La Gaceta Jurídica

La literatura en la enseñanza del Derecho(1)

(Parte I)

Foto: courseblogs.org

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Pablo Bonorino Ramírez

00:00 / 24 de abril de 2015

El objetivo de este trabajo es presentar de manera sucinta las formas de relacionar Derecho y literatura que se han explorado en el seno de la teoría jurídica durante los últimos años.

Para ello haré una breve presentación de estos estudios y luego de algunos ejemplos concretos representativos de sus principales tendencias, Derecho en la literatura, Derecho como literatura y Derecho y literatura. Comenzaré con los trabajos que emplean las obras literarias como ilustraciones de ciertos problemas jurídicos generales, como la relación entre Derecho y justicia. Luego, como representante de un enfoque que pretende establecer una analogía metodológica profunda entre literatura y teoría del Derecho, expondré las líneas principales de la propuesta de Ronald Dworkin, quien cree que el Derecho puede ser entendido como una novela en cadena.

Por último, como ejemplo del uso de la interpretación literaria como modelo para comprender la interpretación de las cláusulas constitucionales que establecen derechos fundamentales, el texto que guiará mi reflexión será El Quijote, pero no el escrito por Miguel de Cervantes Saavedra, sino el que –de la mano de Borges– reescribiera Pierre Menard el siglo pasado.

Espero que el resultado, sin pretender ser exhaustivo, pueda ofrecer una imagen de las varias formas en que se puede utilizar la literatura para introducir al alumno en ciertas nociones jurídicas.

Distintas formas de usar la literatura en el aula

Los trabajos que desde la filosofía jurídica tendieron puentes entre el Derecho y la literatura pueden ser rastreados hasta principios del siglo XX. Kelsen publicó La doctrina de Dante Alighieri sobre el Estado en 1905, por poner solo un ejemplo (2). No obstante, el auge de este tipo de estudios se produjo en los años 70 y 80 en los Estados Unidos.

Tal fue su magnitud que se ha incorporado asignaturas de esta naturaleza en los planes de estudio en muchas universidades y, como no podía ser de otra manera, ha dado lugar a una gran variedad de enfoques y tendencias (3).

Se ha propuesto varios esquemas clasificatorios para dar cuenta de la riqueza del Law and Literature Movement (movimiento leyes y literatura), como se lo suele denominar. En ellos se diferencian los objetos de estudio y, dentro de cada corriente, se especifica las variantes más importantes (Cf. García Amado 2003).

No es mi interés ingresar en comparaciones sobre clasificaciones, sino valerme de una (que no entre en colisión con los aspectos centrales de las principales propuestas existentes) para introducir algunos ejemplos concretos de estudios que se podrían adscribir a este fértil campo (4).

Propongo distinguir los trabajos de esta corriente en tres grandes grupos (5). El primero, al que llamaré Derecho en la literatura, explora la manera en la que ciertos problemas jurídicos y políticos aparecen en las obras literarias. Suele apelar, por lo general, a aquellas que se consideran cumbres de la literatura universal. Los textos de Shakespeare, Kafka, Dostoievski, o Melville, por ejemplo, acaparan buena parte de la atención. Pero también se centra en trabajos de menor valor literario pero con contenidos relacionados estrechamente con la problemática jurídica, como pueden ser las novelas de John Grisham.

Thomas Morawetz (1996) diferencia los siguientes campos de interés en este tipo de estudios: 1. las recreaciones literarias de procesos judiciales, en especial cuando se trata de casos difíciles o que movilizan los sentimientos de justicia del lector; 2. las formas de ser y el carácter de los juristas, en especial jueces y abogados, presentados en ocasiones como héroes y en otras como villanos; 3. los usos simbólicos del derecho y su papel en la configuración de las sociedades; 4. el tratamiento que el Derecho y el Estado dan a las minorías o grupos oprimidos: mujeres, inmigrantes, etnias, colectividades religiosas, etc. (6).

Al segundo grupo denominaré Derecho como literatura. En él quedan encuadrados aquellos trabajos que consideran que el Derecho y la literatura poseen una naturaleza común. Autores que sostienen, por ejemplo, que el Derecho consiste en un gran relato que da fundamento a un modelo de sociedad, mientras que los actos de los operadores jurídicos pueden entenderse como micro relatos, narraciones donde los hechos y las normas se conjugan para lograr el mayor grado de persuasión posible en el auditorio (Calvo 1996).

Finalmente, el tercero, al que llamaré Derecho y literatura, incluye trabajos en los que se establecen analogías parciales entres ciertas actividades que realizan los juristas y aquellas que se puede encontrar no directamente en obras literarias, sino en los trabajos teóricos que se realizan sobre ellas.

