La Gaceta Jurídica

El abogado ante la moral, la ética y la deontología jurídica

Estos conceptos y roles sociales se encuentran contenidos de una fuerte carga valorativa, la cual hoy día se convierte en el bastión indispensable para la reconstrucción de una nueva sociedad

El abogado ante la moral,  la ética y la deontología jurídica

El abogado ante la moral, la ética y la deontología jurídica FOTO: es.hellokids.com

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Chinchilla Sandí*

00:00 / 10 de enero de 2016

Es evidente que existe una sensible tendencia mundial a consagrar, en forma específica y clara, las reglas correspondientes al campo de la deontología profesional de la abogacía, así como regular en forma específica la obligación de los abogados de respetar esta normativa.

Su incumplimiento podrá provocar, sanciones en el ámbito disciplinario interno, sin perjuicio, según fuera el caso, de tener que hacer frente a una responsabilidad civil y penal.

Conforme a lo expuesto, el ejercicio de la abogacía reclama, irremediablemente, un proceder ético con respeto de las reglas deontológicas establecidas por cada colegio profesional en los países del mundo. El respeto a estos códigos deontológicos brinda un elevado estatus de respeto, confianza y credibilidad en el profesional en Derecho, lo que facilita una relación de mayor confianza y seguridad entre el cliente y su abogado.

Cuando estamos ante reglas deontológicas poco claras, omisas, sin sanciones manifiestas o eficaces hacia los agremiados que incumplen sus deberes profesionales, la relación cliente-abogado se desgasta, la profesión entra en crisis y emerge, imparable y destructivamente, una total desconfianza y descrédito de la profesión del abogado.

Ante este esquema, quienes ganan la batalla son los profesionales corruptos e inescrupulosos que dirigen su ambición hacia la obtención de considerables –o, en algunos casos, miserables– sumas de dinero, corrompiendo el arte de la abogacía y precipitando la profesión a su desaparición.

Lo que siempre debemos tener presente es ese comportamiento ético en nuestra vida privada como ciudadanos, pero, con mayor compromiso, en nuestro proceder público como abogados. Por ello decimos que (…) no es posible encontrar un corrupto ciudadano que sea, a su vez, un ejemplar profesional; como tampoco es posible imaginar un correcto abogado que sea un deshonesto ciudadano (…).

Estos conceptos y roles sociales se encuentran contenidos de una fuerte carga valorativa, la cual hoy día se convierte en el bastión indispensable para la reconstrucción de una nueva sociedad, la cual ha venido perdiendo una serie de valores de especial atención del ser humano, uno de ellos, quizá el más relevante, la ética.

Rescatar este valor por parte de los abogados en su conducta profesional constituye, medio y garantía de reconstrucción y vuelta al camino, por los cánones de la conducta social ética. Donde cada ámbito de organización profesional –todas y cada una de las profesiones consideradas liberales– debe asumir su responsabilidad para hacer realidad el cumplimiento y acatamiento por convicción –en el mejor de los casos– de sus reglamentos deontológicos.

Identidades y diferencias entre la ética y la deontología

Cuando hemos hablado de deontología, irremediablemente hemos realizado alusión a la ética y, en especial, a la llamada ética profesional.

Se propone que “la ética profesional es esa ética aplicada, no normativa y no exigible, que propone motivaciones en la actuación profesional, que se basa en la conciencia individual y que busca el bien de los individuos en el trabajo. La ética es, por lo tanto, el horizonte, la configuradora del sentido y la motivación de la deontología”  (1).

Esta relación resulta sumamente estrecha, donde la deontología cuenta como punto de referencia y motivo de regulación, la ética profesional. La primera no subsiste sin la segunda y, de igual modo, la segunda no cuenta con sentido práctico de regulación y cumplimiento obligatorio, sin identificarse con un cuerpo normativo deontológico.

En este sentido, se dice que la deontología es la ética aplicada al campo profesional –v. gr.; abogacía–, que se concreta en normas y códigos de conducta exigibles a los profesionales. Esta normativa esa aprobada por el colectivo de los profesionales, donde se enumeran una serie de deberes y obligaciones mínimos para todos estos profesionales, regulando consecuencias de carácter sancionador –disciplinario– (2).

