La Gaceta Jurídica

La formación del derecho francés como modelo jurídico

(Parte I)

Foto; es.wikipedia.org

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La Gaceta Jurídica / Sylvain Soleil

00:00 / 08 de octubre de 2013

Desde hace algunos años mis investigaciones tratan sobre la manera en la que el derecho francés, a lo largo de su historia, se ha convertido en un modelo jurídico, no sólo a los ojos de los “receptores”, es decir, los dirigentes y los juristas extranjeros quienes lo han (a veces) copiado, sino también a los ojos de los “emisores”, los franceses, quienes de sobra han exaltado el lugar que el derecho francés ocupaba en el mundo.

Si miramos el caso más famoso, el del Code civil de 1804, nos damos cuenta de esa doble mirada; si Andrés Bello glorificaba en 1885 a “Francia, a quien debemos el más famoso de los códigos, el que ha servido de modelo a tantos otros”, el francés Decomberousse, antiguo presidente del Consejo de Ancianos (durante la Revolución) y consejero de la Corte Imperial de París, ya cantaba a este modelo desde 1811: “En el Código tu esposo, el gran Napoleón,/ al fin imprimió su genio y su nombre,/ dictando allí esas leyes de profunda sabiduría/ que han de gobernar todos los pueblos del mundo,/ superando los héroes como vencedores,/ superándolos de nuevo como legisladores”.

Hablar de modelo jurídico es hablar de un sistema jurídico que responde, más o menos, a cuatro condiciones. Primero, un sistema es un modelo cuando forma “un todo” y “un todo propio a su país”, es decir, un conjunto de postulados jurídicos, de mecanismos y de jurisdicciones, a la vez coherente y particular a Francia o Italia, un conjunto que permite, a los ojos de los juristas, especialmente extranjeros, distinguirlo de los otros sistemas jurídicos.

En segundo lugar, un modelo se entiende como un sistema de una calidad tal que aparece como un sistema jurídico ejemplar, “un modelo de género”. Y es ésta la forma como contemplamos algunos derechos, sobre todo el derecho francés, el Common Law o el derecho alemán. Se entiende además como un sistema jurídico modélico, es decir, un conjunto de reglas que podemos reducir a algunas de sus características principales y que podemos así transponer al extranjero.

Si los juristas del siglo XIX hablan de modelo jurídico francés, no evidencian con esta expresión que conocen todo su contenido, sino que conocen un “modelo reducido” de este contenido; por ejemplo, la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, la codificación francesa, la doble organización jurisdiccional o el hecho de que la Administración tenga su propio derecho y sus propias jurisdicciones, etc.

Esto es así porque, a menudo, sólo recordamos las características más relevantes de este modelo, aquéllas por las que nos es más fácil copiarlo. A la inversa, algunos sistemas jurídicos están tan ligados a su cultura que no son modélico ni se pueden copiar, por ejemplo, las costumbres de un territorio de Oceanía reveladas por un ancestro sagrado.

Por último, cuarta idea, un sistema se convierte en un modelo si además le acompaña un discurso que lo exalta, un discurso que propaga el derecho siguiendo los pasos de la fuerza y del prestigio de una cultura dominante. Por ejemplo, Estados Unidos hoy se permite exportar su derecho a América Latina, a Asia o a la Europa del Este.

En Francia, a lo largo de los siglos XIX y XX, los discursos han alimentado el resplandor de la cultura francesa y de su derecho, lo que invitaba a todos los demás pueblos y a sus juristas a considerar el derecho francés con una atención particular, y referirse a él, si es preciso, copiándolo. En suma, reconociendo que se encuentran ante un modelo jurídico.

¿Cómo, históricamente, se puso esto en marcha? En este nivel de investigación, creo que hay cuestiones que quedan en evidencia: i) el sentimiento de haber dado luz a un modelo jurídico, que aparece bajo el antiguo régimen, antes de 1789; ii) la naturaleza de la Revolución Francesa pone la idea de modelo en el corazón de las preocupaciones; iii) el espíritu de conquista de Napoleón le lleva a propagar el modelo francés por toda Europa.

