene un beneficio práctico que conferir. Parece creer que la gente en sus profesiones y en la vida pública tiene concepciones intuitivas de su propia disciplina y sus conceptos centrales y actividades que son esencialmente sólidos, sensatos y acertados; pero la vaguedad, la contradicción, la falta de rigor y simplemente la falta de tiempo se interponen entre estas –básicamente buenas– intuiciones y una adecuada articulación y uso de los conceptos.

No es adoctrinamiento; no provee nada desde el exterior. Al ordenar sistemática y claramente lo que la gente rara vez ordena para y desde sí misma, lleva a cabo un bien público y contribuye a la formación de la educación profesional (6).

Aristóteles, clamando que el entrenamiento filosófico es muy importante para futuros legisladores, desarrolla un argumento similar. Debemos, dice, comenzar desde y retornar a las propias creencias y concepciones de la gente. Éste es nuestro objeto de estudio y nuestra evidencia: los filósofos no simplemente construyen castillos en el aire, sino que el ordenamiento filosófico tiene aún una función práctica distintiva a desempeñar:

De lo que digamos con sinceridad pero no claramente, mientras avanzamos, también obtendremos claridad, siempre moviéndonos desde lo que usualmente es dicho desordenadamente hacia una visión más clara e inteligible.

Hay una diferencia en cada pesquisa entre los argumentos desarrollados filosóficamente y los que no. Por tanto, no debemos pensar que es superfluo para el hombre político involucrarse en esta clase de reflexiones que vuelve inteligible no sólo el “qué”, sino también el “por qué”; es ésta, pues, la contribución del filósofo en cada área (7).

Aristóteles ni Sócrates creen que el rigor y la claridad son suficientes para la utilidad práctica. Sócrates se contrapone a sí mismo con los sofistas y Aristóteles, en este mismo pasaje, distingue sus propios métodos de aquellos de la gente locuaz e inteligente que desdeña la experiencia humana y los hechos empíricos. Sin embargo, ambos sí parecen creer que la filosofía es al menos necesaria para una adecuada educación profesional (8). Me propongo sostener su argumento.

A diferencia de Sócrates, no demandaré una cena sin cargo en el pritaneo por mis servicios. Pero sí intentaré volver su argumento sobre la filosofía un poco más plausible de lo que pareció a un jurado de ciudadanos atenienses elegidos por sorteo (9) ¿Por qué, entonces, la filosofía debería ser parte de la enseñanza del Derecho?

La concepción de enseñanza del Derecho que hoy día aún domina la academia legal es una concepción tomada de las ciencias. Langdell argüía que para demostrar que la ley no es una mera artesanía y la enseñanza del Derecho el mero aprendizaje de un oficio, debe probarse que el estudio de la ley es un asunto científico.

Los casos son sus datos baconianos, a partir de los cuales el estudiante extrae principios legales y los sistematiza en una jerarquía deductiva. El “verdadero abogado” de Langdell es aquel que “posee tal maestría de los principios legales como para aplicarlos con facilidad y certidumbre constantes a la madeja siempre enredada de los asuntos humanos” (10).

Cabe destacar que, en el contexto de su argumento a favor del lugar de honor que la enseñanza del Derecho merece en una gran universidad como Harvard, Langdell nunca se pregunta si el derecho no debería pertenecer a las disciplinas humanísticas así como (o incluso en vez de) las científicas. Por el contrario, asume que la afiliación con la ciencia es la única manera en que el derecho puede defenderse como disciplina ordenada y racional.

Esta idea ha tenido un gran poder y ha sido fuente central de resistencia a la idea de que los estudiantes de Derecho deberían estudiar filosofía. Por ejemplo, en un epílogo al primer volumen del Journal of Legal Studies, Richard Posner describe de la siguiente manera el propósito de la publicación:

El objetivo del Journal es alentar la aplicación de métodos científicos al estudio del sistema legal. Como la biología a los organismos vivos, la astronomía a las estrellas o la economía al sistema de precios, así debieran ser los estudios legales al sistema legal: un esfuerzo por hacer observaciones precisas, objetivas y sistemáticas sobre cómo el sistema legal opera y por descubrir y explicar patrones recurrentes en las observaciones –las “leyes” del sistema–.

