La Gaceta Jurídica

La idea de la Constitución a través de la historia

Lo trascendente de esta “carta magna” fue su perdurabilidad, ya que ha sido mantenida e, inclusive, fue jurada por posteriores reyes a los cuales les fue impuesta; cabe señalar que dicho documento fue fuente de inspiración para luchas libertarias.

Foto: ricardozuluagagil.blogspot.com

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Rolando Durán Dávila

00:00 / 29 de noviembre de 2015

Edad Media

Durante esta época, como apuntan Fix-Zamudio y Valencia Carmona (página 47), surgió un nuevo concepto de Constitución conectado con el sentido “fundacional” que tuvo en la época anterior. Así, en esta edad, el concepto de Constitución fue utilizado para referirse a los diversos “pactos” que fueron celebrados entre el rey y sus súbditos para regir a la comunidad.

El punto culminante en esta época fue la célebre “Carta Magna” inglesa de 1215, pactada entre el rey Juan “sin tierra” y sus súbditos. Dicha “carta magna” es una especie de juramento arrancado al rey para mantener el “derecho del reino”, mismo que representaba el conjunto de libertades, privilegios y franquicias de los barones, el clero, las ciudades y los hombres libres.

Lo trascendente de esta “carta magna” fue su perdurabilidad, ya que ha sido mantenida e, inclusive, fue jurada por posteriores reyes a los cuales les fue impuesta; cabe señalar que dicho documento fue fuente de inspiración para luchas libertarias.

Época Moderna

El concepto moderno de Constitución o, dicho de otra forma, el concepto actual de Constitución surgió ya entrada la Época Moderna.

Sobre la transición de la Edad Media a la Moderna, en especial sobre sus causas, podemos apuntar –siguiendo las líneas trazadas en “Historia General del Derecho” de Pampillo Baliño–, en primer lugar, la pérdida de la idea de la “unidad” que fue común al mundo occidental durante el Medioevo, la cual estaba cifrada, fundamentalmente, en la unidad de la Iglesia Católica y en los últimos destellos de la resquebrajada unidad romana sostenida por la actividad militar de Justiniano, el imperio carolingio, el Sacro Imperio Romano Germánico y, en todo momento, por la existencia misma del Imperio Bizantino.

Esta idea de unidad, en la Edad Moderna, habría de ser sustituida por la idea antitética de la “división”.

Igualmente, como condición causal de extraordinaria importancia, podemos anotar la pérdida producida respecto de la idea de “totalidad”.

Como es sabido, el ser humano de la Edad Media estaba convencido de vivir en un mundo completo y cerrado del cual él era el mismo centro (visión antropocentrista del universo); sin embargo, merced a las teorías de Copérnico y Galileo atinentes a la condición heliocéntrica del Sistema Solar, pero sobre todo por los descubrimientos geográficos de la aventura colombina, fueron puestas en tela de juicio las creencias de vivir en un mundo o lugar preciso, central, completo y conocido, propiciando la relativa desubicación característica del ser humano moderno, “(…) el cual se define mucho menos por el lugar que ocupa en el mundo y en la sociedad que por la función que cumple y por lo que puede llegar a ser en ejercicio de su misma libertad” (1).

Resumiendo lo poco dicho, en la Edad Moderna fue posible observar la caída de la idea de la “unidad”, pero, en especial, la pérdida de la integralidad “total” del mundo medieval, que “(…) supusieron la pérdida de un centro, la cual desembocó en la crisis profunda y radical de los principales referentes y coordenadas de orientación que guiaban el destino del hombre” (2).

Merced a este desprestigio de los referentes y coordenadas tradicionales, la autoridad que habían ejercido sobre la mentalidad medieval fue sustituida por un escepticismo crítico, germen del nuevo método racionalista característico de los tiempos modernos.

El resultado de las anteriores condiciones causales, magnificado por el factor multiplicador y difusor de cultura llamado imprenta, fue un profundo cambio de mentalidad.