El modelo jurídico francés y la gloria en el siglo grande (XVII) (1)

El Estado monárquico de Francia, al igual que los otros Estados de Europa, se basa en la idea de que es el único al cual se le debe la plenitud del poder en su reino (derecho romano y pensamiento político (2)), sobre la diplomacia (guerras, paz, alianzas matrimoniales, tratados, etc.) y sobre la incorporación de territorios periféricos (por ejemplo, Delfinado, Borgoña, Bretaña, etc.).

Año tras año, reinado tras reinado, siglo tras siglo (del XII al XVII) los reyes y sus gobiernos forjan la unidad del reino, imponen la soberanía del Estado y la autoridad absoluta del Rey. Pero el sistema real, tal como lo imaginaron los reyes de Francia, se apoya también en la idea de que representa una excepción en este mundo. Lo que llamamos la excepción francesa, es la idea según la cual la monarquía de los Capetos y la nación emergente son diferentes de las otras monarquías y naciones de Europa y superiores a ellas (3).

Esa convicción tiene dos vertientes, por un lado, se trata de insistir en las cualidades singulares del sistema jurídico francés, comparándolo con otros sistemas extranjeros (Inglaterra, Imperio Germánico, Reinos Hispánicos); por otra parte, hay que defender la idea, según la cual, esa nación y esa monarquía son excepcionales porque Dios las ha privilegiado.

Los autores franceses piensan y reflexionan sobre multitud de ideas que van en la misma dirección, la sangre de los Capetos es una sangre santa y generosa, la sangre de San Luis (4); el rey de Francia es “christianissimus”  –el rey más cristiano de la tierra (5)–; encarna, mejor que nadie, los ideales de justicia (que consiste en gobernar de manera justa y conducir al pueblo a la salvación cristiana); recibe una unción particular durante el sacramento (la del Santo Crisma).

Además, puede curar las escrófulas; recibe (en su tiempo) “signos celestiales”, signos a través de los cuales, Dios muestra su apego singular a Francia y a su rey (el estandarte de San Dionisio, los lirios, la misión mesiánica de Juana de Arco contra los ingleses).

Se explica también que el sistema dinástico francés es mucho mejor que el sistema electivo imperial o el sistema inglés con sus múltiples crisis y regicidios; el Reino de Francia es el de los valores caballerescos, el de la“translatio studii” (el traslado de estudios de Atenas a Roma y de Roma a París), el del idioma más hermoso, el que sigue la herencia de los Francos (Clodoveo, Carlomagno) (6).

En los siglos XVI y XVII todas estas cuestiones permiten resistir a la poderosa España. Se magnifica el sistema francés para llenar de sombras el reinado de Felipe II y de sus sucesores, a quienes los autores franceses califican de realeza fundada en la obediencia y en la esclavitud (sobre todo en las colonias americanas) antes que en la libertad, como en Francia; sobre la sangre pura de los estatutos de “limpieza de sangre”, antes que sobre la igualdad de los hombres y de la raza delante de Dios, como en Francia; sobre la fuerza militar y el poder antes que sobre los rituales cristianos y el derecho constitucional, como en Francia; sobre el rigor antes que sobre la misericordia real (7).

“Y recogiéndolo todo –escribe Claude Vair en su Estat chrestien (1626)–, que nuestros Reyes franceses representan a Dios mejor que aquellos de España”.

Es en este contexto de rivalidad, que presidió todo el siglo XVII y sobre el cual insiste Luis XIV en 1661 (8), y sobre este viejo tema de la excepción francesa, se suma la nueva idea de que el derecho francés es mejor que el de cualquier otro lugar, que es copiado en el extranjero, y que es parte de un modelo político francés mucho más extenso. Sigamos las etapas de esta evolución.

A comienzos del citado siglo, el Código del Rey Enrique III de Francia y de Polonia aumentado por los Edictos del Rey Enrique IV, de Barnabé Brisson, con los comentarios de Charondas le Caron, expresaba una convicción: “Toda legislación perfecta tiene su inicio en la piedad y en la religión, que son el fundamento y base del Estado político, el guardián y firme apoyo del reino (...). Dios, el soberano legislador, lo ha enseñado primero dando las leyes a los Hebreos, e inspirando a los emperadores y reyes cristianos (…) lo que atestiguan las historias eclesiásticas (...), las otras ordenanzas de los reyes de Francia, las primeras entre los príncipes de Occidente, protectores y defensores de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana, de la cual han merecido el título de christianissimus”(9).

