La Gaceta Jurídica

Más adentro del laberinto

Seguimos en la tarea de descubrir el génesis de la opresión de la sociedad hacia las mujeres. En artículos anteriores hemos visto los avances de Carlos Marx, Federico Engels, Claude Lévi-Strauss y otros que buscan explicar el tiempo y el espacio, las circunstancias históricas y los contextos en los que los varones han subordinado a las mujeres.

En la construcción de parentesco se promete a niñas en matrimonio desde la infancia.

En la construcción de parentesco se promete a niñas en matrimonio desde la infancia. Foto: zoomnews.es

Amelia Peña Aguilar

00:00 / 14 de noviembre de 2014

Gayle Rubin considera que Lévi-Strauss todavía ha desarrollado más conceptos que nos ayudan a entender la opresión hacia las mujeres, ya que en sus ensayos “La Familia” y “Las estructuras elementales del parentesco” plantea las condiciones previas necesarias para el funcionamiento de los sistemas de matrimonio indagando sobre la división sexual del trabajo.

La división sexual del trabajo

No existe una regla que defina qué trabajos son para mujeres y cuáles para varones, puesto que los grupos étnicos alrededor del planeta han demostrado que en algunos grupos los trabajos duros como la agricultura, la cacería, la pesca e, incluso, la guerra los realizan las mujeres, mientras que los varones cuidan a los hijos.

Lo que motiva a Lévi-Strauss a estudiar el matrimonio es que no existen especificaciones biológicas que determinen la división sexual del trabajo, pero existe y su existencia debe deberse a algún motivo. ¿Cuál es el propósito de asegurar que los hombres y las mujeres conformen una unidad económica?

El hecho mismo de que la división sexual del trabajo tiene variaciones infinitas, según la sociedad que se considere, denota que lo que se requiere misteriosamente es el hecho mismo de su existencia y la forma en la que llega a existir no tiene ninguna importancia, al menos desde el punto de vista de una necesidad natural.

La división sexual del trabajo no es otra cosa que “un mecanismo para constituir un estado de dependencia recíproca entre los sexos” (Lévi-Strauss, 1971, pp. 347-48).

La maravillosa interpretación de Gayle Rubin dice que, entonces, la división sexual del trabajo puede verse como un “tabú”, un tabú contra la igualdad entre varones y mujeres, un tabú de división de la sociedad y de los sexos en dos categorías mutuamente exclusivas, un tabú que denota las diferencias biológicas para crear diferencias sociales, para crear lo que es el género.

A la sazón, el matrimonio debe ser heterosexual, porque la división sexual del trabajo nos organiza en tareas masculinas y femeninas, por eso nos organizamos en una familia donde hay ambos, un varón y una mujer.

El antropólogo Robert Hertz, hablando de sexualidad, señala que ninguna práctica sexual humana puede llamarse “normal”, ya que existe una infinidad de prácticas sexuales, por eso es que el matrimonio entre un varón y una mujer no es natural sino cultural.

Para Hertz, la familia, el sexo, el género y el parentesco se constituyen y se imponen como premisa, como regla lógica, y el matrimonio heterosexual como algo natural, lógico e imperativo.

El género

El género es una división de los sexos impuesta socialmente, producto de las relaciones sociales de sexualidad y los sistemas de parentesco se basan en el matrimonio, ese matrimonio transforma a los machos y a las hembras en varones y mujeres, cada uno como una mitad incompleta que solo se siente entera cuando se une con la otra.

Los hombres y las mujeres, explica Gayle Rubin, son diferentes, pero no tan diferentes como la noche del día, la tierra y el cielo, el yin y el yang, la vida y la muerte; conscientes de ello, se ha debido requerir de la represión para omitir rasgos femeninos en los varones y rasgos masculinos en las mujeres para que exista una división rígida y esos rasgos no son naturales sino de comportamiento.

Esta represión es un sistema social que oprime a todos, varones y mujeres, dividiendo y reprimiendo su personalidad. Para ejemplificar, Gayle Rubin cita la Biblia, “La mujer no usará lo que le pertenece a un hombre ni el hombre se pondrá ropa de mujer, porque todos los que lo hagan son abominación a los ojos del Señor, tu Dios” (Deuteronomio, 22:5), eso denota claramente que la diferencia entre varones y mujeres, no tanto biológica sino de personalidad, es impuesta.

Luego, los hijos son engendrados para asegurar el matrimonio; Lévi-Strauss, incluso, afirma que la heterosexualidad es un proceso instituido con este fin, ya que, si fuese algo natural, no sería necesario asegurar las uniones heterosexuales mediante la interdependencia económica o el matrimonio.

La prohibición de algunas relaciones heterosexuales presupone un tabú contra las relaciones no heterosexuales, los sistemas de parentesco no solo alientan la heterosexualidad en detrimento de la homosexualidad, sino que exigen formas específicas de relaciones heterosexuales como la obligatoriedad de que una mujer tenga mucha menos edad que la de un varón.

Así los sistemas de parentesco se van construyendo a lo largo de la historia y se van convirtiendo de imposiciones sociales a estructuras mentales que las damos por naturales y obligatorias.

En esta construcción de parentesco se empieza a prometer a las niñas en matrimonio desde la infancia para comenzar con un circuito de promesas y deudas entre familias; la negativa de la mujer ya adulta perjudicaría el flujo continuo y tranquilo del sistema, por eso la sexualidad femenina ha sido moldeado de manera que responda al deseo de otros y no al suyo propio.

Gayle Rubin concluye que, con sus estudios, Lévi-Strauss permite disponer de ciertas generalidades básicas sobre la organización de la sexualidad humana, el tabú del incesto, la heterosexualidad obligatoria, la división asimétrica de los sexos.

El hombre intercambia, la mujer es intercambiada, lo que implica una coerción de la sexualidad femenina; en los sistemas de parentesco ocurren convenciones específicas que las mujeres deben acatar, reglas que se han inventado y se han ido acatando históricamente y fueron impuestas en lo más íntimo de nuestros pensamientos hasta concluir que es algo que debe ser de manera natural e, incluso, pensar que se trata de una voluntad divina y contra lo cual no se puede hacer nada.

Fuente

Gayle Rubin, El tráfico de mujeres. Notas sobre la economía política del sexo.

Es economista, egresada en Derecho y diplomada en Pedagogía para la educación superior y en Diplomacia Cultural de los Pueblos.

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