La Gaceta Jurídica

El conflicto entre las bases filosóficas del Derecho moderno y posmoderno

(Parte final)

Foto: humanium.org

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Pablo Guadarrama González

00:00 / 23 de septiembre de 2015

El pensamiento ilustrado que sirvió de base al liberalismo se caracterizó, además de su racionalismo, por su versatilidad y pluralismo en cuanto a corrientes de pensamiento y posiciones ideológicas. Por tal motivo, el liberalismo también propugnó a tono con ese ideal el culto a la individualidad, a la libertad personal, a la creatividad, a la diversidad y a la riqueza de ideas políticas, jurídicas y, en especial, a la confianza en el progreso humano (1), etc.

Durante mucho tiempo se esgrimió la acusación de que los regímenes socialistas habían aniquilado esa creatividad y pluralismo ideológico e implantaban de forma totalitaria, del mismo modo que los regímenes fascistas, una ideología única y oficial. Ahora lo contraproducente es que los ideólogos del neoliberalismo se asusten ante el pluralismo ideológico e intentan establecer de forma universal un pensamiento único que no admita la posibilidad de la construcción de un pensamiento alternativo. El pensamiento clásico del liberalismo intentó fundamentarse en los racionales principios de los derechos humanos, considerados conquistas de la modernidad. Estos derechos, además de su carácter político como libertad de reunión, de palabra, elección, entre otros, implicaban otros de carácter económico y social como el respeto a la propiedad privada, así como el derecho a la educación, a la salud, a la seguridad, etc.

En este último aspecto se les presentó a los ideólogos del neoliberalismo un serio conflicto. Si, por una parte, el Estado benefactor había intentado, después de las experiencias del socialismo del siglo XX en que se dieron pasos significativos en la realización de los principales derechos sociales, aun cuando no siempre fuesen debidamente acompañados por múltiples circunstancias del desarrollo mayor de derechos civiles y políticos, ya desde mucho antes de que comenzara a resquebrajarse el Muro de Berlín, algunos ideólogos del neoliberalismo comenzaron a cuestionarse la pertinencia de los derechos sociales.

Donde mayor impacto han tenido los efectos de las oleadas privatizadora en los servicios públicos y, por tanto, en los derechos de los trabajadores ha sido en los países de menor desarrollo, como en América Latina, con cifras impactantes de deterioro de la calidad de vida de la mayoría de la población (Fisk, 2000), así como en el incremento en el grado de explotación de sectores marginales y usualmente discriminados como mujeres, niños e inmigrantes.

Las consecuencias de la globalización –en el marco de la ideología neoliberal– y la flexibilización o de relaciones laborales que, con el desmantelamiento progresivo de la estructura jurídica protectora del trabajo, como derecho individual y bien social, pretende la mercantilización –sin maquillaje de ningún tipo– de la mano de obra y afectan tanto la entrada (sistemas de contratación) como a la estancia (precariedad, desregulación, movilidad, pérdida de derechos colectivos) y a la salida (sistemas de protección) del llamado –nunca más apropiado– mercado de trabajo (López, 2001:171).

A la hora de analizar el porqué de tales giros tan significativos y no solo en cuanto a los derechos y conquistas sociales de los trabajadores entre el liberalismo decimonónico y el neoliberalismo contemporáneo no se puede desconocer las transformaciones operadas en el capitalismo en los dos últimos siglos.

Era lógico que en tiempos del capitalismo premonopolista la mayor parte de las concepciones filosóficas e ideológicas gestadas durante la gestación, nacimiento y desarrollo inicial de la sociedad burguesa se correspondieran con criterios de libertad, igualdad y hasta fraternidad, proclamados, independientemente de su carácter formal, desde el siglo XVIII.

De tal forma, en una época en que los grandes monopolios industriales, financieros y comerciales no habían desplegado aún su praxis totalitaria se podían seguir cultivando las utopías abstractas (Bloch) proclamadas por el liberalismo en aquella etapa premonopolista. Muy distinta sería la situación cuando apareció el imperialismo y todas sus consecuencias monopólicas que pusieron en crisis incluso a muchos pensadores forjados en el espíritu liberal anterior como Bertrand Russel o Enrique José Varona, para solo nombrar un relevante filósofo latinoamericano que transitó por similar crisis ideológica a la del pensador inglés y a muchos otros.

Las tesis ideológicas que se acoplaban a las transformaciones operadas en el capitalismo a principios del siglo XX ya no podían nutrirse fácilmente del racionalismo, ni del positivismo porque chocaban violentamente con la realidad socioeconómica y político social que se iba tornando cada vez más irracional y totalitaria.

