La Gaceta Jurídica

  • La Gaceta Jurídica
  • Uso

Uso y abuso de la filosofía en la enseñanza del Derecho

(Parte final)

Foto: lapatilla.com

Foto: lapatilla.com

Martha C. Nussbaum

00:00 / 28 de enero de 2014

E. La duda

Una prestigiosa filósofa moral aficionada a plantear duros dilemas en forma de desconcertantes ejemplos imaginarios dio clases durante cierto tiempo en una famosa facultad de Derecho. Un día presentó a su clase uno de sus ejemplos más famosos, el cual suscita cuestiones muy sutiles sobre responsabilidad moral y legal, sobre la relación entre actos y omisiones, y mucho más.

Tenía la intención de presentarlo tal y como lo enseñaba usualmente a los filósofos y aclaró sus implicancias de manera de demostrar cuán complicadas y confusas son en verdad estas cuestiones y cuán difícil es dar un orden coherente a todas las intuiciones relevantes.

Su intención se frustró. Los estudiantes de leyes continuaron preguntándole cuál era la respuesta correcta, sin siquiera proponerse a ensayar una. Esto le pareció desconcertante y contraproducente para el tipo de comprensión que ella consideraba más relevante para el derecho.

La filósofa era Judith Jarvis Thomson, quien tal vez tuviera una influencia práctica mayor a la de cualquier otro filósofo americano –a través de su famoso artículo sobre el aborto (1)– y difícilmente fuera una teórica insensible a la necesidad de soluciones prácticas. La escuela de derecho no era una escuela de negocios alejada de la teoría y la intelectualidad: se trataba de Yale.

Esta historia llega al corazón de mi preocupación con Sócrates como modelo, por cuanto lo que resulta más agravante sobre Sócrates a los atareados profesionales (2) con quienes se topa es el hecho de que él no permitirá arribar a una conclusión nítida. Siempre hay más indagaciones, siempre más complejidad, siempre más preguntas irritantes.

Tal como consta en Calidad de vida, siempre es posible no cuestionar y la pregunta no hecha no necesita ser contestada. El Señor Gradgrind sabía que un sistema ordenado estaría mejor sin incentivar a sus alumnos a plantear preguntas (3).

Estoy segura de que estimular en los alumnos hábitos de pensamiento que serán rápidamente aplastados, extirpados por la profesión legal, es un dilema complejo de resolver. Por otro lado, me parece que a los jueces y los pensadores del derecho les vendría bien un poco más de duda socrática: una indagación rigurosa y concertada sobre las sutilezas de alguna cuestión fundamental, informada por información empírica relevante.

Creo también, como Sócrates, que esta clase de reflexiones y pensamientos es algo bueno de hacer para los seres humanos en general. Lo que quiero decir es que permitan que los estudiantes de leyes se planteen interrogantes y luego, tal vez, donde sea que estén, sentirán la presión de una pregunta socrática que crece para molestarlos mientras procuran ser simples.

Creo que esto es una de las más grandes desventajas de utilizar la ciencia como normativa en el razonamiento legal. Pues la ciencia, al menos como la practican los científicos, es raramente socrática y de algún modo no puede serlo. No puede someter a escrutinio sus propias concepciones y fundamentos al tiempo que lleva adelante sus investigaciones.

Thomas Khun ha demostrado que hay una distinción bien precisa entre la “ciencia común y corriente” y el cuestionamiento de paradigmas que acontece en tiempos de revolución científica (4). Concebir el derecho como “ciencia común y corriente” lo ha vuelto impermeable a muchas preguntas que debería seguir haciéndose a sí mismo y aprendiendo a formular mejor.

Potenciales abusos

He hablado de los usos de la filosofía, ahora es preciso que me explaye sobre sus potenciales abusos, que son numerosos; fracasar en confrontarlos podría rápidamente desbaratar la empresa que tengo en mente.

Sócrates y Aristóteles vieron que los archienemigos de la buena filosofía en la vida pública eran los sofistas, quienes gracias a su hábil discurso consiguen captar atención, pero cuya falta de un compromiso humano profundo y de un riguroso autoescrutinio los lleva a anticipar propuestas que sólo consiguen el descrédito de la filosofía ante la gente práctica (5).

