La Gaceta Jurídica

Un curioso procedimiento penal en 1848

Foto: ceibal.edu.uy

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La Gaceta Jurídica / Néstor Luis Montezanti

00:00 / 29 de mayo de 2012

Uno de los pocos expedientes armados que existen entre los papeles conservados en la ex Alcaldía de Paz, Sección Primera, de la ciudad de Bahía Blanca, Provincia de Buenos Aires, actualmente en poder del Centro de Abogados de la misma, correspondiente a la época de Rosas, es uno caratulado “Indagación seguida contra el Paisano Martín Montenegro, acusado de haber robado en los Toldos de los indios amigos en la noche del primero del corriente mes”.

Consta de un cuerpo de veintiséis fojas, incluida la que forma la carátula, y de una nota suelta, que es la que le pone un curioso final. Tiene una especie de membrete que, además de la necesaria leyenda “Viva la Confederación Argentina, ¡Mueran los salvajes unitarios!”, dice “Sargentía Mayor del Detall”, cosa que se entiende por la circunstancia de haber sido instruido en el Fuerte Argentino, donde fue terminado un 11 de mayo de 1848 (Año 39 de la Libertad, 33 de la Independencia y 19 de la Confederación Argentina, según la concreta efemérides oficial obligatoria de la época).

Es un documento interesante por la luz que arroja en materia de procedimiento criminal usado entonces (cuando aún imperaban las viejas ordenanzas reales españolas como ley común), por ciertas cuestiones en materia civil y militar que aclara y por la trascendencia histórica local de varios de los personajes que desfilan por sus fojas amarillentas.

Comienza con un parte fechado el 2 de mayo, dirigido por el comandante del fuerte argentino, teniente coronel José Luis Palavicino, al juez de Paz y Comisario de Bahía Blanca, José María Hidalgo. Le comunica que se ha presentado en el fuerte el capitanejo amigo Ancalao denunciando que el paisano Martín Montenegro fue sorprendido en el interior de su toldo la noche anterior tratando de robarle varia prendas, por lo que se “vio obligado a defenderse”, hiriéndolo y reduciéndolo.

El jefe militar termina consignando que ha puesto preso al paisano que le trajeron los indios en el Hospital de la Fortaleza y que acompaña las prendas robadas, que constituyen el “cuerpo del delito” y que detalla: “Unas Espuelas grandes de Plata, un puñal con bayna y cavo de plata, una daga con su bayna, un poncho inglés, un mandil de algodón y un retaso de lienzo...”. Un botín aparentemente inexplicable en poder de un indio, y capaz de justificar una temeridad como la achacada a Montenegro. Es que los indios “amigos” eran tales debido a convenios con el Gobierno provincial, que incluían muchas generosidades por parte de éste. Las prendas dan una idea del poder de Ancalao.

El proveído

El Juez de Paz acusa recibo de inmediato. Son interesantes los términos de su nota: “No habiendo en este Pueblo un Paisano inteligente que pueda seguir la correspondiente indagación. El infrascripto espera q' U. se sirva facilitar un oficial para q' proceda a las correspondientes diligencias en el esclarecimiento del hecho”. De este proveído parecería deducirse que no era función de los jueces de Paz instruir directamente sumarios, sino que esa tarea la delegaban en “paisanos inteligentes” o en militares con grado oficial, reservándose la dirección, la supervisión y la comunicación con las instancias superiores capitalinas (Jefatura de Policía, Justicia de Primera Instancia y Gobernación).

Pero hay otros documentos donde el Juez de Paz aparece cumpliendo personalmente una función netamente preventiva e instructora. Incluso, su título es “Juez de Paz y Comisario” y de él dependen las partidas que mandan los alcaldes y sus tenientes. Tal vez la clave esté en la importancia de los hechos a investigar, elemento que aún hoy está presente en el derecho procesal militar: los “sumarios” –materias graves– son instruidos por jueces de Instrucción; las “informaciones sumarias” –materias leves, y nótese la similitud de designación– por oficiales legos designados por lista.

Poder civil

También se ve la considerable importancia que tenía el llamado “poder civil”: indefectiblemente la autoridad militar se dirige a él con sumo respeto, y hasta se encuentran notas con serias reprimendas al Comandante por irregularidades observadas en su jurisdicción. Es esto espejo de una de las facetas de la política interna de Rosas, en la cual la Justicia de Paz funcionaba como uno de sus soportes fundamentales.