El espíritu laico, y en ocasiones hasta ateo, que se había desarrollado desde la Ilustración comenzó a entrar en desuso y nuevas formas de fideísmo comenzaron a tomar fuerza, al punto que algunas han fortalecido el fundamentalismo religioso. Pareciera que la historia diera marcha atrás y a principios del tercer milenio cristiano y el presunto triunfo de la postmodernidad resulta contraproducente que se escuchen convocatorias a cruzadas y a guerras santas.

Es algo así como que la humanidad de pronto cultivara una amnesia total de algunas de las conquistas básicas de la modernidad, entre ellas, la secularización de la política, el respeto a la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, el derecho a ser juzgado debidamente con todas las garantías procesales, etc., y se regresara a la cavernícola época en que las normas de vida o muerte las imponía el más fuerte como a diario muestran las noticias.

El carácter demagógico de los postulados de las constituciones burguesas fue revelado con honestidad increíble por los propios propulsores del nuevo orden neoliberal que se iría imponiendo.

Así, Friedrich von Hayek, desde un presunto liberalismo radical que se distingue por ser muy radical en su pretensión de eliminar algunas de las conquistas de la sociedad burguesa en cuanto a derechos que benefician a amplios sectores de la población, se planteó el cuestionamiento de la validez de los derechos auténticos que se reducirían a los políticos y jurídicos y lo que él considera derechos falsos, es decir los económicos y sociales que erróneamente, a su juicio, la Declaración Universal de la onu sobre los derechos humanos acogió.

Esto pone de manifiesto los niveles de cinismo que están manifiestamente expresados en la ideología neoliberal, que llega a renegar hasta de propuestas elaboradas en épocas anteriores por la propia sociedad burguesa (2). Indudablemente, si no se hubieran producido las revoluciones socialistas del siglo XX y el logro de algunas de las conquistas sociales (3) que obligaron a gobiernos socialdemócratas y hasta algunos conservadores a tomar algunas medidas de beneficio social, a ensayar el keynesianismo y el Estado benefactor ante el inminente peligro de que la llama roja se extendiera mas allá de la cortina de hierro, seguramente el cinismo neoliberal se hubiera manifestado mucho antes y la historia del siglo XX hubiese sido mucho más cruel de lo que fue, al menos para grandes sectores de la población en los países desarrollados y peor en los más atrasados.

Sin embargo, siempre resulta algo paradójico que muchos de los propugnadores del neoliberalismo y de la reducción al máximo de los beneficios sociales propiciados por el Estado, muy frecuentemente envían a sus hijos a estudiar a universidades públicas europeas o en sus propios países y tampoco dudan de recibir los beneficios de hospitales y otros servicios de salud para sus familiares, cuando estos aseguran la calidad requerida.

Pero la inconsecuencia entre el discurso público y la vida privada de estos ejecutivos del neoliberalismo no constituye un obstáculo para que continúen su apología de la omniprivatización.

A juicio de Angelo Papachini: los derechos sociales son cuestionados por los exponentes de la corriente neoliberal con base en estos argumentos: a) carecen de justificación racional; b) presuponen de manera equivocada que el poder estatal tiene en sus manos la posibilidad de adecuar el orden del mercado a las necesidades de los miembros del cuerpo social; c) acaban por producir el efecto opuesto al que se proponen, porque obstaculizan el crecimiento armónico de la economía, que es el único instrumento eficaz para aumentar los recursos y disminuir la miseria; d) los fracasos o limitaciones con las que se enfrentan quienes reivindican los derechos sociales y económicos hacen que se difunda la convicción de que los derechos humanos, incluyendo los relativos a las libertades básicas, no son nada serio y que se reducen a mera retórica, a simple aspiración poética; e) las demandas ligadas con la satisfacción de necesidades abonan el terreno para el despotismo y el terror (Papacchini, 1994: 88).

De todo lo anterior se puede extraer la conclusión de que los derechos humanos se han convertido en un boomerang que golpea en la actualidad a la ideología neoliberal emanada de las ideas liberales de la burguesía.

Bien es sabido que la burguesía es demócrata en tanto le conviene para mantener un status quo favorable a sus intereses, pero cuando la democracia se convierte en un peligro para estos, entonces rápidamente se convierte en pinochetista e intenta golpes de estados.

La historia ha demostrado que aunque el neoliberalismo se nutrió filosófica e ideológicamente del liberalismo, finalmente se ha visto precisado a renunciar a muchas de sus fundamentos y formulaciones por el carácter revolucionario” de sus propuestas. La confusión de términos es tal que ahora los neoliberales resultan, en verdad, neoconservadores.

