La Gaceta Jurídica

¿Qué es la filosofía del Derecho?

(Parte final)

Foto: derechoalderecho.org

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La Gaceta Jurídica / Lino Rodríguez-Arias Bustamante

00:00 / 07 de junio de 2013

Villey y el ámbito de la filosofía del derecho

Michel Villey insiste en la necesidad de reconocer el conocimiento universal del derecho, como reflejo de este carácter de la filosofía, si es que ésta no quiere ser deficiente, invitando al jurista a que abandone su sentimiento de autosuficiencia, creyéndose que sólo él es capaz de definir el derecho, lo cual también corresponde al filósofo (1). Por eso, este autor, incluye en el ámbito de la filosofía del Derecho (fd), el estudio de los siguientes principios:

1. La definición del Derecho, que corresponde a la ontología jurídica, debido a que es urgente repensar las fronteras del arte jurídico, las relaciones del Derecho y de los “hechos sociales” (o instituciones) y de 10 justo o de la moral.

2. La consideración del método del Derecho y, particularmente, de sus fuentes, lo cual es una aportación del positivismo jurídico.

3. Teniendo en cuenta la insuficiencia del positivismo jurídico, puesto que la validez del Derecho depende del valor de su contenido, he aquí el inagotable campo de los principios de la justicia (2).

Porque la justicia, con su carácter de objetividad y como valor absoluto, es la antorcha que precede a todas las transformaciones político-sociales preparadas o acompañadas por la fd, que estuvo en el inicio, al final de la revolución (Radbruch). Esta filosofía, al centrar su estudio en la justicia, hace el derecho más justo y, con ello, las relaciones más humanas (3). Acaso por esta razón es que Stammler, a pesar de fundamentar el Derecho en la seguridad, sostiene que los datos de la experiencia hay que confrontarlos con la idea de justicia.

Igualmente Kelsen, cuyas investigaciones estuvieron al margen de la fd, pues sus aportaciones fueron en el campo de la teoría general del Derecho, sustentó que la justicia es el valor más alto que escapa a la esfera del derecho –en su opinión por su subjetividad–, entra en ella cuando se convierte en legalidad. De allí que sea incomprensible que en nuestro tiempo haya juristas que sostengan –embriagados por un positivismo lógico que encumbran a un pedestal que no le corresponde– el cercenamiento de la justicia del campo de la fd, que la esterilizan hasta el extremo de reducirla exclusivamente al estudio del método.

Es evidente que en la actualidad han “emigrado” del ámbito de la fd ciencias particulares que hasta hace poco se hallaban en ella; esto sirve de orgullo para esta disciplina jurídica, lo mismo que el Derecho civil ha sido madre de tantas ramas del privado, que hoy constituyen especialidades importantes.

Con todo, aquélla y éste continúan siendo referencia obligada para estas ciencias por tener el carácter de progenitores.

Por esta circunstancia hay quienes califican a la fd como “disciplina residual”, creyendo que la ciencia ha ocupado en nuestra sociedad el lugar de ella, lo que se rebate por considerar que existen problemas necesarios que no pueden ser tratados científicamente en sentido estricto (4). Por el contrario, Marcic, a pesar de que admite el fenómeno residual por haberse producido un proceso de progresiva restricción en su esfera, propugna que su contenido hoy se extiende al estudio de cuestiones que desbordan lo que era habitual de esta disciplina, haciéndonos de la fd la siguiente delimitación:

1. Incluye la teoría general del Derecho, que abarca la ontología jurídica, antropología jurídica, noética jurídica y teoría pura del derecho, deóntica jurídica, lógica jurídica y semiótica jurídica.

2. La teoría de la ciencia del Derecho, en especial metodología jurídica, teoría de la interpretación jurídica y hermenéutica jurídica, que es menester estudiar en la teoría de la aplicación del Derecho.

3. La sociología jurídica.

4. La teoría de la política jurídica, poniendo su acento en la conformación libre y creativa del orden de la convivencia humana (5).