Si Dios, la fe y la religión son el fundamento del “Estado político”, todo el sistema jurídico está fundado en la justicia, la misión divina por excelencia. Ahora bien, después de los hebreos, son los reyes de Francia quienes mejor han sabido encarnar esta misión de justicia. Así pues, su legislación es la mejor de Europa y del mundo, porque es la legislación de los reyes “los más cristianos” (rex christianissimus), los reyes más católicos.

Algunos años más tarde, Luis XIII va más lejos a través del código de Michel de Marillac (1629), que, aunque en principio no ha llegado a estar vigente, indicaba que “los reyes, nuestros predecesores, han testificado por las ordenanzas que han hecho publicar en diversos tiempos, el cuidado que han tenido de que la justicia fuera dignamente administrada (encontramos la idea de que el derecho es una implicación de la justicia); y por el establecimiento de buenas leyes, dirigido a mantener un buen orden entre sus sujetos en paz como en guerra, por lo cual el estado ha florecido más que todos los otros (idea de primacía francesa); lo que ha servido a sus vecinos y extranjeros, para servirse y tomar de esos reglamentos que habían hecho. Tomar prestado y servirse de los reglamentos de Francia (...)”.

Eso es, sin duda, la primera alusión a una idea cercana al concepto de modelo jurídico francés, pero con los principios (Dios, el ideal de justicia y la excepción francesa) y las palabras del siglo XVII. Y es con el Edicto de Richelieu, de febrero de 1641, que trata de reducir los derechos del parlamento de París, donde las palabras “modelo francés” aparecen por primera vez (10).

Después de un breve informe de su doctrina política –la monarquía debe ser la fuerza de uno solo que reúne en sí todas las partes del Estado–, Richelieu explica que después de las guerras civiles del siglo XVI, Enrique IV ha logrado elevar la autoridad real por encima de su valor: “y en medio de los más grandes desórdenes del Estado, Francia, que era una imagen de horror y confusión, se volvió, por su virtud (la de Enrique IV), el modelo perfecto de las monarquías más consumadas”.

Y, con Luis III, el hijo de Enrique IV, “Francia (...) ha cogido tanta fuerza que sus acciones han producido admiración en toda Europa y por efectos que nos costara creer algún día, ha dado a entender que la fuerza reunida en la persona del soberano es la fuente de la grandeza de las monarquías, y el fundamento en el cual se apoya su conservación” (11).

En adelante, la monarquía francesa, la de los Borbón, debe aparecer en Europa no sólo como un sistema perfecto y ejemplar, “el modelo de un género monárquico”, sino como un sistema “modélico, copiable, reproducible”, puesto que todos los monarcas podrán, al copiarlo, darse cuenta de que garantiza la grandeza de las monarquías y su conservación. Pero esa doble idea esconde el sentido profundo del discurso de Richelieu, que es el de trabajar para la gloria de Francia.

La sustancia del modelo jurídico francés, en su origen, se encuentra aquí. No porque las instituciones y la legislación sean copiadas en el extranjero, ni que los autores franceses hayan concebido la idea de que el sistema francés era un modelo, sino más bien a la inversa: es porque los autores franceses estaban tan convencidos de la excepción francesa que han querido exportar las instituciones y la legislación, ya sea en los territorios incorporados (Bretaña, Borgoña, etc.), en las colonias (Nueva Francia, India, Santo Domingo) o en el extranjero; lo que reforzaba la Fe en la grandeza de Francia y reafirmaba su progresión hacia un feliz resultado.

