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Uso y abuso de la filosofía en la enseñanza del Derecho

(Parte II)

Foto:  democraciaateniense.blogspot.com

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Martha C. Nussbaum

00:00 / 24 de enero de 2014

2. Las emociones

Dado que he escrito sobre este tópico (1) este ejemplo será breve, es tan importante que no quisiera desestimarlo.

Las opiniones judiciales con frecuencia discuten las emociones y la relación entre “emoción” y “razón”. Estas discusiones son un nido de confusión. El simple antagonismo entre emoción y razón se da comúnmente por sentado entre aquellos que creen que las emociones no tienen lugar en el pensamiento judicial y quienes creen que lo tienen.

Nadie se detiene a preguntar ¿cuál es la relación real entre emoción y razón, qué son las emociones en sí mismas, en qué medida y cómo están basadas en creencias, en qué medida y de qué manera encarnan concepciones de sus objetos, si y cómo pueden ser modificadas por la argumentación?

Éstos son puntos de partidas elementales para las investigaciones filosóficas sobre la emoción, desde Platón (2) hasta Ronald de Sousa (3). Existe alto grado de consenso en trabajos filosóficos recientes (4) --y también en trabajos antropológicos (5) y psicológicos (6)-- que postulan que las emociones no son tires y aflojes sin sentido, sino formas de percepción o pensamiento, altamente sensibles a las concepciones sobre el mundo y los cambios en ellas.

No obstante, los jueces proceden como si ninguna de estas discusiones existiera. En un caso reciente de instrucción judicial, “California vs. Brown” (7), el juez O’Connor, fallando por la mayoría, contrasta “una respuesta moral razonada a los antecedentes, carácter y crimen del imputado” con una “mera simpatía o emoción” (8).

El juez Blackmun, quien disiente y, en defensa de las emociones, utiliza el contraste vago y rutinario entre racionalidad y emoción: “Si bien la decisión de conceder el perdón al imputado puede ser racional o moral, ésta puede desprenderse también de la apelación del acusado a la simpatía o piedad de quien sentencia, cualidades humanas cuya naturaleza es innegablemente emocional” (9).

Aquí creo que ciertos cuestionamientos filosóficos –al menos los suficientes para mostrar a un joven abogado que estas oposiciones no deben darse por sentadas, que es preciso hacerse más preguntas– contribuirían a la manera en que estas cuestiones son abordadas en ciertas áreas del derecho.

3. Sexualidad

Los jueces a menudo toman decisiones sobre sexo. Tal como lo pone el juez Posner (10), lo hacen muy mal, con, por ejemplo, muy poca información histórica y científica. Su libro Sexo y razón muestra claramente el rol que estas amplias concepciones juegan en las interpretaciones legales y los juicios sobre el sexo. Pero su análisis apunta a algo más: a un problema filosófico.

Sus datos comparativos y transculturales indican que muchas de las categorías sexuales que nos resultan tan naturales y necesarias son de hecho artefactos de la historia (11). Preguntarse en qué medida el deseo sexual y la emoción son “construcciones sociales” en este sentido nos conduce a un ámbito en el que la filosofía, influenciada en particular por el importante trabajo de Michel Foucault, (12) ha formado recientemente una rica y fructífera sociedad con la historia y la antropología (13).

La contribución filosófica a esta empresa común es bien trascendente, pues, como el Sócrates de Platón ya lo entendía (14), uno no puede indagar debidamente en la “construcción social” (15) si no comprende adecuadamente qué es un deseo, qué es una emoción, qué es el placer, cómo el deseo es distinto a una punzada o dolor corporal y demás.

Incluso una figura tan importante en esta área como Foucault se queda corta, en mi opinión, en tanto no persigue estos interrogantes fundacionales lo suficientemente lejos, asumiendo, por ejemplo, que el placer en sí mismo es algún tipo de sentimiento que varía sólo en intensidad, que no hay necesidad de preguntarse qué clase de cosa es (16). Sócrates y Platón lo sabían bien.

Las indagaciones históricas y comparadas como las que Foucault y Posner conducen harían de la literatura legal en esta importante temática algo mucho mejor de lo que actualmente es. Y un poco más de rigor y profundidad filosóficos sobre los conceptos básicos la harían aún mejor.

4. La calidad de vida

En derecho se habla a menudo del bienestar humano y de la situación particular de personas, grupos de personas y países. A veces se asume que uno sabe o conoce lo que busca al hacerse estas preguntas.