5. Es evidente que la fd es la conciencia del universal jurídico, que extrae sus principios de la esencia de lo jurídico y de la experiencia práctica e histórica, la cual se convierte en el fundamento de las ciencias racionales del Derecho, iluminadas y controladas por el “élan vital” bergsoniano, revistiendole de un signo espiritual trascendente. Esta es la razón por la que ocupa la más alta jerarquía en el mundo del saber humano y desde su alto sitial contempla toda la realidad de lo jurídico, concibiéndosela como una actitud espiritual, la filosófica, proyectada en el campo del Derecho.

Así, pues, a la pregunta de cuál es el objeto propio de ellas, se puede contestar qué es el Derecho, lo mismo el natural que el positivo, lo mismo el estatal que el social, considerado en las grandes ramas que comprende y en sus diversas manifestaciones. Entonces, su objeto formal será el ángulo desde el cual se contempla lo jurídico, la investigación de las causas últimas, de las razones más elevadas, de los primeros principios del Derecho; y el objeto material, lo constituye la total realidad de lo jurídico (6).

Precisamente, por ostentar la fd este rango de actitud espiritual, es por lo que significa la conciencia madura y reflexiva del Derecho en cuanto proceso espiritual; pero se excluye que pueda agotarse en una pura teoría o gnoseología (teoría del conocimiento) o en una práctica o epistemología (teoría del conocimiento del saber científico). La primera está fundamentada en la razón y la segunda en la experiencia.

Lo jurídico, como fenómeno universal, es susceptible de indagación filosófica. Hemos dicho que la filosofía tiene un sentido de universalidad, por cuanto que corresponde a la exigencia de afrontar el problema jurídico en sus raíces, independientemente de las preocupaciones de orden práctico, lo cual no quiere decir que los valores que ella propugna no dejen de tener proyección en la vida social.

En este sentido, se puede hablar de “filosofía de la filosofía”, sin olvidar que la filosofía puede ser del Derecho cuanto del arte, de la religión cuanto de la ciencia, etc. Queremos decir que se trata de resolver en el plano filosófico, universal, el problema que cada una de aquellas actividades espirituales hace surgir con sus manifestaciones que no pueden ser más que particulares y contingentes y, no obstante, contienen todo el Derecho, el arte, la religión, la ciencia; esto es, en cada particularidad contingente la filosofía descubre la necesidad del universal (7).

Conciencia del universal jurídico: objeto y distinción de la gnoseología y la epistemología

Hay que buscar el ser del Derecho en la zona del ser de la psique humana; cuando ésta actitud psíquica se produce espontáneamente la denominamos sentimiento jurídico; así como cuando se exterioriza conscientemente y, por ende, con una fundamentación racional, se llama consciencia jurídica. Luego, en la conciencia se manifiesta el Derecho, aun cuando tiene existencia propia. Por consiguiente, el ser del Derecho se halla en conexión con el sector de la psique, de la consciencia y del sentimiento de la persona individual; claro que no queda agotado ontológicamente en ese sector ni limitado por él.

Es inimaginable la vigencia de un orden jurídico si no es sustentado psíquicamente en la comunidad jurídica, puesto que es naturalmente su “habitat”, por cuanto que a ella se encuentra vinculado por las mismas exigencias de la naturaleza humana. Por ello toma relevancia la comunidad en la vida del hombre y en la vida del Derecho, que para Savigny hace radicar en la comunidad el espíritu popular creador del mundo jurídico; y el hombre, al hacerse presente en él y en lo que le circunda, adquiere la categoría de personaje social (8).

De aquí que la fd tenga casi por obsesión la captación de la esencia de lo jurídico, que contiene los valores que se hacen menester proyectar en la vida social con el objeto de legitimar las acciones humanas, después de un profundo proceso de racionalización, siendo así la justificación suprema de la normatividad. Por eso, por ejemplo, cuando el juez dicta una sentencia no se limita a la aplicación de unas leyes, sino que pretende implantar la justicia entre las partes que intervienen en el litigio, sin olvidar que la justicia es una realidad más allá del Derecho positivo.