En esta búsqueda de similitudes, podemos encontrar esenciales diferencias entre ética y deontología, las cuales no hacen más que aclarar la estrecha relación entre una y otro, Podemos señalar algunas diferencias que resultan de especial relevancia (3), veamos;

a) Cumplimiento de valores éticos y normas deontológicas. El cumplimiento de los valores éticos corresponde a un campo de la intimidad del ser humano, donde decide si los sigue o, de lo contrario, reniega de ellos se procede en forma consecuente.

No existen normas imperativas que sancionen a aquellos ciudadanos que no respeten las regulaciones sociales morales y éticas; como tampoco encontramos mecanismos institucionalizados de amenaza para que los preceptos éticos se interioricen en cada ser humano y se conviertan en regla de vida de todos.

Por el contrario, en el campo de la deontología profesional su tendencia es la creación de regulaciones consensuadas de carácter moral y ético que se recogen en normativas internas para las diferentes profesiones, incluida la abogacía, donde estas dispo- siciones resultan de aplicación universal a todos los agremiados y de cumplimiento obligatorio.

Inicialmente con un carácter preventivo pero, en caso de incumplimiento a estos preceptos deontológicos, surge la faceta imperativa y sancionatoria, donde podemos pensar en una simple amonestación o llamada de advertencia, hasta la suspensión en el ejercicio profesional.

b) Enseñanzas de la deontología a la ética. La ética tiene mucho que aprender de la deontología, pues la primera presenta un ámbito de regulación más genérico, abstracto y distante de los sujetos a los cuales se dirige, por lo que su efectividad y seguimiento resulta cuestionable y difícil de entender.

Por su parte, la deontología muestra problemas y realidades concretas del profesional, donde se regula en forma directa y efectiva el acatamiento de las disposiciones o regulaciones ético-profesionales, pues su incumplimiento se encuentra inmerso dentro del ámbito de sanciones disciplinarias que podrían provocar, en el más grave de los casos, la separación temporal en el ejercicio profesional de aquellos agremiados que han incumplido estas normas deontológicas.

c) La ética se dirige a la conciencia individual, por el contrario, la deontología regula lo aprobado para el ejercicio de una profesión –carácter colectivo–. La ética dirige su atención –en última instancia– a la conciencia individual; sin embargo, esta conciencia personal necesita remitirse a reglas objetivadas en códigos deontológicos. Por su parte, la deontología tiene que regular lo aprobado para el ejercicio de una profesión, lo que le brinda el carácter colectivo.

La deontología consiste en un desarrollo de los principios morales, partiendo de la existencia de normas jurídicas, hábitos, usos, costumbres, situaciones socioeconómicas del profesional, etc.

d) El código deontológico regula la conducta del profesional en su campo y prevé sanciones por su incumplimiento. La eficacia del código deontológico excede el fuero interno del profesional, pues ante la realización de ciertas conductas surge la sanción. Estas sanciones son las que brindan eficacia en la prevención de la conducta profesional incorrecta; mecanismos que no posee la ética en sí misma.

Cuadro comparativo entre la ética profesional y la deontología (4)

Ética profesional    Deontología

Etimología: ethos, modo de ser.    Etimología: deon, deber.

No normativa, no contiene    Normas, códigos sanciones.    deontológicos, prevé sanciones.

Conciencia individual.    Aprobada por un colectivo, profesionales.

Amplitud en su formulación.    Mínimos exigibles a los profesionales.

Propone motivaciones,    Exige actuaciones, da sentido.

comportamientos

Principios deontológicos de la abogacía como profesión

La deontología se inspira en unos principios generales que permiten identificar sus líneas de acción y brindan cohesión al conjunto.

Estos principios resultan particulares cuando se trata de la abogacía, por ello, el interés en identificar los mismos y conocer su contenido.

Justicia

Es difícil brindar un concepto de la justicia, muchos autores ni siquiera se detienen a pensar en ello, mientras otros se confunden en este trabajo de conceptualización. La abogacía ha sido diseñada para la justicia (5). De igual forma, Couture en su exposición de los mandamientos del abogado, recoge como tercero el siguiente;

“La abogacía es una ardua fatiga puesta al servicio de la justicia” (3).

Como vemos, efectivamente el profesional en Derecho debe dirigir su atención al fortalecimiento y aplicación de la justicia, de lo contrario, estaría incumpliendo su misión de ayuda al derecho y la misma sociedad.