(Cuando esto es así, se cree que lo que se mide es alguna forma de deseo-satisfacción o preferencia-satisfacción en el caso de los individuos, y alguna forma de utilidad promedio o total, o riqueza promedio o total, en el caso de los grupos o naciones) (17). Pero éstos son, de hecho, conceptos en pugna.

Al observar a una sociedad e intentar despejar interrogantes sobre su calidad de vida, no resulta obvio cómo hacerlo. ¿Deberían considerarse la riqueza y los ingresos o también su distribución? ¿Deberían considerarse todos los indicadores de calidad de vida mensurados en una única escala cuantitativa o debería reconocerse la existencia de valores inconmensurables? ¿Debería tomarse la palabra de la gente como un indicador válido o buscar otro más objetivo? Si se recurre a esta última opción, ¿puede uno escapar al paternalismo?

Todas estas cuestiones están en el corazón de las partes de la filosofía política actual, la economía para el desarrollo y la economía del bienestar que se permiten hacerse esta clase de preguntas. Cito un fragmento de la introducción del volumen sobre este tópico que he publicado recientemente en colaboración con Amartya Sen, pues su espíritu socrático se ajusta particularmente bien a mi argumento y también porque representa una colaboración entre la filosofía y la economía (18):

Economistas, decisores de políticas, cientistas sociales y filósofos aún se enfrentan al problema del cálculo, la medida, la valoración y la evaluación. Necesitan saber cómo les va a las personas en diferentes partes del mundo y necesitan saber qué es lo que supone hacerse esta pregunta.

Cuando abordan el problema adecuadamente, lo hacen conscientes de la complejidad de evaluar a la vida humana y con el deseo de admitir, al menos en un principio, el espectro más amplio posible de opciones para aproximarse a este tema de indicadores confiables.

Por supuesto, es posible no preguntarse nada en absoluto, adherir a una fórmula mecánica fácil de usar y que ha sido empleada antes. La pregunta no formulada no necesita una respuesta. Este volumen es un intento por hacer preguntas y proponer y examinar algunas posibles respuestas (19).

No es demasiado sorprendente que coincida con los criticismos y recomendaciones implícitos en la defensa de la duda. Las propuestas teóricas que Sen y yo planteamos comienzan a tener efecto práctico amplio y significante (20). Simplemente agregaría que el derecho es otra área en la que este tipo de duda sería una cosa muy buena.

B. Preguntas metodológicas y epistemológicas

La filosofía no sólo se ocupa de asuntos específicos; también se examina a sí misma, preguntándose qué son la creencia y el conocimiento, qué es la racionalidad, qué significa interpretar un texto, qué métodos son conducentes al conocimiento y cuáles no. Una vez más, este rigor, creo, tiene mucho que ofrecer al derecho, el cual inevitablemente habla sobre evidencia y conocimiento, sobre interpretación, objetividad y sobre la naturaleza de la racionalidad.

El punto no es que los filósofos tienen una llave secreta a estas preguntas complejas, sino que ellos pasan toda su vida trabajando sobre ellas, mientras que los abogados raramente les dedican algo de tiempo. Entonces, hay al menos alguna chance de que las indagaciones más sistemáticas y detalladas de los filósofos ofrezcan algo a los letrados.

Consideremos el supuesto de Langdell, que postula que si el derecho es racional y sistemático debe ser una jerarquía deductiva de principios. Con certeza es relevante detenerse en este supuesto a la luz de los debates sobre método y racionalidad tanto en la filosofía de la ciencia como en la filosofía política y moral.

Tal vez resulte que ninguna disciplina realmente funciona como Langdell cree que funciona la ciencia (21); o tal vez resulte que la ciencia sí funciona de esta manera, pero el derecho, en aspectos relevantes, no es como la ciencia. Es preciso preguntarse este tipo de cuestiones.

Otra vez tomemos la caracterización de Posner sobre la racionalidad en su opinión sobre “Rutledge” (22) (aunque desde luego uno podría encontrar cientos de casos como éste en sus escritos) como la habilidad de reconocer costos y beneficios y los comentarios relacionados en El problema de la jurisprudencia, en el cual la racionalidad es la habilidad de instalar medios afines, “sea como fuere que esos fines son definidos” (23).

Seguramente sería relevante reparar en esa suposición a la luz de los debates recientes en filosofía moral sobre la conmensurabilidad o inconmensurabilidad de los valores y sobre cuán adecuadas o inadecuadas sean las teorías utilitarias de la racionalidad (24).

Mi experiencia cruza la línea divisoria entre filosofía y economía; habitualmente los filósofos utilitarios están mucho más cerca de los filósofos no utilitarios que de los economistas (con raras excepciones) en lo que respecta a las críticas que ellos creen necesarias a las teorías utilitarias de la racionalidad (25), a las calificaciones que uno debe importar.

