La Gaceta Jurídica

La formación del derecho francés como modelo jurídico

(Parte final)

Foto; salondeltrono.blogspot.com

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La Gaceta Jurídica / Sylvain Soleil

00:00 / 11 de octubre de 2013

Más tarde, en el contexto del denominado Terror de la Montaña, Cambacérès propone el primer proyecto de Code civil (1). Y hemos de leer este proyecto con una lógica semejante. En efecto, ¿qué nos dice?:

“¿Cuál es pues la principal meta a la que debemos aspirar? Es la unidad, es el honor de ser los primeros en servir de ejemplo a los pueblos, de depurar y de abreviar su legislación. (El resto del discurso presenta los ejes del Código vinculados al derecho de la naturaleza. Y concluye:) Ciudadanos, estos son los principales elementos de la obra que les proponemos dedicar a la prosperidad de Francia y a la felicidad de los pueblos (...) Ustedes hijos de la patria! (...) Vean el código de leyes civiles que la Convención prepara para la gran familia de la nación, como el fruto de la libertad. La nación lo recibirá como el garante de su felicidad; lo regalará un día a todos los pueblos, que se apresurarán en adoptarlo cuando las desconfianzas hayan desaparecido, cuando las iras se hayan apagado” (2).

Cambacérès elige dos vocablos fuertes: primero, servirá de ejemplo, dice, a las naciones con el fin de que depuren su legislación. Es más, añade que se apresurarán en adoptarla cuando se supere el temor a la Revolución francesa. Pero, en realidad, es la esencia misma del Código la que lo convierte en un modelo jurídico y, para decirlo rotundamente, en el modelo jurídico.

De hecho, dicho modelo se fundamenta en la concepción moderna del derecho natural; en el discurso de Cambacérès, son las palabras “naturaleza”, “ley de la naturaleza”, “orden de la naturaleza” y “derecho natural” las que explican y expresan su sentido jurídico.

¿Cuál es la meta exclusiva del buen legislador y el objetivo fundamental del discurso de Cambacérès? Traducir bajo la forma de reglas jurídicas la verdad (una e indivisible) y las leyes emanadas de la naturaleza (por ejemplo, organizar el matrimonio considerando la libertad del estado de naturaleza y, de este modo, insistir en el consentimiento de los esposos exclusivamente para permitir el divorcio). Traducir las leyes de la naturaleza y convencer de que se trata de la mejor traducción posible.

Por tanto, el primer legislador en cumplir semejante obra de arte se convertirá en el modelo de los demás legisladores: “las leyes sencillas que definirán el rumbo y la armonía del cuerpo social así como las leyes sencillas de la creación presiden el rumbo y la armonía del universo”. Y eso para la felicidad de todas las naciones que no recibirán el Código francés de manera autoritaria ni de manera realmente voluntaria.

Sencillamente, no tendrán elección, con toda franqueza, porque es el orden de la naturaleza, el orden universal e inmutable el que hablará mediante este Código.

A Francia, le bastará con regalárselo a todos los pueblos de la tierra; ellos se apresurarán para adoptarlo.

En la realidad de los hechos, este discurso consiguió llevarse a la práctica siguiendo un camino totalmente distinto. Los revolucionarios franceses, es cierto, han exportado el modelo francés pero lo han hecho siguiendo los pasos de las conquistas y de manera autoritaria. Llega la hora de las anexiones, de la gran nación y de las repúblicas hermanas (repúblicas bátava, italiana, helvética, etc.).

Los franceses entran en Niza el 28 de septiembre de 1792 e imponen nuevos tribunales según los principios proclamados por la Constituyente en el decreto de 15 de agosto de 1795 (3); los que fueron encargados de dicha misión, exaltados por la victoria militar y por los temas de la regeneración, despojarán de sus obras de arte a Bélgica para el provecho “del país más bello del universo” aplicándole su legislación revolucionaria.

En Ginebra, las instituciones criminales francesas (“Código de los delitos” y penas de 3 brumario año IV, 25 de octubre de 1795, organización judicial) sustituyen a las instituciones tradicionales a partir de 1798 (4). Sin embargo, es bastante obvio que numerosos revolucionarios y juristas extranjeros fueron seducidos e incluso fascinados por dicha empresa francesa, es decir, por el contenido universalista y mesiánico del derecho revolucionario y por la fuerza irresistible con la que los ejércitos franceses, como si fueran salvadores, la llevaron a cabo en Europa.