En este sentido, es interesante leer el análisis que hace Luis XIV, en 1662, enseñando cómo el rey de España, delante de los embajadores de otros países, explica haber copiado su ejemplo institucional: “Después de la muerte de don Luis de Haro, dice públicamente delante de todos los embajadores de príncipes extranjeros, que era por mí que ya no quería primer ministro. Me parecía a la vez, bien generoso por su parte, y muy glorioso para mí, que después de tan larga experiencia de relaciones, reconociera que le había servido de guía en el camino de la realeza; y sin otorgarme demasiada vanidad, tengo a lugar el creerle, porque en este asunto muchos otros príncipes han mirado mi conducta para regular la suya: lo que nos debe exhortar, hijo mío, a vosotros y a mí, a pesar de todas nuestras acciones, cuando consideramos qué bien hacemos, haciendo bien y qué mal, por consiguiente, haciendo el mal, puesto que de los malos ejemplos se encuentran aún más imitadores que de los buenos” (12).

Para Luis XIV, quien sigue y refuerza el imperio de gloria de Luis XIII y Richelieu, se trata de dar el tono a toda Europa, investigaciones posteriores precisaran los contornos de ese modelo francés en el siglo XVIII, pues es probable que, por una parte, el gobierno real y los juristas han seguido transmitiendo la idea y, por otra, que la literatura política y jurídica de las Luces francesas ocupe un mayor espacio en la construcción del modelo jurídico francés.

Modelo francés y mesianismo Revolucionario (13)

Desde el inicio de la Revolución, la Asamblea constituyente crea las condiciones para la formación de un modelo jurídico francés. En lugar de solucionar primero los problemas financieros o los de orden público, los diputados se ponen de acuerdo para dotar a Francia de una constitución y para escribir de nuevo el Contrato social del que hablaba Rousseau en 1762 y, junto a él, todos los filósofos de las Luces, en la Declaración de los derechos humanos y del ciudadano.

Esta es la piedra angular: efectuar una revolución, para los hombres de 1789, es (según todos los discursos del verano) efectuar una revolución en el sentido astronómico del término, volver al instante en el que los hombres salieron del estado de naturaleza, adhiriendo al Contrato social que ha creado el estado social, a la sociedad, por lo tanto a los ciudadanos, y al Estado, y todas las formas de obligaciones jurídicas.

Por consiguiente, la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, no sólo es válida para los franceses, sino también para la humanidad entera ya que declara los derechos de los que el hombre estaba dotado en la naturaleza (los derechos del Hombre (...)) y que consagra en la sociedad humana ((...) y del Ciudadano). Así, el artículo 2 declara: “la meta de cualquier Asociación política (el contrato social) es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del Hombre. Esos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión”. Todos los diputados lo dicen y lo repiten a su manera.

Desmeuniers, el 3 de agosto: “Es imprescindible para nosotros fijar los derechos del hombre en el estado de sociedad; semejantes derechos son de cualquier época y de cualquier nación; han sobrevivido a los imperios cuya felicidad causaron y parecen participar en la eternidad del que los ha dictado (el Ser supremo)”. Duport, el 18 de agosto: “No podemos ahorrar al hacer declaraciones, porque la sociedad cambia. Si no estuviera expuesta a revoluciones, bastaría con decir que estamos sometidos a leyes; pero ustedes han mirado más lejos: han tratado de prever todas las vicisitudes; han querido, por último, una declaración conveniente para todos los hombres, para todas las naciones” (14).

Así pues, los Revolucionarios se han inspirado en el derecho natural moderno para redactar la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que es válida (ambición descomunal) para los humanos de cualquier época y de cualquier lugar y en cualquier circunstancia. Sobre esta base, durante los debates tratan de determinar una lista de derechos que protegerán a los individuos frente al Estado y que les convertirá en ciudadanos.

Por consiguiente, la Declaración es un acto jurídico fundador universal. Además, es un programa mesiánico. Ha de cambiar el mundo. Ha de derrumbar las antiguas costumbres, las vetustas legislaciones en cualquier parte del mundo. Ha de lograr, como lo explica el preámbulo, “la felicidad para todos”. Por tanto, la declaración se va a exportar tan pronto como sea conocida: “Es para nosotros –declara Mirabeau–, es para nuestros sobrinos, es para el mundo entero para el que ustedes trabajan. (…) Sus leyes se convertirán en las de Europa, si son dignas de ustedes; pues semejante es la influencia de los grandes Estados, y sobre todo del imperio francés, cuyos progresos en su constitución, en sus leyes, en su gobierno, acrecienta la razón y la perfectibilidad humana”.

