La Gaceta Jurídica

El conflicto entre las bases filosóficas del Derecho moderno y posmoderno

(Parte II)

Foto: theguardian.com

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Pablo Guadarrama González

00:00 / 20 de septiembre de 2015

El conflicto modernidad vs postmodernidad

Ser moderno siempre ha exigido actitud renovadora ante lo establecido y comúnmente aceptado como normal o adecuado. Una actitud moderna es cuestionadora de lo existente por considerar que no ha cumplido con las exigencias de los tiempos nuevos. La postmodernidad pareció ser la insatisfacción con la satisfacción de la modernidad.

La modernidad puede, entre otras definiciones, ser entendida como la etapa de la historia en que la civilización alcanza un grado de madurez tal que rinde culto a la autonomía de la razón y se cree fervientemente en su poder, propiciando así una confianza desmedida en la ciencia y en la capacidad humana por conocer el mundo y dominar sus fuerzas más recónditas, a partir del supuesto de que con el cultivo del conocimiento se logra la plena realización humana.

De esa creencia se deriva otra aún más nefasta: considerar que el desarrollo de la técnica por sí solo producirá la infinita satisfacción humana de sus crecientes necesidades. La postmodernidad pone en entredicho estas creencias y que la historia transcurra es un proceso lineal y permanentemente progresivo y ascendente.

Una reconstrucción objetiva de la historia presupone reconocer los momentos zigzagueantes, los retrocesos parciales y totales, los altibajos en el progreso humano que conducen al discurso postmodernista a cuestionarse la validez de este todo tipo de progreso incluyendo el de los sistemas sociales, políticos y jurídicos. El mundo de la modernidad exigió la secularización de la educación, la política y el Derecho. Se pensó que al poner cada cosa en su sitio a partir de criterios humanistas y racionales se permitiría un mejor despliegue al hombre civilizado y laico. Pero la postmodernidad le ha jugado una mala pasada al atiborrarlo de sectas religiosas y cuasirreligiosas como para que no olvide su ancestral impotencia ante la incertidumbre y lo inconmensurable.

El espíritu moderno se forjó bajo los paradigmas de la igualdad, la fraternidad, la libertad: el postmodernismo es la crítica a las insuficiencias de esos paradogmas. El canon de la igualdad jurídica ante la ley se deshizo ante la agudeza, tal vez posmodernista, del campesino que me comentaba en Morelia: Aquí todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros.

El igualitarismo del fracasado socialismo real reveló lo que Nietzsche, con sus irracionales desequilibrios, auguraba al considerar que con la Comuna de París y las pronosticadas guerras y revoluciones del siglo XX los pilares de la modernidad quedarían resquebrajados.

La fraternidad preconizada por la modernidad se puso a prueba desde la Revolución Francesa y se atisbaron sus límites con los fracasos de los movimientos revolucionarios del siglo XIX. Empezó a revelarse que aquella solo era más factible de encontrar en los elementos, sectores sociales o clases cercanos entre sí, en lugar de apreciarse entre los más distantes.

La postmodernidad no solo puso freno a la idea de la posible igualdad, sino a que la fraternidad incrementase sus posibilidades de vida. La libertad se ha constituido en emblema de la modernidad. La ancestral aspiración del hombre es realizarse en todos los planos de su vida material y espiritual y parecía que encontraría definitivamente su consumación en la vida política.

La postmodernidad puso de manifiesto no solo los límites de la política experimentada hasta el presente, sino también de toda posible política. La sociedad civil se ha convertido paulatinamente en fuerza desbordante de fronteras que amenazan ahogar la esfera de la política, aún cuando ésta reverdezca por doquier en actitud desafiante. No hay modo de ser moderno sin ser democrático, aún cuando se olviden las taras griegas de esta conquista del género humano.

La burguesía, en su ascenso vertiginoso, tuvo que enarbolar las banderas de la democracia y desarrollar ideas y prácticas novedosas para que éstas posibilitasen echar a andar la maquinaria del capitalismo. La postmodernidad demuestra que la democracia es una utopía concreta que hay que seguir cultivando.

Compartir la modernidad es sentir encanto por esos pilares de la civilización que Occidente ha querido monopolizar patrimonialmente. Con la postmodernidad crece el desencanto y se hace apología a veces a lo intrascendente, porque hay aburrimiento de la trascendencia. Se pretende trascender a través de lo intrascendente, aunque no se renuncien en modo alguno a las conquistas de la modernidad, porque renunciar a la modernidad será siempre un injustificado suicidio del proceso civilizatorio.