Modelo francés y espíritu de conquista de Napoleón

Si observamos las características del modelo jurídico francés entre 1795 y 1804, Bonaparte toma el poder en Francia en 1799, tras el golpe de estado de 18 Brumario año VIII (9 de noviembre de 1799), podemos tener en cuenta dos cuestiones: una, el movimiento de exportación hacia los países anexionados continúa, puesto que la administración y la organización judicial francesas se dedican a ello plenamente.

Dos, el discurso que edifica el derecho francés como modelo para el mundo marca una pausa. ¿Por qué? Porque los revolucionarios que han suprimido a Robespierre en julio de 1794 y que participan en los asuntos de la nación durante los años siguientes han vivido el Terror con angustia o, bien, lo han organizado ellos mismos con Robespierre (Fouché, Barère, Collot d’Herbois, Fréron).

Toman el poder y a partir de entonces tienen la obsesión de terminar con la Revolución. Llegan a esta amarga conclusión acerca de la situación política de Francia, el Terror ha significado el caos en el país, el miedo, la ruina, la disolución de todo, incluso de la Constitución de 1791 y del derecho en su conjunto.

El Terror lo ha disuelto todo, es preciso “solidificarlo todo de nuevo”; ha destruido todos los vínculos sociales, es preciso “inventar de nuevo” el orden social; es preciso “crear de nuevo” a los buenos padres y a los buenos hijos, a los buenos vecinos y a los buenos ciudadanos. En particular, es preciso dotar a Francia de una constitución fuerte y de un Código civil, ya de por sí, esperado (5).

Esto significa que, de 1795 a 1804, ya no se llevarán a cabo, al parecer, discursos universalistas o mesiánicos que pretendan que el derecho francés vaya a cambiar la cara del mundo. Los dirigentes políticos y los juristas están demasiado preocupados por la situación de Francia como para pensar en el modelo jurídico francés.

Las investigaciones de los profesores Xavier Martin y, tras éste, Adriano Cavanna, Stefano Solimano o Paolo Cappelini han demostrado la obsesión de los juristas franceses frente a la situación de la Francia revolucionaria, su rechazo de las concepciones revolucionarias de 1789 a 1794, sus imitaciones de la filosofía pesimista y reaccionaria de Hobbes y de Bentham, su voluntad de estructurar de nuevo a la sociedad francesa mediante el Código civil.

Portalis lo resume a su manera en 1800 ante el Cuerpo Legislativo: “Las primeras leyes que fueron promulgadas por nuestras asambleas (sobre las materias de derecho privado) pasaron a través de todos esos sistemas exagerados y desaparecieron por completo. Se destruyó la facultad de experimentar, se distendió el vínculo del matrimonio, se trató de romper con todas las antiguas costumbres. Se creyó regenerar y hacer de nuevo, como quien dice, la sociedad; sólo se obraba para disolverla” (6).

Sin embargo, este movimiento vuelve en 1806 y 1807. Dos motivos esenciales lo explican: Napoleón se proclamó Emperador en 1804, el mismo año en que el Code civil entró en vigor. El Código se aplicará pues, con algunos matices, en aquellos países conquistados por el Emperador. Napoleón verá en ello el símbolo de su grandeza (ya que habla de sí mismo como de un nuevo Justiniano o de un nuevo Carlomagno), la manera de llevar a cabo lo que llama el sistema europeo; es decir, un sistema político cuyo centro se ubica en París y que permitiría gobernar a toda Europa uniformando todos los territorios mediante el Code civil, por la misma administración, por los mismos tribunales.

Es en este contexto cuando Bigot-Préameneu, uno de los redactores del Código, se dirige al Cuerpo Legislativo en 1807 para que se adopte el nuevo título del Code civil, el Code Napoléon.  Dijo: “Señores, desde la promulgación del Code Civil, el gobierno imperial ha sustituido al gobierno consular, el Code Civil era la ley particular de los franceses, se ha convertido en la ley común de los pueblos de una parte de Europa. (Pero) la posteridad verá al más famoso de los héroes, al más profundo de los políticos, ser a la vez, en medio de su Consejo de Estado, el que mostró más sagacidad y más previsión, más ideas nuevas, más medios para que el monumento que se pretendía levantar fuera imperecedero; para que, convirtiéndose en un modelo de legislación, los pueblos vecinos sintieran la urgencia de someterse a él; para que hiciera la felicidad de Francia, a la vez que formara un nuevo vínculo entre los pueblos que lo adoptaran”.

Es sorprendente ver hasta qué punto el pesimismo de 1799 a 1804 ha dejado paso a un optimismo conquistador. Y así fue, las victorias del Emperador y la nueva organización de Francia en la que todos participan, permiten esperar un porvenir radiante para Francia y para su derecho.

