La Gaceta Jurídica

El conflicto entre las bases filosóficas del Derecho moderno y posmoderno

(Parte I)

Pablo Guadarrama González

00:00 / 16 de septiembre de 2015

El paulatino ascenso al poder irracional del capitalismo

Uno de los grandes dilemas teóricos de finales del siglo XX fue el supuesto agotamiento de la modernidad ­y con ella del humanismo, el racionalismo, el socialismo y hasta del cristianismo– (Lyotard, 1990:11), a partir del controvertido criterio según el cual esta no había plenamente cumplido sus funciones.

Inexorablemente la modernidad sería sustituida por una sociedad, sino superior al menos distinta en sus principios donde el Derecho y la política tendrían andamiajes diferentes y contrarios a los que hasta se consideraba el paradigma de la sociedad liberal y democrática.

Con ese objetivo se reclamarían nuevos análisis teóricos sobre aquellos trascendentales cambios, por lo que aparecieron innumerables estudios con variedad de enfoques justificativos o críticos de la postmodernidad. De inmediato aparecieron propuestas de instrumentar nuevos elementos estructurales para apuntalar una presuntamente ya existente sociedad posmoderna.

A fines de los 80 e inicios de los 90, con el desastre del socialismo real, se desató un triunfalismo neoliberal que auguraba buenos destinos el discurso voluntarista e irracionalista, revelado en su más común raigambre ideológica reaccionaria (1) y cuyas raíces habían aparecido desde mediados del siglo XIX en Schelling, Schopenhauer, Kierkergaard y Nietzsche.

Este último fue uno de los precursores junto con Marx de la crítica a las insuficiencias de la filosofía moderna (Guadarrama, 2005) y de la propia modernidad (Guadarrama, 2002:103), aunque con posturas muy distantes entre sí.

El discurso irracionalista recobró vitalidad pues parecía corresponderse muy bien con el discurso neoliberal que tomaba auge en la aparente lucha contra los totalitarismos y reivindicando aparentemente la democracia, cuando en verdad esta es manipulada y atenta contra las conquistas de la modernidad por la propia naturaleza del capitalismo donde el valor supremo que debe regir las relaciones sociales es el mercado y el ser superior es aquel que lo controle. De manera que en el conflicto entre el plano económico y el político en el capitalismo globalizado y neoliberal se hace mucho más evidente que en los tiempos premonopolistas.

Para el economista español Juan Francisco Martín Seco, el proyecto neoliberal puede reducirse al intento del poder económico por quitarse el yugo impuesto por el poder político democrático. Su “credo” podemos sintetizarlo en siete puntos:

Mundialización de la economía y aceptación del libre cambio;  mercados desregulados, en especial el de trabajo; política monetaria intensa restrictiva; odio a lo público; políticas fiscales regresivas; destrucción de los mecanismos de protección social; y pretensión de hegemonía en el pensamiento económico (Díaz Seco, 1996:154).

Es evidente que para esas propuestas de desregulación de los mercados, en especial el de trabajo, las posturas racionales de los sistemas jurídicos pueden resultar contraproducentes o adversas a sus intereses, pues lo que se trata de estimular es el caos, el desorden, la inseguridad, la incertidumbre, al menos para los sectores cuya subsistencia depende de buenas ofertas en el mercado laboral, pues, a quienes tienen atesoradas sus ganancias no les preocupa mucho de manera inmediata sus posibles vaivenes.

Un estado de desequilibro permanente propicia que los obreros acepten cualquier oferta salarial o condiciones de trabajo indignas al menos para poder subsistir al día siguiente y seguir buscando alternativas mejores. Por eso, la metáfora de que en el capitalismo prevalecen las leyes de la selva no es una simple imagen poética, del mismo modo que no lo fue para José Martí la referencia al tigre voraz que acecha a los pueblos de América para dar sus zarpazos (Martí, 1974).

La sociedad burguesa, desde su consolidación, invocó el orden y progreso entre sus consignas liberales fundamentadas ideológicamente en el liberalismo y filosóficamente en el positivismo (Guadarrama, 2004), en especial en América Latina.

Si algo debe diferenciar al socialismo del capitalismo es que frente a la espontaneidad fundamentada en la validez de lo irracional el socialismo debe proponer el control racional de los recursos naturales y sociales en beneficio de la sociedad por medio de la planificación y tomando en cuenta las necesidades reales de los sectores sociales económicamente desiguales. Por esa razón, el irracionalismo como filosofía es hostil al intento de construir racionalmente una sociedad más humana y más justa.