Según Vásquez Guerrero se “(…) rehuye hablar lo justo en sí, se pone en duda la existencia de lo justo como absoluto, empleándose el término ‘justo’ como adjetivación del Derecho (justo) y de las disposiciones jurídicas (justas), para cuya existencia se han de cumplir dos exigencias: origen contractual de la norma o del Derecho y garantía de los derechos fundamentales” (3).

Lo justo es un bien primario y debe servir de norte al abogado en su ejercicio profesional. Por ello, para la deontología jurídica el valor supremo es la justicia y a ella dirige su atención.

En este desarrollo de la justicia ante el ejercicio profesional de la abogacía, Couture nos indicó el mandamiento identificado como tercero pero, además, nos mostró esa faceta práctica que enfrenta, aun hoy día, el abogado (litigante) ante los casos que le son sometidos a su conocimiento.

En esta tesitura, podemos introducirnos, junto con Couture, en su explicación de aquello en lo que consiste el trabajo del abogado desde la óptica de la justicia:

De cada cien asuntos que pasan por el despacho de un abogado, cincuenta no son judiciales. Se trata de dar consejos, orientaciones e ideas en materia de negocios, asuntos de familia, prevención de conflictos futuros, etcétera. En todos estos casos, la ciencia cede su paso a la prudencia. De los dos extremos del dístico clásico que define al abogado, el primero predomina sobre el segundo y el ome bueno se sobrepone al sabedor del derecho.

(…) De los otros cincuenta, treinta son de rutina. Se trata de gestiones, tramitaciones, obtención de documentos, asuntos de jurisdicción voluntaria, defensas sin dificultad o juicios sin oposición de partes. El trabajo del abogado transforma aquí su estudio en una oficina de tramitaciones. (…) De los veinte restantes, quince tienen alguna dificultad y demandan un trabajo intenso. Pero se trata de esa clase de dificultades que la vida nos presenta a cada paso y que la contracción y el empeño de un hombre laborioso e inteligente, están acostumbrados a sobrellevar.

(…) En los cinco restantes se halla la esencia misma de la abogacía. Se trata de los grandes casos de la profesión. No grandes, ciertamente, por su contenido económico, sino por la magnitud del esfuerzo físico e intelectual que demanda el superarlos. Casos aparentemente perdidos, por entre cuyas fisuras se filtra un hilo de luz a través del cual el abogado abre su brecha; situaciones graves que deben someterse por meses o por años y que demandan un sistema nervioso a toda prueba, sagacidad, aplomo, energía, visión lejana, autoridad moral, fe absoluta en el triunfo. (…) La maestría en estos magnos asuntos otorga al título de princeps fori.

(…) La opinión pública juzga el trabajo del abogado y su dedicación a él, con el mismo criterio con que otorga el título a los campeones olímpicos: por la reserva de energías para decidir la lucha en el empuje final” (8).

La Justicia tiene muchas acepciones y formas de entenderla. En este momento no nos interesa la justicia como poder –desde un ámbito político–, tampoco la justicia como cuerpo –concepto funcionarial–, y excluimos su identificación como administración de Justicia –concepto cargado de un gran valor orgánico–, sino que nos interesa identificarla en dos de sus aspectos que consideramos más relevantes; la justicia como virtud y como resultado (9).

a) Justicia como virtud

Como virtud la justicia es un principio operativo que nos dirige a ser justos (10).

La justicia es virtud social, pues cada uno de nosotros llevamos, en forma consciente o latente, una idea primera de lo que es justo, “todo lo simple que se quiera, pero natural, incorruptible, aunque pueda estar soterrada bajo vicios, pasiones e intereses, y aunque muchas veces no se la quiera escuchar. Y el abogado es –debe ser– el sacerdote de esa idea, que hace posible la convivencia y la cooperación social en un ambiente de orden fecundo” (11).

En todo esto es interesante reconocer que el talento no es cualidad suficiente en una profesión que se relaciona tan de cerca con la justicia. En este sentido, la independencia y el desinterés constituyen las virtudes esenciales y, en especial, meritorias del abogado (12).

b) Justicia como resultado

La idea de justicia lleva implícita una noción de reparto. El dar a cada uno lo suyo implica un conocimiento previo de lo que es propio de cada cual, y una atribución a título personal de lo que hemos individualizado como de su pertenencia (13).

Esta perspectiva de la justicia desde el ámbito de la proporcionalidad tiene dos visiones diferentes, según hablemos de la justicia conmutativa y justicia distributiva.

