La Gaceta Jurídica

El (absurdo) juicio en contra de Galileo

(Parte I)

Foto: lashistoriasyyo.blogspot.com

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La Gaceta Jurídica / Alejandro Anaya Huertas

00:00 / 22 de mayo de 2012

Actas del proceso contra Galileo Galilei

A pesar de los trabajos que no pocos estudiosos han realizado en el pasado para “descubrir” o, mejor dicho, encontrar las actas del proceso inquisitorio de Galileo Galilei, hasta hoy no poseemos más que los escritos originales de un mísero resto extraído de voluminosos “expedientes” inquisitorios de Galileo de la época del proceso (1633) o de poco después.

Este “extracto” permaneció por siglos en el archivo de la Congregación del Índice y se llevó después a París durante la confiscación de los Archivos Vaticanos, dispuesta en 1810 por Napoleón, pasando por las manos del duque de Blancas y, finalmente, enviado por la viuda de éste al Archivo Secreto Vaticano en 1843.

El volumen II, que erróneamente se ha designado por mucho tiempo como “Proceso de Galileo Galilei”, es en realidad un conjunto de escritos recopilados por la Congregación del Índice tras la condena de Galileo con el fin de aplicar, sobre la base de las deposiciones y confesiones del proceso, la prohibición de sus libros y la enseñanza de su doctrina (en el interior hay numerosas cartas de obispos o representantes pontificios que atestiguan haber recibido la notificación de dicha prohibición).

Algunos de estos escritos se extrajeron de los expedientes perdidos (parece ser que se trata de varios volúmenes) del proceso de Galileo, del cual se conserva todavía la foliación (uno de estos volúmenes tenía al menos 560 folios, unas 1.120 páginas).

Tras la condena de las tesis científicas que sostenía Galileo se llegó, como es bien sabido, a la abjuración pronunciada por el gran pisano en la iglesia de la Minerva, el 22 de junio de 1633. En los meses siguientes, Galileo obtuvo de Urbano VIII la posibilidad de cumplir su pena de prisión en su villa de Arcetri (1 de diciembre de 1633). Desde ahí, el 17 de diciembre de 1633 enviaba una carta totalmente autógrafa a su “protector”, el cardenal Francesco Barberini, gracias a cuya intervención había obtenido ese favor.

Los documentos disponibles del proceso contra Galileo se pueden descargar gratuitamente en Internet y pese a contener tan sólo una parte de la información histórica, revelan aspectos cruciales del interrogatorio que nos ayudan a desentrañar la esencia del argumento de la Inquisición que resolvió la condena a Galileo Galilei.

Las herejías y la obra de Copérnico

El XII Concilio Ecuménico, mejor conocido como el IV Concilio de Letrán, tuvo lugar a partir de 1215, a convocatoria del Papa Inocencio III. Entre los muchos asuntos que trató y desahogó, destaca por su importancia la aprobación de un decreto sobre la lucha contra las herejías, cuyo primer párrafo a la letra dice: “Excomulgamos y anatemizamos toda herejía opuesta a la Santa Fe, ortodoxa y católica. Condenamos a todos los herejes, llámense como se llamen; difieren por la faz, pero están ligados por el rabo, ya que la vanidad les reúne. Todos los herejes condenados deberán ser entregados a las autoridades seculares competentes o a sus representantes para sufrir la pena merecida…” (1)

Grigulevich, en su “Historia de la Inquisición”, cita a Bernard Gui, inquisidor francés del siglo XIV, quien señaló que “la Inquisición tiene por objeto destruir la herejía; no se puede acabar con la herejía si no se acaba con los herejes, y exterminar a los herejes es imposible si no son aniquilados a la vez que sus encubridores, simpatizantes y protectores” (2).

La Iglesia entendía por herejía la negación premeditada de los artículos de la fe católica y la persistencia explícita en las concepciones erróneas. Así, fue considerado como hereje todo creyente que estando familiarizado con la doctrina católica, la negara y predicara algo opuesto.

En el último año de su vida (1543), Nicolás Copérnico publicó su De Revolutionibus Orbium Coelestium (La revolución de las órbitas celestes) en el que ofreció un panorama del Universo diametralmente opuesto al que sostenía que la Tierra era el centro del Universo.

Copérnico había dedicado buena parte de su vida a las tareas administrativas y a la práctica religiosa (fue canónigo de la catedral de Frombork) y estudió matemáticas, jurisprudencia y medicina en Cracovia, Padua, Ferrara y Bologna.

Copérnico y su eficaz control de daños

Basándose sobre todo en las observaciones de otros, Copérnico postuló en su libro que no es la Tierra la que ocupa el centro del universo, como se sostenía en el imperante sistema ptolemaico –desde hacía más de dos milenios–, sino que era el sol el que se encontraba en esa posición privilegiada.