En este respecto, no nos hemos alejado demasiado de la antigua Atenas. Los sofistas siguen presentes y, desafortunadamente, gran número de los filósofos que se estudian en las escuelas de derecho son sofistas (6). Esto es así, pues es más fácil estudiar a un sofista que a un buen filósofo, en tanto un sofista a menudo dirá que el resto ha cometido un simple y único error y es entonces preciso leer sólo su obra y no a los otros.

Un sofista escribirá seductoramente y en jerga, llevándolos a pensar que han llegado a dominar algo profundo si han aprendido cómo usar esta última. No es mi intención dar nombres aquí; no quisiera herir susceptibilidades pues no tengo tiempo suficiente para respaldar mis críticas con argumentos.

Pero sí creo que la gran influencia de la teoría literaria continental reciente a propósito de los aspectos filosóficos de la academia legal ha sido desastrosa para el derecho y para el rol de la filosofía en el derecho (7). Ha llevado la discusión a lugares que, ya hace tiempo, han probado ser improductivos para el debate; ha llevado a los estudiantes a ser menos rigurosos y más indiferentes a la claridad lógica.

Sostengo que la tradición de la filosofía analítica es en parte responsable de esto, pues en ocasiones ha escrito quisquillosamente y cargada de jerga, adoptando conceptos de claridad y rigor excesivamente estrechos (8).

Quienes la practican han demostrado desdén por lo práctico y lo político. El modo en que se expresan repele a los curiosos prácticos, pues su lenguaje está lleno de guiños y alusiones y no consiguen apelar, a través de ejemplos, al sentido de experiencia del lector. Cicerón hizo esta crítica de la filosofía académica hace tiempo, dirigiéndose a los estoicos.

Sus argumentos silogísticos, pequeños y estrechos, pinchan a sus oyentes como alfileres. Incluso si asienten intelectualmente, de ninguna manera se los afecta en sus corazones, sino que se alejan en la misma condición en la que llegaron. El tema en cuestión sea tal vez cierto y acaso importante; pero los argumentos lo abordan con mezquindad y no como lo amerita (9).

Estos mismos errores, en filosofía analítica contemporánea, han llevado a mucha gente a pensar que ésta no tiene nada que ofrecer a las personas inmersas en la vida corriente y han contribuido al encanto suscitado por los proveedores de aparente y engañosa profundidad. Sin embargo, la solución no reside en deshacerse del rigor y la precisión de la tradición analítica, sino en enseñarle cómo escribir y cómo pensar.

No hay razón para que la filosofía rigurosa no pueda ser bien escrita, adaptada para comunicar verdades importantes a la gente ocupada por los asuntos prácticos. La historia de la filosofía provee toda clase de refutaciones a esa idea. Comenzando, al menos en la tradición occidental, por Platón, seguido de Hume y Adam Smith, y J. S. Mill y William James hasta los más eximios escritores filosóficos del presente.

Hay otros riesgos para una filosofía que procura interactuar productivamente con el Derecho. La filosofía es a veces demasiado indiferente a los hechos empíricos, a la ciencia, a la historia, a la psicología. Este defecto, lo suficientemente malo cuando la filosofía se las ve consigo misma, es absolutamente fatal cuando trata de dialogar efectivamente con los abogados.

La historia de la ética médica en Estados Unidos muestra que este defecto no debe existir, que los filósofos son perfectamente capaces de aprender lo que tienen que aprender para hablar con los profesionales de otras disciplinas. Otros vicios son más difíciles de evitar, pues están vinculados a las virtudes filosóficas.

Dada su preocupación por las investigaciones con final abierto y el debate, por los interrogantes en el mejor sentido, la filosofía es lenta cuando se trata de arribar a soluciones concluyentes. A veces parece agonizar casi estéticamente frente a las dificultades de la vida.

Pero los abogados quieren y necesitan resultados concluyentes y la clase de Judith Jarvis Thomson en Yale no estaba tan errada al pretender una solución al problema, si bien su paciencia era ciertamente prematura, coartando el aprendizaje real que su argumento podía proporcionar (10).

Finalmente, surgen problemas muy interesantes e inquietantes cuando la respuesta que parece ser ideal en términos filosóficos no es la que (mejor) puede ser implementada en el marco de la estructura institucional vigente. Mi colega Dan Brock, miembro de la Comisión Clinton para el Seguro de Salud, también trabajó en la administración Carter como filósofo de la Comisión Presidencial para el Seguro de Salud y la Ética Médica.