A pesar de que muchos y distinguidos trabajos han sido pioneros en este sentido, es evidente que nuestra materia se encuentra en su estado precientífico (11).Posner, al igual que Langdell, iguala precisión con precisión científica, objetividad con el tipo de objetividad que los científicos creen a menudo lograr (12), orden sistemático con la clase de orden sistemático pretendido en ciencias. No se pregunta si hay otras disciplinas que contienen sus propias normas de precisión, objetividad y rigor y, si las hay, cuáles de ellas tienen más para ofrecer al derecho. Esta clase de suposición ha tenido una enorme influencia en la enseñanza del Derecho.

Hoy día, la mayoría de los estudiantes de leyes aprende al menos algo de economía, pues se asevera a menudo que ésta es la ciencia (si se trata de una ciencia) más relevante para comprender el derecho. Muy raramente aprende a hacer preguntas sobre esta suposición científica y a buscar interpretaciones alternativas de términos como rigor y sistema.

Sócrates habría tenido algunas preguntas irritantes para hacer, especialmente si sospechara que estaba lidiando con personas cuya confianza en la propia experiencia supera con creces su habilidad para responder preguntas sobre ella.

Con esto no intento referirme al muy socrático Posner, siempre dispuesto a ser refutado si el argumento es bueno. Me refiero a cualquier hombre del derecho “considerado instruido e inteligente por muchas personas y, especialmente, por sí mismo”. Si no hay personas como ésta en la profesión legal, entonces este argumento no estará dirigido a nadie.

Comenzaré con el proyecto de defender a Sócrates y profundizar sus pesquisas describiendo varias y diversas áreas de la enseñanza del Derecho en las cuales la filosofía parece tener mucho que ofrecer. Es un poco difícil hacerlo sin, al mismo tiempo, describir a la filosofía y lo que ha estado sucediendo en ella, pero espero dar suficientes ejemplos mientras avanzo en mi planteo. Consideraré luego algunas objeciones a la idea de enseñar filosofía en las escuelas de leyes y, finalmente, sugeriré algunas estrategias sobre la mejor manera de hacerlo.

Indagación sobre los conceptos básicos utilizados en los argumentos legales

La típica indagación socrática es el examen de algún concepto (o conceptos) que la persona en cuestión emplea todo el tiempo en su (13) actividad, los argumentos legales hacen uso de conceptos a cuya comprensión los filósofos profesionales han dedicado grandes esfuerzos; conceptos como justicia, igualdad, libertad, libre albedrío, emoción, sexualidad y deseo sexual y la calidad de vida.

Abogados y jueces se encuentran a menudo en la posición de pronunciarse en términos teóricos sobre estas cuestiones. Las opiniones judiciales están llenas de estas aseveraciones. Aun así, las discusiones pocas veces demuestran incluso la más elemental conciencia sobre el riguroso trabajo que los filósofos han estado haciendo, trabajo que habría, muy probablemente, contribuido al esclarecimiento del propio proceso de razonamiento de jueces y abogados sobre estos tópicos. Ejemplos concretos:

1. Libre albedrío

En un libro de texto sobre procedimiento criminal de Saltzburg y Capra, actualmente en uso en Stanford (14), se invita a los estudiantes a que reflexionan sobre la admisibilidad de las confesiones en los juicios criminales a considerar la siguiente pregunta: “¿Es el ‘libre albedrío’ un estándar factible en las confesiones?” (15).

Luego se les pide que lean una declaración reciente del juez Posner (16) sobre el test del “predominio del libre albedrío” en el cual Posner sugiere que el “libre albedrío”, tomado seriamente, requeriría la exclusión “de virtualmente todos los frutos del interrogatorio al detenido”, dado que ninguna confesión bajo esas circunstancias puede ser considerada libre.

La pregunta realmente relevante, continúa Posner, es si el gobierno ha vuelto imposible para el acusado decidir racionalmente si confesar o no –en otras palabras–, si le impide sopesar los pros y contras de hacerlo y sostener su parecer.