Evidentemente, en especial a principios de este no menos convulso siglo XXI, tras la vorágine de la globalización y los desastres causados por la implementación de políticas neoliberales, se ha ido poniendo en desuso el discurso posmodernista. El hecho de su atenuación no significa que no sea procedente detenerse en el análisis teórico de sus implicaciones, pues, aunque tal vez no ocupe la atención principal de los círculos intelectuales, muchas de sus propuestas subyacen y se justificaron por determinados contenidos que poseían argumentos válidos y núcleos racionales suficientes.

La sociedad burguesa desde su gestación tuvo necesidad de desarrollar nuevas bases filosóficas y jurídicas, pero sobre todo para apuntalar teóricamente un aparato jurídico y político como los derechos humanos o el Estado de derecho que ni la antigüedad ni el Medioevo le podían proporcionar plenamente a la sociedad, aun cuando pudiesen tomarse de manera aislada algunas conquistas anteriores.

Estos derechos pareciera que tuvieran una determinación ultraterrena, no necesariamente divina; dan apariencia de haber descendido del cielo (2) o de presentarse como la línea del horizonte oceánico que mientras más se avanza hacia ella más distante parece situarse, aunque en verdad siempre se avance en el recorrido realizado.

Si algo ha caracterizado a la sociedad burguesa es la capacidad de presentar como hechos favorables al progreso humano un conjunto de acciones, tras la fachada de derechos ciudadanos, derechos individuales o como derechos humanos, como conquistas extraordinarias de la humanidad.

En verdad lo son siempre y cuando estén acompañados del derecho a la salud, a la educación, al trabajo, a la seguridad social, a la alimentación, la vivienda, etc.; en fin, los derechos más elementales de la vida que permitan a una persona el mínimo de una existencia digna y, una vez resueltos esos problemas vitales, tener derecho al voto, a la palabra, a la protesta, a la reunión, el libre movimiento, etc.

En los últimos tiempos de predominio de la ideología neoliberal se han dado pasos atrás en relación a la mayoría de las conquistas en cuanto a muchos de estos derechos (3) y, en especial, después de la derrota del socialismo soviético y de los países socialistas de Europa Oriental tomó fuerza la idea de que muchas de esas conquistas sociales no podían ser sustentadas, pues iban a contracorriente de las utilitaristas concepciones prevalecientes.

Por esa razón, Pablo Salvat considera que la reimplantación de la democracia ha sido positiva y ha significado un retroceso en el irrespeto a los derechos humanos de las personas. Esta nueva situación no puede ser considerada la realización plena de esos derechos. Aún tenemos analfabetismo, miseria, exclusiones de todo tipo. Por tanto, hay que ampliar la noción de los derechos humanos y los campos que pueden irradiar en el presente. Ello obliga a tener y producir una noción más amplia de los derechos humanos, no remitida solo a derechos cívico-individuales, sino a todo aquel conjunto de derechos que aparecen como condición de posibilidad para la misma realización de aquellas prerrogativas individuales (Salvat Boloña, 2005:136).

Esto resulta paradójico e irracional, pues es de suponer que el desarrollo de la democracia propiciará esos derechos y, lamentablemente, al menos en los últimos tiempos, no ha sido así, pues la democracia se ha limitado al plano de la política en lugar de ampliarse al plano social como denunció Antonio García Nosa, al considerar que el despliegue de la democracia es un problema total que no puede ser retaceado ni resuelto por partes (García, 1951:5), máxime cuando existe una marcada contradicción entre el capitalismo, el liberalismo (4) y el logro pleno de la democracia, la cual solo sería posible según su criterio en lo que debía ser propiamente el socialismo, que no era el modelo soviético.

A la par, la burguesía necesitó desarrollar un instrumento más eficaz para salvaguardar sus intereses, esto es, el Estado de Derecho, aunque este también desplegó una fachada de universalidad representativa. Con ese fin gestó bases filosóficas más acordes con las nuevas exigencias y hasta quizás en mayor consonancia con la tesis de Marx según la cual la realidad no puede ascender de los libros, sino los libros deben ascender de la realidad, lo cual no significa minimizar el papel de los pensadores en la formulación de modelos de sociedad, de sus leyes, rasgos, etc.