La actividad común a la crítica literaria y al Derecho más importante, para la mayoría de los trabajos de este grupo, es la interpretación. En ambas disciplinas encontramos el mismo tipo de posiciones básicas sobre la relación entre texto e intérprete:

1. las que consideran que el texto determina el significado que de él puede extraer el intérprete, 2. las que sostienen que la intención del autor del texto es la que permite hallar el verdadero sentido de un texto y 3. las que afirman que el intérprete es quien atribuye significado a la obra, determinado por sus circunstancias personales y por la comunidad interpretativa en la que se inserta con independencia del texto que tome como referencia (Cf. García Amado 2003: 370).

No se puede ofrecer una imagen adecuada de la manera en la que la literatura puede utilizarse para enseñar ciertas cuestiones jurídicas en cada una de estas variantes sin desarrollar con detalle algunos ejemplos. A ello dedicaré las tres secciones que siguen.

Comenzaré con los trabajos que emplean las obras literarias como ilustraciones de ciertos problemas jurídicos generales, utilizando la exégesis de la novela Billy Budd, marinero de Herman Melville (1986). En ella se puede apreciar la íntima relación que existe entre el Derecho y la justicia a través de la relevancia práctica que pueden asumir los presupuestos filosóficos en los actos concretos de aplicación de castigos jurídicos.

Luego, como representante de un enfoque que establece una analogía metodológica profunda entre literatura y teoría del Derecho, expondré las líneas principales de la propuesta de Ronald Dworkin, quien cree que el Derecho consiste en una práctica interpretativa que puede ser entendida como la construcción de una novela en cadena.

Por último, como ejemplo del uso de la interpretación literaria como modelo para comprender la interpretación jurídica, haré uso del Quijote, pero no el escrito por Miguel de Cervantes Saavedra, sino el que (de la mano de Borges) reescribiera Pierre Menard el siglo XX. De él podremos obtener algunas lecciones para alumbrar la difícil tarea de interpretar las disposiciones constitucionales que expresan derechos fundamentales (7).

El Derecho en la literatura: naves y culpas

Herman Melville escribió Billy Budd, marinero en 1889, dos años antes de su muerte (aunque la obra no fue publicada hasta 1924). La acción se ubica en 1797, pero termina con la fecha “19 de abril de 1891”. Melville la relaciona expresamente con el ambiente generado por la reciente Revolución Francesa que había generado varios motines en alta mar. Esta información constituye el telón de fondo para los sucesos narrados.

Billy Budd, marinero en un buque mercante, es alistado por la fuerza para servir en una nave de guerra. Su belleza, juventud, inocencia y bondad lo distinguen entre sus compañeros de travesía. Pero también su incapacidad para hablar en público. El maestro de armas, Claggart, encargado de las funciones policiales, es la contracara moral de Budd. Sus reacciones ante el joven oscilan entre la febril pasión y el odio. Desde su llegada comienza a hostigarlo sin razón aparente.

Los otros marineros advierten al muchacho de la inquina personal que Claggart siente por él, pero como Billy no conoce la maldad no atina a desconfiar. Aprovechando el recuerdo fresco de un motín reciente, Claggart lo acusa falsamente de sedición.

El capitán Vere, funcionario correcto y contrario a los ideales de la Revolución Francesa, reúne al acusador y al acusado en su cabina. Durante el careo, por la impotencia que siente por no poder hablar en su propia defensa, Budd golpea a Claggart y lo mata. Ante el médico, el capitán sufre un ataque de excitación inusitado, durante el cual proclama la total inocencia de Billy Budd pero al mismo tiempo afirma que es su deber ahorcarlo.

Convoca a un consejo de guerra sumarísimo, elige el tribunal y se erige en fiscal, defensor, testigo y juez. Budd niega el cargo de sedición, pero reconoce el homicidio accidental que ha provocado. Vere dice en voz alta que le cree, pero limita el caso salo a la muerte de Claggart, pues considera que es mucho más grave para la disciplina militar. En su alegato final, el capitán funda la condena a muerte de Billy por las consecuencias que tendría en la flota el hecho de absolver a un marinero por la muerte de su superior.

Durante la ejecución, Budd bendice a su capitán a pesar de todo. Al poco tiempo, Vere muere por heridas de combate y sus últimas palabras son “Billy Budd”. Un periódico naval narra lo sucedido resaltando el valor de Claggart, pero entre los marineros se entonan canciones y se santifica la figura de Billy Budd.