Como filósofo había pasado bastante tiempo criticando la precisa distinción entre matar y dejar morir, arguyendo que al reflexionar sobre esta distinción no era posible dar cuenta de intuiciones comunes y prácticas que la preserven como diferencia central en lo que a terminar la vida respecta. Pero también había argüido que en algunas circunstancias matar es moralmente admisible.

Pronto descubrió que la política pensaba diferente: sería posible aprobar una ley que se ajustara a los resultados que él consideraba mejores, pero sólo insistiendo firmemente en la distinción entre matar y dejar morir, luego aseverando que esta línea caía justo donde él realmente creía que residía la diferencia entre muerte permisible y no permisible. Un filósofo remilgado no serviría de guía en este caso. Brock se debatía entre ser un filósofo remilgado o uno que quería lograr resultados.

Lo mismo sucede con frecuencia en derecho. En un trabajo reciente sobre teoría y práctica legal, Cass Sunstein da ejemplos sorprendentes de casos en los que, tras considerar todas las opciones, lo que parece ser mejor no lo es en un mundo con las limitaciones características del derecho (11). Un principio de libre expresión filosóficamente ideal puede ser menos capaz de funcionar en nuestras estructuras institucionales imperfectas que uno filosóficamente menos defendible. Los jueces nunca son libres de resolver lo mejor. Están limitados por la historia, por los precedentes, por la naturaleza de las instituciones legales y políticas.

Esto significa que cualquier filosofía que contribuya con el derecho debe ser flexible y atenta empíricamente, no ya remilgada y lejana. El propósito no debería ser producir estudiantes que piensen como filósofos; el propósito debería ser producir estudiantes que puedan usar los aportes de la filosofía de una manera flexible al lidiar con los problemas prácticos que encuentren.

¿Cómo funcionaría todo esto concretamente?

¿Imagino una cátedra de filosofía, obligatoria para todos los estudiantes? Y si lo hago, ¿cuáles de entre los tantos temas aquí mencionados debería abarcar esa cátedra?¿O, en cambio, imagino un enfoque en el cual la filosofía domina el programa de estudios y las cuestiones y dudas filosóficas se discuten en el segundo y tercer año de la carrera, sea cual fuere el tópico en cuestión que las suscita? La misma pregunta se ha hecho Deborah Rhode, en un artículo reciente sobre la enseñanza de la ética legal (12). Tiendo a simpatizar con su preferencia por lo que ella llama “el método dominante”.

Pero debo definir pros y contras antes de arribar a la solución que realmente preferiría. Por otro lado, el filósofo que dicte en una escuela de leyes un curso especializado tendrá muy poco contacto con el resto de la educación de sus estudiantes.

Un curso especializado en filosofía –incluso uno diseñado de manera tal que aborde discusiones metodológicas y al mismo tiempo haga un buen trabajo filosófico sobre una variedad de problemas (una tarea por cierto desalentadora)– estaría demasiado desvinculado del resto de lo que los estudiantes estuvieran haciendo como para tener demasiado impacto en la manera en que reflexionarían sobre cada tema legal conforme surgieran.

Esta distancia estaría agravada por la probable separación entre el filósofo visitante y el resto de los docentes. Estos últimos no sabrían en qué estaría trabajando el primero y tendrían pocos incentivos para integrarlo a sus propias currículas. Sin interacción entre ellos, el filósofo no adquiriría los conocimientos de derecho suficientes para hacer una contribución contundente.

Por otro lado, el filósofo que lea artículos sobre tópicos filosóficos en las publicaciones legales recientes será disuadido sobre los probables resultados del método dominante. Lo que el juez Posner dice en su trabajo es manifiestamente cierto: “Los estándares profesionales de la filosofía sobre ella misma son bien diferentes a los estándares aplicados en los artículos filosóficos en esa clase de publicaciones. La mayor parte de lo que he leído sobre emoción y empatía en derecho, por ejemplo, no recibiría una nota demasiado buena aunque se tratase de un ensayo escrito por un estudiante de grado en el curso que dicto en Brown; no guardaría ninguna relación interesante con la literatura profesional de la disciplina”.