Parece pertinente señalar al joven abogado que lo que a menudo es tomado como normativo y no controvertido en su educación es, de hecho, muy controversial y acaso no completamente defendible en un argumento. En todo caso, debemos cuestionarnos todo esto.

El derecho se ha vuelto metodológicamente filosófico en algunas áreas, en particular en los debates sobre la interpretación en el derecho constitucional. Pero este autoescrutinio podría extenderse aún más allá y hacerse más rigurosamente, con beneficios para todos.

Es crucial, siguiendo este proyecto, que los filósofos que trabajan en él no tomen distancia de sus colegas abocados a cuestiones metafísicas y epistemológicas de una manera más abstracta y menos práctica. Pues lo relevante de la filosofía como disciplina es que permanece cerca de un núcleo fundamental de cuestiones sobre las cuales el debate y las argumentaciones probablemente continúen de forma indefinida, aunque, de manera ideal, progresivamente las alternativas adquieran un mayor refinamiento.

Muchos departamentos académicos son grupos de especialistas relativamente aislados, con pocos intereses comunes; en varios de ellos sería un infrecuente coloquio departamental que podría despertar el interés de todos sus miembros. La filosofía tiene sus campos menores, eso es seguro y estos ámbitos requieren de especialistas.

Pero dado que las cuestiones metodológicas, fundacionales y epistemológicas residen en el corazón de la filosofía moral, de la filosofía política, de la filosofía de la ciencia y de las ciencias sociales y de cada periodo en la historia de la filosofía, es un campo mucho más troncal e interactivo que el resto y ésta es una de sus mayores fortalezas (26).

C. Preguntas específicas de políticas

La “filosofía aplicada” es una empresa próspera y parte de su trabajo es muy bueno. Los filósofos que mejor lo hacen han adquirido un amplio conocimiento fáctico y experiencia en las disciplinas sobre las que se pronuncian, pero, al mismo tiempo, han mantenido conexiones con sus bases disciplinarias y sus rigurosas búsquedas teóricas y fundacionales.

Dado que el derecho trata con muchas áreas de políticas en las cuales los filósofos se han enredado, puede sacar provecho de las contribuciones concretas hechas de los argumentos filosóficos en estos terrenos.

El más avanzado de ellos en términos colaborativos es el de la ética médica, donde los debates filosóficos sobre los derechos y los intereses de los pacientes han redefinido significativamente la legislación en gran parte de los Estados Unidos y el exterior (27); donde los debates sobre la calidad de vida han tenido rol fundamental en la revisión de las definiciones de la muerte (28); donde los debates sobre el aborto han contribuido ya a los análisis legales y judiciales.

Una sofisticación similar y alcance práctico se han hecho extensivos en el campo de la ética medioambiental y la ética del trato animal (29) con considerable impacto práctico y también en el creciente ámbito de la ética del desarrollo, donde los debates sobre el bienestar y la calidad de vida producen transformaciones concretas en las prácticas de recolección de información y formulación de políticas (30).

En la medida en que el derecho se involucra en estas áreas, plantea muy a menudo cuestiones normativas sobre lo que debería ser. Me parece que puede plantear preguntas mejores si se informa sobre este cuerpo de trabajo filosófico.

D. Instituciones legales y prácticas

He dejado lo más obvio para el final, pues es evidente que los filósofos han escrito directamente sobre el derecho, sobre la naturaleza de las instituciones legales, sobre el castigo, sobre la ética de las prácticas legales y mucho más.

El hecho de que las discusiones legales sobre estos asuntos se beneficiarían del estudio de lo que los filósofos del derecho tienen para decir no debe impulsarse tan férreamente como en el caso de mis otros puntos, por lo que me referiré al punto más polémico de todos.

Continuará

Notas

Parte II

1. Nussbaum, Martha, “Skepticism about Practical Reason in Literature and the Law”, en 107 Harv. L. Rev., febrero de 1994 (de aquí en más, “Skepticism”); Nussbaum, supra nota 8; Nussbaum, Martha, Upheavals of Thought; a Theory of Emotions: The Giford Lectures, 1993, 1996; Nussbaum, Martha, “Las emociones como juicio de valor”, en 5 Yale J. Criticism 201, 1991; Nussbaum, Martha, “Equity and Mercy”, en Phil. & Pub. AFF., 1993 (clase dictada en la Escuela de Leyes de la Universidad de Chicago, 1992).

