La Gaceta Jurídica

De la ética a la deontología de la información

El Señor Justicia

La Gaceta Jurídica / Carlos Conde Calle

00:00 / 16 de agosto de 2013

Como en todo tiempo, particularmente en el siglo xxi –cuando permean ideologías postmodernistas–, el periodista debe transitar de la ética a la deontología. Es bueno subrayar que éstas no significan lo mismo.

La ética, parte sustancial de la filosofía, estudia la conducta (o conductas) morales y se caracteriza por ser eminentemente personal, en contraposición al Derecho, que siempre es heterónomo. La deontología significa que los gremios de  profesionales, en este caso periodistas, deben dotarse de un código moderno de comportamientos morales, sustentado en principios.

Debemos convenir que los periodistas no conocen los códigos deontológicos; porque, si los conocieran, no cometerían faltas. Además, al ser normas morales no coercibles –porque no está presente el DERECHO–, ignoran olímpicamente sus principios. Y, a pesar nuestro, se erigen en una especie de dioses del Olimpo, jueces todopoderosos que pueden hacer lo que les da la gana. Y ¿los códigos? Total, no importa, nadie puede sancionarles.

Si aceptáramos que los códigos deontológicos sancionaran, ¿cuál es la posibilidad de ejercer coerción para su cumplimiento? En todo caso, no seamos pesimistas. Los códigos de ética pueden constituirse en un excelente apoyo para el cumplimiento de normas jurídicas (pero que sean producto de gobiernos genuinamente democráticos, sin tendencias autoritarias).

Niceto Blásquez enumera males que aquejan a la tarea profesional del periodista. Influenciado por las tendencias postmodernas, el informador se ocupa de sacar la mayor cantidad de notas, aunque es bueno reconocer que el mismo jefe de prensa exige a sus dependientes “una buena cantidad” de notas. No se busca la calidad informativa, propia de la modernidad. Existe, de acuerdo al autor, una marcada tendencia a la PARCIALIDAD, esto es que, deliberadamente y de mala fe, el periodista se parcializa con una de las fuentes del hecho noticioso.

Es frecuente que los periodistas invadan la privacidad de las personas (no se salva ni la intimidad). El periodista está frecuentemente frente a conflictos de intereses y no sabe cómo enfrentarlos; v. gr., una periodista enamorada del alcalde, la falta de formación del periodista (no hay especialización), la manipulación de la información o el apego al sensacionalismo.

Lo más grave, el periodista cree que la libertad de expresión y la libertad de prensa son absolutos y que no comportan responsabilidad, pero debemos afirmar que la diada LIBERTAD=RESPONSABILIDAD no se puede separar. Cualquier libertad, como la de expresión, supondrá que su límite es la responsabilidad. Y, conste, hasta aquí no estamos citando el ordenamiento jurídico, es decir el Derecho, porque debemos reducir esta columna al campo ético o, mejor aún, a la deontología.

Debemos convenir que el comportamiento de los periodistas se desenvuelve en el campo deontológico, que, a su vez, está sustentado en principios y éstos en DEBERES. Deber no es lo mismo que obligación. Aquél es individual y unilateral,  generalmente está en el campo ético; en tanto que la obligación está en el campo del Derecho, esto supone la ausencia de dos sujetos: ACREEDOR y DEUDOR. Dicho de otro modo, el deudor debe realizar una prestación debida en favor del sujeto acreedor.

En la ética no podemos hablar propiamente de obligaciones, sino de deberes. Por tanto, al decir de Arantza Echanizx y Juan Pagola, existen los deberes anteriores, coetáneos y posteriores a la información.

Estos autores, en su libro Ética del profesional de la comunicación, sostienen que la conducta del periodista se sustenta en principios. La información tiene límites (éticos). Sobre el principio de beneficencia dicen: “el profesional debe hacer el bien haciendo bien lo que hace (...), ir más allá del mero cálculo utilitarista de beneficios”, para ese fin debe contar con sólidos conocimientos de su oficio y actuar siempre con diligencia.