Pero, una vez constituido el nuevo proyecto político y social es cuando más los analistas despliegan su actividad teórica para su apuntalamiento o crítica superadora. Siempre sucedió así en la historia y parece que el futuro no ha de ser muy distinto. Por tal motivo, hiperbolizar el papel de filósofos e ideólogos de nuevos proyectos de reorganización sociopolítica resulta erróneo como minimizarlos. De ahí que los gobernantes históricamente, reyes, presidentes o dictadores, han tenido necesidad de tener a su alcance algún intelectual auténtico que pueda ayudarles a interpretar el mundo si desea conservarlo o transformarlo.

Aristóteles en su asesoría al imperio macedónico que Voltaire al zarismo o Fukuyama, Hungtinton, Brezezinsky o Toffler con gobernantes estadounidenses no han hecho más que confirmar que la solidez de un imperio se vaticina no solo por las armas y el poderío económico, sino por la organicidad de los sistemas teóricos que lo sustenten.

En una dialéctica correlación las teorías se han apoderado de la realidad y esta se ha aferrado a ellas en tanto faciliten su desarrollo, pero cuando lo han obstaculizado han demandado nuevas formulaciones teóricas y casi siempre las han conseguido.

La concepción de un Estado de Derecho no es una excepción, fue una exigencia práctica de la consumación de la modernidad y tuvo su conformación teórica, pues, según plantea Elías Díaz, el Estado de Derecho es una invención, una construcción, un resultado histórico, una conquista más bien lenta y gradual (también dual, bifronte) hecha por gentes e individuos, sectores sociales, que frente a poderes despóticos o ajenos, buscaban seguridad para sus personas sus bienes y sus propiedades y que, a su vez, al ampliar el espectro, exigen garantías y protección efectiva para otras manifestaciones de su libertad; ello en forma de positiva intervención en los asuntos públicos y de negativa no interferencia de los demás (1996:64).

Ya hoy en día le resulta a la burguesía difícil presumir que sus intereses representan los de toda la ciudadanía en general, pues el ciclo de las revoluciones socialistas, con sus éxitos y fracasos, puso en evidencia que el capitalismo no era el mejor de los mundos posibles como auguraban los pensadores de la Ilustración.

En verdad, las transformaciones que se iban produciendo en la esfera económica, productiva, comercial, financiera, etc. exigían cambios en los aparatos ideológicos que justifiquen las decisivas transformaciones que se demandaban en el plano político y jurídico para instalar una sociedad con mayor nivel de desarrollo y progreso en todos los órdenes de la vida material y espiritual.

La superioridad de un sociedad sobre otra no ha podido medirse en términos absolutamente cuantitativos por simples dimensiones concretas de producción o productividad, rentabilidad o capacidad de ahorro y consumo de la población, etc., sino por infinidad de elementos cualitativamente más desarrollados en los planos material y espiritual de una sociedad que desde los elementos sometidos al rigor de las leyes mercantiles hasta los más espiritualmente fecundos.

Si algo ha caracterizado y diferenciado al capitalismo de las sociedades que le precedieron –incluso en algunos aspectos hasta en relación con algunas experiencias del socialismo real– ha sido la capacidad de soñar en la posibilidad del infinito enriquecimiento de aquellas personas consideradas exitosas, aunque su presunta suerte implique la destrucción de las posibilidades de dignificación de otras.

Los regímenes políticos y jurídicos, hasta las normas éticas imperantes en las formaciones económico sociales precapitalistas, no permitían un amplio despliegue de libertades individuales que la ideología burguesa se encargaría de enaltecer para fundamentar la supuesta eternidad de una sociedad supuestamente perfecta y justificada por la razón –entiéndase la presunta racionalidad del mercado– que constantemente pone de manifiesto la irracionalidad de su comportamiento y consecuencias.

Con ese objetivo, la sociedad burguesa fue conformando un aparato ideológico, en especial en el liberalismo, fundamentado filosóficamente que justificase sus propuestas y decisiones políticas y jurídicas. De tal modo fue gestando sus filósofos e ideólogos encargados de conformar el aparato ideológico, político y jurídico de los nuevos sistemas sociales. Ahora bien, como plantea Julio Fernández Bulte, no siempre los pensadores connotados representan las ideas políticas y jurídicas de su época, ni las de una clase o un estrato social (Fernández Bulte, 1977:3).