La modernidad es una conquista del hombre sobre sí mismo, sobre sus defectos e insuficiencias. Es una victoria del logos sobre el ego. La postmodernidad parece ser el triunfo del ego sobre el logos. Pero no de un ego simplemente individual, sino del ego de élites de consumo e intelectuales sobre las masas periféricas.

El equilibrio, la racionalidad, la armonía, el sosiego, la iluminación, se han articulado en la visión estética del hombre moderno. El arte postmoderno tiene que asimilar aquellos valores pero como si los descalificara. Renuncia a ellos y bajo cuerda los reanima, como si fuera imposible dejar alguna vez de ser modernos.

La racionalidad moderna quería asfixiar los mitos como expresión de la infancia de la civilización humana que debía ser superada, pero en su lugar fueron constituyéndose nuevos mitos que ahora toman nuevos aires postmodernos.

El hombre no podía jamás renunciar a los sueños, utopías y a la construcción de mitos. La entrada a la postmodernidad parece ser el más grande en los últimos tiempos. El efecto del derrumbe del socialismo real en Europa fue el caldo de cultivo para entrever que algún tipo nuevo de sociedad debía conformarse para entresacar al hombre del marasmo de los conformismos.

La modernidad, contraproducentemente a su espíritu originario, ha frenado en ocasiones la renovación que siempre exige el espíritu revolucionario y que la caracterizaba. Algunos discursos postmodernistas –y se hace necesario diferenciarlos porque no constituyen una masa uniforme– estimulan la transformación radical, pero, al tenerse presente la procedencia primer mundista de la mayor parte de los gestores del discurso postmodernista, se puede entrever mejor las pretensiones conservadoras de muchas de sus formulaciones.

La modernidad ha convertido el equilibrio armónico en presupuesto indispensable para conformar y resguardar el orden existente. La postmodernidad induce al desenfreno, justifica la esquizofrenia social, siempre y cuando ésta no conduzca a que la trastocación de valores ponga en peligro las principales conquistas de la modernidad.

Para ser postmoderno, consecuentemente, hay que pararse de manera adecuada sobre los cimientos bien encofrados de la modernidad. De lo contrario se corre el riesgo que la modernidad y la postmodernidad vayan a parar al basurero de la historia, eso no lo perdonarán los nuevos actores modernos que ya el futuro anuncia, al menos para tierras latinoamericanas, en medio de la bruma postmodernista.

En América Latina la postmodernidad aún tiene muchas cuentas pendientes, cuando quizás ya en el mundo desarrollado parecen sobrar chequeras para pagar las cuentas que exige la postmodernidad. Sin embargo, en ese mundo de despedidas de la modernidad hay grandes sectores sociales que reclaman el complemento de ésta.

El espíritu de la modernidad se embriagaba en la conformación de una cultura superior para que el hombre se sintiera también superior y lograse mayores niveles de identidad. El espíritu del discurso postmoderno puso en peligro la identidad cultural de los pueblos, porque ha pretendido homogenizar a través de los mass media la vida de los más recónditos rincones del orbe, imponiendo los valores sin frenos de las sociedades primermundistas.

Es hora ya de asumir una actitud moderna ante la postmodernidad.

Fundamentos filosóficos e ideológicos del neoliberalismo

Aunque las ideas de libertad y justicia aparecen entre las más ancestrales expresiones de la civilización humana, del mismo modo que existen pruebas del antiquísimo conflicto desde las primeras reflexiones filosóficas que surgieron en diversas culturas del mundo entre las concepciones humanistas y las alienantes, no hay dudas que la elaboración teórica más profunda de los conceptos de libertad y justicia sus mayores pretensiones de realización práctica han sido una conquista de la modernidad.

Del mismo modo, las conquistas democráticas han sido paulatinamente alcanzadas desde las primeras manifestaciones de la civilización hasta nuestros días y, en distintas regiones del orbe, nadie puede negar que la aceleración que le imprime la cultura occidental al proceso civilizatorio ha sido tan significativa que en ocasiones se le hiperboliza (Mignolo: 54) y se ha llegado a considerar incorrectamente que la democracia, lo mismo en su realización práctica que en su desarrollo teórico, ha sido patrimonio exclusivo del capitalismo y de la sociedad burguesa.