Se advierte que hay preocupación por hacer el Derecho más justo y las relaciones más humanas. Indudablemente que procediendo de esta manera nos encaminamos a alcanzar una mayor armonía y comprensión unitaria entre todo lo que las ciencias jurídicas muestran como aparentemente disperso; v. gr., integrar el criterio civilista con el penalista o el criterio del Derecho público con el Derecho privado, etc. Así es como logramos un sistema de legalidad (Derecho) como expresión de un sistema de legitimidad (justicia), a la vez que todo sistema de legitimidad trata de expresarse por mediación de un sistema de legalidad, que haga culminar a la fd en un estatuto de filosofía práctica.

La culminación en esta filosofía práctica responde a que es una exigencia de la fd tomar conciencia del mundo jurídico en función de la vida humana. Vivimos tiempos en los que no podemos damos el lujo de quedarnos en la simple especulación abstracta, sino que es menester proyectarnos en la realidad social. Decía Piovani que había de evitarse el universalismo abstracto y, de otra parte, concebir la individualidad de modo que no permanezca abandonada al singularismo, porque es in sito en la individualidad un valor universal (9).

Esto se evita actuando de acuerdo con la doctrina del personalismo que concibe a la persona como categoría espiritual abierta a los demás seres humanos y al ámbito de lo universal. Ésta es la razón que nos ha llevado a hablar más arriba de la proyección sociológica de la fd, criterio que también sustenta Marcic cuando se refiere a ésta como una teoría dirigida a la acción, bien sea actuando de modo excepcional, como se trata en las llamadas situaciones límites (revolución, guerra, quiebra del Estado de derecho, etc.), en las que nadie sabe de forma precisa lo que es o no Derecho, situaciones en las cuales los hombres deben plantearse ante el tribunal de su conciencia lo que han de hacer o, en circunstancias normales, cuando un órgano judicial –incluyendo en un sentido lato al abogado–, al aplicar el Derecho encuentre reparos de conciencia, aparte de la ayuda que le puedan prestar las fuentes tradicionales del Derecho, pero si éstas son insuficientes sin duda que la fd podrá servirle de guía idónea (10).

Aquí interviene la fd estableciendo criterios suficientes para adoptar siempre una posición frente a un sistema social –el cual el filósofo también está obligado a auscultar– por motivos éticos que nos conducen a fijar una cobertura:

a) Políticamente anuncia la revolución; b) Científicamente impulsa el progreso de la ciencia del Derecho; y c) Jurídicamente defiende la dignidad humana contra el abuso y la opresión. Porque las grandes revoluciones en el pensamiento jurídico son obra de filósofos del Derecho y del Estado, lo cual prueba su interés práctico.

Enfocada así, la fd no puede extraviarse en abstracciones ni confundirse con ninguna disciplina positiva, ya que tiene magisterio más alto, ordenado a rectificar todo positivismo, todo formalismo y otras desviaciones en que pueda incurrir la ciencia y la práctica jurídica. Por lo mismo, ella no sólo ayuda al conocimiento del sistema legal, sino que confronta de dónde va a legisladores y a jueces el poder y la autoridad sobre la vida de las personas, con la exigencia de examinar y justificar sus actividades cotidianas (11).

La esencia de lo jurídico y el estatuto de la filosofía práctica

La fd se mueve en el plano de la ideología, en cuanto implica una toma de posición, es decir, una perspectiva desde la cual se enfoca el Derecho positivo con el objeto de confrontar el ser (la realidad jurídica) frente al deber ser (la justicia), en un momento histórico determinado. La ciencia, por el contrario, por ser indiferente a los valores, supone una toma de posesión de la realidad, se afana por desentrañar el contenido de las instituciones jurídicas que se contienen en las prescripciones de las ramas del Derecho (civil, penal, comercial... ) (12).

Empero, la fd no es sólo ideología, sino parte integrante del saber jurídico; por lo tanto, se halla vinculada a la teoría general del derecho y a la ciencia jurídica. Del saber de los filósofos derivan la ciencia y el progreso científico, la técnica y el progreso tecnológico, inclusive las formas nuevas de organización social. Por eso se haya dicho que la occidental ha sido –al menos en su origen– la “civilización de la filosofía” (13).

