La Gaceta Jurídica

¿Por qué el “feminismo identitario” divide?

Los derechos de las mujeres y el feminismo han recorrido largo camino en 100 años. Muchas mujeres en el mundo tienen ahora derecho al voto, a viajar libres sin compañía masculina; a educación, trabajo, casarse y divorciarse por elección; a controlar la reproducción, el sexo y la planificación familiar y a obtener un salario decente.

La unidad encontrada en el feminismo es que todas las mujeres están oprimidas  y sufren desigualdad.

La unidad encontrada en el feminismo es que todas las mujeres están oprimidas y sufren desigualdad. FOTO: youtube.com

La Razón (Edición Impresa) / Adele Wilde-Blavatsky*

00:00 / 13 de marzo de 2016

Sin embargo, aún hay mucho trabajo por hacer con algunos países que sufren niveles bajos inaceptables en cuanto a igualdad de género y derechos humanos para las mujeres.

Para algunos burgueses de la “izquierda-liberal”, aquellos que feministas como Aayan Hirsi Ali llaman “izquierda regresiva”, la razón por la que las mujeres de color siguen a la zaga en derechos humanos y libertad en la gran mayoría de países se debe en parte al colonialismo europeo y a las “feministas blancas” que ignoran la difícil situación de sus hermanas.

Aunque hay algo de verdad en esto, simplificando de esta manera se pasa por alto y se disminuye el patriarcado y la misoginia presente en estas culturas mucho antes de que llegara cualquier “colonialismo blanco”.

Además, recién internet global, medios de comunicación y mayores niveles de educación, viajes y alfabetización han dado acceso a las “mujeres blancas” a información sobre la situación de las mujeres de color en tierras lejanas.

La afirmación de que las mujeres de color fueron ignoradas por las feministas blancas (e incluso que son debilitadas por ellas) es frecuente en el debate y narrativas, sobre todo en Estados Unidos (eeuu), hasta el punto de que cualquier discusión sobre la misoginia o la desigualdad en las personas de culturas o religiones de color descarrila en acusaciones de racismo y supremacía blanca.

Mi ensayo “La sudadera con capucha y el hijab no son lo mismo” y la controversia que creó, con más de 80 académicos de Norteamérica emitiendo una carta para condenarlo, es un ejemplo de cómo funciona esto. Esta ideología reaccionaria ha impulsado un aumento del “Feminismo de la identidad” (“Feminismo intersectorial”, que sugiere que estos grupos reconocen la intersectorialidad de los grupos raciales, lo cual a menudo no hacen) y de grupos feministas asociados a determinada raza, religión o nacionalidad.

Por ejemplo, viví y trabajé unos años con la comunidad tibetana en el exilio en India y Nepal, países que tienen algunos de los niveles más bajos de igualdad de género en el mundo, y escribí sobre cuestiones relacionadas con el género y el patriarcado en estas comunidades.

El año pasado, un pequeño grupo de mujeres de etnia tibetana (establecida principalmente en eeuu) fundó un grupo llamado “Tibetan Feminist Collective” (Feminismo Tibetano Colectivo) (tfc), inspirado, de forma equívoca, por la crítica de la cultura patriarcal tibetana por parte de mujeres no tibetanas.

Su primer ensayo se quejó de que mi crítica a los patriarcas tibetanos exiliados es injusta, porque (de acuerdo con su lógica) soy blanca y cualquier crítica al patriarcado o la cultura tibetana debería venir de un tibetano étnico.

ORGANIZACIONES E INFLUENCIAS

Si bien la creación de un grupo como éste es bienvenida si ayuda a potenciar a las mujeres tibetanas, irónicamente, a pesar del hecho de que la mayoría de mujeres tibetanas viven en Tíbet, India y Nepal, la mayoría de los mensajes de tfc en las redes sociales se centran en eeuu y están dominados por una rama del feminismo surgida del movimiento negro por los derechos civiles en eeuu.

Además, casi nunca apoyan o fomentan la solidaridad con los grupos feministas o escritores de India o Nepal, que son los aliados naturales a quienes dirigirse para tratar los problemas que afectan a la mayoría de las mujeres tibetanas en el exilio. Cuestiones como el dominio masculino del budismo tibetano están mayoritariamente fuera de discusión, aparte de los círculos académicos occidentales.

Sin embargo, esta ideología y tendencia no es exclusiva de un grupo de mujeres tibetano-americanas. Podría decirse que el “Feminismo de la identidad”, que pretende ofrecer una perspectiva “única” para una determinada raza, nacionalidad o religión, a menudo es un poco disimulado nacionalismo étnico o cultural o propaganda religiosa o negación.

No es casualidad que muchos hombres (y mujeres) de la derecha religiosa en culturas profundamente patriarcales a menudo citan y utilizan el “Feminismo de la identidad” (y sus continuos ataques, estereotipos y degradación de las mujeres blancas y del Occidente) para apuntalar y apoyar la cultura y la práctica misóginas.

