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¿En qué cultura se da el femicidio?

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La Gaceta Jurídica / María Morfín Otero

17:34 / 27 de diciembre de 2011

Hace poco, Newsabout-women, de Women’s Views on News, servicio de noticias de mujeres por y para las mujeres, transmitía una nota de The Telegraph, de Nueva Delhi, India, según la cual el gobierno del estado de Madhya Pradesh investiga que más de 300 niñas fueron sometidas a cirugías por sus padres para parecer hombres, por una suma promedio por operación de 3.150 dólares.

En India se practica la selección de hijos de sexo masculino mediante el aborto de fetos femeninos, debido, entre otras cosas, a los altos costos de bodas y dotes.

Defensores de los derechos de las mujeres y de la niñez han denunciado esto como una enfermedad social y como un signo de desprecio a las mujeres.

Esta muestra, que con variables podemos ver reproducido en otros países y continentes, habla de una cultura donde es posible que el feminicidio prospere: niñas vendidas para ser dadas en matrimonio servil; trata de mujeres y niñas con propósitos de explotación sexual o para formas análogas de esclavitud; abandono de mujeres en prisión por parte de sus familiares; violaciones masivas a mujeres y niñas en guerras o conflictos internos; calvarios de abuso sexual para mujeres y niñas que intentan emigrar a Estados Unidos a lo largo de Centroamérica y México, reflejan el nulo o escaso valor reconocido a la vida de una mujer.

Feminicidio es una palabra fuerte y alude a una realidad triste y ha sido mucho más explorado sociológica que jurídicamente, aunque algunas entidades en México, entre ellas el Distrito Federal, hayan comenzado a tipificarlo en sus códigos penales.

El término arranca de estudios de Diane E. H. Russell (1976) y Jill Radford y comenzaron a aplicarlo en el país Marcela Lagarde, académica feminista y ex diputada federal, y, en Ciudad Juárez, Julia Monárrez, académica feminista de El Colegio de la Frontera Norte, para quien “se ha definido como el asesinato de mujeres por hombres en un continuo de acciones de violencia sexual, por el solo hecho de ser mujeres o no serlo de una manera ‘adecuada’. Este fenómeno se inscribe en condiciones de desigualdad entre los sexos en lo económico, político y social”.

La Comisión legislativa que presidió Lagarde, al presentar su Primer Informe en 2005, menciona: “La explicación del feminicidio se encuentra en el dominio de género: caracterizado tanto por la supremacía masculina como por la opresión, discriminación, explotación y, sobre todo, exclusión social de niñas y mujeres como propone Haydee Birgin. Todo ello, legitimado por una percepción social desvalorizadora, hostil y degradante de las mujeres. La arbitrariedad e inequidad social se potencian con la impunidad social y judicial en torno a los delitos contra las mujeres. (…)”.

El feminicidio no solo es perpetrado por extraños, sino por personas del círculo íntimo de las víctimas. Monárrez ha dicho: “Todo crimen de género contra una mujer es sexual porque el sexo de la mujer y su sexualidad son las construcciones culturales sobre las que el machismo, la misoginia, el patriarcalismo, ejercen su discriminación”.

El feminicidio es extrema violencia contra las mujeres y las múltiples manifestaciones de violencia que lo preceden constituyen una grave violación a los derechos humanos de las mujeres. Es imposible que esta violencia arraigue en una sociedad, si no es amparada por la tolerancia social, que da un antidemocrático –por discriminador– mensaje de permisividad. Su caldo de cultivo es la cultura patriarcal que produce machismo y misoginia. Es decir, menosprecio o desprecio a las mujeres por ser mujeres; sobreentendidos de una supuesta superioridad de parte de los varones para estar en el mundo, ejercer el poder, decidir por sí mismos, afectar con sus decisiones a otros y otras –generalmente a otras– y la sujeción de éstas a la voluntad y cánones de aquellos que deciden qué es bueno y qué no; cuáles espacios son correctos y cuáles les están reservados a ellos; qué actividades conviene tener y cuáles les son prohibidas –a ellas–.

De sobreentendidos como éstos se va tejiendo la urdimbre que asfixia la autonomía femenina, hace imposible la vida independiente para mujeres y niñas, convierte a los varones en perpetuos controladores, cobradores de cuentas, depositarios de la verdad, jueces públicos y privados, administradores de patrimonios, sueldos, conceptos de belleza, clasificaciones sociales, ministros de estereotipos y un largo etcétera.

Detener la violencia feminicida supone un arduo cambio cultural que compromete los ámbitos públicos y privados, la educación formal y todos los espacios donde se educa más allá de las aulas: los medios de comunicación, cine, espacios de política, hogares, iglesias, universidades, sindicatos, empresas, cooperativas rurales. En la vida personal y comunitaria, es preciso romper con la idea de que la violencia contra las mujeres es normal, pues cuando se ha vivido como normalizada en la familia de origen, es más probable que el esquema de víctima y victimario se reproduzca después.

Nos vinculamos con nuestro contexto de tal forma que, al faltar una de nosotras, son muchos los nudos en el rebozo social, o en la red del tejido comunitario que fuimos fabricando en nuestro entorno, que se deshacen. Los huecos que la violencia feminicida va causando en el tejido social son más grandes –por supuesto hablo en términos generales y hay excepciones– que los que dejan las muertes violentas de los varones.

Comprender lo anterior nos ayuda a entender que la paz en México no es algo que pueda lograrse sin las mujeres, sustento y raíz de toda comunidad. Son ellas, somos nosotras, las niñas y las mujeres, las que más lastimadas estamos por la violencia que se vive, como víctimas directas o indirectas, pues mucho arriesgamos en los vínculos que producimos y por los que apostamos y damos la vida, no solo biológica. Esto debe llamar a reforzar las políticas públicas que garanticen nuestro derecho a vivir una vida plena.

No solo debemos llevar un registro –honrando la complejidad de las causas de las muertes, para así honrar la memoria de las víctimas inocentes, o saber al menos quiénes eran inermes y quiénes no–  de quienes han sido ejecutados en el llamado combate a la inseguridad; también debemos llevar diferenciadamente la cuenta de los homicidios dolosos de hombres y mujeres, las modalidades del feminicidio y los actos que lo preceden y llevar registro del contingente numeroso de viudas y huérfanas que, en una sociedad que discrimina por motivos de género, tendrán desafíos adicionales para lograr sus proyectos como personas y para tejer el futuro pacífico del que, en muchos sentidos, las mujeres nos estamos haciendo cargo.

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