Derechos, irracionalidad y postmodernidad

El Derecho en la modernidad se suponía que estaba apuntalado por la racionalidad de los argumentos propiciada por una supuesta vida democrática, de igualdad y justicia social que comenzó a resquebrajarse desde muy temprano cuando la sociedad capitalista fue revelando cada vez más su naturaleza irracional la cual se expresa en muchos planos: los que más trabajan menos disfrutan de la riqueza social; los que menos necesitan reciben proporcionalmente la mayoría de los recursos materiales que ni siquiera son capaces de consumir; las mercancías son echadas al mar antes que cumplir una función social; lo social se extingue devorado por lo privado y, sin embargo, los propietarios de lo privado no escatiman en aprovechar al máximo los beneficios sociales cuando les conviene; la soberanía del Estado constantemente se ve amenazada por las empresas transnacionales y, no obstante, ellas tampoco pueden prescindir de él, y el Derecho, aunque ya no se le reconoce raigambre sacrosanta, parece tener más poder alienante en relación a legisladores, jueces, fiscales, etc. que en el mismo medioevo.

La irracionalidad se fue poniendo a la orden del día, evidenciando el agotamiento de una utopía abstracta: la sociedad absolutamente subordinada y manejada por el mercado.

Aunque éste, aparentemente, se subordina a leyes, en verdad no existe nada más irracional que el mercado mismo, pues siempre resulta manejado en última instancia por innumerables mecanismos extraeconómicos que ponen en tela de juicio la validez absoluta de las presuntas leyes mercantiles inexorables.

El anunciado triunfo de la irracionalidad sobre el logos de la modernidad se plasmó en especial en la vida jurídica contemporánea, pues como plantea Arthur Kaufmann en su discurso crítico del postmodernismo en el plano jurídico, en que a la vez justifica algunas de las causales de su apogeo:

El cambio paradigmático (¡Horrible dictu!) se ha anunciado ya desde hace mucho tiempo en el campo del Derecho. Que hoy se encuentre otra vez el sentimiento jurídico irracional altamente cotizado no es en verdad a causa de la hermenéutica supuestamente irracional. El fundamento principal reside, completamente al contrario, en insuficiencia de las teorías jurídicas puramente formal-racionales” (Kaufmann, 1992:14-15). Una actitud como ésta pretende encontrar una solución a las insuficiencias de ambos discursos, tanto el moderno como el posmoderno por sus respectivas hiperbolizaciones de lo racional o lo irracional.

En ese mismo sentido, el destacado filósofo peruano Francisco Miró-Quesada, quien ha transitado por la fenomenología, la filosofía analítica y la filosofía latinoamericana de la liberación, en uno de sus libros más recientes dedicado desde la perspectiva filosófica a la hermenéutica jurídica, se detiene a analizar las negativas consecuencias ideológicas que puede tener un discurso irracionalista en esta esfera:

Desde luego, el enfoque histórico tiene una gran importancia porque nos lleva, querámoslo o no, a enfrentarnos con el problema fundamental y eterno del pensamiento filosófico la lucha a muerte entre el racionalismo y el escepticismo. El sentido de la historia depende, en último término, de nosotros. La vida, para una persona tiene sentido que esta le quiera dar. Si adopta el escepticismo, estaría aceptando que la ética y Derecho no tienen la mayor validez. Todo dependería de la voluntad de poder de los más fuertes que sojuzgan a los más débiles, que siempre serán la inmensa mayoría. En cambio, si de adopta el racionalismo, la historia tendrá un sentido: disminuir hasta donde se pueda la arbitrariedad reinante en las sociedades reales (Miró-Quesada, 2003:163).No solo los obreros deberían estar interesados en que la filosofía del racionalismo vaya tomando cada vez más fuerza y poder de argumentación, porque el irracionalismo que ha minado el pensamiento posmoderno puede ser nefasto y no solo para el mundo del trabajo, incluso para el poder del capital y terminar nefastamente con unos y con otros.

Cuando el empresario capitalista piensa solo en sí y para sí puede, a la larga, revertirse negativamente en detrimento de sus propios intereses el resultado de sus actuaciones irracionales. Por otra parte, parece que aquellas ideas de Marx y Engels de La ideología alemana, según las cuales el burgués adopta ante las instituciones de su régimen la misma actitud que el judío ante la Ley, las viola cuantas veces puede, como éste la Ley, pero quiere que todos los demás las acaten (Marx, Engels, 1966:182), mantienen plenamente su vigencia, lo único que no solo referido a individuos aislados sino a grupos empresariales completos y, en los últimos tiempos, a gobiernos enteros como el de Estados Unidos de América, en su proclamada lucha contra el terrorismo.