Continuará

Notas

1. Cronología: San Luis o Luis IX (1226-1270), Juana de Arco (1412-1431), Enrique IV (1589-1610), Luis XIII (1610-1643), Richelieu (1624-1642), Luis XV (1643-1715).

2. KRYNEN, J., L'empire du roi. Idées et croyances politiques en France, XIIIe–XVe siècle (París, 1993).

3. SOLEIL, Sylvain, Introduction historique aux institutions, IVe–XVIIIe siècle (París, 2002), pp. 110-138.

4. LEWIS, A. W., Le sang royal. La famille capétienne et l'Etat, France, Xe–XIVe siècle (ed. fr., París, 1986).

5. VALOIS, N., Le roi très chrétien, en BAUDRILLART, M., (ed.), La France chrétienne dans l'histoire ( (París, 1885), p. 314 ss; STRAYER, J. R. The Holy Land, the Chosen People and the Most Christian King, en RABB, T. K.; SEIGEL, J. E. (ed), Action and Conviction in Early Modern Europe, Essays in Memory of E. H. Harbison (Princeton), pp. 3-16.

6. SOLEIL, Sylvain, Glorifying the French King: Political and Legal Models in the Sixteenth and Seventeenth Centuries, en COATES, C., (dir.), Majesty in Canada (coloquio de los Estudios Canadienses de Edimburgo, mayo, 2002), en prensa.

7. MÉCHOULAN, H., “L'Espagne dans le miroir des textes français”, en MÉCHOULAN, H., (dir.), L'État baroque 1610-1652. Regards sur la pensée politique de la France du premier XVIIe siècle (París, 1985), pp. 423 ss.

8. “El estado de las dos Coronas de Francia y España es tal como hoy en día, y desde hace mucho tiempo en el mundo, que no podemos elevar una sin rebajar la otra. Eso crea entre ellas una envidia que es, si puedo decirlo, esencial, y una especie de enemistad permanente que los tratados pueden cubrir, pero nunca apagar, porque el fundamento se queda siempre, y que una de ellas trabajando contra la otra no cree ser tan nefasta para otros, como mantenerse y conservarse, debe ser tan natural que se sobrepone a todos los otros”. LUIS XIV, Mémoires pour l'instruction du Dauphin (GOUBERT, Pierre, (ed.), París, Imprenta Nacional, 1992), p. 70.

9. BRISSON, Barnabé, Le Code du Roy Henry III, Roy de France et de Pologne augmenté des Édits du Roy Henri IIII, con los comentarios de L. Charondas le Caron (2ª ed., Paris, 1605), p. 1.

10. SOLEIL, Sylvain, Le Modèle juridique français: recherches sur l'origine d'un discours, en Droits, Revue française de théorie juridique, 38 (2003), pp. 83 ss.

11. Edicto de Saint Germain en Laye, febrero de 1641, en ISAMBERT, Recueil général des anciennes lois françaises depuis l´an 420 jusqu´à la Révolution française de 1789 (París-Berlín, 1821-1833), XVI, p. 529; las citas en pp. 530 y 531).

12. LUIS XIV, Mémoires pour l'instruction du dauphin (Pierre Goubert (ed.), Imprenta Nacional, ed., París, 1992), p. 132.

13. Cronología: 1) Monarquía constitucional: Constituyente (1789-1791), Legislativa (1791-1792); 2) I República: Convención (1792-1794), Directorio (1794-1799), Consulado de Napoleón Bonaparte (1799-1804), I Imperio de Napoleón (1804-1814-1815).

14. Archivos parlamentarios, 1ª serie, 1787 a 1799 (MAVIDAL, M. J.; LAURENT, E.; CLAVEL, E. (dir.) (París, 1875)), VIII. BRANGER, G. Le modèle juridique français au travers de la Déclaration des droits de l'homme et du citoyen, Memoria Diploma de Estudios Avanzados (Soleil, Sylvain, dir., Universidad de Rennes I, 2004).

Es catedrático de Historia del Derecho de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Rennes I. [email protected]

Traducción de Eva Fernández Foxo (Universidad de Rennes I) y Emmanuelle Rival.

Tomado de: Revista de estudios histórico-jurídicos Nº 28, Valparaíso 2006.

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