Hidalgo continúa dando instrucciones procesales: el preso debe permanecer con grillos “en caso que pueda resistirlos, según el informe del Facultativo” o en el mismo hospital, con vigilancia permanente de la “guardia de prevención” en caso contrario; y devuelve las prendas que forman el “cuerpo del delito” (nótese la reiteración de este tecnicismo en ambos despachos), con la observación de que la hoja de la daga tiene “porción de manchas de sangre, que por consiguiente es el principal instrumento del cuerpo del delito”.

El mismo día, el jefe militar cumplimenta lo que el Juez de Paz “esperaba”; designa “Juez Fiscal” al teniente coronel de Artillería D. Juan Francisco Díaz, encargado de la Mayoría de la Guarnición (es decir, su inferior jerárquico inmediato). Otra corroboración de la importancia del denunciante del intento de robo, salvo que no hubiera en al Guarnición otro Oficial “inteligente”...

Remisión del informe

La toma de posesión del cargo por parte de Díaz se produce por la remisión del informe confeccionado por el facultativo. El detalle de las heridas que padece Martín Montenegro es espeluznante y pone de manifiesto la “decisión” con que Ancalao reprimió el atentado: “El que suscribe, dé parte al señor Comandante encargado de la mayoría del detalle, de haber curado en el Hospital de la Fortaleza al paisano Martín Montenegro de heridas contusas a la cabeza, una herida de la más consideración en la cara, abajo del arco cigomático del lado izquierdo, vertical más profunda en la parte superior en la extensión de una pulgada que interesa la piel, el elevador del labio superior, el buccinador y el ángulo orbicular de los labios, y trozada las arterias labial superior y infraorbitaria.

Además otra herida de poca consideración que ha trozado transversalmente la oreja del mismo lado. Todas estas heridas son hechas con instrumentos contundentes, esta circunstancia y la mucha pérdida de sangre lo tiene al herido en un estado delicado, de todo lo cual el que firma pone en su conocimiento a los fines que sean de superior aprobación”. Firma un conocido de todos los bahienses: el doctor Sixto Laspiur, quien, así logra salvar al pobre Montenegro de los grillos.

Piezas de convicción

El segundo acto del Juez Fiscal comisionado es designar a su Secretario, que es llamado Escribano de la causa, cargo que recae en el “Porta interino del Regimiento de Dragones de nueva Frontera, Sargento Joaquín Lorenzo Paiva, personaje que deber haber sido muy capaz y tenido muy buena letra, porque se lo ve aparecer a menudo en idénticas funciones. La aceptación del cargo por éste lo es con toda formalidad, con juramento de Ordenanza y promesa de guardar sigilo y fidelidad en lo actuado.

Hecho lo cual, e integrado así el Tribunal instructor, se inventarían las piezas de convicción que tanto habían viajado. Del minucioso detalle surge que una de las espuelas está quebrada, que el puñal también tiene cubo de plata, que la vaina de la daga está guarnecida en metal amarillo, que el poncho inglés está listado a lo largo de blanco y azul, que el mandil de algodón es punzó y blanco y que el retazo de liencillo es como de vara y media largo.

La denuncia

Como primer paso concreto en la investigación manda Díaz a comparecer a Ancalao. Estamos todavía en el 2 de mayo, y todo paso ha sido dado “inmediatamente” después de su antecedente. O sea, para cuando Ancalao declara ante el Instructor, hace pocas horas que ha ocurrido el hecho por él denunciado. Cuenta el capitanejo que se encontraba durmiendo en su toldo junto con su familia cuando, al sentir ruidos, se despertó y vio a su mujer siguiendo a un hombre que huía con las prendas que el jefe indio guardaba en un cajón ubicado al lado de su cama.

Ante esto, Ancalao saltó desnudo de su lecho y siguió al ladrón que se dirigía al toldo de Fermín (el célebre “indio Fermín”) y que ya había sido alcanzado por su mujer, de quien trató de defenderse golpeándola con el facón producto del robo.

