La Gaceta Jurídica

La desconfianza ciudadana

Realidades jurídicas

Gabriel Peláez G.

00:00 / 13 de junio de 2014

No cabe duda que desde la fundación de la República, hoy convertida en Estado Plurinacional, ha existido en forma continuada y permanente un evidente y claro distanciamiento entre la ciudadanía en general y los gobernantes en general y en todas las épocas, cualesquiera que hubiese sido el origen real de éstos.

Lo anterior, como una figura siempre repetida y constante de nuestra historia, no ha hecho otra cosa que distorsionar los hechos, complicar cuanta situación se presentaba o finalmente, lo más notorio, entrabar las relaciones incluso entre los Poderes del Estado, como antes se llamaban, dificultando además, el correcto manejo de los frecuentes mecanismos de Gobierno.

A tal grado de problema llega este panorama que el propio Presidente de la Cámara de Diputados, en un trabajo que publica el periódico La Razón de La Paz del pasado 1 de junio, afirma en relación a una decisión de la Comisión de Admisión del Tribunal Constitucional, referida a la Ley del Notariado, que “esta situación ha creado una DESCONFIANZA GENERAL EN LA CIUDADANÍA en los legisladores y también en toda la Asamblea Legislativa Plurinacional, porque nuestras leyes están corriendo un serio peligro…”

Aquellos conceptos de tan alto mandatario de Estado resultan ser muy fuertes a la hora de su aplicación. Contribuyen a fortalecer una creencia ya bastante reiterada, de que ni siquiera el propio Legislador Negativo, como se lo conoce al Tribunal Constitucional, debería merecer la confianza que requiere ni de la misma Asamblea Legislativa Nacional ni de la ciudadanía en general.

O sea, los legisladores positivos, que se consideran una especie de “primer Poder del Estado”, desconfían del órgano del Estado que está señalado por el artículo 196 de la cpe. como el que vela “por la supremacía de la Constitución, ejerce el control de constitucionalidad, precautela el respeto y vigencia de los derechos y las garantías constitucionales”.

Éste es un muy mal antecedente para el relacionamiento normal y permanente entre éstos. ¿Quién pierde en esta figura? El Estado.

Pero, esa desconfianza manifestada en los altos niveles del Estado se da en todos. En efecto, la desconfianza del ciudadano es prácticamente en todos los órganos del Estado, o si ustedes prefieren decir, no creen en el buen cumplimiento de funciones y tareas de aquellos, en los marcos más elementales. Tendríamos que preguntarnos si en este momento hay alguien que confía de veras, por ejemplo, en la tarea de la justicia. Hablemos nada más que del Ministerio Público como órgano coadyuvante de aquella o que debería serlo. ¿Algo hacen, además, los distintos fiscales para que esa imagen sea diferente? ¿Muestran algún cambio de actitud? Ninguno.

Preguntémonos, asimismo, qué confianza puede tener una mayoría de ciudadanos que acuden o no a los tribunales de la administración de justicia, pasando por sus diversas instancias en los distintos tipos de proceso. ¿Alguien puede decir que se siente satisfecho de tener que acudir a uno de esos tribunales para de una vez dar fin a las disputas que tiene, por ejemplo, con alguno de sus familiares o algunos de sus vecinos? Por el contrario, se siente totalmente desgraciado; entiende que se le ha caído el mundo encima y protesta en todos los idiomas.

¿Alguien se atreve a dar su confianza en el trabajo de la llamada “clase política” en general? Y esto vale tanto para el o los partidos de gobierno (antes y ahora) y para los de la oposición (también antes y ahora) y sobre todos los temas posibles. Definitivamente, el ciudadano ha dejado de creer en “los políticos en general” porque, además, éstos no hacen el menor esfuerzo por demostrar que al menos tienen intención de cambiar sus actitudes. Ya antes de las próximas elecciones de octubre, una vez más han aparecido abundantes casos de transfugio político y abundantes demostraciones de que una firme postura ideológica no existe ni siquiera entre los líderes de las diferentes agrupaciones políticas.

¿Qué confianza se le puede exigir al ciudadano en el futuro accionar de un partido o una agrupación política, si éstas y aquél, escasamente logran articular alguna propuesta de manera orgánica y coherente para administrar el Estado? El tema se sigue reduciendo, casi desde siempre, a la mera existencia de los caudillos. Ni siquiera los llamados “líderes” porque sin duda estos últimos tienen otras características.

De esta forma, de tanto “fabricar” caudillos hemos dejado de encontrar líderes. Entonces, quienes acaban llegando a distintos Ministerios o a la actual Asamblea Legislativa Nacional e incluso a las Asambleas Departamenta-les o los Concejos Municipales, no son precisamente las personas que requiere el país para un mejor gobierno, lo que en la práctica significa un mejor manejo del Estado Plurinacional.

¿Quién no desconfía de la educación? Y estamos hablando de aquella actividad desde el kindergarten pasando por la escuela y el colegio, hasta llegar, como buena parte de los estudiantes, a la Universidad. ¿Cuál es el grado de su preparación (del estudiante), cuando éste se apresta, con el ejercicio de su profesión, a devolver en cierta manera al Estado (además de sus padres) el esfuerzo y los costos que ha significado su estudio durante tantos años? O sea, ¿cómo se recupera la inversión del Estado y de la sociedad en general? Nadie ha hecho un estudio sobre el tema. Pero ¿existe o no evidente desconfianza de la sociedad en general, en los resultados de la educación? Pues, claro que sí. Mucha desconfianza. Las cosas no cambian, tampoco la desconfianza ciudadana.

Es abogado, analista de la constitucionalidad y ensayista.

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