Lo que esto parece demostrar es que los académicos del derecho que captan algo de filosofía y hacen una o dos cosas en ese campo, lo hacen bastante mal. No es que esto sea sorprendente, pues nada que uno aborde sin el suficiente estudio y experiencia puede ser bueno.

Lo asombroso es que la gente asume que puede hacerlo, mientras que jamás se creerían capaces de escribir sobre ciertas cuestiones matemáticas sin los años suficientes de estudio previo o de cantar en el escenario de la Ópera de San Francisco sin antes tomar clases de canto. Esta deplorable circunstancia sugiere que la enseñanza de la filosofía en las escuelas de derecho debe ser impartida por filósofos profesionales.

¿Cómo deberíamos lidiar con este dilema?

Propongo el siguiente modelo. Las escuelas de Derecho podrían emplear a uno o dos filósofos, preferentemente en trabajos de medio tiempo. Conservarían una estrecha conexión con su disciplina base y continuarían enseñando a estudiantes de filosofía, pero tendrían también suficiente tiempo en la escuela de leyes para aprender, gradualmente, mucho sobre Derecho, tomando clases y eventualmente dando clases en los cursos del primer año. Enseñarían, al mismo tiempo, algunos cursos especializados en filosofía, y en seminarios.

Más allá de esto, se harían esfuerzos por establecer grupos de trabajo que reúnan al filósofo con el resto del cuerpo docente, con el propósito de estudiar en profundidad y detalle la manera en que las cuestiones filosóficas serán integradas a la enseñanza regular del Derecho.

Así, el filósofo se vuelve un recurso para toda la comunidad legal y es, al mismo tiempo, forzado a ser práctico y empíricamente entendido en su aproximación al Derecho.

Este mismo modelo es usado en todo el país en las facultades de medicina, con excelentes resultados. Para atenerme a mi propia institución, mi colega Brock dedica la mitad del tiempo a la escuela de filosofía y la otra mitad a la escuela de medicina. En esta última, es tanto docente como referente en la enseñanza teórica y la práctica clínica.

Puesto que los doctores ven que él no es un académico altanero con quien mantener charlas abstractas ocasionales, sino un profesional comprometido que hace las rondas con ellos y se preocupa por los detalles de su trabajo, confían en él y permiten ser influidos por sus argumentos. En tanto él sabe lo que ellos están haciendo, puede dar argumentos pertinentes y no ya vacíos.

Dado que los estudiantes escuchan sus rigurosos argumentos, muchas veces perciben las cosas de otra manera, en especial en lo concerniente a los derechos de los pacientes, donde a menudo los médicos más jóvenes creen saberlo todo. Porque no ha abandonado el departamento de filosofía, sino que continúa interactuando con colegas y estudiantes en temas de epistemología, metafísica, teoría de la acción y varias áreas de teoría política y moral, es capaz de retener el rigor de la filosofía y llevar ese rigor a su trabajo médico.

Comencé con los filósofos de la antigua Grecia; terminaré con un joven estudiante doctoral que escribía su tesis sobre la conexión entre teoría y práctica en los filósofos de la antigua Grecia. Él sostenía que la tradición filosófica griega ofrecía al filósofo moderno un paradigma mundano de compromiso y al mundo un ejemplo de la importancia práctica de la filosofía. Su punto era el siguiente:

La filosofía no está fuera del mundo de la misma manera en que el cerebro del hombre no está fuera suyo. La filosofía, de seguro, se presenta en el mundo con su mente antes de plantarse en la tierra con sus pies, mientras que muchas otras esferas humanas han estado enraizadas en la tierra y recolectado los frutos del mundo mucho antes de notar que la “cabeza” también pertenece a este mundo o que este mundo es el mundo de la cabeza (13).

El autor de esta aseveración fue también el autor de la influencia práctica de la filosofía en el mundo más penetrante jamás conocida desde que Marco Aurelio gobernaba el Imperio Romano. No digo con esto que el filósofo legal debiera, en general, ser un seguidor de Karl Marx o buscar la clase de influencia que Marx buscaba (de hecho, Marx repudió la concepción que había tenido en su juventud sobre el rol de guía de las ideas en la vida pública y estaría reñido con el punto de vista que estoy desarrollando aquí) (14).