En verdad, cuando se pretende circunscribir el ejercicio de la democracia y de las libertades político-sociales a la modernidad y fundamentalmente a la época de las luchas de la burguesía frente al feudalismo, se es injusto con algunas expresiones culturales de otras épocas y regiones del mundo, que también desarrollaron prácticas e ideas democráticas.

Tales interpretaciones maniqueas de la historia han pretendido concebir el triunfo del capitalismo respecto a las sociedades anteriores en términos de blanco y negro, sin prestar debida atención a las tonalidades de grises que median entre esta sociedad y las formaciones socioeconómicas anteriores.

Se ignora o subestima que la proclamada sociedad moderna y civilizada restableció las formas más crueles de esclavitud y discriminación racial, de ese modo puso en entredicho la proclamada democracia y libertades burguesas para una considerable parte de la población esclavizada, que incluso en algunos países y momentos constituyó peligrosamente mayoría.

Usualmente se opaca que en el feudalismo, con relación a la sociedad esclavista anterior, se alcanzaron algunas prerrogativas para los campesinos, siervos, artesanos, funcionarios, etc.

Ahora bien, la filosofía moderna había ido gestando en el plano epistemológico y ético concepciones que facilitarían el posterior desarrollo de los criterios sociopolíticos e ideológicos del liberalismo.

Si no se hubiera producido con antelación los descubrimientos de la trascendencia de la subjetividad, de la capacidad racional humana, de la relativa igualdad entre los hombres, del culto a la libertad en todos los planos de la actividad humana incluyendo hasta la libertad de creencias religiosas, etc., difícilmente hubiese podido el liberalismo cristalizar en un coherente aparato de sustentación ideológica a las bases económicas y políticas de la sociedad capitalista.

Cuando Descartes sostenía que nunca he creído que mi espíritu es más perfecto que el del vulgo y con frecuencia he llegado a desear para mi espíritu cualidades que en otros he observado: rapidez en el pensamiento, imaginación clara y distinta, memoria firme y extensa (1971:4), estaba sentando en el siglo XVII algunas de las bases para la consideración de la igualdad humana y de las posibilidades que debían otorgarse a todos, en especial a través de la educación, para el libre desarrollo de sus potencialidades personales.

En esa misma temprana época de la sociedad burguesa los fundamentos políticos y jurídicos del liberalismo encontrarían un fuerte antecedente en la concepción sobre los fines del Estado de Spinoza. Era lógico que sus ideas tan precoces en una época tan temprana del desarrollo del capitalismo resultarían para el poder dominante muy peligrosas y por tal consideración fueron censuradas.

Del mismo modo, Rousseau, al plantear que no es tanto el entendimiento lo que establece entre los animales y el hombre la distinción específica, sino su calidad de agente libre (Rousseau, 1983: 538), es- tablecía la condición de la libertad como condición básica de la existencia humana. Aunque en otro momento se lamentaba de que el hombre ha nacido libre y vive en todas partes entre cadenas.

El mismo que se considera amo, no deja por eso de ser menos esclavo que los demás (Ibid: 605). Con esta declaración el liberalismo pudo alimentarse sin percatarse del doble filo de la misma. En él se alimentó el espíritu revolucionario jacobino y el ilustrado se tornó ideológicamente revoltoso.

Las bases filosóficas e ideológicas del neoliberalismo descansan sobre los pilares del liberalismo, según las cuales el eje central y primordial de la sociedad es el individuo el cual debe salvaguardarse por encima de cualquier otra entidad, aun cuando esta presuma representarlo como Estado, partido, clase social, Iglesia, etc. Se parte del presupuesto de que la libertad individual debe ser protegida para salvaguardar el derecho a la propiedad privada y que esta pueda someterse a las libres relaciones de la economía de mercado.

Una interpretación forzada de los fundamentos filosóficos tanto del liberalismo como de su renovación contemporánea podría llevar a pensar que su proclamado individualismo implica desatender cualquier tipo de compromiso y obligación social o colectiva. Pero el asunto no es tan sencillo.

Los más preclaros pensadores de todos los tiempos, desde Aristóteles con su consideración del hombre como zoon politikon, hasta los ilustrados modernos han insistido siempre en que el hombre no es un ser aislado o absolutamente independiente de los demás (Marx, 1966:635) y de las formas de organización social que existen en la historia.