No cabe duda de que Copérnico antes de publicar su obra hizo un eficaz y minucioso control de daños. Para empezar, está dedicada al “Santísimo Señor Paulo III, Pontífice Máximo”, “…preferí dedicar estas elucubraciones a tu Santidad antes que a cualquier otro, puesto que también en este remotísimo rincón de la Tierra, donde yo vivo, eres considerado como eminentísimo por la dignidad de tu orden y también por tu amor a todas las letras y a las matemáticas, de modo que fácilmente con tu autoridad y juicio puedes reprimir las mordeduras de los calumniadores, aunque está en el proverbio que no hay remedio contra la mordedura de un sicofante”.

Adicionalmente, De Revolutionibus Orbium Coelestium  cuenta con un prefacio elaborado por el teólogo protestante Andreas Osiander, responsable de la edición de la obra:

“El autor de esta obra no ha cometido nada por lo que merezca ser reprendido… No es necesario que estas hipótesis sean verdaderas, ni siquiera que sean verosímiles… Permítasenos que se den a conocer entre las antiguas, no como más verosímiles, sino porque son al mismo tiempo admirables y fáciles y porque aportan un gran tesoro de sapientísimas observaciones. Y no espere nadie, en lo que respecta a las hipótesis, algo cierto de la astronomía, pues no puede proporcionarlo; para que no salga de esta disciplina más estúpido de lo que entró, si toma como verdad lo imaginado para otro uso”.

Tal vez por esto, De Revolutionibus tuvo a la postre menos problemas que otros libros: en 1616 fue incorporado al Index Librorum Prohibitorum, pero quedó proscrito “donec corrigatur” (“hasta que sea corregido”), mientras que el Dialogo sopre i due massimi sistema del mondo de Galileo, prohibido en 1633, ingresó al Index incondicionalmente. Y ahí siguió hasta 1835, a pesar de que en 1757 el papa Benedicto XIV había revocado el decreto anticopernicano.

Galileo y el Cardenal Bellarmino

El Cardenal Roberto Bellarmino, jefe de la Congregación del Santo Oficio (3) y coautor activo de la condenación de Giordano Bruno, consideró que la innovación de Copérnico estropearía el plan cristiano de salvación. Por su parte, los descubrimientos de Galileo confirmaron la tesis fundamental de su predecesor polaco: la Tierra gira alrededor de su eje. Entonces, el científico escribió: “sospecho que los descubrimientos astronómicos señalarán el entierro o, mejor dicho, el juicio final de una filosofía falsa” (4).

Bellarmino intentó persuadir a Galileo y a sus seguidores para que los científicos presentaran sus descubrimientos como hipótesis sin oponerlos a la Biblia y, en tal caso, la Iglesia y la Inquisición los dejarían en paz. Pero Galileo insistió en que sus descubrimientos no eran meras hipótesis dudosas, sino verdades absolutas y deberían ser consideradas como tal.

Galileo era extrañamente inocente en relación con el establishment y más todavía al pensar que podía burlarlo porque era más listo. En las altas esferas inquisitoriales nunca hubo duda alguna de que sería silenciado, pues era absoluta la división entre él y las autoridades. Éstas pensaban que la fe debería dominar; y Galileo creía que la verdad debería persuadir (5).

Aunque el proceso contra Galileo tuvo lugar en 1633, desde 1616 fueron señaladas por la Iglesia las siguientes proposiciones a ser prohibidas: “que el Sol se ubica inamovible en el centro del cielo; que la Tierra no se encuentra en el centro del cielo y que no es inamovible, sino que obedece a un movimiento doble” (6).

Por ese entonces, el cardenal Bellarmino habló con Galileo y aquél lo convenció (según documento exhibido por el científico) de no sostener ni defender el sistema copernicano del mundo.

Galileo decidió aguardar y en 1623 un viejo amigo suyo, el cardenal Maffeo Barberini, se convirtió en el Papa Urbano VIII. Sostuvieron largas conversaciones en los jardines vaticanos y el astrónomo creyó que podía persuadir al Papa para suspender o soslayar la prohibición de 1616. Sin embargo, a la postre, las cosas sucedieron de un modo muy distinto (7).

La Acusación a Galileo

Galileo Galilei sostenía que la comprobación final de una teoría debe ser encontrada en la naturaleza: “Yo considero que en las discusiones sobre problemas físicos deberíamos partir no de la autoridad de los pasajes bíblicos, sino de las experiencias de los sentidos y de las demostraciones necesarias… Dios no se manifiesta de manera menos excelente en las acciones de la Naturaleza que en las sagradas declaraciones de la Biblia” (8).

Por su parte, Urbano VIII objetó que no puede haber una prueba final para los designios de Dios: “Sería una imprudencia extravagante para cualquiera el pretender limitar y confinar el poder y la sabiduría divinos a una conjetura particular de su cosecha” (9).

Mientras tanto, se encomendó a los censores dictaminar sobre las dos tesis fundamentales de la teoría copernicana propugnadas y desarrolladas por Galileo, a saber:

El Sol es el centro del Universo e inmóvil exteriormente.

La Tierra no es el centro del Universo ni es inmóvil, sino que además se mueve con un ciclo de movimiento cotidiano.

