La Gaceta Jurídica

El periodismo político desde una óptica ética

El Señor Justicia

Carlos Conde Calle

00:00 / 14 de marzo de 2014

El futuro es, definitivamente, de los periodistas que cultivan alguna especialidad; como Andrés Gómez, entre los pocos. Algunos continuarán, seguramente, siendo periodistas “especialistas” en todo, lo que degenera el periodismo; el manejo poco serio y hasta irresponsable será el sino de estos periodistas.

No cabe duda que la llamada fuente política no desaparecerá; más, por el contrario, continúa en ascenso. Si el 80% de las noticias corresponde al campo judicial; el 15% es noticia política y el 5 restante acomete las otras fuentes (me remito a los periódicos y canales de televisión).

En un próximo libro haré una discriminación conceptual entre comunicación política, que no tiene nada que ver con el periodismo político; explicaremos el significado del marketing político y comunicación gubernamental. En términos generales, diríamos que el  periodismo político hace relación con las tareas de informar sobre actores políticos, su centro, y apela para su cometido a todos los géneros periodísticos (de opinión e informativos).

Dentro del sistema político debemos interrogamos si el periodista es un actor político o es un informador. Para muchos, particularmente los que beben de las aguas del marxismo –comunicacionalmente inspirados en Lenin, Gramsci o Camilo Taufic– el periodista es un actor político; dicho de otro modo, el periodista no puede ni debe ser imparcial; el periodista debe comprometerse con los proceso políticos, debe coadyuvar a los procesos de cambio. ¡Idiotas, dejen de hacerse los imparciales, digan a quién sirven!, dicen los de esta corriente.

Es legítimo que así piensen y se respeta. Sin embargo, las corrientes democráticas (y hasta liberales) ven al periodista no como actor político, sino como un mero informador y, si emite opiniones, lo hace como periodista y no como actor político. Si el periodista establecería esta básica diferenciación, realizaría cada día su tarea más profesionalmente.

Este es un dilema estructural; por ello mismo, comporta un dilema ético. En el primer teorema, no sería prudente que el periodista deje los medios de comunicación social e ingresé a un partido político, forme el suyo y se dedique con ahínco a esta noble actividad (porque es también una profesión).

Si el periodista encuadra en la segunda proposición teórica, le está vedado tomar posiciones políticas dentro de las notas o noticias que narra y, si quiere erigirse en un orientador, use los géneros de opinión; el periodista es como un juez, debe observar actos de imparcialidad. No es éticamente correcto que, v. gr., un periodista identificado con un partido informe –y no digo opine– dolosamente sobre los datos de otra tienda. Por supuesto que es reprochable.

Algún periodista de un canal de televisión dice: “si en la calle observo que un señor golpea a un niño voy a mirar pasivamente”. Antes que nada es periodista y debe comunicar a los órganos policiales. Lo que ocurre es que, como cometieron el gran error de su vida, ser militantes de un partido, exigen a los que no militamos en partido político alguno nos inscribamos a uno o, cuando menos, digamos públicamente nuestras simpatías.

Unos y otros saben que el periodista que optó por la acción política, debe pagar un precio, perdió o, cuando menos, hipotecó su credibilidad. Ahí están periodistas que fracasaron en la acción política, y como si nada vuelven a la radio o televisión. ¿Quién les cree? No pueden decir nada; pero les creen los lectores, radioescuchas y televidentes que militan en el partido del que es militante el periodista y punto.

Al periodista que cubre esta fuente se le aplican los principios y normas éticas recogidas en los códigos de deontología. Aquí no es mi ánimo desempolvar el viejo tema de si existe o no la OBJETIVIDAD. Claro que existe, no como ideal, sino como hecho real y todos debemos luchar por aproximarnos; lo que no existe es la OBJETIVIDAD ABSOLUTA.

Esto quiere decir que, al momento de actuar, el periodista que cubre la fuente política debe informar los hechos tal cual ocurrieron y no incorporar sus deseos personales (sus odios o inquinas). No puedo aprovechar mi cargo de periodista para hacer daño deliberadamente y de mala fe a los actores políticos. En ese sentido me está completamente vedado que, como periodista, por ejemplo, lance amenazas, calumnias y vituperios contra los políticos que trabajan en mi fuente.

Es en ese marco, uno de los deberes éticos es el respeto a la intimidad y privacidad de las fuentes. El político, no importa en qué cargo se encuentre, tiene derecho a gozar de su intimidad en un marco de privacidad. Por eso no corresponde informar sobre hechos personalísimos de la fuente, por ser muy íntimos; v. gr. la enfermedad que pueda padecer, su opción sexual, su condición de casado o divorciado.

Aunque los hechos fueren ciertos no deben publicarse; el entorno de la persona constituye el hábito privado; por ejemplo, no puedo informar si fue o no padrino de bautizo; que estaba bebiendo en un bar; que tiene relaciones extramatrimoniales; que tiene un juicio de división y partición de herencia; que pago o no impuestos; son hechos privados que no son susceptibles de información. Son hechos que, aunque no sean informables, merecerán la sanción que corresponde en los espacios judiciales.

Lo peor que puede ocurrir es que el periodista, sea utilizado por una fuente para dañar a otro político. El periodista debe saber mínimamente que en el escenario político hay dos sujetos: oficialismo y oposición. El periodista no puede prestarse a los intereses de una de las partes; peor aún si el periodista, para consumar el hecho doloso, se atiene al secreto profesional. La fuente debe ser siempre citada. El mal llamado PERIODISMO DE INVESTIGACIÓN suele trabajar con documentos que son ofrecidos por un interesado para dañar a un tercero. Otro de los dilemas éticos está vinculado a los tiempos electorales. Los periodistas, no deben manipular la información, para favorecer al candidato de su predilección.

Es una terrible falta ética que un periodista se dedique todos los días a mostrar sólo las fortalezas del gobierno y no mostrar sus debilidades o que el periodista, deliberadamente, favorezca a los partidos de oposición y que le endilgue todos los males al gobierno.

Los periodistas, en tiempos electorales, deben demostrar su independencia, expresando en IMPARCIALIDAD. Ser imparcial, es no comprometerse con los actores políticos (oficialistas u opositores).

Otro de los temas que traduce dilemas éticos está en los géneros de opinión. El periodista puede escribir artículos o sostener columnas periódicas. Aquí es difícil, por no decir imposible, ser objetivos; pero podemos observar un mínimo de imparcialidad. Para esto último, el periodista requiere ser ANALISTA y no expresar meras opiniones; dicho de otro modo, el periodista, trasciende de la doxa al epísteme. Si el artículo o la columna son serios y responsables, apelará el uso de categorías políticas previa delimitación de su objeto.

Finalmente, el periodista no debe entrar en la acción política. Pero la política seduce, de lo contrario, muchos periodistas no habrían podido entrar en esa arena. El dilema ético es que, si entraron a la acción política, no deben ni pueden volver a los medios de comunicación. Si retornan han perdido su credibilidad, les creerán solamente los militantes del partido que militó.

En lo personal, esta es la segunda vez que escribo sobre el mismo tema, si algún día entrare a la acción política dejaría la radio y la televisión para nunca más volver a mi oficio de periodista. Lamentablemente, es el precio que se debe pagar, por si no lo sabían.

Es experto en Derecho de la Información.

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