La Gaceta Jurídica

El paradigma triádico en los sistemas jurídicos

(Parte I)

Foto: vagamundeando.com

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Sebastiao Batista

00:00 / 14 de abril de 2015

La cultura de la humanidad es producto del modo cómo el ser humano ha usado su mente, es decir, cómo ha usado sus procesos mentales a lo largo de la historia.

En cada momento histórico hubo hegemonía de una cultura inherente a un conjunto de procesos mentales propios.

Primero fueron hegemónicos los procesos prácticos, inherentes a una cultura operativa y pragmática, con carácter de agresividad y fuerza, adecuado a un “estado de guerra de todos contra todos”, según el modelo presentado por Hobbes (1).

Conforme a la teoría de la evolución, esto es lo que sigue ocurriendo entre los animales de la selva (2). Ultrapasada esa cultura de la guerra, emergieron los procesos creadores de lo sagrado con sus doctrinas civilizadoras, sus corolarios morales, mandamientos y códigos sagrados. Por otra parte, con la Ilustración, comienzo de la Edad Moderna, del protestantismo y de la expansión de la cultura anglosajona, tuvieron hegemonía los procesos lógicos inherentes a la cultura de la razón, con carácter investigador y ordenador de las leyes científicas y jurídicas.

En cambio, al final de la Edad Moderna reaparecieron y recobraron hegemonía los procesos mentales o modos de ser inherentes a la cultura pragmática, con su tradicional modo de imponer un orden social dado por medio de la violencia e irracionalidad, independiente de la ley o ética (3).

Por otra parte, debe considerarse que el pensamiento humano, en general, y la ciencia, en particular, son productos de la experiencia acumulada, dependientes de muchos hechos accidentales, actitudes equivocadas y actitudes críticas o planeadas que permiten aprender de los errores, corregirlos y superarlos según nuevas hipótesis (4) y paradigmas.

Sobre todo, su evolución es cíclica y recurrente y está sometida a determinaciones externas de la cultura, de la sociedad, de la historia, etc. y, en especial, sometida a determinaciones intrínsecas al propio pensamiento y a la ciencia, que son sus principios organizadores, sus paradigmas, sus creencias, sus modelos explicativos del mundo, que gobiernan y controlan de forma imperativa y prohibitiva la lógica de los discursos, pensamientos, teorías y prácticas (5).

En esta perspectiva, el ser humano es parte del universo y de la ciencia, razón por la que no es neutral ni objetivo en sus investigaciones. No es él un observador o actor externo que ordena y sistematiza datos inconexos, sino que construye modelos y paradigmas sobre restricciones, extrapolaciones e hipótesis con sus tres procesos mentales cargados de elementos subjetivos (6) y de modos de percepción e interpretación del mundo que le sean más favorables.

Por otro lado, del mismo modo que elabora la racionalidad científica, también construye y estructura las racionalidades morales y pragmáticas alrededor de  determinados paradigmas (7).

En cuanto a la multiplicidad de perspectivas, en torno a las que los paradigmas se estructuran, se encuentra fundamentalmente tres, que son, en sentido amplio, las que corresponden a las percepciones o visiones de mundo inherentes a los procesos de la cultura: pragmática, mística y racional.

Según el modo de conjugarlas –o si se considera una de esas aislada–, son estructurados los principales paradigmas o las principales cosmovisiones que delimitan y balizan los modos de percepción, comprensión y actuación de los humanos en el mundo o bien estructura su modo de sentir, pensar y actuar en el planeta.

Conocimiento y reflexiones

En la hipótesis de única perspectiva de percepción, que además viene aislada y sin cualquier interacción con otras, se obtiene una visión monádica, que es la que percibe, teoriza y actúa en la realidad desde un enfoque unidimensional o a partir de una referencia única, de la cual resulta una percepción, una explicación o una experiencia excluyente (8) de otras posibilidades simultáneas en competencia o en cooperación.

Si se enfoca desde la perspectiva racional, científica, solo se considera lo que pasa por los criterios y cánones de los métodos y lógicas oficiales (9). Según este enfoque, no se admite otros conocimientos que no sean adquiridos por los métodos racionales.

En esta perspectiva, el conocimiento se resume a lo que proviene de la ciencia, pertinente a los procesamientos mentales lógicos, y niega la existencia o la posibilidad de conocer todo lo que no esté bajo su dominio. Por esto pone al margen todo el conocimiento y toda la realidad que no se encaje en su estructura lógica o que no cumpla sus criterios (10).