En cuanto al discurso acerca del modelo jurídico en sí mismo, es necesario tener en cuenta que Bigot-Préameneu transforma la historia caótica de la preparación del Código (cuatro proyectos fracasados, debates difíciles, oposición de una parte de las asambleas) en la del más grande monumento del derecho, preparado para los pueblos, y dado a los hombres por un “mortal extraordinario”, algo más que un hombre y poco menos que un Dios.

Se permite evocar con desdén los códigos romanos, la recopilación de Justiniano, el Código de Federico de Prusia. Se refería a ellas, tratándolas de recopilaciones confusas, complejas y fuentes de procesos sin fin. A modo de comparación, el Code de Napoleón ha creado un Código perfecto, por tanto, un “modelo de legislación”: los pueblos vecinos sentirán urgencia ante la necesidad de someterse a él, no sólo porque es perfecto, sino porque la uniformidad que inspira el Código crea las condiciones para la paz, la felicidad, el enriquecimiento de Europa.

“Señores, observarán ustedes, explica, que es mediante una comunicación semejante que los distintos pueblos pueden acercarse más. La diversidad de leyes civiles es como la diversidad de la religión o la del idioma, una barrera que convierte en extranjeros a los pueblos vecinos, y que les impide multiplicar entre ellos los intercambios de todo tipo y participar, así mutuamente, en el crecimiento y en la prosperidad”.

El Código no solamente es perfecto, no solamente es necesario para la felicidad de Europa, sino que también se fundamenta en la idea de que el propio Emperador se hace del orden natural, universal e inmutable. Cada civilización se apoya sobre los jefes de familia y la propiedad. Pues, es precisamente sobre la autoridad de los jefes de familia sobre la que se apoya el Libro II del Código, sobre la autoridad de los propietarios sobre la que se apoyan los libros II y III.

De ahí surge una obra imperecedera y que es válida para todas las familias de Europa, de las que el Emperador será el padre común. Así, Bigot, acerca del Libro I, escribirá: “El Emperador consideró que las instituciones menos alejadas del orden natural serían también, en el orden político, las menos variables y que serían difícilmente anonadadas, incluso por cambios revolucionarios. No buscar en la organización de las familias sino su mayor bien y la más íntima unión de los miembros que la componen; conformarse con el supuesto cariño del jefe de familia en la transmisión de los bienes, estos son los principios naturales que el emperador ha modificado tan sólo un poco como lo exigía la constitución misma del imperio, del que es el padre común y el conservador de todas las familias” (7).

He aquí pues, en unas cuantas ideas, el marco del modelo jurídico francés, tal y como se va a exportar a Europa hasta 1814: perfección, sistema de uniformización y orden natural, según Bonaparte. Así, éste les da órdenes imperativas a sus hermanos a medida que se van acumulando las conquistas.

A José, Rey de Nápoles, a 5 de junio de 1806: “Establezcan el Código Civil en Nápoles; todo lo que usted no apruebe se va a destruir en pocos años y lo que quiera conservar se consolidará. Esta es la gran ventaja del Código Civil. Si el divorcio le estorba para Nápoles, no veo inconveniente en suprimir este artículo” (8).

A Luis, Rey de Holanda, a 13 de noviembre de 1807 (tras varias cartas muy críticas a su hermano): “Si usted manda retocar el Código Napoleón, ya no será el Código Napoleón (...). Es usted muy joven en materia de administración si piensa que el establecimiento de un código definitivo puede molestar a las familias y provocar una confusión en el país. Es una falacia que le cuentan, porque los holandeses ven con celo cuanto venga de Francia. Sin embargo, una nación de 1.800.000 almas no puede tener una legislación aparte. Los romanos daban su legislación a sus aliados: ¿por qué Francia no debería imponer las suyas en Holanda?” (9).

A Jerónimo de la Confederación del Rhin, a 15 de noviembre de 1807: “Los beneficios del Code Napoleón, la publicidad de los procedimientos, el establecimiento de los jurados, serán todos aspectos distintivos de su monarquía. Y le confieso que estoy convencido de que cuento más con sus efectos para la extensión y la consolidación de su monarquía, que con los resultados de las mayores victorias” (10).

En Champagny, después de la paz de Tilsit, el 31 de octubre de 1807: “Mi intención es que las ciudades hanseáticas adopten el Código Napoleón y que a partir del primero de enero esas ciudades sean regidas por el Código (incluso Dantzig); hacer insinuaciones sutiles y no escritas al Rey de Baviera, del príncipe-primado, de los grandes duques de Bade y de Hesse-Darmstadt, para que el código sea adoptado en sus Estados suprimiendo todas las costumbres y limitándose exclusivamente al Código Napoleón” (11).