2. Platón, La República, libro IV, 435 A. ff.

3. El mejor trabajo filosófico reciente sobre el tema es De Sousa, Ronald, The Rationality of Emotion, 1987.

4. Además de de Sousa, ver Gordon, Robert M., The Structure on Emotions: Investigations on Cognitive Philosophy, 1987; Lyons, Williams, Emotion, 1980; Solomon, Robert C., The Passions, 1976.

5. Ver Briggs, Jean L., Never in Anger: Protrait of an Eskimo Family, 1970; Lutz, Catherine, Unnatural Emotions: Everyday Sentiments on a Micronesian Atoll and their Challenge to Western Theory, 1988.

6. Ver Averill, James, Anger and Aggression: an Essay on Emotion, 1982; Bowlby, John, Attachment and Loss: Attachment, 1982; 2 Attachment and Loss: Separation, 1973; 3 Attachment and Loss: Sadness and Depression, 1980; Lazarus, Richard S., Emotion and Adaptation, 1991; Oatley, Keith, Best Laid Schemes: the Psychology of Emotions, 1992; Ortony, Andrew, Gerald L. Clore y Allan Collins, The Cognitive Structure of Emotions, 1988; Seligman, Matin E. P., Helplessness: On Depression, Development, and Death, 1975. Opiniones relacionadas sobre la emoción se han vuelto de más en más prominentes también en el pensamiento psicoanalítico, en la escuela de “relación de objeto”. Ver, entre otros, Chodorow, Nancy, The Reproduction of Mothirng: Psychoanalysis and the Sociology of Gener, 1978; Fairbairn, W. R. D., Psychoanalytic Studies on the Personality, 1952; Stern, Daniel N., Diary of a Baby, 1990.

7. 479 U. S. 538 (1986).

8. Id. 545.

9. Id. 561-63. Discuto estas opciones en Nussbaum, Equity, supra nota 27. Otros defensores del recurso a la emoción que emplean el simple contraste entre emoción y razón son Massaro, Tomi M., “Empathy, Legal Storytelling, and the Rule of Law: New Words, Old Wounds?”, en 87 Mich. L. Rev. 2099, 1989, y Henderson, Lynn N., “Legality and Empathy”, en 85 Mich. L. Rev. 1574, 1987. Una buena defensa de la idea de que la emoción puede iluminar y comunicar el entendimiento, aun así preservando la dicotomía emoción/razón, es la de Gewirtz, Paul, “Aeschylus’ Law”, en 101 Harv. L. Rev. 1043, 1988. Una crítica prometedora sobre la dicotomía se encuentra en Minow, Martha L. y Elizabeth V. Spelman, “Passion for Justice”, en 10 Cardozo L. Rev. 37, 1988. El artículo es colaboración entre una teórica del derecho y una filósofa.

10. Posner, Richard A., Sex and Reason, 1992, 2, 4, 7, 442. Discuto el libro de Posner en Nussbaum, Martha, “Venus in Robes”, en The New Republic, 20 de abril de 1992, p. 36, y en Nussbaum, Martha, “Only Grey Matter? Richard Posner’s Cost-Benefit Analysis of Sex”, en 59 U. Chi. L. Rev. 1689, 1992.

11. Ver también Posner, Richard A., The Economic Analysis of Homosexuality, leído en la Conferencia sobre Derecho y Naturaleza de la Universidad de Brown, publicado y editado por David Estlund y Martha Nussbaum.

12. Foucault, Michel, The History of Sexuality, the Use of Pleasure.

13. La literatura en esta área es demasiado amplia y vasta como para citarla, pero con respecto a la antigua evidencia griega --la cual es teóricamente importante, pues se la conoce en detalle y hay buenos trabajos sobre ella-- ver Dover, K. J., Greek Homosexuality, 1978; Halperin, David M., One Hundred Years of Homosexuality and other Essays on Greek Love, 1990; Winkler, John J., The Constraints of Desire: The Antrophology of Sex and Gender in Ancient Greece, 1990.

14. Me refiero a las reflexiones sobre la naturaleza del apetito, el deseo y la emoción presente en los libros II-IV de La República, en Platón, Phaedrus, y en Platón, Philebus.

15. En Platón, La República, libros II-III, Sócrates arguye que la organización apropiada de la sociedad puede prevenir la formación de ciertos deseos y emociones, en particular el miedo y la lástima; en los libros IV, VII y IX toma una posición más equívoca sobre el deseo sexual, sosteniendo que es una parte natural del equipamiento del cuerpo humano, pero aun así no sólo controlada, sino también modificada, con educación social. De esta manera, se acerca a la posición moderna del construccionismo social.