La raza es un factor que no puede ser ignorado en el discurso feminista, pero culpar de esto a algún tipo de racismo o supremacía inherente en el feminismo blanco es simplista y, a veces, sirve al status quo patriarcal. Como dice Nushin Arbabzadah –quien se crió en Afganistán y huyó a Europa como refugiada– en su artículo En mi vida, los pañuelos fueron símbolo de opresión, no de solidaridad, en relación con las mujeres estadounidenses que muestran “solidaridad” con las musulmanas que llevan pañuelos en la cabeza:

Puede que estas mujeres quieran expresar “solidaridad” con las musulmanas que se cubren. Pero las musulmanas no tienen por qué cubrirse. Este acto de solidaridad perpetúa una versión del Islam que dice que está bien envenenar a niñas que se atreven a sentir la luz del sol sobre sus cabezas.

IZQUIERDA REGRESIVA

Feministas y activistas exmusulmanas como Maryam Namazie se quejan del conveniente mito de la izquierda regresiva que homogeniza a las mujeres crecidas en países de mayoría musulmana apoyando, por ejemplo, la hijab o que lo ven como expresión de la identidad musulmana:

No obstante, muchos posmodernistas y relativistas culturales de izquierdas, liberales o feministas permanecen firmes del lado de los islamistas. Cualquier oposición al velo, la misoginia islámica y a la ley de la Sharia (basada en el Corán, el Hadith, la jurisprudencia islámica) es tachada de racismo e islamofobia, de imperialismo cultural y mucho más.

Los que piensan así creen en la noción cultural-relativista de que las sociedades de Oriente Medio y del Norte de África (incluso la “comunidad musulmana” en Occidente) son homogéneas, “islámicas” y “conservadoras”. En ningún lugar existe una cultura homogénea. Pues determinan la cultura dominante son quienes ostentan el poder, este punto de vista considera los valores y sensibilidades islámicos como de “auténticos musulmanes”.

Quienes afirman que el laicismo y la oposición al velo y la Sharia son demandas “extranjeras” y “culturalmente inapropiadas”, tienen en cuenta solo las sensibilidades y valores del islamismo, no las de los muchos que resisten.

Esta actitud “liberal” hacia los islamistas –o la misoginia– ha mostrado su lado oscuro la víspera de Año Nuevo en Alemania, Finlandia y Suiza; donde más de un centenar de mujeres fueron atacadas y agredidas sexualmente por un grupo de hombres de origen “árabe y norte-africano” (muchos de los cuales fueron identificados como solicitantes de asilo) en lo que parece ser ataques coordinados.

Esos crímenes no tienen precedentes en estos países, pero, una vez más, en los medios de comunicación se negaron y desestimaron los cientos de informes de testigos oculares, de mujeres y de la policía sugiriendo que esos informes eran racistas o promovían el racismo y que la etnicidad o la cultura de los hombres debían ser ignoradas por irrelevantes.

La pregunta que habría que hacer a cualquier grupo de “Feminismo de la identidad” es ¿qué hace que el hecho de ser “X” suponga realmente una diferencia respecto a los objetivos finales de derechos humanos e igualdad para las mujeres? Por supuesto, hay que considerar el género, la clase, la sexualidad y el poder económico cuando se trata de la desigualdad, pero, el hecho de ser de una cierta raza o nacionalidad, ¿cómo cambia el objetivo o la ideología?

La cuestión es si los derechos humanos son culturalmente relativos o universales. Yo y muchas mujeres (incluidas las de países de mayoría musulmana) afirman que tales derechos son universales y cualquier intento de hacerlos cultural o racialmente relativos tristemente sirve a los patriarcas y no a las mujeres.

De hecho, estos intentos son síntomas de un “racismo de bajas expectativas” que “espera menos” del “otro” porque “eso es su cultura o religión”. Irónicamente, hacerle el juego a la idea de “diferencia” divide a las mujeres y las pone en el lado de los patriarcas y misóginos.

El 14 Dalai Lama, al hablar de formas de resolver los conflictos, la desigualdad y la división, dijo que lo importante es encontrar los puntos comunes entre las religiones y, por tanto, las culturas, identificando las morales comunes que pueden unirnos.

El multiculturalismo, pues, no consiste tanto en la celebración de las diferencias, sino en subrayar las similitudes.

La unidad que se encuentra en el feminismo es que todas las mujeres están oprimidas y sufren a través de la desigualdad de género, el patriarcado y la misoginia y por los burdos y perjudiciales estereotipos que reducen toda una raza o nación a una “sola historia”. La mejor estrategia para el control en cualquier situación es “divide y vencerás”, por ello los patriarcas aún tienen el control.

*    Es escritora, poeta, filósofa y especialista en lengua y filosofía budista tibetana. Coautora con Richard Shusterman de Aesthetic Experience.

Traducción de Anna Maria Garriga Tarré.

Tomado de: bolpress.com

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