La Gaceta Jurídica

De la ética y la verdad informativa en el siglo XXI

El Señor Justicia

La Gaceta Jurídica / Carlos Conde Calle

00:00 / 02 de agosto de 2013

Con seguridad uno de los temas muy poco discutidos en los gremios periodísticos es sobre el concepto de la verdad, algunos aproximan el de objetividad.

Los  hechos nos dicen que, normalmente, el periodista que tiene la verdad definitiva.

Como paradigmas podemos citar un par de casos: a) un periodista presenta en  las pantallas de televisión a un señor y dice “este es el delincuente y culpable de  asesinato” y, al final, es otro el que cometió el delito; b) otro periodista sostiene que, por definición, el “estado es mal administrador de empresas y debería dar  lugar a la empresa privada”. ¿Es verdad?

En el primer caso, parecería que nos están mostrando sus deseos; y, en el segundo, el periodista expresa una posición ideológica. Sin embargo, casi siempre, cree ser portador de  la verdad absoluta y definitiva. Ese es un yerro que se debe superar. Claro, una realidad es la información como tal y, conforme a los géneros periodísticos, otra es la opinión que puede tener de la noticia. Aquí vemos verdad y objetividad como intercambiables.

En el fondo parecen sinónimos, pero hay matices que debemos establecer. Por objetividad vamos a entender que, el  periodista debe brindar la mayor cantidad de atributos del hecho noticioso (eso no siempre es posible; de buena fe omitimos algunos elementos). En consecuencia, concordamos con Luis Martínez Albertos, la objetividad plena no  existe, pero podemos aproximarnos a ella.

En todo caso, cuando la información no corresponde con los hechos, estamos en  presencia de una mentira; pero, cuando el periodista ofrece la mayor cantidad de  atributos de la noticia y omite algunos elementos, no es una mentira, es una  verdad, pero no absoluta. En cambio, cuando dentro de los géneros opinativos emitimos opiniones o criterios, lo hacemos desde nuestra subjetividad, desde nuestra posición social, cultural, política. Así, la opinión es verdad y mentira al mismo tiempo, depende de los lectores y televidentes.

Emile Faguet, en su libro De la verdad contribuye a proporcionar datos sobre la verdad y dice: “en sociedad  civilizada la diferencia ordinaria entre los pillos y las personas honradas a corto plazo; quiero decir que los pillos obedecen al llamamiento de su interés inmediato y las personas honradas al llamamiento de su interés por venir”. Más adelante, citando a Rochefoucauld, señala que “...cada cual aparenta un exterior destinado a parecer lo que él quiere que lo crean los demás. De modo que, puede decirse que el mundo está compuesto de apariencias, los hombres no vivirían mucho tiempo en sociedad si no se engañaran unos a otros”.

El mismo autor afirma que “... opina que es natural negar nuestros mayores defectos; parece como que al resentirnos por la acusación, nos descargamos en cierto modo de la falta y que, en efecto, la tengamos siguiera en apariencia, la condenamos”. De aquí emerge la pregunta de si el periodista es un ser de Marte o de Júpiter o es un ser humano. ¿Quién le otorgó la facultad de sólo decir la verdad? ¿Que el periodista no se equivoca nunca?

Estos argumentos nos permiten deducir que él tiene parte de la verdad y que los lectores, televidentes y radioescuchas también tienen su verdad. Desde el punto de vista de la Deontología de la Información, debemos establecer las concomitancias y diferencias entre objetividad, verdad y veracidad.

Luka Brajnovic, en su Deontología Periodística, sostiene que toda tarea periodística debe desenvolverse con criterio ético, es decir, congruente con Kant, toda conducta supone un  minimun ético. Sobre esta base, decimos que se equivocan los que sostienen que la objetividad no existe; ¡por supuesto que existe! Esto es, que el hecho noticioso puede contener todo los elementos, todos los ángulos de la noticia; no obstante, puede omitirse de buena fe algunos, esto no deja de ser objetivo; pero es muy difícil lograr la objetividad absoluta.