Los filósofos helénicos se acercan a esta última aún más, al punto de involucrar a la emoción y al deseo sexual. Discuto sus visiones en Nussbaum y en Constructing Love, Desire and Care, leído en la Conferencia sobre Derecho y Naturaleza de la Universidad de Brown y publicado.

16. Critico estos aspectos del argumento de Foucault en Nussbaum, Martha C., “Affections of the Greeks”, en N. Y. Times Book Rev., 10 de noviembre de 1985, p. 13 (en la reseña de Foucault, Michel, Uses of Pleasures, 1985).

17. Los ejemplos abundan, pero una fuente especialmente rica se encuentra en los escritos de Posner. Ver, Posner, Richard A., The Economics of Justice, 1981; Posner.

18. La colaboración es compleja, interna a cada uno de los autores y también entre editores, pues Sen fue educado en la Universidad de Cambridge en Filosofía y Economía y ha publicado sobre ambas disciplinas a lo largo de su carrera. Al momento de la publicación de este artículo, tenía una cátedra en los departamentos de Filosofía y Economía de Harvard. Yo no tengo credencial alguna en Economía, pero desde 1986 he sido consejera de investigación en el Instituto Mundial para la Investigación en Economía del Desarrollo en Helsinki.

19. Nussbaum, Martha y Amartya Sen, “Introduction”, en The Quality of Life, pág. 2.

20. Pnud, Human Development Report, 1993, utiliza mediciones de calidad de vida fuertemente influenciadas por los escritos de Sen. Para ver la sustancia de sus propuestas, ver Sen, Amartya, Choice, Welfare, and Measurement, 1982; Sen, Amartya, Commodities and Capabilities, 1985, y Sen, Amartya, Resources, Values and Development, 1984. Para mi propia contribución teórica, ver Nussbaum, Martha, “Aristotelian Social Democracy”, en Liberalism and the Good, pp. 203-52, 1990, y Nussbaum, Martha, “Human Functioning and Social Justice: In Defense of Aristotelian Essentialism”, en 20 Pol. Theory 202, 1992, pp. 202-46. Una excelente discusión sobre el enfoque se encuentra en Crocker, David A., “Functioning and Capability: The Foundations of Sen’s and Nussbaum’s Development Ethic”, en 20 Pol. Theory 584, 1992.

21. Para un poderoso argumento a tales efectos, ver Putnam.

22. “United States vs. Rutledge”, 900 F. 2d 1127 (7º Cir. 1990).

23. Posner, op, cit.

24. Ver Anderson, Elizabeth, Value in Ethics and Economics, 1993; Richardson, supra nota 26; Sen, supra nota 26; Sen, Amartya, “Rational Fools: A Critique of the Behavioral Foundations of Economic Theory”, en 6 Phil. & Pub. Affairs 317, 1977. Para la relevancia de estas ideas para el derecho, ver Sunstein, Cass, Incommesurability in Law, y también Sunstein, Cass, “On Analogical Reasoning”, en 106 Harv. L. Rev. 741, 1993.

25. Ver Brant, Richard B. A., Theory of the Good and the Right, 1979; Griffin, James, Well-being: Its Mening, Measurement, and Moral Importance, 1986.

26. Éste es un intento de responder a uno de los puntos señalados por Posner en su discusión, en el cual no reconozco mi propia profesión. Desde luego es posible que existan departamentos de filosofía en los cuales la gente no se habla porque no se agradan, pero ésa no es la cuestión. Dejando de lado las áreas más técnicas de la lógica y la filosofía de la ciencia, la mayor parte de lo escrito en estas áreas es accesible a todos sus miembros.

27. Para un ejemplo saliente de escritura en esta área ver Buchanan, Llen E. y Dan W. Brock, Deciding for Others: the Ethics of Surrogate Decision Making, 1989. Brock integró el equipo de filósofos de la Comisión Presidencial para el Cuidado de la Salud y la Ética Médica durante la administración Carter y jugó un rol activo en la redacción de legislación. Al momento de la publicación de este artículo, prestaba sus servicios en la sección de Ética de la Comisión Clinton de Cuidado de la Salud.

28. Ver Brock, Dan, “Quality of Life Measures in Health Care and Medical Ethics”, en The Quality of Life, pp. 95-132 (con extensa bibliografía).

29. Ver Rachels, James, Created from Animals: The Moral Implications of Darwinism, 1990.

30. Ver The Quality of Life, supra nota 12; Crocker, supra nota 46; Human Development Report

Es Profesora de Filosofía, Clásicos, y Literatura Comparada, Universidad de Brown. Profesora visitante de Derecho, Universidad de Chicago.

Tomado de: derecho.uba.ar

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