Esta fd, al proyectarse en el campo de lo universal, que es donde tienen su asiento los valores por servir de fundamento a toda la organización social, relega al ámbito de la generalidad y de la particularidad todo lo concerniente a los estudios científicos de la teoría general y de las ciencias jurídicas y sociológicas. Pues la fd se afirma en cuanto reflexión teórica y, por ende, crítica, sobre los problemas de la ordenación de la convivencia humana, contribuyendo a que ésta sea cada vez más justa, más libre y más igualitaria; no parte del Derecho como un objeto ya constituido y determinado frente a todos los demás, sino que su tarea consiste en romper el muro del Derecho y reconstruir mentalmente el proceso en virtud del cual lo jurídico se nos presenta como una realidad determinada y como objeto de conocimiento; claro que teniendo en cuenta su relación con el hombre como ser social, para a través de una consideración trascendente elaborar un concepto universal del Derecho y de las respectivas categorías fundamentales (14).

De esta manera, la fd –como ha escrito Legaz y Lacambra– “abre sobre el ser actual del Derecho nuevas perspectivas del deber ser” (15), llegando al “fondo de las cosas”, mientras que la teoría general del Derecho permanece en la superficie, satisfaciendo de una forma más inmediata las apetencias del jurista que quiere conocer del Derecho algo más que el contenido de las reglas positivas, que corresponde estudiar a la ciencia jurídica. Por ello, al despojarse del aspecto de “enciclopedia jurídica”, la fd se proyecta en el plano de la idealidad –justicia–, a la vez que la teoría general lo hace al de la logicidad –normativa pura– y el de la ciencia jurídica en el de la practicidad –acción ordenadora–.

La fd recaba los resultados de las ciencias y los coordina en una unidad nueva. Esto exige la presencia de un criterio selectivo que hace referencia a un valor que sirva de crisol de las conductas y hechos y, por consiguiente, es un llamamiento a la deontología jurídica, que es la ciencia del deber ser. Pues, sin contar con una referencia ideal, no haríamos otra cosa que repetir lo que las ciencias han dicho o elaborar un índice de las ciencias, pero no la verdadera filosofía. Hay diferencia cualitativa entre el saber científico y el saber filosófico, gracias a la fuerza sintética del espíritu que, en cierto modo, encuentra y descubre en sí mismo la comprensión unitaria de los bienes de cultura, por lo que la fd representa –según Miguel Reale– un saber de comprensión total, que sitúa la realidad en una visión cósmica fundamental (16).

La justicia, la libertad y la metafísica

En nuestro tiempo y en todas las edades, la fd se nos presenta como la “cualificación” a nivel universal que, sobreponiéndose a los avatares históricos, está atenta a percibir nuevas aspiraciones humanas que no han sido resueltas por las ciencias particulares. Es como el foro que ilumina los escollos de la vida para que el navegante no naufrague, inspirándole confianza para sobreponerse a las crisis morales y sociales y, de este modo, concebir renovadas iniciativas, ilusiones y proyectos.

De esta guisa se emprenden inéditos derroteros con espíritu crítico, obra de la razón y de la intuición, impelidos más allá de la experiencia y más cercanos al amor. Éste se alimenta del espíritu y, por consiguiente, insufla al corazón destellos sublimes que abren a la “reflexión filosófica” hacia lo humano, lo cósmico y hacia Dios. Pretender atenazar la filosofía en las concreciones y manifestaciones experimentales de la ciencia equivale a condenarla a la abyección y a la esterilidad, pues lo verificable no es siempre lo real como sostuvo Platón.

Las ideas escapan a nuestras manos y son más consistentes que nuestros sueños en cuanto que con ellas construimos nuestras vidas y edificamos el futuro de la historia. A través de las ideas imprimimos continuidad a la especie humana y así la salvamos de los vacíos que deja tras de sí el hombre desposeído de espíritu creador, por hallarse prisionero entre los barrotes de la temporalidad, sin capacidad para dirigir la mirada al infinito del espacio a fin de respirar los aires tonificadores de la libertad. Esa libertad, que es el balón de oxígeno de la justicia, como ésta es el timonel y el barómetro de la vida del Derecho.

