La Gaceta Jurídica

La concordia fue posible

Realidades jurídicas

Gabriel Peláez G.

00:00 / 18 de abril de 2014

Ése es el texto el epitafio colocado en España en la tumba del expresidente de ese país Adolfo Suárez. La frase se constituye en un resumen casi exacto de la ímproba tarea que aquel gran personaje cumplió en el periodo de transición de la historia española, poco después del fallecimiento del generalísimo Francisco Franco.

El tiempo transcurrido de varias décadas, los alcances y características de ese Gobierno y de ese gobernante hacían prever cualquier cosa. Las perspectivas, de todas maneras, eran de las peores.

A pesar de ello, Suárez encabezó un gobierno que, finalmente, pudo encontrar el camino que acabó llevando a España a la permanencia de un régimen democrático cada vez más consolidado y la vigencia de un Estado de derecho auténtico.

Por ese Gobierno, España ha legado a las futuras generaciones una serie de valores sin los cuales ahora ningún Estado puede sobrevivir. En los hechos y en los últimos años, ese país acaba de sobrevivir a una gravísima crisis económica-financiera.

Pero, en definitiva, Suárez, para lograr esos objetivos básicos, necesitó, previamente, lo que dice el epitafio puesto en su tumba: lograr la CONCORDIA entre sus compatriotas. E iba a necesitar aquello luego de una de las más tremendas guerras civiles de la historia.

Su tarea, por lo tanto, tiene que haber sido gigantesca y así ha sido reconocida en España y fuera de ese territorio.

Aunque se quiera de cierta manera borrar la historia, no podemos dejar de recordar los lazos (buenos y malos) que ligaron a nuestros países actuales con España.

Con todo ese carácter de expoliación que tuvieron en buena parte tanto la Conquista como la Colonia, al menos hechos como el que estamos haciendo referencia tienen que constituir parte de nuestro interés.

Pero no es solamente ese interés genérico o lo que significó España para América Latina en general; como lo apuntábamos, son motivos para un análisis del tema, sino que pensamos que está de nuevo presente el concepto referido a la CONCORDIA.

Preguntémonos si nuestros países, tras haber logrado su independencia que supuso, a su vez, el alejamiento de todo lo que España suponía, consiguieron, en los hechos, no sólo en las letras de sus constituciones políticas esa concordia.

Basta un somero análisis de nuestra historia para responder con un rotundo NO. Si hubo algo que jamás se ha logrado en forma contundente es precisamente la concordia. Lo contrario, seguimos entre los países más discordantes. Los ejemplos para esto último nos sobran, sin duda.

Esa permanente discordancia ha sido, indudablemente, una de las principales causales de nuestro atraso. Incluso podría decirse que, en el afán de acabar con la concordia, hemos sido capaces de todo.

Bolivia, en lo poco que podría decirse que ha “funcionado”, lo ha venido haciendo nadando contra la corriente. Es decir, nuestros dirigentes en el ámbito político no han sido otra cosa, en su gran mayoría, que caudillos. Algún historiador fabricó para algunos de aquellos ese célebre apelativo de “caudillos bárbaros”.

Es que nuestro país, al revés, ha sido un “ejemplo” de cómo se debería actuar para destruir la unidad. Aquí no se trata de hablar con tanta frecuencia, como en los últimos años, de posibles trajines alentando un separatismo.

Hagamos una rápida reflexión sobre ese tema en concreto. Bolivia nació a la vida republicana como un país unitario, fuertemente centralizado y, además, abiertamente presidencialista. Salvo lo primero, las otras dos características ni siquiera figuran en ninguno de los muchos de nuestros textos constitucionales.

Con el correr del tiempo y ante la creciente presión de las “regiones”, cuyo concepto nadie sabe definir siquiera, se comenzó a utilizar el término “descentralización”.

Dizque para, al menos, atenuar esos secantes centralismo y presidencialismo existentes, como anotábamos antes.

Aquella DESCENTRALIZACIÓN, do- tada de los correspondientes textos legales, resultó un fracaso. Pero, sin siquiera haber logrado superar esa etapa se saltó a la siguiente y, entonces, en aras de la unidad nacional se impuso la AUTONOMÍA. Ahora ya existen decenas de razones que critican los alcances y aplicación práctica de aquella.

Incluso, el último censo, con lo poco que ha publicado, demostró que nunca, y menos ahora, había existido la tan pregonada IGUALDAD.

Es que, en definitiva, nadie se ocupó de hablar de unidad, de CONCORDIA. Ni siquiera de algo parecido. Por el contrario, planteamos modificaciones al escudo del departamento de La Paz sin entender que el mismo tiene una frase de lo más singular en el campo que analizamos, pues dice: “Los discordes en concordia, en paz y amor se juntaron y pueblo de La Paz fundaron para perpetua memoria”.

Podría alguien atreverse a decir que ¿La Paz, con su nombre y todo, ha sido un pueblo pacífico, ejemplo de concordia y entendimiento entre sus moradores? Desde luego que ni por asomo.

Por decir lo menos, hemos sido siempre un pueblo singular. Pero, sobre todo, un pueblo donde todos están casi siempre dispuestos a sacarse “la mugre” casi por cualquier cosa. La concordia, la tolerancia, el respeto a las ideas ajenas no existen. Cuando estos valores se han perdido el país ha retrocedido.

Lo que digan los textos constitucionales y las muchas leyes que se dictan no nos servirá de mucho, por eso citamos a Adolfo Suárez (fallecido el 23 de marzo de 2014), quien, en este caso, resulta ser un grande ajeno a Bolivia.

Es abogado analista de la constitucionalidad.

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