Ya desde el siglo XVIII, en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano proclamados por la Asamblea Nacional de Francia se expresaba la preocupación porque la realización de tales derechos no implicara una absolutización de lo individual y por tanto algún tipo de indiferencia por las consecuencias sociales de los mismos. Así se plantea en su epígrafe IV que la libertad política consiste en poder hacer todo aquello que no cause perjuicio a los demás.

El ejercicio de los derechos naturales de cada hombre, no tiene otros límites que aquellos necesarios para garantir a cualquier otro el libre ejercicio de los mismos derechos; y estos límites solo pueden ser determinados por la ley (1986:104).

El excesivo individualismo preconizado por el neoliberalismo contemporáneo, si bien tiene vasos comunicantes con la defensa de la individualidad planteada por el pensamiento liberal anterior, constituye en verdad una extralimitación peligrosa que atenta ideológicamente contra la necesaria cohesión social que exige cualquier sociedad civilizada.

Posteriormente, uno de los padres del liberalismo decimonónico, John Stuart Mill, declaraba que la única parte de la conducta de todo hombre de que es responsable ante la sociedad, es aquella que se relaciona con los demás. En lo que solo concierne a él mismo, su independencia debe ser absoluta. Todo individuo es soberano sobre sí mismo, así como su cuerpo y su mente (1995:32).

O sea que, si bien por un lado establece una soberanía sobre la persona, toma precauciones en que la realización de la misma no implique en modo alguno la afectación de otros. La preocupación por lo social es permanente en este y otros ideólogos del liberalismo (Ibid).

Tal vez uno de los rasgos que diferencian al neoliberalismo de su precursor es brindar mucha menos atención a la interdependencia social de los individuos, al pensar de manera ilusoria que la resultante de la lucha aislada por la supervivencia de los individuos de manera espontánea siempre redundaría en beneficio social, algo que la experiencia histórica en lugar de confirmar ha desmentido y ha sido reconocido por muchos investigadores.

Debe destacarse que, incluso, ideólogos del liberalismo decimonónico y cultivadores del socialdarwinismo, como Spencer, trataron de encontrar en el meliorismo una fórmula que contribuyera a conformar confianza en la posibilidad de un mejoramiento de las condiciones de vida de los más infortunados a través de la educación, de la atención de las empresas a sus obreros y de los gobiernos a los ciudadanos, aun cuando el filósofo inglés fuese un defensor de las prerrogativas del individuo frente al Estado.

Spencer consideraba que en los primeros estadios de la evolución humana se justificaba el enfrentamiento por la supervivencia entre los individuos, tanto animales como humanos. Pero este hecho era solo comprensible en una primera etapa de la evolución social, pero no de manera permanente y mucho menos lógico resultaría que debía tender a incrementarse en el futuro. En su lugar consideraba que la solidaridad y la cooperación caracterizarían el rumbo del progreso humano (7).

Todo lo contrario parecen propugnar los ideólogos actuales del neoliberalismo, quienes vaticinan la futura guerra de todos contra todos en la que el cavernícola principio irracionalista de sálvese quien pueda debe encabezar las nuevas constituciones neoliberales.

Sin embargo, la historia es testaruda y la trayectoria universal del pensamiento desde la antigüedad hasta nuestros días, pone de manifiesto que ha habido una mayor tendencia hacia el humanismo y el racionalismo que hacia las concepciones misantrópicas e irracionalistas.

La mayoría de las ideologías políticas, religiosas, concepciones filosóficas, éticas, jurídicas, han incrementado más su proyección hacia la consideración de lo humano y lo racional como lo supremo, en lugar de denigrar de tales condiciones.

Por supuesto no dejan de existir excepciones que confirman la regla y no simplemente en el plano de las ideas, pues los campos de concentración nazis constituyeron una prueba muy práctica y real de hasta donde puede llegar la barbarie de algunas irracionales ideologías elitistas y racistas, como las que en la actualidad parecen reanimarse.

El espíritu de la modernidad tendió mucho más hacia la concepción de que el hombre debe ser considerado un fin en sí mismo y, a la vez, debía ser merecedor de todos las libertades y los derechos posibles, hasta el punto que su enfoque unilateral condujo a un antropocentrismo cerrado y hostil a la naturaleza, amenazada hoy por la posibilidad de la hecatombe del ecocidio brutal, que la puede conducir al irracional suicidio universal.

Continuará

*    Es parte de la Universidad Central de Las Villas. Santa Clara, Cuba.

Tomado de: scielo.org.ve

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