Sus más expresivas defensas se encuentran en las escuelas del positivismo o neopositivismo, en especial en contra de todo lo que tiene carácter metafísico. Por estos cánones se representa los paradigmas de las ciencias positivas, de la física clásica, de las especializaciones del conocimiento, etc. (11).

En este sentido, también resulta unidimensional o monádica la perspectiva funcional, pragmática o utilitaria cuando se abstiene de reflexiones abstractas y de fundamentos morales para la consecución de sus fines.

Será unilateral o monádica si sus fundamentos se reducen a uno de estos aspectos o bien si sus criterios se resumen al interés por resultados o por la utilidad (12).

Lo práctico, en general, se refiere a lo que efectivamente se lleva o puede llevarse a cabo en el terreno de la realidad, o aquello cuyo fin es llegar a ser en el orden de lo real y no algo meramente ideal; sin embargo, en este campo, a veces, también se juega con lo útil y se habla de la inutilidad de las teorías, de la ética, de la moral, etc. (13).

De la misma manera, resulta monádica la perspectiva de percepción de la realidad desde un enfoque exclusivamente intuicionista, sentimental, moral o místico, alejada de suficientes razonamientos y praxis (14). Así, también resulta reduccionista y unidimensional.

En la visión monádica, resultante del enfoque unidimensional, la percepción de la realidad suele presentarse con carácter de universalidad y necesidad, independiente de variaciones de contextos. Como se trata de enfoque unidimensional, de ahí resulta una única percepción posible, que se impone como excluyente, inmutable y verdad absoluta.

Se fundamenta en la razón (15), en la creencia (mito, fe) (16) o en la práctica (procesos) (17). Cualquiera de estos fundamentos, cuando es adoptado excluyendo otras posibilidades, rechaza todo lo que no satisfaga a los criterios establecidos en su perspectiva. Por esto limita, arbitrariamente, el conocimiento y la acción a sus dominios y establece orden único, excluyente y sectario. Se trata de un enfoque que representa parte de la realidad como si fuera la totalidad, por esto la distorsiona y la reduce.

Pensamiento unidimensional

El conocimiento en perspectiva monádica resulta del pensamiento lineal y se realiza en plano único, independientemente de las interconexiones necesarias en otros planos. Establece vínculos exclusivos y necesarios como los de causa-efecto, sujeto-objeto, etc. Su carácter lineal le impide abarcar  estructuras complejas.

Por su condición de pensamiento unidimensional, excluyente y reduccionista, las diferencias o variaciones de percepción, interpretación o conducta deben ser rechazadas, puesto que, en otras dimensiones, planos o perspectivas, son patológicas y contrarias a sus criterios. Ante esto, se concluye que se trata de un paradigma que no tiene estructura y complejidad suficiente para percibir, interpretar y actuar en realidades con más de una dimensión.

Con un enfoque así, cuando una dimensión de la realidad se revela, las demás se ocultan, puesto que no se permite que diferentes perspectivas coexistan. El orden conocido se desvanece si se cambia de perspectiva, puesto que la verdad reside en único plano o dimensión y se sostiene en la creencia de que las cosas son absolutas en el mundo objetivo y que se las conoce directamente y en su totalidad si son aisladas o separadas de las relaciones con las demás.

Se encuadra exclusivamente en la lógica clásica, donde cada proposición solo tiene un valor verdadero o falso, sin posibilidad de relacionar o agregar elementos de otras dimensiones del mismo sistema que permitirían respuestas diferentes (18).

Así pues, desde una percepción e interpretación monádica de la naturaleza –del orden natural de las cosas– y del orden social, en un ambiente cultural del subgrupo social dominante, se crearon innumerables variantes del Derecho natural, del Derecho positivo o bien del Derecho consuetudinario, con  absoluta unilateralidad y parcialidad de la responsabilidad o imputabilidad del sujeto individual o colectivo; todas las demás circunstancias y relaciones complementarias no son más que efectos o atenuantes colaterales.

Dimensión operativa

Por otro lado, en la segunda perspectiva, está la percepción diádica, la que, alejándose de la supremacía del orden estático, inmutable y absoluto, se vuelve al dinámico, al cambio y al transitorio, y se apoya en la contradicción o complementariedad de las partes, a pares, que van en confrontación o separadas en polos opuestos. En esta perspectiva, la dimensión operativa o la de relación de partes recibe más énfasis.

Así, desde las grandes esferas de la realidad, la espiritual y la material, hasta las más diminutas, todo tiene su par: ricos y pobres, capital y trabajo, ciencia y religión, buenos y malos, epistemología y fe, forma y contenido, ciencia y tecnología, teórico y práctico, subjetivo y objetivo, productor y consumidor, público y privado, etc.

Y todo se desarrolla hacía un lado o, al revés, hacia su negación, según el modo de percepción diádica que se adopte. Hay siempre dos valores y dos fuerzas que bajo diversos matices determinan la identidad del ser (19).

Continuará

Notas

1. Hobbes, T., Leviatán, Madrid 1977, Editora Nacional, p. 224.

2. Darwin, D., El origen de las Especies, Buenos Aires 1999, Errepar, pp. 82-88.

3. Gregori. W. Construcción Familiar-Escolar de los Tres Cerebros, Bogotá 2001, MacGraw-Hill Panamericana, p. 67. Según Harris, “el éxito de la teoría de Darwin de la supervivencia de los más aptos (que llamaba selección natural) incrementó enormemente la popularidad del punto de vista de que la evolución cultural dependía de la evolución biológica. Después de la publicación de El origen de las especies de Darwin, apareció un movimiento conocido como darwinismo social, que se basaba en la creencia de que los progresos cultural y biológico dependían del libre juego de las fuerzas competitivas en la lucha de individuo contra individuo, de nación contra nación y de raza contra raza. El darwinista social más influyente fue Herbert Spencer, quien llegó a abogar por el final de todos los intentos de proporcionar caridad y auxilio a los desempleados, a las clases pobres y a las así llamadas razas atrasadas, porque esta ayuda interferiría en la actuación de la así llamada ley de supervivencia de los más aptos, y porque simplemente prolongaría la agonía y haría más profunda la miseria de los no aptos. Spencer utilizó el darwinismo social para justificar el sistema capitalista de libre empresa, y su influencia continúa sintiéndose entre los partidarios del capitalismo sin restricciones y entre los partidarios de la supremacía de los blancos (Harris, M. Introducción a la antropología general, Madrid 1993, Alianza, p.619).

4. Popper, K., et al.,  El yo y su cerebro, Barcelona, 1982, Editorial Labor, p. 166.

5. Morin, E., El Método IV -  Las ideas, Madrid, 1992, Edit. Cátedra, p. 27.

6. Lanceros-Méndez, S., “Física”, Diccionario interdisciplinar de Hermenéutica, Bilbao 1997, Universidad de Deusto, p. 195.

7. Fourez, G., La construcción del conocimiento científico: Filosofía y ética de la ciencia, Madrid 1994, Editorial Narcea, p.182.

8. En realidad, esto se trata de un reduccionismo, que, en la lección de Quine, corresponde a que todo enunciado con sentido debe referirse a la experiencia inmediata (Quine, W.V.O., Desde un punto de vista lógico, Barcelona 1962, Ariel, p. 49). 

9. El auténtico conocimiento es el saber científico. Según Ayer, “para tener significado un enunciado debe ser o un enunciado formal, un enunciado que yo llamaría analítico, o empíricamente contrastable, y trataría de derivar este principio de un análisis del entendimiento. Diría que comprender un enunciado significa saber lo que es el caso si el enunciado fuera verdadero. Saber lo que es el caso si fuera verdadero quiere decir saber qué observaciones lo verificarían y esto significa, a su vez, estar dispuestos a aceptar ciertas situaciones como justificación de la aceptación o rechazo del enunciado en cuestión” (Ayer, A.J., El sentido de la vida y otros ensayos (recopilación), Barcelona 1992, Península, p. 55).

10. Según Morin, el humano no puede verse reducido a su aspecto técnico de homo faber (el hombre que hace o fabrica) ni a su aspecto racionalístico de homo sapiens. Hay que ver en él también el mito, la fiesta, la danza, el canto, el éxtasis, el amor, la muerte, la desmesura, la guerra (...) No debe despreciarse la afectividad, el desorden, la neurosis, la aleatoriedad. El auténtico humano se halla en la dialéctica sapiens-demens (Morin, E., El paradigma perdido: el paraíso olvidado. Ensayo de bioantropología. Kairós, Barcelona 1974, p. 230-235).

11. Para el Círculo de Viena, la filosofía debe proceder científicamente, conforme el positivismo, según el cual ella no investiga un campo propio de la realidad. Si se trata de una realidad empírica, ella se halla repartida entre las ciencias especiales; si se trata de una realidad no empírica, trascendente, no puede ser objeto del conocimiento. Los objetos tradicionales de la metafísica, un ser absoluto y también valores y normas absolutos, no pueden proporcionar un ámbito científico propio, pues las cuestiones y afirmaciones relacionadas con ellos no tienen ningún contenido objetivo; son únicamente pseudocuestiones y pseudoproposiciones (Kraft, V., El Círculo de Viena, Madrid 1977, Taurus, p. 204-208).

12. En el pragmatismo, afirma James, lo verdadero es solo lo ventajoso, de igual forma que lo justo es solo lo ventajoso en el modo de conducir” (James, W., El significado de la verdad, Aguilar, Buenos Aires 1980, p. 29-30). Así, el pragmatismo sería, pues, en primer lugar, un método y, en segundo, una teoría genética de lo que se entiende por verdad (James, W., Pragmatismo, Aguilar, Buenos Aires 1973, p. 65).

13. En la opinión de Bunge, para que el saber sea científico, no basta que sea verdadero. En cambio, debe-se saber cómo se ha llegado a saber, o a presumir, que el enunciado en cuestión es verdadero. Debe-se ser capaz de enumerar las operaciones (empíricas o racionales) por las cuales se verifica (confirma o desconfirma) de una manera objetiva, al menos en principio. Afirma: “quienes no deseen que se exija la verificabilidad del conocimiento deben abstenerse de llamar ‘científicas’ a sus propias creencias, aun cuando lleven bonitos nombres compuestos con raíces griegas. Se les invita cortésmente a bautizarlas con nombres más impresionantes tales como reveladas, evidentes, absolutas, vitales, necesarias para la salud del Estado, indispensables para la victoria del Partido, etcétera” (Bunge M., La ciencia, su método y su filosofía, Buenos Aires 1972, Siglo Veinte, p. 62).

14. Para Abellán, la mística puede ser estudiada desde la actividad filosófica y como una variedad muy característica y peculiar de la misma. Con Menéndez Pelayo afirma en los siguientes términos: “El místico, si es ortodoxo, acepta esta teología (la católica), la da por supuesto y base de todas sus especulaciones, pero llega más adelante: aspira a la posesión de Dios por unión de amor y procede como si Dios y el alma estuviesen solos en el mundo. Este es el misticismo como estado del alma, y su virtud es tan poderosa y fecunda que de él nacen una teología mística y una ontología mística en que el espíritu, iluminado por la llamada de amor, columbra perfecciones y atributos del ser al que el seco razonamiento no llega; y una psicología mística que descubre y persigue hasta las últimas raíces del amor propio y de los afectos humanos, y una poesía mística que no es más que la traducción en forma de arte de todas estas teologías y filosofías animadas por el sentimiento personal y vivo del poeta que canta sus espirituales amores” (Abellán, J.L., Historia del pensamiento español. De Séneca a nuestros días, Madrid 1996, Espasa, p. 245-246).

15. Mosterín, J., Racionalidad y acción humana, Madrid 1978, Alianza, p. 17-23; Olivé, L., Racionalidad, objetividad y verdad, en L. Olivé (ed.), Racionalidad epistémica, Trotta-CSIC, Madrid 1995, p. 94-95.

16. Malinowski, B., Magia ciencia y religión, Madrid 1978, Guadarrama, p.26-27; Wartofsky, M. W., Introducción a la filosofía de la ciencia, Madrid 1973, Alianza, vol. I, p. 70-71.

17. James, W., Pragmatismo, Ed. Aguilar, Buenos Aires 1973, 5ª ed., p. 169.

18. Tradicionalmente, desde Aristóteles se considera que son tres las leyes generales del pensamiento. Estos primeros principios (principios indemostrables) que rigen la actividad correcta del pensar son: de identidad, de la no contradicción y del tercero excluso (Aristóteles. Metafísica (XI, 5), Espasa Calpe, Madrid 1988, p. 279-280).

19. En las distintas manifestaciones de dualismo, total o parcial, los pares de elementos opuestos se expresan en un sistema dado. Las dualidades más conocidas son: caliente-frío, seco-húmedo, limitado-ilimitado (en los presocráticos), luz-oscuridad, mundo visible-mundo inteligible (en Platón), materia-forma, acto-potencia (en Aristóteles), sujeto-objeto, mente-cuerpo (en la tradición occidental). Estas dualidades son a veces constitutivos básicos del mundo o aspectos formales fundamentales de un sistema metafísico (Guthrie, W.K.C., Historia de la filosofía griega, Madrid 1984, Gredos, vol. I, p. 242).

Es abogado brasileño. El texto es un extracto de su Tesis doctoral Aproximación al concepto del Derecho desde la perspectiva triádica: Descripción de su estructura, su dinámica y su finalidad, disponible en eumed.net/tesis/sb/

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