Billy Budd, como Moby Dick en la novela más famosa de Melville, solo es importante en el relato como generador de reacciones en los otros personajes de la obra, en este caso Claggart y Vere. Hay ciertas marcas en el texto que sugieren que lo importante es determinar la naturaleza oculta de esos personajes, tomando como punto de referencia sus extraños comportamientos (ver capítulos II, XII y XXII).

Budd posee una belleza casi femenina, lo que lo transforma en objeto de deseo inconsciente de muchos miembros de la tripulación, compuesta por hombres con una prolongada abstinencia sexual (al menos heterosexual). El grado en que ese deseo oculto puja con la fuerza inversa de su represión, (por la carga moral negativa con la que se vive la homosexualidad en el ámbito militar), permite explicar muchas de las reacciones de los personajes:

1. El capitán del buque mercante en el que servía Budd al inicio de la obra se larga a llorar cuando su marinero favorito es reclutado por la fuerza (amor filial).

2. Los marineros sienten fervor por Billy (amor amistad).

3. Los apodos que le ponen en el buque, como “baby”, “bouty”, “handsome”, ponen de manifiesto los sentimientos ocultos que despierta (el chiste canaliza lo reprimido).

4. La necesidad de destruir el objeto que genera el deseo reprimido por razones morales es lo que motiva aparentemente los actos de Claggart y, en cierta medida, también los de Vere. Como dice Melville en el texto –casi de forma contemporánea con Freud– la locura (neurosis diría el vienés) no posee fronteras claras, es cuestión de grados como los colores del arco iris.

El relato juega con todos estos elementos en el terreno de la ambigüedad. Parafraseando a Borges en sus Ensayos dantescos, en el relato, Claggart es y no es un homosexual reprimido, esta es su esencia. Esto hace a la novela de Melville una pieza literaria valiosa, pues admite esta y muchas otras lecturas (Cf. Thomas 1987).

La novela plantea también problemas jurídicos de gran importancia. En primer lugar, se la puede entender como una crítica al llamado “proceso inquisitivo”, en el que el juez asume la labor de investigación y posterior juzgamiento de esos hechos. En los que la separación entre acusador y juez se desdibuja, en la que no se da publicidad al proceso, y en el que no existe ni libertad probatoria ni defensa técnica garantizada.

Es este tipo de proceso el que lleva a cabo Vere, quien reconoce que “ante un tribunal menos arbitrario y más misericordioso… esa alegación (el estado emocional en el que se encontraba Budd cuando golpeó a Claggart) sería ampliamente atenuante. Y en el Tribunal Supremo llevaría a la absolución” (Melville 1986: 190). En un proceso acusatorio no se hubiera podido condenar a un inocente de forma tan descarada (o al menos no con la pena máxima).

Pero la crítica más directa se formula contra el utilitarismo como filosofía moral y política (y como forma de justificar moralmente la imposición de castigos jurídicos) (8). Vere decide la muerte de Budd mucho antes de celebrar el proceso, lo que hace luego es buscar una justificación jurídica para su decisión. Crea el tribunal, limita el caso y las reglas a emplear, fija su interpretación, pero aun así su sentencia no está basada en razones legales.

Ante el pedido de clemencia del teniente que formaba parte del tribunal (“¿No podemos condenar y sin embargo mitigar el castigo?”), Vere responde: “Teniente, aunque eso fuera claramente legal para nosotros en estas circunstancias, considere las consecuencias de tal clemencia. La gente –refiriéndose a la tripulación del barco– tiene sentido común: la mayor parte de ellos conoce nuestros usos navales y tradiciones, y ¿cómo lo tomarían?

Aunque se les pudiera explicar… no tienen esa especie de reacción inteligente que podría capacitarles para comprender y discriminar. No, para la gente, la acción del gaviero… será sencillo homicidio cometido en flagrante acto de sedición. Ellos saben qué castigo ha de seguir a eso. Pero no se sigue. ¿Por qué?, meditarán. Ya saben lo que son los marineros. ¿No volverán a los recientes disturbios del Norte? Sí. Conocen la alarma bien fundada; el pánico que difundió por Inglaterra.

Considerarían cobarde su sentencia clemente. Creerían que nos echamos atrás, que les tenemos miedo, miedo de practicar un rigor leal singularmente requerido en esta coyuntura para que no provoque nuevos disturbios. ¡Qué vergüenza para nosotros tal conjetura por parte de ellos, y qué mortal para la disciplina!

Ya ven entonces adónde apunto firmemente, impelido por el deber y por la ley… En resumen, Billy Budd fue normalmente declarado culpable y sentenciado a ser colgado de un penol al comenzar la guardia de alba, por ser entonces de noche: de otro modo, la sentencia se habría cumplido en el acto” (Melville 1986: 191-193).

