La Gaceta Jurídica

La no aplicación de principios éticos en la labor del abogado

La calidad del desempeño del profesional abogado en nuestro medio es un tema fundamental en razón a que, de un tiempo a esta parte, la imagen del Órgano Judicial –antes denominado Poder Judicial– ha sido y es objeto de descrédito por propios y extraños.

En el atril, el autor expone durante un acto junto a jueces y vocales del TDJ.

En el atril, el autor expone durante un acto junto a jueces y vocales del TDJ. FOTO: TDJ La Paz

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Chumacero Tórrez*

00:00 / 20 de febrero de 2015

Esta característica no solo afecta a nuestro Estado Plurinacional ni al conglomerado de Iberoamérica, sino a gran parte del mundo, ya que el tema de la corrupción es un flagelo que ataca a todas las sociedades organizadas, encontrándose la nuestra inmersa en ese mal que evita en gran medida el progreso y desarrollo de nuestro país.

No obstante, ese estigma abarca un abanico de todos los sectores de la actividad pública, incluido el Órgano Ejecutivo. Algún presidente de la República, en cierta ocasión, afirmó que la justicia en Bolivia era “el patrimonio de los ricos”, en alusión directa a que los fallos judiciales favorecen, generalmente, a quienes pueden manipular las decisiones  bajo la influencia del dinero.

Esto, en la actual coyuntura, no es evidente por la existencia jueces ciudadanos en los tribunales departamentales de Justicia; habiéndose dejado sin efecto la referida característica con la promulgación de la Ley de Descongestionamiento.

Sin embargo de ello, es importante tomar en cuenta que la práctica forense, de un tiempo a esta parte, sufre una decadencia en lo que es la ética, es decir que los profesionales abogados, al cumplir funciones no solo en la profesión libre sino en el Ministerio Público, el Órgano Judicial y otros, olvidan la práctica de esta disciplina de la filosofía (la ética) en el desempeño profesional.

Ésta es una disciplina filosófica que estudia la moral de hombres y mujeres inmersos en la sociedad, es decir que la importancia de la ética en el proceder deriva de una aplicación moral respecto a la escala de valores que tiene uno mismo. 

Desde que humanas y humanos se agruparon en sociedad, vieron la necesidad de desarrollar un conjunto de reglas que permitan regular su conducta frente a los otros miembros de su comunidad, de ahí que la moral sea una constante de la vida humana.

Debemos señalar que la profesión de la abogacía es una de las más integrales dentro de la sociedad, porque brinda un sinnúmero de alternativas de trabajo dentro del quehacer humano. Recordemos que la palabra abogado deriva del latín ad-bocatus, que significa “el que es llamado”, debido a que en Roma se conocía así a quienes dominaban las leyes y encontraban solución a las dificultades que surgían en asuntos de toda índole, además, estaban imbuidos de cultura y ética en sus expresiones.

En ese sentido, es importante señalar que el ejercicio de la abogacía debe enmarcarse dentro de los principios de la ética profesional en todas sus manifestaciones, siendo el presente texto una reflexión respecto a la forma que tienen de dirigirse los abogados de la profesión libre hacia sus contrarios y éstos a las autoridades jurisdiccionales, en viceversa y, además, entre ellos mismos.

Esto se refleja en las solicitudes, en las peticiones, en los alegatos orales y escritos, también en las resoluciones de las autoridades tanto del Ministerio Público como del Órgano Jurisdiccional, olvidando los principios que precisamente nos orienta la ética profesional.

Es importante tomar en cuenta en el quehacer cotidiano de los abogados que, de forma permanente, éstos hacen uso de la palabra, ya sea escrita o hablada, en las demandas, los alegatos, la fundamentación de los recursos, las audiencias ordinarias en los juzgados, tribunales y en la propia Sala Plena del Tribunal Departamental. La herramienta que utilizan es la expresión por medio de la palabra, pero que, lamentablemente, no es empleada de forma correcta.

Muchos abogados son sobresalientes juristas, estudiosos del Derecho, pero a la hora de defender una causa o una idea lo hacen de forma displicente, agresiva, sin emplear con propiedad los vocablos adecuados, olvidándose de las reglas gramaticales, de la sintaxis, tiñendo sus expre- siones orales y escritas de intrincados e ininteligibles alegatos, con un desdén por las normas básicas literales.