Lo que sí creo es que esta exuberante afirmación expresa dos verdades importantes: éste es un mundo filosófico, nos guste o no; un mundo en el que las ideas y concepciones filosóficas son entendidas o malinterpretadas, para bien o para mal, y la acción se toma como resultado de estos entendimientos.

Al mismo tiempo, por su objetividad, e incluso tal vez gracias a ella, el filósofo es visto como alguien que contribuye al mundo. Sus pensamientos y argumentos guardan relación con el mundo y con el potencial de conducirlo a un entendimiento más completo y claro de sí mismo. Creo que estos hechos nos dan razones bien poderosas para incorporar la enseñanza de filosofía a la enseñanza del Derecho.

Notas

1. Thomson, Judith Jarvis, “A Defense of Abortion”, en 1 Phil. & Pub. AFF. 67, 1971, reimpreso en Thomson, Judith Jarvis, Rights, Restitution, and Risk: Essays in Moral Theory, 1986.

2. Esta palabra es de alguna manera un anacronismo, puesto que muchos de los políticos y poetas con quienes habla no habían generado dinero en provecho propio; pero la utilizo para indicar que eran conocidos y descriptos en la ciudad por la especialidad que practicaban y a la cual dedicaban un gran esfuerzo y grandes cantidades de tiempo, como los profesionales modernos.

3. A propósito de la escuela de Gradgrind, ver Nussbaum, Martha C., “The Literary Imagination in Public Life”, en 22 New Literary Hist. 879, 1991. Ésta es la primera de mis lecciones sobre Rosenthal, impartida en la escuela de derecho de la Universidad de Northwestern en la primavera de 1991.

4. Kuhn, Thomas S., The Structure of Scientific Revolutions, 2ª ed., 1970. Con relación al punto de Posner, señalo que Kuhn ha sido entrenado en filosofía y ciencia, y ha desarrollado trabajos interdisciplinarios. No sé en qué disciplina obtuvo su doctorado, pero esto es irrelevante (mi propio doctorado no es en filosofía, sino en filología clásica); lo que importa es la disciplina en la que uno se desempeña, sobre la que uno recibe críticas de sus colegas, etc.

5. Para la opinión de Aristóteles sobre esto ver Aristóteles op. cit.

6. Ver Nussbaum, Martha C., Sophistry about Conventions, en Nussbaum, supra nota 26, at 220-29; Nussbaum, “Skepticism...”, op. cit.

7. Para discusiones sobre esta influencia y ejemplos concretos, ver Nussbaum, “Skepticism...”, op. cit. Hablo allí de la teoría literaria continental y no íntegramente de la filosofía continental, que es un asunto diferente y mucho más complejo. Ver “Discusión”, en 45 Stan. L. Rev. 1671, 1687, 1993 (comentarios de Martha Nussbaum).

8. Éste es un tema central en Nussbaum, Love’s Knowledge..., op. cit. Y para un excelente tratamiento de este tema, ver Tanner, Michael, “The Language of Philosophy”, en The State of the Language, pp. 458-466 (Leonard Michaels y Christopher Rickes, eds., 1980).

9. Cicerón, De finibus, 4.7.

10. Sobre esto como posible inconveniente a un abordaje filosófico del derecho, ver, Sunstein, Cass R., “On Legal Theory and Legal Practice”, en 37 Nomos: Theory and Practice, 1993.

11. Id.

12. Rhode, Deborah L., “Ethics by the Pervasive Method”, en 42 J. Legal Educ. 31, 1992.

13. Marx, Karl, Rheinische Zeitung, 14 de julio de 1882.

14. No deseo, sin embargo, negar la importancia fundamental de las instituciones, leyes y condiciones materiales en la formación de ideas; estoy discutiendo aquí sólo una dirección de un proceso de influencia que es evidentemente recíproco.de la Universidad de Brown. Profesora visitante de Derecho, Universidad de Chicago.

Es Profesora de Filosofía, Clásicos, y Literatura Comparada, Universidad de Brown. Profesora visitante de Derecho, Universidad de Chicago.

Tomado de: derecho.uba.ar

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3
4 5 6 7 8 9 10
18 19 20 21 22 23 24
25 26 27 28 29 30

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia