La Gaceta Jurídica

El (absurdo) juicio en contra de Galileo

(Parte final)

Foto: albumsiglo19mendea.net

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La Gaceta Jurídica / Alejandro Anaya Huertas

00:00 / 25 de mayo de 2012

La actuación inquisitoria

Por su parte, el inquisidor se preparaba minuciosamente para el interrogatorio. Examinaba la biografía del detenido, buscando episodios que permitieran doblegar la voluntad de la víctima y hacerla obedecer sin reservas al interrogante (1).

A continuación hacía decenas de preguntas muy diversas y, a menudo, no relacionadas en modo alguno con el asunto a fin de desconcertar al interrogado, hacerlo incurrir en contradicciones, decir absurdidades y reconocer algunos pecados y vicios pequeños (2).

El 12 de abril de 1633 Galileo Galilei respondió por primera vez las preguntas del Inquisidor. Como se aprecia en los documentos a los que se puede tener acceso del Archivo Secreto, las preguntas le fueron dirigidas cortésmente, en latín y en tercera persona: “¿Cómo y cuándo fue traído a Roma?”, “¿Es suyo este libro?” (Dialogo sopre i due massimi sistema del mondo), “¿Por qué decidió escribirlo?”, “¿Qué contiene su libro?”. Todas esas preguntas eran esperadas por el científico, hasta que surgió lo inesperado:

Inquisidor: ¿Estaba en Roma, en el año 1616 en particular, y con qué propósito?

Galileo: Estuve en Roma en el año 1616…, porque, teniendo conocimiento de las dudas expresadas sobre las opiniones de Nicolás Copérnico…, me decidí a venir para indagar qué posición era conveniente adoptar en esta materia.

Inquisidor: Permítasele decir qué fue decidido y qué se le dio a conocer en febrero de 1616.

Galileo: En el mes de febrero de 1616, el Cardenal Bellarmino me expresó que el sostener la opinión de Copérnico como un hecho comprobado era contrario a las Sagradas Escrituras. Por lo tanto, no podía ser sostenida ni defendida, en cambio, podía tomarse y emplearse como hipótesis. Para confirmar esto, conservo un certificado del cardenal Bellarmino, fechado el 26 de mayo de 1616, en el que dice que la opinión de Copérnico no puede ser sostenida ni defendida…

Inquisidor: ¿Recuerda si le fue indicado por otro en aquella ocasión algún otro precepto?

Galileo: No recuerdo, por haber ocurrido esto muchos años atrás, si me dijeron o transmitieron algo más, y no sé si recordaría lo dicho en el caso de que se me lo leyera. Digo francamente lo que recuerdo, porque no creo haber contravenido de modo alguno aquel precepto…

Inquisidor: Si se le declara que, en presencia de testigos, se le dieron instrucciones de que no debía sostener ni defender la citada opinión ni enseñarla en cualquier forma, permítasele ahora que diga si es que recuerda.

Galileo: …recuerdo que las instrucciones fueron que no debía ni sostener ni defender dicha opinión. De las otras dos expresiones particulares, es decir, ni “enseñarla” (nec docere) ni “en cualquier forma” (quovis modo), no tengo memoria ni están expresadas en el certificado del cardenal Bellarmino del 26 de mayo…”.

Inquisidor: Después del susodicho precepto, ¿obtuvo permiso para escribir el libro?

Galileo: Después del precepto, no solicité permiso para escribir este libro, en virtud de que consideré que no contravenía el precepto que me fue dado de sostener ni defender la referida opinión…

Inquisidor: Cuando solicitó permiso para imprimir el libro, ¿reveló el mandato de la Santa Congregación del que hablamos anteriormente?Galileo: Nada dije cuando solicité permiso para publicarlo, puesto que en el libro no sostenía ni defendía la opinión de la movilidad de la Tierra y de la estabilidad del Sol; al contrario, pruebo la opinión opuesta, mostrando que las razones de Copérnico son inválidas y no concluyentes.

Pruebas y argucias

Galileo tenía un certificado firmado por el Cardenal Bellarmino en el que solamente se le prohibía “sostener” o “defender” la teoría de Copérnico; sin embargo, la Inquisición sostuvo que contaba con otro certificado que prohibía exclusivamente a Galileo el “enseñarla en cualquier forma”.

Naturalmente, la Inquisición no tenía la obligación de mostrar tal documento al acusado, y ahora hay pruebas que acreditan que dicho certificado, base de la acción, era apócrifo y no contiene firma alguna, menos la del Cardenal Bellarmino (3).

El 20 de junio de 1633 fue interrogado otra vez y se le anunció que, al día siguiente, sería sometido a “un interrogatorio y una prueba”.

Galileo y la tortura

Aparentemente, Galileo no fue torturado, pero, si queremos darnos una idea aproximada de las torturas de la época, se tiene el testimonio del inglés William Lithgow, que fue torturado por la Inquisición española en 1620:

“Me llevaron al potro y me colocaron sobre él…, al avanzar las palancas, la fuerza de mis rodillas contra los tablones rompió los tendones de mis nalgas y las tapas de mis rodillas se hicieron pedazos. Mis ojos empezaron a salirse de sus órbitas, de mi boca salía espuma y me castañeteaban los dientes como redoble de tambor. Me temblaban los labios, mis gemidos eran terribles y la sangre brotaba de mis brazos, tendones, manos y rodillas. Al ser liberado en tales pináculos de dolor, fui echado en el suelo con esta incesante imploración: “¡Confiesa!, ¡Confiesa!” (4).

La sentencia

Por regla general, los fallos de la Inquisición eran implacables y crueles. Entre sus castigos, podía imponer censuras; podía condenar a reclusión carcelaria común o severa, como ocurrió con Galileo, y, por último, excomulgar al preso y entregarlo a las autoridades seculares (5) para que fuera quemado, como ocurrió con Giordano Bruno (6). Si la sentencia era condenatoria, el procedimiento se puede resumir de la siguiente manera:

El inquisidor daba parte a la justicia secular de que tal día, a tal hora y en tal sitio se le entregaría un hereje. El inquisidor anunciaba al pueblo que debía asistir a la ceremonia en la cual aquél predicaba un sermón sobre la fe. Los asistentes ganaban las indulgencias correspondientes (7).

Entregado el culpable a la justicia secular, ésta pronunciaba la sentencia y el hereje era conducido al sito del suplicio.

Francisco Peña, Doctor en Teología y canonista del siglo XVI opina que indudablemente debe matarse a los herejes, y Alfonso de Castro, en su Justo Castigo a los Herejes, sugiere que “es indiferente que los mate la espada o el fuego o que mueran de cualquier otro modo, pero varios tratadistas sostienen que es absolutamente preciso quemarlos” (8).

En suma, el hereje declarado culpable era candidato al gehena ígneo y, sobre el arrepentimiento del hereje en la hoguera, Eymerich narra una anécdota: “Presencié en Barcelona (el caso de un) sacerdote, sentenciado con otros dos herejes impenitentes, al encontrarse en medio de las llamas dijo gritando que lo sacaran de allí, que quería convertirse; le retiraron, efectivamente, de la hoguera quemado ya por una parte, y yo no diré si hicieron bien o si hicieron mal, pero si diré que al cabo de 14 años advirtieron que todavía dogmatizaba, de que había corrompido a muchas personas; y le entregaron otra vez a la justicia, que lo quemó” (9).

La sentencia a Galileo se redactó en los siguientes términos: “…este Santo Tribunal te considera fuertemente sospechoso de herejía, como poseído de la falsa idea, contraria a la Escritura Sagrada y Divina, de que el Sol es supuestamente centro de la órbita terrestre y no se mueve del Oriente a Occidente, mientras que la Tierra es móvil y no constituye el centro del Universo. Te reconocemos también rebelde a la autoridad eclesiástica, que te ha prohibido exponer, defender y presentar como probable una doctrina reconocida falsa y contraria a la Sagrada Escritura. Por esta razón estás sujeto a todas las penitencias y castigos que los santos cánones y otras leyes generales y particulares imponen por los crímenes de este género… Hemos dispuesto prohibir el libro titulado “Diálogo de Galileo Galilei” (sic) y recluir a ti mismo sine die en la cárcel del Santo Tribunal. Para tu arrepentimiento salvador prescribimos que por espacio de tres años leas una vez por semana siete salmos de penitencia”.

En virtud de los documentos que es factible consultar en los Archivos Secretos del Vaticano, se puede suponer que Galileo fue sometido a un interrogatorio severo. Desconocemos si fue o no torturado, pero el astrónomo se decantó por arrepentirse y abjurar, con la siguiente fórmula histórica:

“Yo, Galileo Galilei… juro que siempre he creído, como lo sigo haciendo, y con la ayuda de Dios seguiré creyendo en el futuro todo lo que sostiene, predica y enseña la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Pero, considerando que, después de un mandato judicial de este Santo Oficio, a efecto de que yo abandone la falsa opinión de que el Sol es centro del mundo y que es inamovible, y que la Tierra no es el centro del mundo, y que se mueve, y que no debería sostener, defender ni enseñar de ninguna manera, verbalmente o por escrito la susodicha doctrina, y después de haber sido notificado que tal doctrina contraviene las Sagradas Escrituras, escribí y publiqué un libro en que discuto esta doctrina, ya condenada, y en el cual presento argumentos que a las claras están a su favor, sin presentar solución alguna a ellos; y es por esta razón que el Santo Oficio ha pronunciado vehementemente que soy sospechoso de herejía, es decir, de haber sostenido y creído que el Sol es el centro del mundo y es inamovible, y que la Tierra no constituye el centro y se mueve.

Por lo tanto, deseando borrar de las mentes de vuestras eminencias, así como de las de todos los fieles cristianos esta grave sospecha, concebida razonablemente en mi contra, con el corazón contrito e inquebrantable fe, yo abjuro, maldigo y detesto los susodichos errores y herejías, y, en general, cualquier otro error y ofensa contrario a la dicha Santa Iglesia; asimismo, juro que en lo futuro nunca expresaré ni aseveraré, verbalmente o por escrito, nada que pueda dar ocasión a sospecha similar contra mi persona, y, de llegar a tener conocimiento de cualquier herejía o persona sospechosa de herejía, lo denunciaré al Santo Oficio, o al inquisidor y ordinario del lugar en que me encuentre.

Juro y prometo, además, acatar y observar íntegramente todas las penitencias que me hayan sido o me sean impuestas por este Santo Oficio. Y, en caso de contravenir (¡que Dios no lo permita!) cualquiera de estas mis promesas, protestas y juramentos, me someteré a todas las penas y penitencias impuestas y promulgadas por los sagrados cánones y otras constituciones en general y, en particular, contra tales delincuentes. Así sea con la ayuda de Dios y estos santos evangelios que sostengo en mis manos…Yo Galileo Galilei, he abjurado, con mi propia mano, como antes lo he declarado” (10).

Galileo fue confinado por el resto de su vida en su propia villa en Arcetri, cerca de Florencia, bajo estricto arresto domiciliario. A modo de conclusión

Más de tres siglos después de la sentencia, en 1968, el cardenal austriaco König, jefe del Secretariado del Vaticano para asuntos de los no creyentes, declaró que “el proceso de Galileo es quizá uno de los mayores obstáculos que durante varios siglos cerraron todas las vías de reconciliación de la religión y las ciencias naturales. Su condenación se percibe hoy de una manera particularmente dolorosa, porque todos los intelectuales (creyentes o no creyentes) estiman que Galileo tenía razón: que sus descubrimientos científicos, precisamente, constituyen el sólido fundamento de la mecánica y la física modernas”. En 1979, el Papa Juan Pablo II reconoció que la Inquisición obligó al sabio por la fuerza, atormentándolo, a renunciar a las teorías de Copérnico. Finalmente, en febrero de 2009, el Vaticano organizó una Misa en honor a Galileo, en el marco del “Año Internacional de la Astronomía”.

Es incalculable el daño a la investigación científica derivado del absurdo juicio en contra de Galileo Galilei, pero sus ideas permanecen vigentes intactas en el periplo humano que busca su lugar en el universo.

La documentación de los Archivos Secretos del Vaticano, a la que se puede acceder por Internet, en particular, la concerniente al proceso contra Galileo Galilei, nos ofrece una perspectiva invaluable sobre los paradigmas científicos y sobre la frecuentemente turbulenta relación entre la ciencia, la religión y el derecho.

Notas

1. Grigulevich, op. cit., p. 123.

2. Grigulevich, op. cit., p. 124.

3. Copia de ese documento en Bronowski, op. cit. p. 213.

4. Lithgow sobrevivió 25 años después de ser torturado, tiempo suficiente para que relatara sus experiencias en The Totall Discourse of the Rare Adventures and Painfull Peregrinations of Long Nineteene Yeares, printed by J. Miller, for M. Wotton, G. Conyers, and T. Passinger, London, 1632, new edition, 1906.

5. Esto implicaba que la Iglesia dejaba de preocuparse por la salvación eterna del acusado y lo expulsaba de su seno, entregándolo a las autoridades civiles para que ellas castigaran (debita animadversione puniendum).

6. Se recomienda leer el breve relato “El manto del hereje”, de Bertolt Brecht en Historias de Almanaque, Madrid, Alianza Editorial, 1987.

7. Cuarenta días de indulgencia a todos los asistentes; tres años a los que contribuían a la captura, a la abjuración o a la condenación del hereje, y tres años a todos los que denunciasen a cualquier otro hereje.

8. Al respecto, Simancas y Rojas, en sendos tratados, sostienen que se les debe quemar vivos, pero que al quemarlos se debe tomar la precaución o de arrancarles la lengua o de cerrarles la boca, para que con sus impiedades no escandalicen al público.

9. Eymerich, Nicolau, Le Manuel des inquisiteurs, Transcrit et complété par Francisco Peña. Introduit, traduit et annoté par Louis Sala-Molins. Paris 2001.

10. Bronowski, op. cit., pp. 216-217.

*    Es licenciado en Derecho (UNAM); maestro y candidato a doctor en Administración Pública (INAP).

Tomado de: eljuegodelacorte.nexos.com.mx

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