Ya el siglo XX se puso de manifiesto el posible nefasto impacto de ideologías que llegan a corporizarse en estados, gobiernos, partidos, guerras, intervenciones, ingerencias, etc., germinadas sobre la base de filosofías de corte irracionalistas.

Incluso, el ecocidio universal paulatino que se está produciendo ante la mirada culpable de muchos gobiernos e instituciones internacionales puede alimentarse también por esa actitud indiferente ante la estimulación del irracionalismo. Son muchas las esferas de la sociedad, tanto de la vida pública como de la vida privada, en las que las posibles influencias de las posturas irracionalistas se revierten contra el ser humano.

Si para algunos ha sido beneficioso estimular la idea de la crisis de humanismo para sentir cierta justificación ante sus actitudes explotadoras y misantrópicas, no toman conciencia que el cultivo de tales ideas se convierte en un poderoso boomerang que puede poner en peligro su propia tranquilidad al estimular los actos delictivos, el terrorismo y la violencia como vía de solución de conflictos.

Las consecuencias del discurso irracionalista han sido muy fuertes y sus manifestaciones se han plasmado en múltiples esferas de la espiritualidad contemporánea desde el arte (F. Jameson), la educación, la política y, por supuesto, el Derecho en diferentes planos. Desde el Derecho privado al público pero, en especial, al Derecho internacional.

Conclusiones

Evidentemente, la postmodernidad ha traído algu nos cambios en las relaciones sociales y en las concepciones que las fundamentan así como en las expresiones estéticas, éticas y espirituales en general. Lógicamente, las bases filosóficas sobre que se ha asentado esta nueva etapa del desarrollo de la sociedad contemporánea han exigido transformarse en pos de fundamentar los significativos cambios que el capitalismo globalizado ha planteado con los desafíos correspondientes.

Cuando algunos al final del siglo XX creyeron que estaban presenciado los funerales de la historia, de la lucha de clases, de las ideologías, del humanismo, del socialismo, de la modernidad, del racionalismo, del progreso humano y de infinidad de otras conquistas del género humano en su infinito proceso desalienador, no imaginaron que el nuevo siglo se iniciaría revitalizando los derechos de los sectores menos favorecidos en foros sociales mundiales reivindicado los derechos de los trabajadores, de grupos étnicos, mujeres, homosexuales, etc.

Quienes se acostaban satisfechos tras la caída del Muro de Berlín porque el péndulo de la historia se había inclinado significativamente hacia la derecha, ahora se despiertan sobresaltados al ver las nuevas fuerzas y movimientos sociales que inclinan el péndulo hacia la izquierda en algunos lugares más que en otros, como sucede en el ámbito latinoamericano.

En medio de esas luchas, los pueblos reclaman nuevas elaboraciones teóricas y prácticas para que en estos nuevos tiempos al irracional derecho de la fuerza se le anteponga, viril y definitivamente, la racional fuerza del derecho.

Notas

1. Hay otro aspecto del liberalismo que afianzó mucho la doctrina de la evolución: la creencia en el progreso. Mientras el estado del mundo permitía el optimismo, la evolución fue acogida con entusiasmo por los liberales, tanto por ese motivo como porque daba nuevos argumentos contra la teología ortodoxa. El mismo Marx, aunque sus doctrinas son en algunos aspectos predarwinianas, deseaba dedicar su libro a Darwin. Russell, Historia de la filosofía occidental, op.cit., p. 344.

2. Si bien el neoliberalismo toma algunos de los principios de la tradición liberal, las formulaciones de Hayek y la especificad de las propuestas actuales se distancian significativamente de algunos ideales del liberalismo y se acercan más a perspectivas conservaduristas. Véase, Botero, en su obra La falacia Neoliberal crítica y alternativas, p. 286.

3. El neoliberalismo es una ofensiva contra todas las conquistas que aun dentro del capitalismo habían logrado las masas, la clase obrera, los trabajadores, y, sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial, porque existían países socialistas y tenían miedo, estaban en una lucha desesperada contra los cambios revolucionarios. Cuando desaparecieron el campo socialista y la URSS, ellos perdieron su miedo y ¡de qué manera lo han perdido!, así quieren arrasar con cuantas conquistas sociales habían logrado los pueblos. Castro, en Globalización neoliberal y crisis económica global, op.cit, p. 22.

Es parte de la Universidad Central de Las Villas. Santa Clara, Cuba.

Tomado de: scielo.org.ve

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