Si leemos los fundamentos de Vere, y a pesar de su intento por derivar su condena de las leyes navales vigentes, vemos con claridad que sus razones fueron muy distintas. El código militar hubiera servido tanto para condenar a muerte a Budd como para optar por otro tipo de condena revisable posteriormente.

La opción por una de ellas se hizo teniendo en mente las consecuencias del acto de castigo (o de su ausencia). Esta es la justificación que los utilitaristas han ofrecido para el castigo. Una pena está justificada si trae aparejadas consecuencias socialmente deseables. El castigo busca disuadir al delincuente de cometer nuevos delitos (teoría de la prevención especial) y al resto de la comunidad de intentar transgredir la ley (teoría de la prevención general).

Una de las objeciones que más a menudo se ha formulado contra este tipo de posiciones es que consideraría justificado castigar a un inocente, si con ello se logrará consecuencias socialmente valiosas. Esto es precisamente lo que ilustra con claridad el caso de Billy Budd (9). El texto de Melville en este asunto serviría como un excelente disparador para el inicio de las discusiones teóricas más profundas.

El Derecho como literatura: la novela en cadena de Dworkin

Ronald Dworkin criticó con agudeza la teoría de Hart, la posición positivista dominante en los años 60 en el mundo jurídico anglosajón. A partir de ese momento, sus trabajos constituyeron el centro de innumerables polémicas en el seno de la disciplina y más allá de sus límites también.

Dworkin construyó lentamente una propuesta teórica basada en presupuestos filosóficos aparentemente muy diferentes de aquellos en los que se sostenía la de su principal adversario. En vez de continuar trabajando en el marco de la filosofía analítica del lenguaje ordinario, optó por realizar un giro interpretativo en los primeros años de la década de los ochenta.

Es en ese momento en el que vuelve su cabeza hacia la literatura en busca de inspiración. Considera que en un nivel profundo, tanto el Derecho como la literatura entienden la interpretación de la misma manera: como un intento por mostrar al objeto interpretado como lo mejor que puede ser dentro de su género. Pero antes de ingresar en este aspecto de su teoría, conviene ubicar mejor al personaje en el panorama iusfilosófico contemporáneo (10).

Continuará

Notas

1. Este trabajo fue realizado en el marco del Proyecto de Investigación DER2010-19897-C02-02, financiado por el MICINN (Ministerio de Ciencia e Innovación de España).

2. Ver Kelsen 1974.

3. Su incorporación en los planes de estudio de Derecho no ha estado exento de debates. Hay quienes lo defienden porque permiten contemplar el fenómeno jurídico desde distintas dimensiones y ampliar la sensibilidad del futuro jurista (Nussbaum 1995), mientras que otros lo consideran de dudosa utilidad, como Richar Posner (1988), quien llegó a decir que un jurista podía aprender de Derecho leyendo literatura tanto como lo que un militar podría aprender de estrategia leyendo novelas de guerra.

4. Quien esté interesado en profundizar sobre este movimiento puede consultar algunos trabajos representativos en las compilaciones de Freeman y Lewis (1999) y Hanafin, Gearey y Brooker (2004).

5. He dejado a un lado los trabajos que se suelen etiquetar como Derecho de la literatura, pues constituyen disciplinas de derecho positivo que agrupan la legislación relacionada con los derechos de autor, la libertad de expresión, la creación y difusión de obras literarias, etc. (ver García Amado 2003: 362).

6. Esta última línea de trabajos ha dado lugar a una corriente autónoma, denominada “estudios culturales del Derecho”, en el que se postula la lectura y análisis del Derecho como parte fundamental en el proceso de construcción de la identidad de una comunidad (cf. Binder 1999).

7. Para un análisis del Quijote de Cervantes en clave jurídica, ver González Echevarría 2005.

8. Otra interesante novela que plantea la cuestión desde otro ángulo es El hombre que quería ser culpable de Henrik Stangerup (1991). En ella se cuestiona la validez de la pretensión utilitarista de reemplazar el castigo por el tratamiento. Ver el análisis que de ella realiza García Amado (2003: 372-386).

9. Sobre las discusiones en torno a la justificación moral del castigo, ver Hart 1992 (quien defiende una variante utilitarista), Simmonds y otros (eds.) 1995 (que presentan una gran variedad de ensayos sobre la cuestión, incluyendo un apartado especial sobre la pena de muerte) y Ross 1972 (quien aboga por una superación de la tradicional controversia entre prevención y retribución).

10. Para un análisis detallado de su filosofía jurídica, así como para una crítica de sus principales presupuestos teóricos, ver Bonorino 2003a y 2003b.

Es profesor titular de Filosofía del Derecho, Universidad de Vigo, España.

Tomado de: eumed.net

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