Varios elementos, en estas correspondencias, coinciden con el discurso de Bigot de Préameneu del 22 de agosto de 1807. Por una parte, Napoleón ve en un Código como el suyo un elemento que está vinculado a su potencia, a su gloria y, sobre todo, como si fuera un instrumento político en beneficio del sistema que quiere llevar a cabo.

Habla de este sistema a José y a Jerónimo, a quienes explica: “La felicidad de sus pueblos me importa, no sólo por la influencia que pueda tener sobre su gloria y sobre la mía, sino también desde el punto de vista del sistema general de Europa”.

Por otra parte, está claro que el Código no es específicamente un modelo jurídico, ya que un modelo corresponde más bien a un recibimiento libre que a un traspaso forzoso. Lo que quiere Napoleón es un traspaso autoritario y, desde arriba, “los romanos daban sus leyes a sus aliados”, los franceses darán su Código a los suyos.

De hecho, describe los contornos de un derecho civil europeo común, mejor dicho uniforme, ya que las poblaciones sometidas, explica para el caso de Holanda, no pueden tener derecho propio. Añade que para Alemania “es conveniente (suprimir) todas las costumbres y limitarse exclusivamente al Code Napoléon”. Se impone el derecho francés a Europa.

Será a partir de este segundo movimiento de exportación cuando ya se hará imposible ignorar el hecho de que el derecho francés es un modelo jurídico (eventualmente un modelo rechazado en el momento de la caída de Napoleón y de la liberación de los territorios anexionados), tanto para los juristas franceses como para los juristas europeos.

Es obvio que el planteamiento general que pretendo con este breve artículo no está completo. Numerosas investigaciones quedan por hacer, tanto por mí como por otros, sobre el Antiguo Régimen, sobre ciertos discursos revolucionarios, sobre los años 1807 a 1900. Por lo menos ya nos da una idea de las vías por las que, del lado francés, el derecho público y privado llegado de Francia irrumpió en el derecho de las demás naciones.

Notas

1. HALPÉRIN, J. L., L'impossible Code civil (París, 1992); MARTIN, X., Mythologie du Code Napoléon. Aux soubassements de la France moderne (Bouère, 2003), pp. 126 ss.

2. CAMBACÉRÈS, Informe hecho a la Convención nacional sobre el primer proyecto de Código Civil, Sesión del 9 de agosto de 1793 (FENET, P. A, Recueil complet des travaux préparatoires du Code civil (París, 1827), I, pp. 1 ss. Reimp. 1968.

3. CARLIN, M., L'introduction de la législation révolutionnaire dans le comté de Nice, en Nice historique (1992), pp. 163 ss.

4. GODDING, P. H., Une réception sous la contrainte? Le choc à retardement de la législation révolutionnaire dans les 'Départements réunis', en La réception, Jornadas Internacionales de Historia del Derecho (Rotterdam, mayo, 2004.

5. MARTIN, X., cit. (n. 15); CAVANNA, Adriano, Mito e destini del Code Napoléon in Italia, en Europa e diritto privato (2001), I, pp. 85 ss; SOLIMANO, Stefano, Verso il Code Napoléon. Il progetto di codice civile di Guy Jean-Baptiste Target (1798–1799) (Milán, 1998); CAPPELLINI, Paolo, Codici, en Lo Stato moderno in Europa. Istituzioni e diritto, (Roma–Bari, 2002), pp. 102 ss.

6. PORTALIS, Présentation du Code civil et exposé des motifs devant le Corps-Législatif (Fenet, P. A, cit. (n. 16), I, p. xcix).

7. BIGOT-PRÉAMENEU, Discours devant le Corps-Législatif à l'occasion de la nouvelle édition du Code, le 22 août 1807 (Fenet, P. A, cit. (n. 16), I, pp. cxix ss).

8. Correspondence de Napoléon. Six cents lettres de travail (1806-1810) présentées et annotées par M. Vox (París, Gallimard, 1943), p. 336.

9. Correspondence Vox, cit. (n. 22), p. 360-361.

10. Correspondence Vox, cit. (n. 22), p. 361-362.

11. Correspondence, cit. (n. 22), XVI, (París, 1864), p. 126.

Es catedrático de Historia del Derecho de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Rennes I. [email protected]

Traducción de Eva Fernández Foxo (Universidad de Rennes I) y Emmanuelle Rival.

Tomado de: Revista de estudios histórico-jurídicos Nº 28, Valparaíso 2006.

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