La secularización de la política, como se evidencia en Maquiavelo, del mismo modo que se apreció en el Derecho, constituyó una necesidad inexorable para el despliegue de las nuevas relaciones de producción en la que de una forma u otra no debía ignorarse o excluirse los derechos de los reales productores de los bienes: la clase obrera.

Bajo el manto de una igualdad jurídica formal expresada en la condición de ciudadano se encubrió de manera sutil la justificación de nuevas formas de dominación aparentemente adecuadas y formuladas sobre la base de un humanismo abstracto.

La modernidad, en cierto modo, se presentaba como la consumación de las propuestas humanistas gestadas en el proceso renacentista y de descomposición del régimen feudal en el que la condición humana estaba supeditada a las voluntades de reyes, nobles y del aparato eclesiástico.

La burguesía, desde su gestación, ha tratado por todos los medios de presentarse como la que más ha luchado por la conquista y ejercicio de los derechos humanos al considerar que estos, de un modo u otro, siempre se han revertido favorablemente en su despliegue omnilateral que le ha posibilitado ir conquistando espacios antes inimaginables.

Si su ambición de poder al inicio de la modernidad se circunscribía básicamente al dominio económico y luego al político, a fin de asegurar ambas esferas, se vio precisada a controlar la producción y el ejercicio jurídico de manera que el Derecho no se convirtiera en un boomerang que afecte sus propios intereses.

Por último, no satisfecha con haber alcanzado conquistas extraordinarias en la industria, el comercio, la ciencia y la tecnología ya reconocidas en el siglo XIX y, a la vez, en el control de las esferas básicas de la sociedad en el plano político y jurídico, se lanzó con fuerza extraordinaria en el pasado siglo XX al dominio ideológico, cultural y espiritual como nunca antes había sido posible gracias al manejo de medios masivos de comunicación y a conocimientos cada vez más profundos y precisos de la psicología, sociología, politología, etc., que le han permitido hasta la manipulación de las conciencias, en ocasiones con efectos desastrosos para la humanidad como permitir que Hitler o Busch hayan llegado al poder.

A la burguesía no le ha bastado aprovechar al máximo las fuerzas encantadoras que desataban las ciencias naturales, discriminadas antes de la Revolución Industrial y posteriormente pragmáticamente impulsadas en beneficio del capital. También se ha dedicado a manipular los resultados de las ciencias sociales, las humanidades y hasta la religión, en provecho propio.

No existe esfera de la vida contemporánea en el campo económico, político y sociedad civil, desde las manifestaciones más sutiles de la moralidad, la religiosidad o las concepciones de la justicia, donde los criterios de validez  estén al margen de las formas de dominación burguesas contemporáneas. Sin embargo, sería superfluo presuponer que no ha habido cambios en cuanto a la forma y en cuanto a algunos contenidos básicos de la fundamentación filosófica del capitalismo contemporáneo.

A este fermento ideológico de triunfalismo contribuyó las crisis del socialismo con las profundas antinomias (Guadarrama, 2003), que planteó generando múltiples falacias, entre ellas que la historia había concluido y que comenzaría la época del sempiterno imperio del capitalismo y su ideología liberal renovada.Suponer que las instituciones burguesas –plantea Heinz Dieterich Steffan– no son pasajeras, sino que representan el fin de la evolución humana (Fukuyama) significa caer en el absurdo de afirmar que la sociedad burguesa está exenta de las leyes ontológicas del universo (Steffan, 2001:16).

Este argumento resulta válido para aquellos que consideraban al comunismo como el unísono derrotero final de la historia que devendría en una aburrida sociedad de bienestar absoluto donde no habría nada que hacer, pues todos los problemas estarían resueltos y superadas todas las posibles contradicciones, lo cual implicaba una rotunda contravención de toda concepción dialéctica de la historia.

Como considera Wallerstein, la destrucción del Muro de Berlín y la subsecuente disolución de la urss han sido celebradas como la caída de los comunismos y el derrumbe del marxismo-leninismo como fuerza ideológica del mundo. Eso es correcto. Además, han sido celebradas como el triunfo definitivo del liberalismo como ideología. Esto es una percepción equivocada de la realidad. Por el contrario, esos acontecimientos marcaron más el derrumbe del liberalismo y nuestra entrada definitiva en el mundo posterior del liberalismo (Wallerstein, 2001:107).