Éste se tradujo en una nueva imagen del mundo que, al decir de Romano Guardini, puede reconducirse según tres creencias fundamentales, “la naturaleza subsistente en sí misma, el sujeto-per- sonalidad autónomo y la cultura creadora a partir de sus propias normas” (3).

Lo anterior dicho en términos más explícitos: durante la Modernidad ocurre una escisión y separación entre la naturaleza y el ser humano; es producida una subjetivación del ser humano como existente independiente, “(…) como fuente generadora desde su perspectiva de todo sentido, y como sujeto explotador de la naturaleza a su servicio (…)” (4) y, por último, es producida la aparición de un mundo cultural enteramente creado por el ser humano y separado de la naturaleza.

En suma, los elementos constitutivos de la cosmovisión moderna son los siguientes: “(…) a) la búsqueda de la emancipación humana a través de la libertad autonómica; b) el optimismo seguro del progreso evolutivo de la humanidad en la historia; c) el dominio del hombre sobre la naturaleza como objeto de explotación, y d) la exaltación de una racionalidad instrumental, cientificista y atomizadora” (5).

De todos estos elementos constitutivos, por el tema que nos ocupa –la Constitución–, vale la pena detenernos un poco en el último.

Cuando Pampillo Baliño trata sobre la exaltación de una racionalidad instrumental, cientificista y atomizadora, quiere decir que la Modernidad sustituyó el paradigma científico medieval como un intento de adecuar el intelecto a las cosas para descubrir su esencia; como un esfuerzo por comprender desde lo plural finito lo singular infinito, y como la búsqueda de la iluminación mental de la verdad por una racionalidad meramente matemática e instrumental al servicio del poder y del tener y, en consecuencia, subordinada a una finalidad material.

Cabe destacar que, si bien la reducción del entendimiento humano a una sola razón instrumental es de suyo improcedente (pues desorienta a la ciencia de su finalidad propia), el enaltecimiento de una razón cientificista en su sentido moderno resultaba igualmente contraproducente.

“En efecto, el pensamiento moderno, jaloneado entre el racionalismo y el empirismo por sus pretensiones científicas, fue llevado en sus peores momentos a circunscribirse sola y exclusivamente al ámbito de lo experiencial-fenoménico, abdicando así de su compromiso de conocer el ser de las cosas más allá de lo sensible” (6).

A más, la racionalidad moderna fue una razón analítica y, por tanto, una razón atomizadora, disolvente y fragmentaria. Como resultado de dicha racionalidad, el pensamiento científico de la Modernidad era capaz de dar una explicación exhaustiva de los menores y más específicos detalles, pero incapaz de ofrecer una comprensión integral de los grandes problemas del hombre, de la cultura y del mundo (7).

En resumen, el pensamiento de la Modernidad, base éste de la concepción moderna de Constitución, se caracterizó por proclamar “(…) a) la inmanencia como principio ontológico; b) la experiencia como principio epistemológico; c) la libre voluntad humana como principio ético de su moral personalista y d) el escepticismo crítico como itinerario metodológico” (8).

Debemos apuntar y reconocer que el concepto “moderno” de Constitución, como código racional de la materia constitucional, primero, y como Constitución normativa, después, fue producto de la reconceptualización de lo jurídico por la “Modernidad” y, por consiguiente, la aludida transformación de dicho concepto obedece a la transición del Derecho natural racional hacia su positivización, es decir, hacia su transformación en Derecho positivo estatal.

Dado que ya hemos descrito brevemente dicha transición no nos detendremos más en su explicación y solo apuntaremos cómo trascendió esa evolución al concepto mismo de la Constitución.

En primer lugar, recordemos que para la modernidad el Derecho dejó de ser entendido como una relación “objetiva y material” arraigada en el “hecho jurídico” presente y prexistente en las cosas para convertirse en una “invención subjetiva y formal”, reconducida por la “norma jurídica” creada “a posteriori” por el ser humano.

En segundo lugar, evoquemos también que, en la medida en que fueron madurando y definiéndose las nuevas concepciones del “derecho natural racionalista”, éstas fueron encontrando –a su vez– general aceptación y formas siempre más acabadas hasta que, a principios del siglo XVIII, los grandes desarrolladores y sistemáticos de la antedicha corriente redefinieron al Derecho en sus más característicos perfiles como “(…) un ‘sistema racional de principios, universales e inmutables, ordenados según la jerarquía geométrica de una pirámide conceptual’” (9).

No debemos olvidar, tampoco, que la trascrita concepción naturalista del Derecho insinua –como sostiene Pampillo Baliño–, en su intimidad, una vocación a “positivarse”. Esa vocación encontró cause en las propias ideas “iluministas” del siglo XVIII cuando fueron puestas en movimiento grandes cantidades de energías y muchos esfuerzos para lograr reconducir “a la ley según la ley natural de la razón”.

Esos esfuerzos y esos gastos de energía se tradujeron, a través de un proceso de recogimiento ordenado y sistematizado, en una “codificación”, la cual vino a ser la “positivización iluminista del derecho natural racionalista por parte del Estado”.

Dicha codificación, la cual encuentra su máxima expresión en la experiencia francesa, fue estructurada sobre la ficción rousseauniana de la “volunté générale” (10) “(…) que se supraordinaba (sic) incluso a la libertad del hombre, cuya voluntad individual habría participado –supuestamente– en la conformación de la pretendida voluntad general, que, por lo mismo, era natural y absoluta” (11).

Dada así la legitimación de la ley como expresión de la “voluntad general” –matizada, claro está, por la teoría de la representación introducida por el Abate Sieyès–, pronto fue concebida ésta (la ley) como un instrumento cuya justificación ya no necesitaría invocaciones a fuentes de legitimación extrínseca a la ley, pues ésta, por el hecho de ser tal, sería necesariamente justa (12).

No cabe duda, por tanto, que la concepción y conformación (13) del “código constitucional” fue resultado, como apuntan Fix-Zamudio y Valencia Carmona (página 49), del ambiente ideológico de la época moderna, en específico de las ideas iluministas, pero, en particular, del “contrato social” de Rousseau, ideado primitivamente por Thomas Hobbes, el cual, sin discusión alguna, contribuyó a la aparición de la Constitución tal cual la conocemos hoy.

Dicen los citados autores que (…) las raíces inmediatas del constitucionalismo escrito se encuentran también en el pensamiento político de Locke, Montesquieu, Rousseau y otros filósofos de la Ilustración, quienes hicieron circular interesantes y novedosas ideas sobre los derechos del hombre, el principio de división de poderes y la soberanía del pueblo.

Tales ideas encontraron cabida en la teoría contractualista que gozaba de mucha popularidad y, según la cual, la sociedad había nacido mediante un pacto. Se pensó, entonces, en la idea de elaborar un contrato o pacto, donde se inscribirían todos esos principios ideológicos y de gobierno para que fueran respetados, así nacieron las primeras constituciones en Norteamérica y Francia (14).

Concluyen los constitucionalistas mexicanos aseverando que, con el paso del tiempo, ésta idea de Constitución, entendida como la codificación de la materia constitucional expresada en un documento, fue ganando rápidamente adeptos hasta llegar, como Loewenstein ha sostenido, al llamado “universalismo de la Constitución escrita”, es decir, al hecho de que en la actualidad todos los pueblos de la tierra posean una Constitución según el paradigma moderno y solo aquellos lugares que tienen un atraso de siglos o regímenes provisionales dictatoriales, constituyen lamentables excepciones (15).

¿Cómo podríamos definir a la Constitución de la Edad Moderna?