En algunas oportunidades, las autoridades se dirigen a los sujetos procesales señalándolos, inclusive, con el dedo índice, siendo ésta no una falta de ética, sino una falta de educación de la persona, cosa que también, ineludiblemente, se encuentra en la esfera de lo ético.

No es que los abogados debamos ser eminentes literatos y que debamos estar dotados del don de la palabra bien empleada, de la frase oportuna, del relato conmovedor y elocuente; pero sí debemos ser los más atentos guardianes del respeto al contrario, de su idea, del buen decir y de la concreta expresión.

Además, debemos demostrar elegancia y, si es posible, tornar de belleza los memoriales y las elocuciones e, incluso, cuando se trata de defender a un cliente frente a injurias y denuestos, ser cabal y justo en la réplica, sin descender al terreno del contrario, más, a la inversa, arrastrarlo al nuestro.

No olvidemos que el abogado, a tiempo de expresarse o redactar sus escritos o sus resoluciones, efectúa un relato o historiación del caso que le correspondió estudiar y esa pieza escrita estará dirigida a un fiscal, juez, vocal, supremo o será puesta en conocimiento de las partes o del contrario.

Cuánta decepción causará en el magistrado cuando éste se encuentre con un memorial lleno de improperios, de términos enrevesados, de frases y oraciones incoherentes, de palabras repetidas y, a momentos, injuriosas.

A la inversa, qué concepto se formará el jurista de un juez que dicta sus providencias en forma oral, sin respetar las reglas que rigen en el buen hablar o en el respeto individual al sujeto, con palabras enredadas, con faltas de ortografía, plagadas de incorrecciones gramaticales y, lo que es grave, con irrespeto a la persona.

Asimismo, lo peor que puede ocurrirle a un abogado es que sea criticado por la parte contraria; no por su desconocimiento de la ley, sino por su ignorancia al utilizar el lenguaje. Es un principio insos- layable de los juristas que seamos medianamente instruidos.

Cito al doctor Pedro Martines Mollo, exmiembro del Tribunal de Honor del  Ilustre Colegio de Abogados, quien hace reflexiones sobre el tema, entre ellas señala que “no siempre un alegato oral o escrito debe ser extenso, a lo que más deben propender los abogados es a que sus memoriales no sean tediosos, reiterativos o que sus intervenciones orales no sean aburridoras o que inviten al bostezo”.

Ocurre mucho que los jueces no leemos con atención los difusos escritos ni se atiende la oratoria intrascendente o repetitiva, a veces con abundantes citas jurídicas que no vienen al caso y, en algunas oportunidades, cerradas.

Los abogados deberían regirse con la frase de Grasian, el eminente filósofo Español, quien, aproximadamente, decía: “lo breve es bueno, doblemente bueno”.

Si la universidad no nos proporcionó esa parte del conocimiento, como es la expresión con ética a los demás, dejando al libre albedrío de los profesionales esta formación, es de rigor que emprendamos una verdadera cruzada blandiendo la pluma –por no decir la computadora– y dediquemos una pequeña parte de nuestro tiempo a mejorar el lenguaje, ampliando los conocimientos literarios y gramaticales dentro del marco de la ética, con expresiones ya señaladas y que éstas sean con altura y respeto a la dignidad del contrario o, en su defecto, del subalterno.

No debemos olvidar que ese comportamiento, con apego riguroso a la ética, a nuestro idioma, a sus reglas y a sus metáforas, dará excelentes frutos, además que aprenderemos a ser más éticos, porque estaremos transmitiendo a los interlocutores conceptos idóneos, veraces, entendibles, atendibles y creíbles. Por ello, y como colorario, en esta oportunidad recordamos el decálogo señalado por Ángel Osorio y Gallardo en la obra El Alma de la Toga:

1. No pases por encima de un estado de conciencia.

2. No afectes una convicción que no tengas.

3. No te rindas ante la popularidad ni adules a la tiranía.

4. Piensa siempre que tú eres para el cliente y no el cliente para ti.

5. No procures nunca en los tribunales ser más que los magistrados, pero no conscientes ser menos.

6. Ten fe en la razón que es lo que, en general, prevalece.

7. Pon la moral por encima de las leyes.

8. Aprecia, como el mejor de los textos, el sentido común.

9. Procura la paz como el mayor de los triunfos.

10. Busca siempre la justicia por el camino de la sinceridad y sin otras armas que las de tu saber.

*    Es vocal del Tribunal Departamental de Justicia (TDJ) de La Paz.

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