A la policía se le permite aprovecharse de las ansiedades, los temores y las incertidumbres del sospechoso; tan sólo se le impide magnificar esos temores e incertidumbres, a punto tal que la decisión racional se vuelve imposible (17).

Saltzburg y Capra preguntan entonces a sus lectores: “¿El juez Posner ha descrito razonablemente los casos arriba enunciados? ¿Es su análisis consistente conel caso ‘Fulminante’?” (18).

Son éstas preguntas que no pueden ser contestadas adecuadamente sin ciertas consideraciones filosóficas sistemáticas y rigurosas sobre los conceptos en cuestión. Posner avanza sobre el problema al reconocer cuán vago y amorfo ha sido en su aplicación el concepto de “libre albedrío” y cuán discutida y confusa es la noción misma del término.

Acierta al sostener que es más sencillo responder la pregunta “¿estuvo el acusado en la posición de tomar una decisión racional sobre su confesión?”, que contestar “¿era el acusado libre al momento de confesar?”

En su interesante discusión en Los problemas de la jurisprudencia (19) va aún más allá y arguye (en referencia a las discusiones filosóficas tanto tradicionales como modernas) que el libre albedrío debería ser interpretado como la habilidad de tomar decisiones racionales y no ya de las diversas y confusas maneras en que se lo interpreta en derecho. Pero creo hay aquí algunos problemas que merecen más trabajo.

En primer lugar, la noción de tomar una decisión racional no es clara como Posner cree que es. Su discusión del asunto en Los problemas de la jurisprudencia, aunque más informada por la filosofía que la mayoría de las discusiones legales, es aún breve y superficial para los estándares del debate filosófico en sí mismo.

No distingue entre las acepciones de racionalidad utilizadas por las diferentes partes en el debate filosófico y parece asumir que el propio entendimiento de Posner del término, uno informado por la economía (20), es el más apropiado para definir libertad.

Pero hay mucho debate sobre esto, incluso en el contexto del debate sobre el libre albedrío. La que considero es la mejor aproximación a estas cuestiones en filosofía –Libertad dentro de la razón, de Susan Wolf (21)– arguye (con un detalle y un rigor que habrían sido útiles a la propia presentación de Posner) (22) que el libre albedrío debería ser entendido en términos de la capacidad de hacer una elección racional.

Pero Wolf tiene un concepto de elección racional diferente a la de Posner: la racionalidad en cuestión está definida como una habilidad de responder a cierta clase de argumentos éticos y la naturaleza de los fines comprendidos en esos argumentos es de hecho crucial a la determinación de la racionalidad o irracionalidad de la persona. La discusión de Posner es demasiado vigorosa como para revelar estas importantes distinciones.

Parece, lo que es más, que Saltzburg y Capra se traen algo entre manos como cuando preguntan sobre el caso “Fulminante” (23). En este caso existe una cuestión del “predominio del libre albedrío” que no es fácilmente reducible al tema de la elección racional de Posner –o incluso en el sentido que propone Susan Wolf– y que parece despertar serias dudas sobre la admisibilidad de la confesión.

Fulminante era sospechoso por el crimen espeluznante de un niño. No había sido acusado aún por ese crimen, pero estaba en prisión bajo otros cargos. Durante ese tiempo, un policía lo indujo a confesar y le dijo que otros prisioneros lo atacarían porque sospechaban que él fuera el culpable de la muerte del niño; si Fulminante confesaba, el policía lo protegería.

Al concluir que la confesión así obtenida era inadmisible, el juez White no argumentó que Fulminante no hubiera podido hacer una elección racional y sopesar costos y beneficios (24), en cambio, adujo que el elemento de la amenaza en la situación había vuelto a la confesión involuntaria, a pesar de que el razonamiento de Fulminante había sido perfectamente racional bajo esas circunstancias.

Parece erróneo afirmar que la cuestión de la voluntad y la libertad está clara y capturada en la propuesta alternativa de Posner. Tal vez las acepciones voluntad y libertad sean desorientadoras y debiéramos encontrar otros términos para describir estas situaciones de coacción psicológica (Aristóteles, por ejemplo, llamaba a estos casos “acciones mixtas”, no involuntarias pero no completamente voluntarias, en tanto el sujeto actúa por “miedo a males mayores”) (25).