Sin detenernos aquí en los tránsitos que dicha concepción ha pasado ni tampoco en las posturas antiformalistas y materialistas cuanto valorativas y estimativas que han surgido, podemos decir, en palabras de Francisco Rubio Llorente que “por Constitución (…) se entiende hoy lo mejor de la doctrina, un modo de ordenación de la vida social en el que la titularidad de la soberanía corresponde (a) las generaciones vivas y en el que, por consiguiente, las relaciones entre gobernantes y gobernados están reguladas de tal modo que éstos disponen de unos ámbitos reales de libertad que les permiten el control efectivo de los titulares ocasionales del poder”.

No hay otra Constitución que la Constitución democrática. Todo lo demás es, utilizando una frase que Jellinek aplica, con alguna inconsecuencia, a las ‘Constituciones’ napoleónicas, simple despotismo de apariencia constitucional (16).

Notas

1. Pampillo Baliño, Historia…, página 212.

2. Ídem.

3. Ídem.

4. Ibídem, página 213

5. Ídem.

6. Ibídem, página 215.

7. Al respecto opina Francisco Piñón Gaytán (página 62): “Nuestras sociedades, por lo menos las modernas, han perdido la chispa del carisma, de la improvisación, de la aventura humana y, tal vez, por eso también han perdido una buena dosis de humanismo. Su modernidad de ‘especialistas’ ha terminado por fracturarlas.

Y con ellos asistimos al nacimiento de lo que podríamos llamar el hombre fracturado. Incluso, ¿no ha sido uno de los ideales de la ciencia el dividir para analizar y el analizar, con base en los datos empíricos, ya desde Francis Bacon, para tratar de dominar a la naturaleza? Pero el que terminó dominado, en muchos renglones, ha sido el mismo hombre. La racionalidad, en Occidente, ha obrado en sentido inverso, en más de algún aspecto, a lo que supuestamente se creyó durante muchos siglos.”

8. Ibídem, página 216.

9. Pampillo Baliño, Filosofía…, página 21.

10. Sobre la voluntad general apunta el propio Juan Jacobo Rousseau en el Libro segundo, capítulo VI de su Contrato social (páginas 25 y 26): “Ya he dicho que no hay voluntad general sobre un objeto particular.

En efecto, un objeto particular existe en el Estado o fuera de él. Si fuera del Estado, una voluntad que le es extraña no es general con relación a él, y si en el Estado, es parte integrante; luego se establece entre el todo y la parte una relación que forma dos seres separados, de los cuales uno es la parte y la otra el todo menos esta misma parte. Mas como el todo menos una parte, no es el todo, en tanto que esta relación subsista, no existe el todo, sino dos partes desiguales. De donde se sigue, que la voluntad de la una deja de ser general con relación a la otra.

“Pero cuando todo el pueblo estatuye sobre sí mismo, no se considera más que a sí propio y se forma una relación: la del objeto entero desde distintos puntos de vista, sin ninguna división. La materia sobre la cual se estatuye es general como la voluntad que estatuye. A este acto le llamo ley.” Más adelante agrega “Aceptada esta idea, es superfluo preguntar a quiénes corresponde hacer las leyes, puesto que ellas son actos que emanan de la voluntad general (…)”.

11. Pampillo Baliño, Historia…, página 233.

12. Rousseau (página 19) afirma, específicamente en el libro I, capítulo III titulado “De si la voluntad general puede errar”, que “(…) la voluntad general es siempre recta y tiende constantemente a la utilidad pública (…)”. Nótese, por tanto, la clara influencia rousseauniana en este punto.

13. Conformar no quiere decir estar de acuerdo, sino dar forma.

14. Fix-Zamudio y Valencia Carmona, páginas 49 y 50.

15. Actualmente, los únicos países que carecen de una Constitución escrita son el reino de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, Nueva Zelandia e Israel.

16. “La Constitución como Fuente de Derecho” en Carbonell, Miguel, Teoría…, página 163.

Es licenciado de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma del Estado de México.

Tomado de: durandavila.com

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