Así Ancalao “... alcanzó al ladrón y agarrándolo por los cabellos lo tiró al suelo, se le puso encima la quitó las prendas robadas tirándolas a un lado incluso el puñal, el facón y las espuelas de plata y agarrando una de dichas espuelas con la mano izquierda le apretó la garganta al ladrón (quien no decía palabra –como para decirla–) y con la derecha le pegó con la espuela por la cara y la cabeza en terminos que la rompio: que en tanto el ladrón se defendía a mordiscones: resultando el declarante con tres mordiscones en su cuerpo: que este caso comenzó a llamar a gritos a Fermín, que en inmediatamente llegó allí, así como su mujer y varias chinas y condujeron al ladrón al toldo del declarante”.

Posteriormente –sigue Ancalao– fueron con Fermín a dar parte del intento de robo al sargento mayor Francisco Iturra, quien mandó a sus asistentes por el ladrón y solicitó la entrega de las prendas robadas. Preguntado si conocía a Montenegro o si éste había estado antes en sus toldos y por qué se había dirigido precisamente al del capitanejo, contesta Ancalao negativamente a todo y opina que el paisano fue el único autor del delito.

La declaración

La declaración está revestida de todas la solemnidades propias del estilo judicial: se deja constancia de los datos personales del declarante, así como que éste habla regularmente el idioma español, se le recibe promesa de “decir verdad por el Sol que nos alumbra, a quien él adora” y se deja constancia, al finalizar, de que el declarante es de edad “como de treinta y cinco años”. El indio no firma, de lo que se deduce que no sabía escribir, pero el Escribano ad hoc se cuida de dejar bien asentado que “... es cuanto tiene que decir, que lo dicho es la verdad en que se afirmó y ratificó en su declaración, bien enterado de ella, según su juramento”.

Las declaraciones de Fermín y de la china Micaela, la mujer de Ancalao que descubrió al ladrón dentro del toldo, confirman básicamente la declaración del capitanejo. Fermín aclara que Ancalao estaba muy enojado y que quería degollar al paisano, a lo que él se opuso, por lo que optaron por llevarlo al toldo y atarlo hasta el amanecer.

También coinciden sobre el tajo que el ladrón habría pegado en la cara a Micaela y sobre los mordiscos que habría recibido Ancalao en la refriega. Todos reconocen las prendas, que se les ponen formalmente de manifiesto, con constancia en las actas, incluso en la que instrumenta el testimonio del capitanejo. Se deja constancia de que Fermín andaría por los 38 años y Micaela por los 25. Ambos juran también por el “Sol que nos alumbra”, a quien adoran. Tampoco firman.

Después de dejarse constancia de no poderse recibir declaración a la mujer del indio Fermín, por hallarse enferma, ni al propio acusado, por prevenir el médico cirujano que si hablaba podría producírsele un derrame sanguíneo, la situación en el expediente no es muy favorable para el sospechoso: si bien ningún indio aclara cómo pudo llegar Montenegro justamente hasta el cajón ubicado al lado de la cama del toldo del capitanejo, en medio de la oscuridad de la noche, no siendo habitué de las tolderías ni frecuentando a ninguna de sus chinas; los testimonios contestes de dos indios amigos notables y de la mujer de uno de ellos y el mismo “cuerpo del delito” hacen bastante difícil su posición. Llama la atención, en esto, que no exista constancia en lo actuado de las heridas que dicen tener los damnificados.

La otra versión

Recién cuatro días después de la primera intentona, puede el instructor recibir declaración al prevenido: éste es un mozo de 23 años, de quehaceres de campo. Su juramento de decir la verdad –que también se le recibe– lo presta como de costumbre, haciendo una señal de Cruz, y previa constancia que se deja de hallarse “mejorado de sus heridas y bien despejado de sus sentidos y potencia”.

La versión que ofrece Montenegro comienza a dar una perspectiva nueva del asunto y razón a la sospecha del “Juez Fiscal” expresada en las preguntas hechas a los indios sobre cómo pudo llegar el paisano hasta el “tesoro” de Ancalao. Dice el herido que la noche del hecho había estado bebiendo aguardiente y jugando a las cartas en la pulpería de Estanislao Araque, en compañía de otros varios patanes. Allí ganó bastante plata y, ya trastornada la cabeza, salió hacia la pulpería de Felipa Araque, a la que encontró cerrada, por lo que fue a recalar a la de Juana Seguel, donde siguió tomando, ahora vino, en compañía de varios individuos, entre ellos, un anterior compañero, el paisano Juan Peralta.

