La Gaceta Jurídica

La despenalización del narcotráfico

Entre líneas

William Herrera Áñez

00:00 / 01 de mayo de 2016

Con este título escribí en 1996 un libro que trataba de poner de manifiesto que la represión contra el narcotráfico había fracasado y lo único que ha cambiado es el reconocimiento más abierto de esta dura realidad, incluso en la Organización de las Naciones Unidas (onu). En la publicación constatamos que los esfuerzos –nacionales e internacionales– para combatir este flagelo (entendido como la fabricación, tráfico, comercialización, distribución y consumo de drogas ilícitas) no han dado resultados positivos.

Contra todo pronóstico, estos esfuerzos se han convertido en un boomerang, pues la fabricación, tráfico y consumo siguen ascendiendo y corrompiendo no solo a policías, fiscales y jueces, sino a los sistemas políticos y económicos; es decir, las investigaciones coinciden en que la guerra contra las drogas ha causado más crímenes de los que ha logrado evitar.

El narcotráfico –la empresa mejor organizada y globalizada del mundo– tiene una dimensión que mueve millones de dólares, involucra gran cantidad de Estados, está infiltrado en altas esferas de poder de naciones ricas y pobres, abarca un amplio mercado, envenena a miles y desafía y pone en tela de juicio los valores de la sociedad moderna; en fin, no tiene límites.

Tal es la dimensión de este fenómeno que ni el poderío económico, militar y tecnológico de Estados Unidos puede controlar sus fronteras por donde ingresan las drogas. En términos de responsabilidad, y aunque esta lucha debe ser compartida, el “premio mayor” corresponde a este país, porque su gobierno estableció qué se debe entender por drogas, dónde y cómo se debe reprimir el crimen organizado, qué medios y métodos utilizar, con qué recursos, qué estrategia, etc.

En el libro se constató que la guerra contra las drogas es el conflicto más largo del siglo pasado y del presente: lleva más tiempo que la Primera y Segunda guerras mundiales y las de Corea y Vietnam juntas y no hay señales de lograr eliminar el narcotráfico.

Nada alimenta tanto a esta actividad como su carácter ilegal y las medidas represivas lo han convertido en el “mejor negocio del mundo”, capaz de generar y generalizar la violencia y el crimen en las calles de los países productores de la materia prima y de los comercializadores, intermediarios y consumidores.

Que las drogas deterioran el sistema nervioso central y producen transformaciones, aumentando o disminuyendo su funcionamiento o modificando los estados de conciencia, no hay duda. Sin embargo, existen estudios que evidencian que el tabaco es más dañino que la cocaína y está permitido. ¿Por qué unas drogas son prohibidas y otras son permitidas y aceptadas socialmente?

Lo que no se quiere entender es que la división entre drogas legales e ilegales no es científica, pues obedece a decisiones políticas y económicas. La cocaína debería tener el mismo tratamiento que el alcohol y el tabaco, ya que, en el fondo, todas son drogas consumidas desde siempre y sus consecuencias constituyen un problema de salud pública que no necesita policías, fiscales, jueces ni militares, sino sistemas idóneos de educación, prevención y tratamiento especializado.

La despenalización no significa respaldar a los traficantes ni inducir al consumo de drogas, tampoco una apología al delito, sino explorar caminos que ofrezcan respuestas idóneas y oportunas en libertad y sin violencia.

La paulatina liberación de las drogas, como se hace, por ejemplo, con la marihuana, no es tolerancia al narcotráfico, sino adoptar medidas eficientes y apropiadas para acabar con esta guerra perdida.

Es jurista, autor de varios libros y presidente de la Academia Boliviana de Estudios Constitucionales (ABEC).

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