Respecto a la justicia conmutativa tenemos que la proporcionalidad adquiere un perfil de igualdad aritmética, “pues aplicándose a las relaciones interpersonales, hay una equivalencia entre lo que se da y lo que se recibe: en una compraventa, si prevalece la justicia, habrá una equivalencia entre la cosa y el precio. Cosa distinta será la determinación de lo concreto de esa equivalencia” (14).

En el caso de la justicia distributiva la proporcionalidad tiene su razón en los méritos y circunstancias personales de aquellos que participan en la distribución. Por ello, “el centro de gravedad de la operación se desplaza de la igualdad aritmética de las cosas que se da y recibe (justicia conmutativa) a la desigualdad personal de los partícipes, cuya proporción ha de respetarse (justicia distributiva)” (15).

Existe una serie de prácticas que se considera contrarias a la justicia y que dirigen a pensar en la injusticia. Lamentablemente, en algunas de estas prácticas participa el abogado como artífice de conductas inapropiadas e indecorosas, las cuales justifica, sin razón alguna, en el ánimo de ganar el pleito judicial para favorecer a su cliente.

Respecto a este tema, Couture expone su mandamiento octavo, el cual dice: “Ten fe en el Derecho, como el mejor instrumento para la convivencia humana; en la justicia, como destino normal del derecho; en la paz, como sustitutivo bondadoso de la justicia; y, sobre todo, ten fe en la libertad, sin la cual no hay Derecho ni justicia ni paz” (16).

El derrotero a seguir para el abogado se encuentra marcado por la justicia, la que no permite actuaciones contrarias a ella, por lo que, sin lugar a dudas, un proceder injusto como lo podrían ser:

a) El uso alternativo del Derecho.

b) El fraude del fin perseguido por la ley.

c) La multiplicación injustificada de incidentes o prolongación indebida de procedimientos.

d) Cualquier otra desviación del proceso hacia la obtención de fines ilícitos.

Lo anterior nos llevaría a desconocer el preciado valor de la justicia para adentrarnos en un desvalor –o valor negativo– y perjudicial para el ejercicio de la abogacía, el derecho y la sociedad en general, como es la injusticia.

Algunos de los profesionales en derecho, que no han logrado interiorizar la importancia de sus propios códigos deontológicos proceden, en forma consciente, a dirigir su ejercicio profesional de manera inadecuada y contraria a la justicia, la libertad y el mismo derecho. Por ello, estas normas deontológicas emergen en reclamo de esta desviación y le requieren al abogado afrontar su responsabilidad por las actuaciones realizadas.

Continuará

Notas

1. Cfr. Torre Díaz, Francisco Javier de la, Ética y Deontología Jurídica, Madrid, 2000, p. 107.

2. Cfr. Torre Díaz, Ética…, cit. p. 107.

3. Ver, Torre Díaz, Ética…, cit., pp. 106-107.

4. Este cuadro comparativo entre la ética profesional y la deontología es el resultado de las diferencias que se aprecia entre una y otra, tomado de Torres Díaz, Ética…, cit., p. 107.

5. Cfr. Martínez Val, José María, Abogacía y Abogados, Barcelona, 1981, p. 35.

6. Ver, Couture, Eduardo J., Los mandamientos del Abogado, Buenos Aires, 1994, p. 11.

7. Ver, Vázquez Guerrero, Francisco Daniel, Ética, Deontología y Abogados. Cuestiones generales y situaciones concretas, Barcelona, 1997, p. 43.

8. Couture, Los Mandamientos…, cit., pp. 31-33.

9. Cfr. Vázquez Guerrero, Ética…, cit., pp. 44-46; en igual sentido, Martínez Val, Abogacía…, cit., pp. 37-38.

10. Ver, Vázquez Guerrero, Ética…, cit. p. 44.

11. Martínez Val, Abogacía…, cit. pp. 37-38.

12. Cfr. Gómez Pérez, Rafael, Deontología Jurídica, Pamplona, 1988, p. 294.

13. Ver, Vázquez Guerrero, Ética…, cit. p. 45.

14. Vázquez Guerrero, Ética…, cit., p. 45.

15. Vázquez Guerrero, Ética…, cit., p. 45.

16. Couture, Los mandamientos…, cit. p. 51

*    Fue Juez Superior del Tribunal de Casación Penal de Costa Rica.

Tomado de: Revista de Ciencias Jurídicas Nº 109, enero-abril 2006, revistas.ucr.ac.cr

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