El buen periodista debe luchar cada día por lograr una mayor objetividad, es decir, aproximarse lo más que pueda a brindar la totalidad de los elementos de la noticia; la omisión de algunos atributos, es de mala fe; al omitir elementos estamos actuando contra la ética; ya no somos objetivos.

El periodista debe actuar dentro de sus fuentes con ecuanimidad y, una vez recogida la información, con la mayor cantidad de elementos del hecho noticioso que lo aproximen a la objetividad. Lo propio el presentador de noticias o el informativista de radio y el periodista de la prensa plana al momento de informar, deben respetar los hechos e informar tal cual ocurrieron, sin incorporar deseos, posiciones ideológicas, gustos, odios y todo sentimiento que contradiga los hechos. Eso es aproximarse a la objetividad. En consecuencia, la objetividad existe; lo difícil es lograr una absoluta.

Por tanto, ningún periodista debe abandonar la objetividad, deontológicamente hablando. Debe luchar cada día, en ser objetivo; posiblemente no lo logre pero estará consciente de que luchó por el objetivo de alcanzarla. En ese contexto, el otro concepto filosófico es el de la verdad. Con Fouquet hemos aprendido que la verdad absoluta no existe, que existen apariencias de verdad. El periodista debe saber que lo que brinda es su verdad a partir de los hechos, pero, lamentablemente, cuando opina quiere hacernos creer que su verdad es la definitiva y que el lector o televidente es un pobre ignorante y debe aceptar su verdad. Falso. El televidente, el radioescucha y el lector también tienen su verdad.

Definitivamente, en el momento de informar el periodista debe atenerse a los hechos y, como sostenemos en esta columna y será una constante, debe respetar los hechos y cómo ocurrieron; cuando quiera emitir sus opiniones debe saber que es portador de su verdad y que los lectores, televidentes y radioescuchas también tienen la suya. Si el periodista respetara los hechos y advirtiera al receptor que es su opinión, ayudaría mucho. En otros términos, a decir de Margarita Riviere, el periodista debe discriminar con nitidez la noticia de la opinión, así estaremos ante un periodismo éticamente irreprochable. Aunque el periodista no afirma tener la verdad, es con sus actos y su forma de decir que se atribuye la facultad de decirnos “la verdad”.

El otro vocablo al que se aproximan los periodistas es el de VERACIDAD. Todos los códigos de ética han abandonado el concepto de objetividad y han adoptado el de veracidad. Como sostiene Niceto Blázquez. Antes de ingresar al concepto, tenemos que sostener que el gremio periodístico no debiera abandonar los conceptos que acabamos de desarrollar. Esto es que el periodista debe luchar por ser objetivo, aproximarse lo más que pueda a la objetividad. Debe asumir como categoría filosófica la verdad; aunque, debe aceptar que él tiene su verdad, pero que, a su vez, el lector, televidente o radioescucha también la suya.

Pues bien, ¿qué es la veracidad? Tiene que ver con el comportamiento, con la actitud de todo ser humano, esto es ser honrado, honesto consigo mismo y con la sociedad. Por tanto, ser veraz es actuar de buena fe (puedo equivocarme de buena fe). Lo contrario es deshonestidad, las acciones son maliciosas al dañar a las fuentes deliberadamente y de mala fe. En ese contexto, el ser veraz comporta que el periodista, de la calle y los presentadores de noticias e informativistas deben actuar de buena fe.

No es veraz cuando el periodista dice “…no me pierdo esta oportunidad, voy a embromarlo a este tipo”; “...total, no hay fuente, pero digo que son fuentes confiables” o cuando deliberadamente omito atributos trascendentales al hecho noticioso por conveniencias personales. Eso es deshonesto, no veraz.

Es experto en Derecho de la Información.

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