La Gaceta Jurídica

Para el buen ejercicio de la tarea periodística

El Señor Justicia

Carlos Conde Calle

00:00 / 11 de abril de 2014

"Somos los periodistas seres de otro planeta? No. Somos seres humanos como todos nuestros lectores, radioescuchas o televidentes; por supuesto que tenemos virtudes y ninguno puede escapar a los defectos. No podemos partir de la idea de que, nosotros los periodistas, somos todos “buenos” y el resto de la sociedad “los malos”.

Como periodistas, de buena fe, cometemos errores que, si los advertimos, debemos rectificarlos. Deseo compartir un par de lecturas que podrían ayudarnos a realizar con eficiencia nuestro trabajo. Nos referimos a Guido Fernández y José Carrascal, en su libro “Agonía a la hora de cierre al filo de la medianoche”.

La primera recomendación es optar por una especialidad, dejar de ser “todólogo”. En gran medida, los errores en los que incurrimos es porque no conocemos nuestras fuentes; v. gr., el ámbito judicial –hoy tan dominante– tiene su propia nomenclatura y, qué duda cabe, se parece a una guerra donde, al final, hay ganador y perdedor.

El periodista debe preguntarse ¿Cuál es mi lugar? ¿Debo ser parte principal en ese proceso? ¿Puedo presionar al fiscal o al juzgador a favor o en contra de una de las partes? No. El periodista no es parte y debe conducirse así. Lo contrario supondrá que pueda ser instrumentalizado por las partes (y hasta por los mismos fiscales y jueces). Su tarea primordial, debe ser informar los hechos, tal cual ocurrieron. Al presente, Guido Fernández sostiene que “...la defensa de un imputado deberá incorporarse de la información cuantas veces aparezca impresa. DE LO CONTRARIO, la sola reiteración de los elementos cuestionados fácilmente crecerá en la mente del lector (del radioescucha y el televidente) una noción de culpabilidad que incluso podría no borrar la absolución judicial” (sic).

Como sostuvimos a lo largo de todos los artículos de esta columna, el periodista debe considerar siempre que no es juzgador y mucho menos fiscal. Sin embargo, los periodistas trabajan con el lenguaje y, particularmente en la radio y la televisión, observamos que muchos son demasiado vulgares, son amigos de la frase hecha, del lenguaje estreotipado, lleno de superficialidades.

No olvidemos que para presentar la nota informativa debemos dominar al lenguaje. No se trata de que escribamos como Azorín. Pero nuestro lenguaje podría ser variado, elegante y hasta fino. El pretexto que siempre se esgrime es que no tenemos tiempo de lindezas y mejor escribir y hablar “como el pueblo”. Al respecto, Carrascal afirma que es con la palabra que seducimos a la gente y, por ello mismo, debemos elegir la palabra adecuada, es decir que haya una correspondiente entre significante, significado y referente.

Conforme a Carrascal, particularmente a los presentadores de televisión y al periodista que logró la nota, es bueno –como dice Margarita Riviere– que separen siempre la opinión y la información. Es inadmisible que el televidente vea y escuche la opinión del conductor y crea que eso en la noticia. Los hechos deben ser respetados y las opiniones son libres. Cuando se opina se incorpora los deseos y sentimientos del presentador o presentadora de televisión.

Fernández sugiere que no debemos mentir en los titulares, esto es que entre el titular, el lead y el cuerpo haya concordancia, lo contrario es una nefasta manipulación de la noticia. En el titular no se puede afirmar y luego negar en el cuerpo de la noticia.

Carrascal sostiene que, “volviendo a la metáfora del circo, como en ésta, la televisión produce el falso efecto de viajar por los lugares más exóticos, de vivir las aventuras más fantásticas sin moverse uno del sitio. Cada programa es un país diferente; cada presentador un presdigitador o domador, o pasa a trapecista o ilusionista distinto. ¿Quién había dicho que el circo ha muerto? La  televisión es el nuevo circo. Un circo para mayores. Pasen señores, pasen”.

Y, ¿dónde están los mensajes? El autor nos remite al hecho incontestable de que éstos se han banalizado, son superficiales en extremo. Todos los canales presentan el hecho noticioso cual sí se tratará de un espectáculo. Productor, realizador y, por supuesto, presentador están preocupados por las formas, es decir, la escenografía, la vestimenta y otros.

Muchos conductores cuentan con escenografía de hasta 5.000 dólares, pero, ¿qué dicen?, ¿cuál el contenido de los mansajes? Todo es circo, espectáculo.

Particularmente el periodismo televisivo debe repensarse –sin descartar las buenas escenografías– debe emitir un mensaje que eduque, que forme. Para el logro de ese  fin, debemos prepararnos, seguir los diplomados, las maestrías y hasta los doctorados para una mayor profundidad.

Congruentes con lo que escribimos, en todos nuestros artículos debemos citar, ahora, a Guido Fernández. Este autor afirma que “darle publicidad sin razón a la vida familiar e íntima de una persona, aunque los hechos en que se funde sean verdaderos, es ponerla en peligro de un predicado falso ante los demás” (sic). En la práctica, el caldo de cultivo para el periodista sensacionalista es penetrar impunemente en la vida íntima de las fuentes.

El periodista debe preguntarse si querría, por ejemplo, que un medio de la competencia divulgue que él bebía porque fue nombrado padrino de bautizo; si le gustaría que informen que él se está divorciando. Si al periodista le gustaría que en la competencia informen que sostiene un pleito judicial por la herencia por el fallecimiento de su esposa o padres. Debemos practicar empatía, señores.

Por nuestro afán obsesivo de justicia cometemos errores insalvables al apelar a métodos dudosos (reñidos con la Ley). Fernández dice: “La información obtenida por métodos ilegales o engañosos está viciada en su origen. La investigación de una situación noticiosa debe detenerse en los límites de la propiedad privada. El periodista podría incurrir en allanamiento si no respeta esos linderos (...) el periodista debe identificarse siempre como tal, advertir a su entrevistado que podría publicar toda la información que de él recoja.

El derecho a no declarar o  permanecer en silencio o esperar o hacerlo en presencia de un abogado (...) tiene aplicación en materia de información para el periodismo. El periodista que obtiene información mediante ardides o engaños, o con métodos de suplantación de identidad, corre el peligro de ser acusado de dolo”.

Un dato nada despreciable que debe considerar el periodista es no usar la información para fines propios. Esto quiere decir que, por ejemplo, si tiene un pleito judicial o administrativo no puede usar del medio de comunicación donde trabaja para presionar al juez o funcionario administrativo para el logro de sus objetivos.

No puede denostar a las autoridades por un problema personal que tenga con esa institución administrativo o judicial.

Por último, no debemos dejarnos guiar por la soberbia de creer que lo sabemos todo, que la única verdad y definitiva es la nuestra; tenemos una ventaja comparativa respecto de cualquier ciudadano y no abusemos del televidente. Fernández, citando a otros autores dice: “si Balzac tuviera que juzgar a la prensa contemporánea, quizá todavía no le permitirá ascender de un subgénero literario. Si Walter Lipman viviera, posiblemente no cambiaría su criterio de que se trata de una profesión subdesarrollada (...) No sólo Spiro Agnew (vicepresidente de Estados Unidos entre 1969 y 1973) menospreciaba a la prensa, Mark Twain solía decir que si un idiota se casa con una idiota, pasadas cuatro generaciones el resultado será un editor de prensa” (sic). Es que, queridos colegas, no nos creamos infalibles, reconozcamos con humildad que nos hemos equivocado, no nos neguemos a rectificar un error.

Es experto en Derecho de la Información.

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