No obstante, la esencia de la cuestión moral sigue siendo insignificante: Fulminante es coaccionado efectivamente como si hubiera sido víctima de un lavado de cerebro o de la ingesta de drogas. Tal vez Posner está preparado para argumentar que el resto de la cuestión del libre albedrío no es moral o legalmente significante.

De ningún modo debería desestimarse rápidamente, como si fuera sólo una noción imprecisa fácilmente reemplazable por una noción más clara de racionalidad costo-beneficio (de hecho, podría agregar que uno de los problemas más evidentes de la noción económica de racionalidad es la dificultad de dilucidar conflictos de este tipo) (26)

Creo que un poco de cuestionamiento socrático en esta área, junto a la reflexión que los mejores filósofos tienen para ofrecer en ella, sería de gran valor.

Continuará

Notas

1. Platón, Apología 20C. Todas las traducciones de los textos clásicos son de la autora y todas las referencias responden a la numeración a través de las cuales estos autores son citados en ediciones académicas.

2. Id. 30E-31A.

3. Id. 36D-E. Sócrates señala que consintió empobrecerse al dedicar su vida a la filosofía y ésa era una razón aún más fuerte para que la ciudad lo mantuviera.

4. Estas preocupaciones están expresadas por los interlocutores en los diálogos de Platón. Ver Platón, Protágoras; Platón, La República. Para el mejor retrato reciente de Sócrates, ver Vlastos, Gregory, Sócrates, ironista y filósofo moral, 1991.

5. Platón, Gorgias, 484C-485C.

6. Para una versión similar del Elenchus socrático, ver Vlastos, supra nota 4, 107-31. Vlastos arguye que el procedimiento socrático presupone la salud fundamental de las creencias examinadas; por eso puede creer que el clasificar, sin adoctrinamiento previo, producirá pruebas. Ésta, sostiene Vlastos, es una razón por la que Aristóteles repudia el método socrático.

7. Aristóteles, Ética eudemia 1216 a 26-39.

8. Esto se vuelve motivo central en las escuelas filosóficas del período helenístico, epicúreos, estoicos, escépticos. Discuto su versión de los beneficios prácticos de la filosofía en Nussbaum, Martha, La terapia del deseo: teoría y práctica en la ética helenística, 1994.

9. Debe recordarse que un número grande de ese jurado votó por los arrogantes alegatos del filósofo. Sócrates expresa sorpresa al notar que no fue absuelto por sólo 30 votos (de un total de 500). Platón, supra nota 1, 36A.

10. William, L., Twinning, Karl Llewellyn and the Realist Movement, 1973, pp. 10-15.

11. Posner, Richard A., “Afterword”, en 1 J. Legal Stud., 1972, p. 473.

12. Presento las cosas de esta manera porque los científicos tienden a ser menos sutiles y prudentes en sus alegatos sobre la objetividad que los mejores filósofos que describen lo que la ciencia hace y ha conseguido. Los principales filósofos de la ciencia no necesariamente hacen una distinción tajante entre ciencia e investigación social con respecto al tipo y grado de objetividad disponible. Ver Putnam, Hilary, “Objetivity and the Science-Ethics Distintion”, en The Quality of Life 143 (Martha Nussbaum y Amartya Sen, eds., 1993).

13. Sócrates no puede realmente cuestionar a las mujeres de Atenas, pues las ciudadanas no participaban de la vida pública. Pero anuncia que en la vida después de la muerte planea interrogar a mujeres y varones por igual. Hades no impone restricciones tales. Ver, Platón, supra nota 1, 40C.

14. Saltzburg, Stephen A. y Daniel J. Capra, American Criminal Procedure: Cases and Commentary, 4ª ed., 1992.

15. Id. 501.

16. “Estados Unidos vs. Rutledge”, 900 F. 2d 1127 (7º Cir. 1990).