El sociólogo estadounidense, al plantear las causas de lo que llama el colapso de la legitimidad (Ibid:37) que se vive en la actualidad, considera que nuestra primera necesidad es tener claro lo deficiente en nuestro moderno sistema-mundo, que es lo que provoca que un porcentaje muy alto de la población mundial se encuentre encolerizada con él o que, al menos, mantenga un juicio ambivalente respecto a sus méritos sociales (Ibid:40).

No es difícil observar, sin necesidad de dedicarse a profundas investigaciones de jurisprudencia, sino simplemente ante la pantalla del televisor, tal colapso de legitimidad marcada porque las decisiones del gobierno del imperio mayor que ha existido en este planeta maneja la Organización de Naciones Unidas a su antojo cuando desea otorgarle alguna muestra de formalidad o la ignora para invadir pueblos y masacrarlos inventándose pretextos como las armas químicas, biológicas, nucleares, etc., ya que supone que él y sus aliados son los únicos que deben poseerlas. Jamás pudo imaginar Francisco de Vitoria a dónde irían a parar sus valiosas contribuciones al derecho internacional y al derecho de los pueblos.

Pareciera que el boleto de entrada de la modernidad a la postmodernidad tuviera como costo el abandono de la racionalidad y el predominio de la arbitrariedad jurídica en la relación entre los países capitalistas desarrollados y el mundo excolonial.

La exacerbación de los fundamentalismos ideológicos, religiosos y políticos ha sido un favorable caldo de cultivo para estimular el irracionalismo como base filosófica de actitudes irracionales en la política y el Derecho en este mundo globalizado y presuntamente postmoderno (Guadarrama, 1998).

Continuará

Notas

1. (…) allí donde levanta cabeza el irracionalismo, en filosofía, lleva implícita ya, por lo menos, la posibilidad de una ideología fascista, agresivamente reaccionaria. Cuándo, dónde y cómo esta posibilidad --en apariencia inocente-- llegue a convertirse en una pavorosa realidad fascista, no puede decirlo ya la filosofía. Lukacs, El asalto a la Razón, op.cit, p. 27.

2. Los derechos humanos son como la democracia: solo puede avistarse si subsiste el ideal, son como la realidad solo puede enunciarse si se mantiene la ilusión; son como el rayo: cae con la tempestad a tierra pero se forma bien arriba. Este es el espacio de la utopía, de lo que ha permitido que la humanidad transite por sobre las miserias cazando las grandezas. Ver Orejuela, Derechos humanos. La tragedia desde una lectura amable, p. 351.

3. Hace muchos lustros se insiste en una ofensiva reaccionaria contra el Estado social y democrático de derecho, el cual se quiere reducir al mínimo. Se pretende recuperar falsamente la sociedad civil, mediante las consignas: más mercado, menos Estado, más privatizaciones, menos servicios públicos, más justicia particular, menos derecho oficial. Esta tendencia neoconservadora resucita en el fondo, el viejo capitalismo liberal, con otra consigna: ¡Carlos Marx ha muerto, Viva Adam Smith! Ver, Ortiz, Derechos humanos, cit., p. 60.

4. Pero el que la lucha –sostenía Spencer, con su optimismo característico– haya sido necesaria, incluso en los seres dotados de sentimiento, no significa que deba existir en todos los tiempos y entre todos los seres (...). Pero, podemos suponer que una vez producidas estas sociedades (la de las cavernas P.G.) la brutalidad, condición necesaria para su producción desaparecerá, y la lucha intersocial, factor indispensable de la evolución de las sociedades, no desempeñará en el porvenir un papel semejante al que tuvo en el pasado. Ver Spencer, Principios de sociología, op. cit., p. 11.

5. El problema radica en que el liberalismo persiste en montar la democracia sobre un piso de economía capitalista, considerando el capitalismo como el sistema económico de la democracia y a la democracia como el sistema político de del capitalismo el problema es nada más que formal y político. Véase García, A, Dialéctica de la Democracia, op.cit., p. 5.

*    Es parte de la Universidad Central de Las Villas. Santa Clara, Cuba.

Tomado de: scielo.org.ve

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