A partir de este momento, nada recuerda Montenegro de lo que después le sucedió, como consecuencia de la embriaguez, salvo cuando despertó en el toldo de Ancalao, lastimado, desnudo y atado. Pero puede reconstruir el proceso merced a lo que le ha contado el tal Peralta, que por lo visto lo ha visitado en su prisión. No se ha decretado, pues, la incomunicación a Montenegro, ni nada sobre ella dicen las instrucciones del Juez Hidalgo.

De lo contado por Peralta, sabe Montenegro que él y otro compañero llamado Ignacio Becerra, viéndolo tan borracho, lo llevaron a la casa de Petrona Correa para que durmiera. Allí vinieron de madrugada el mismo Becerra y un tal Agustín López a buscarlo para ir a un baile. El resultado ya se conoce: la paliza en manos de los indios y la pérdida del dinero ganado que, según Peralta, fue a parar a manos de Becerra. Opina Montenegro que estos patibularios deben haberlo llevado a los toldos –que él no conocía ni frecuentaba– y dejado abandonado a merced de los indios, que lo estropearon tan malamente “porque lo vieron embriagado, o quizás celosos porque creyeron que iba a buscar alguna de sus Chinas...”.

“Falso testimonio”

Soporta perfectamente el declarante la “reconvención” que le hace el Juez Fiscal sobre la divergencia de su versión con la de los indios, concluyendo, con lógica implacable, “que es un falso testimonio que le han levantado, pues además que tiene dicho que no tenía conocimiento en dichos toldos no era posible que hubiera acertado tan bien encontrar dichas prendas reunidas robarlas y salir con ellas corriendo, cuando dicen Ancalao lo perseguía, que mas bien el declarante salió robado, pues el otro día se encontró atado, herido y desnudo”. Esto lo rubrica Montenegro, simbólicamente, con la Cruz porque ha jurado, si bien la razón de ésta es que no sabe firmar...

Después de buscar infructuosamente a Juan Peralta, de quien se supo se había ausentado al Arroyo del Sauce, el Instructor comienza, el día 14, a tomar declaración a los nombrados en la indagatoria de Montenegro, tarea que cumple “incontinente” (como se dice frecuentemente en sumario). El primero en declarar es Ignacio Becerra, el presunto beneficiario de la desgracia del prevenido. Confirma Becerra –soldado de la Segunda Compañía del primer Escuadrón del Regimiento de Dragones de nueva Frontera– las andanzas contadas por Montenegro y la borrachera de éste así como haberlo llevado a lo de Petrona Correa, que resulta ser el domicilio del declarante y el de su camarada Agustín López, soldado de la Primera Compañía del 4to.

Escuadrón del Regimiento de Blandengues de nueva Frontera.

Pero niega haberle quitado dinero alguno, habiéndose limitado a llevarlo a dormir a su casa “de compasión”. Recién al volver al día siguiente a lo de Petrona vio cuando traían a Montenegro herido, y allí coligió que se había marchado. Pone en duda la existencia de la fortuna de que habla Montenegro, que él estima en cuarenta pesos que el paisano habría obtenido vendiendo unos botones de plata a don Pío Iturra y a los cuales usó para pedir muchas vueltas de vino y de aguardiente, que los deben haber reducido sensiblemente.

Becerra atribuye el dinero que tiene, a su vez, a ganancias en el juego en la pulpería de Juana Pérez, gracias a diez pesos que le prestó el Sargento Ramón Ramírez, porta interino de la Primera Compañía del Tercer Escuadrón del Regimiento de Blandengues. A esta pulpería había concurrido Becerra después de dejar a Montenegro durmiendo y de haber dado una vuelta por el Cuartel (dentro de cuyo perímetro se encontraba el rancho de Juana Pérez).

Contradeclaraciones

Las declaraciones de Petrona Correa y del Soldado López confirman los dichos de Becerra, éste se fue después de dejar durmiendo a Montenegro y volvió recién al siguiente con una botella de aguardiente para festejar la plata que había ganado jugando. Montenegro, a su vez, se despertó a la madrugada, pidió agua a la dueña de casa y salió prometiendo volver, sin hacerlo empero. Finalmente, el Sargento Ramírez corrobora haberle prestado diez pesos a Becerra, con los que éste volcó la suerte a su favor en la “jugarreta” que se desarrollaba en lo de la Pérez. De estos testigos, curiosamente ninguno de los tres militares hace la señal de la Cruz al prometer decir verdad, pero este juramento lo prestan “según la Ordenanza”. Los civiles, en cambio, que juran “según la costumbre”, hacen además esa señal. El único que firma, por saberlo hacer, es el suboficial colega del Escribano. Los restantes dibujan, dificultosamente, la cruz.