17. Id. 1129, 1130.

18. Saltzburg y Capra, supra nota 14, 502 (discutiendo “Arizona vs. Fulminante”, 111 S. Ct. 1246, 1991).

19. Posner, Richard A., The Problems of Jurisprudence, 1991, pp. 171-89.

20. Esto se observa en la definición misma de libre albedrío. Id. 174 (“la elección racional en el sentido de ajustar medios a fines, a pesar de que esos fines sean elegidos y el ‘ajuste’ involucre o no actividad mental consciente”).

21. Wolf, Susan, Freedom within Reason, 1990.

22. Una dificultad en el método de Posner, que descansa en un rápido escrutinio de una gran cantidad de literatura, es que raramente lleva a un compromiso crítico sutil con la sustancia y el detalle de los argumentos en cuestión. Los filósofos tienden a ser citados de la manera en que los artículos científicos son citados, como autoridades, pero Posner no dice por qué ha seleccionado una discusión particular sobre el libre albedrío por sobre otras, o qué piensa de los debates, a menudo intensos y detallados, entre las personalidades a las que se refiere. Ver Posner, supra nota 19, 172 n. 19 (cita una lista de referencias sobre el libre albedrío que, al corroborarse, no revelarían posición alguna, sino muchas diferencias). Posner tiende a centrarse en las visiones sobre libre albedrío de respetados filósofos, sin notar que el prestigio de estos últimos se desprende de sus valiosas pero diferentes contribuciones.

Creo que ningún filósofo en ejercicio a quien se le pide nombrar las mejores contribuciones sobre el libre albedrío en los últimos años mencione a Quine, a pesar de que Quine es uno de los filósofos más relevantes del siglo XX. Y el aporte de Davidson es parte de su controversial y aunque ampliamente respetada visión sobre la filosofía de la acción. Aun así, Posner procede como si pudiera tomar esos aportes y volverlos autoritativos en su propia discusión, sin preguntarse a) si está de acuerdo con todas las premisas de sus discusiones o b) si las contribuciones son, de hecho, los mejores argumentos sobre la materia. Ver, id. 171

23. “Arizona vs. Fulminante”, 111 S. Ct. 1246, 1991.

24. Id. 1252-53. Tampoco discutió que Fulminante no cumplía con el criterio de racionalidad de Susan Wolf; no mencionó la discusión de Wolf, otras discusiones anteriores ni lidió con los temas que suscitaban. Pero, de hecho, Fulminante era aparentemente racional en el sentido de Wolf, capaz de responder a las razones sobre el bien y la verdad. Es otra cuestión si, al decidir cometer el crimen, si es que lo cometió, estaba actuando con racionalidad wolfiana.

25. Aristóteles, Ética nicomaquea III 1, 1110a3ff. Los ejemplos de Aristóteles son un hombre que tira por la borda la carga de su barco para salvar la nave y a sí mismo, y un hombre que hace algo vergonzoso cuando un tirano se lo ordena bajo amenaza de matar a sus padres y a sus hijos si se niega. Éstas son cosas, dice Aristóteles, que en general nadie elegiría, pero en las circunstancias particulares “cualquier persona razonable” lo haría. Dado que la persona inicia la acción con pleno conocimiento de las circunstancias y la naturaleza de la acción, son más bien acciones voluntarias e involuntarias, pues se trata de la clase de acciones que, en general, nadie haría. Para una visión reveladora sobre esta parte del pensamiento aristotélico, ver Stocker, Micel, Plural and Conflicting Values, 1990, y Nussbaum, Martha C., The Fragility of Goodness: Luck and Ethics in Greek Tragedy and Philosophy, 1986, pp. 25-50, 318-42.

26. Ver Richardson, Henry, Rational Deliberation of Ends; Sen, Amartya, On Ethics and Economics, 1987. Abordo esta cuestión en Nussbaum, Martha C., “Platon on Commensurability and Desire”, en Love’s Knowledge: Essays on Philosophy and Literature, 1990, pp. 106-24.

Es Profesora de Filosofía, Clásicos, y Literatura Comparada, Universidad de Brown. Profesora visitante de Derecho, Universidad de Chicago.

Tomado de: derecho.uba.ar

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