Es incuestionable que la especificidad de la fd comprende la inclusión de estos dos principios de justicia y de libertad, ya que para realizarse aquélla necesita de ésta, igualmente la libertad para existir dignamente ha de inspirarse en lo justo, pues de lo contrario degenerará en el libertinaje. Estos principios –justicia y libertad– hermosean y confortan la tesitura de la fd, que siempre ha reclamado ocupar la más alta jerarquía en los grados del saber.

No se comprende cómo hay juristas que, a pesar de la racionalización de esta disciplina, insisten en su negación o en su sometimiento a la arrogancia de la ciencia desubicada de su lugar. Quizá se deba esta actitud jurídica a que tales estudiosos no quieren aceptar las implicaciones éticas que tienen tanto la justicia como la libertad, que repercuten en la fd que, para ser propiamente tal, debe admitir su fundamentación en los órdenes moral y metafísico.Puede ser que hayan estado desviados, incurrido en exageraciones o cometido abusos quienes se han interesado por el estudio de los problemas del mundo de la metafísica, que está más allá de la racionalidad humana; pero lo que no se puede negar es que el mundo metafísico ofrece una realidad de riqueza espiritual incalculable y de posibilidades prodigiosas. Es lo mismo que sucede con las inquietudes, sobresaltos y probabilidades que suscita el Cosmos sugerente, misterioso y atrayente.

Las leyes cósmicas como las del espíritu siempre han estado presentes en el comportamiento humano; y, por ende, han impulsado al hombre a buscar prístinos caminos, a realizar hazañas y a plasmar en la vida social el indeleble sello de la existencia del Espíritu, que el ser humano ha sido capaz de escudriñar y comprender.

Mientras persista la duda en el hombre –y aún después–, la fd será el más elevado saber de la ciencia, que impulsará al jurista a seguir en la noble tarea de ensayar hipótesis y de realizar proyectos de vida social. Estos habrán de ajustarse a los cánones de la justicia con el propósito de facilitar el acceso a la felicidad humana, dentro de un espacio de libertad que permita el florecimiento de la normativa legal.

Notas

1. Nos philosophes en lace du droit, en “Archives de Philosophie du droit”, París 1979, tomo XVII, pp. 292, 294 y 296.

2. Seize essais de philosophie du droit, París, Ed. Dalloz 1969, p. 13.

3. Arthur KAUFMANN, Sentido actual de la filosofía del derecho, en “Anales de la Cátedra Francisco Suárez”, Universidad de Granada, 1972, N2 12, fasc. 12, p. 36.

4. Ibídem, p. 18.

5. Francesca PUGIPELAT, op. cit., pp. 31-32.

6. Rafael PRECIAOO HERNANDEZ, Lecciones de filosofía del derecho, México, UNAM, 1982, pp. 19-20.

7. Widar CESARINI SFORZA, Vecchio e nouve pagine di filosofia, storia e diritto, Milano, Ed. Giuffré, 1967, tomo 1, pp. 421-422.

8. Heinrich HENKEL, Introducción a la filosofía del Derecho, Madrid, Ed. Taurus, 1968, pp. 29-42.

9. Eugenio DI CARLO, ¿Una nuova filosofía del dírítto?, Riv. int. di fiI. del dir., Milano 1960, p. 652.

10. Francesca PUIGPELAT, op. cit., pp. 6364.

11. Thomas MORA WETZ, An introduction the Philosophy of Law, London 1980, 10.

12. Thomas GIV ANOVICH, Systeme de Philosophie juridique sinthetique, París 1970, p. 17.

13. Ivanhoe TEBALDESCHI, La vocazione Iilosofica del diritto, Milano, Ed. Giuffré, 1979, p. 4.

14. José DELGADO PINTO, Los problemas de la filosofía del Derecho en la actualidad, en “La filosofía del Derecho en España”, p. 33.

15. Problemas de la actual filosofía del Derecho, en “La filosofía del Derecho en España”, p. 121.

16. Filosofía do direito, Sao Paulo, Ed. Saraiva, 1965, p. 22.

Fue abogado español y profesor en Venezuela.

Tomado de: udea.edu.co

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