En febrero de 1616 dictaminaron que la primera tesis era “necia y absurda en el aspecto filosófico y herética desde el punto de vista formal, por contradecir obviamente las máximas de la Sagrada escritura en muchos lugares suyos, tanto respecto al sentido de lo dicho en la Escritura como en la interpretación general por los santos padres y los doctos teólogos”.

Con la misma unanimidad se pronunciaron respecto de la segunda tesis, diciendo que ella “debe someterse a la misma censura en el aspecto filosófico; considerada desde el punto de vista teológico es, por lo menos, errónea en las cuestiones de fe”.

No obstante, el momento decisivo para el astrónomo llegó en 1632, cuando publicó su Dialogo sopre i due massimi sistema del mondo, tolemaico et copernicano (Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo: ptolomeico y copernicano).

El libro tuvo un éxito rotundo; en él aparecen tres personajes: Salviati, Sagredo y Simplicio. El primero es partidario del sistema copernicano, el segundo aparece como presidente neutral de la disputa y el tercero defiende el sistema ptolemaico del Universo.

Los adversarios de Galileo encolerizaron ante la publicación e inculcaron a Urbano VIII que ese libro era “más horrible y más funesto para la Iglesia, que los escritos de Lutero y Calvino”. Finalmente, el Papa asumió que Simplicio era su propia caricatura y creyó que su amigo Galileo se había burlado de él, poniéndolo como un simplón.

Escribió entonces al Embajador de la Toscana: “Vuestro Galileo ha emprendido un camino falso y osa discurrir sobre las cuestiones más importantes y peligrosas de cuantas puedan suscitarse en nuestro tiempo”.

Entonces, el 23 de septiembre de 1632, sobrevino lo inevitable: “Su Santidad encarga al Inquisidor de Florencia que informe a Galileo en nombre de la Sagrada Congregación, que deberá comparecer lo antes posible en el curso del mes de octubre en Roma, ante el Comisario General del Santo Oficio…”. Galileo contaba con 68 años de edad.

Instrucción e interrogatorio a Galileo

Una vez formulada la denuncia, el inquisidor hacía comparecer a los testigos para que pudieran confirmar la acusación. En su caso, el detenido ingresaba a una cárcel secreta, completamente aislado del mundo exterior, y la instrucción no se suspendía ni aún en caso de muerte del acusado o de su alienación (10).

La Inquisición “fundamentaba” la acusación y no lo hacía con el fin de revelar la verdad objetiva, sino para convencer al acusado de que debía reconocer su culpa y arrepentirse. La confrontación de los testigos de cargo y los detenidos estaba prohibida.

Al respecto, Nicolás Eymerich, gran Inquisidor del Reino de Aragón, sugería que se leyera la acusación suprimiendo los nombres de los denunciadores, y entonces el acusado podría conjeturar quienes habían presentado contra él tales o cuales cargos, recusarlos o invalidar sus testimonios (11).

El plazo de instrucción no se limitaba en modo alguno; los inquisidores podían retener al acusado en la cárcel hasta el pronunciamiento de la sentencia, un año o diez, incluso durante toda su vida. El recluso costeaba su manutención, con sus propios bienes, secuestrados por la Santa Inquisición. Si el detenido carecía de una fortuna suficiente para mantenerlo largo tiempo en la cárcel, su suerte se decidía en cuestión de días.

Al respecto, Eymerich recomendaba: “…(proceder con) rapidez, sin dar lugar a las triquiñuelas de los abogados ni a las solemnidades que intervienen en los demás juicios y trabajando hasta los días que son feriados para los demás jueces, rechazando toda clase de apelaciones que sólo sirven para dilatar la sentencia, y no admitiendo multitud inútil de testigos” (12).

Continuará

Notas:

1. Foreville, R., Letrán I, II, III et Letrán IV. París, 1965, p. 345.

2. Grigulevich, Iósif, Historia de la Inquisición, Editorial Progreso, Moscú, 1980, p. 347.

3. Aunque hay indicios que sostienen que fue creado en 1223, siendo Papa Gregorio IX, hay otros indicios que sostienen que El Tribunal del Santo Oficio fue creado el 21 de julio de 1542, cuando el Papa Pablo III emitió la bula Licet ab initio.

4. Grigulevich, Iósif, ibídem.

5. Bronowski, Jacob, El Ascenso del Hombre, Fondo Educativo Interamericano, México, 1979, p. 205.

6. Ibídem.

7. Se dice que Urbano VIII mandó matar a los pájaros de los jardines vaticanos porque le molestaban.

8. Bronowski, op. cit., p. 209.

9. Ibidem.

10. Grigulevich, op. cit. p. 118.

11. Eymerich, Nicolau, Le Manuel des inquisiteurs, Transcrit et complété par Francisco Peña. Introduit, traduit et annoté par Louis Sala-Molins. Paris 2001.

12. Ibídem.

*    Es licenciado en Derecho (UNAM); maestro y candidato a doctor en Administración Pública (INAP). Tomado de: eljuegodelacorte.nexos.com.mx

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