Así las cosas, llegada la investigación a un callejón sin salida, el “Juez Fiscal Comisionado” decide entregar lo actuado y las prendas al Jefe de la Guarnición, lo que hace el mismo día y bajo debida constancia, no sin antes dejar sentada su conclusión: “... a juicio del Fiscal se cree no haber habido tal robo, y si que los Indios para cubrir la gravedad del delito que habían cometido, han inventado el robo, pues de ningún modo el Acusado pudo haber entrado en un toldo obscuro, robar rápidamente tantas prendas y escapar con ellas sin tener antecedente ni conocimiento alguno en los toldos...”.

Al hablar de delito, alude Díaz evidentemente no sólo a las lesiones causadas al paisano, sino al robo de su dinero, que alguno llevaba encima al salir de la pulpería a estar a los dichos de los testigos, y que no puede atribuirse a Becerra, como pensó el informante Peralta.Acción del juez fiscal

Es curioso este instituto del “Juez Fiscal”, que a nosotros se nos ocurre oriundo del derecho procesal anglonorteamericano y que ha sido introducido recientemente en varios Códigos provinciales, como el de Mendoza. Un Fiscal que no se limita a representar al interés público en el proceso penal, sino que toma parte activa en él desde el primer momento, reuniendo elementos acusatorios y disponiendo del propio prevenido. Con lo que el papel del Juez asume su tinte esencialmente imparcial, al tomar intervención recién después de que el Fiscal ha considerado que existen elementos para acusar.

Debe tratarse de un instituto militar, porque en el famoso proceso de la fragata “Rosales”, sustanciado a fines del siglo xix, el Capitán de Navío Lowry –Fiscal del proceso– cumplió idéntica función, dejando la estrictamente judicial al Consejo de Guerra que finalmente absolvió a los imputados. Se trataba de un “Juez Fiscal” de una especie de “ersatz” de nuestro tradicional Juez de Instrucción, que en nuestra Provincia y en el fuero Federal coincide a su vez con el Juez de Sentencia o de plenario.

Hoy día ya no existe en el procedimiento militar, donde el Fiscal aparece recién en el plenario, con la estricta y exclusiva misión de acusar. Todo lo anterior es materia de un Juez instructor, que carece sin embargo de facultades decisorias pues se limita a “dictaminar” sobre el destino ulterior del sumario, que es decidido por el Comandante de la unidad. Igual que hizo Díaz en las actuaciones a las que me estoy refiriendo...

Volviendo a ellas, el Comandante Palavicino produjo una pieza de la “Justicia de la Encina” todavía imperante entonces en muchos pagos, dirigió dos días después (el 3 de mayo) un oficio al Juez de Paz del siguiente tenor: “El Infrascripto remite a U. la indagación seguida al paisano Martín Montenegro por la que no resultan pruebas para proceder en juicio contra dicho paisano por no haber testigos presenciales; por cuyo motivo el Infrascripto es de opinión se le levante el Arresto al paisano Montenegro, y después de sanar de sus dolencias, sea apercibido seriamente para los sucesivo en andar vagando nocturnamente por los toldos de los indios amigos, por lo que sea hecho sospechoso y digno de un castigo ejemplar, sin embargo, de no habérsele podido probar el robo, tampoco se puede decir que no lo ha cometido, por cuanto hecha por disculpa la embriaguez”.

“Las prendas de su referencias pertenecientes al Capitanejo Amigo Ancalao, le han sido entregadas por el conducto del Sargento Mayor Dn. Francisco Iturra”.

“Dios guarde á V. M. A.”.

Sobreseimiento y castigo

No sabemos, lamentablemente, si el Juez de Paz adoptó una actitud tan ubicua como la propiciada por el jefe militar y dictó la especie de sobreseimiento provisorio en las actuaciones aconsejada. Suponemos, en cambio, que no fue muy severo en el apercibimiento y castigo ejemplar que estimaba ese jefe, porque el pobre Montenegro, con el susto y las heridas que sufrió (amén de la pérdida de su dinero), no habrá quedado con ganas, siquiera, de arrimarse a los toldos de los indios “amigos”.

*    Es abogado argentino.

    Tomado de: educar-argentina.com.ar

Espere…

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