Del principio de NO MALEFICENCIA dicen que no se debe hacer el mal, no perjudicar a nadie de mala fe ni premeditadamente. Sobre el principio de responsabilidad se debe observar en cada nota un proceso mínimo de empatía, es decir, PONERSE en las faldas y pantalones de sus fuentes y de los mismos destinatarios de la noticia.

Estos hechos están en los códigos de ética, en el mundo y en el país. En todo caso, estos grandes principios, en algunos casos, desembocan en decálogos. Hay uno que me llamó la atención y corresponde a Camilo José Cela, quien sostiene que “el periodista debe decir lo que acontece, NO LO QUE QUISIERA QUE ACONTECIESE O LO QUE IMAGINA QUE ACONTECIÓ”. Esto también se encuentra en obras de Margarita Riviera.

Generalmente, el periodista se deja llevar por sus deseos y presenta la noticia cargada de sus pasiones. Eso no es bueno, es una falta a la ética. El mismo autor aporta “ser tan objetivo como un espejo plano; la manipulación, aun la mera visión de especular y deliberadamente monstruosa (...), no cabe más que en la literatura y jamás en el periodismo” (sic). Congruente con un anterior artículo, la objetividad si existe; lo difícil es alcanzarla plenamente.

Nosotros, con Riviere, sostenemos –eso está en los códigos de ética– que no debemos mezclar información y opinión. Normalmente, de buena fe, en algunos casos el periodista presenta opiniones como información, eso constituye una tremenda falta ética. Debemos procurar respetar a las personas. Esto quiere decir que no debemos injuriarlos o difamarlos; no somos jueces. Hay que procurar nunca hablar con palabras que no diríamos de frente.

Debemos colocarnos en lugar de la fuente y del mismo titular de la información (que es la sociedad). Debemos preguntamos: si yo fuera la fuente, ¿soportaría los improperios, las injurias y difamaciones? ¿Qué diría el titular de la información? Es que fuente y periodista somos seres humanos, con sensibilidades parecidas (porque vivimos en el mismo mundo).

Debemos evitar la generalización, podemos individualizar a la fuente y no lastimar a terceros; debemos citar siempre la fuente (aunque cuando comprometemos secretos, debemos cumplir el compromiso). No debemos tender trampas a nuestras fuentes, ese un periodismo dudoso y de mala calidad, no debemos engañar a las fuentes.

Políticamente debemos ser neutrales, jamás militar en un partido político, procurar no sostener relaciones sentimentales con las fuentes, porque eso compromete nuestro mayor patrimonio, la credibilidad. Si hemos decidido entrar a la arena política, hagámoslo, pero despidámonos para siempre de los medios (sabemos que es una ida sin retorno).

Todo lo que escribimos parece utopías de difícil materialización. Claro, se trata de normas morales y no legales. Eso significa que no es coercible. Para ser gráfico, ningún ciudadano –mucho menos periodista– puede ir a la cárcel y ser privado de libertad.

En todo caso, Carlos Soria, José María Desantes, Arantza Echainz, Hugo Asnar, Porfirio Barroso, María Teresa Herran, Eugenia Godwin y muchos más no tendrían sentido. En su conjunto, nos proponen comportamiento ético basado en principios que son bases de los códigos de Ética en el mundo.

En lo personal, lo complejo es establecer mecanismos procesales. Los tribunales de Ética se pueden apoyar en normas gremiales, pero nunca en nomas jurídicas. Esto último es de competencia del Legislativo nacional. Otra dificultad está en hacer cumplir sus resoluciones. La sanción sólo sería moral y, en el peor de los casos, podría tener como resultado el DERECHO DE RÉPLICA o derecho de rectificación. No puede darse sanción económica, no podríamos imponer al periodista infractor una multa dineraria.

Es experto en Derecho de la Información.

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