La Gaceta Jurídica

El poder de la justicia en la Galicia bajomedieval

El poder de la Justicia

El poder de la Justicia FOTO: elretodelbardo.blogspot.com

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Barros*

00:00 / 06 de abril de 2016

Parte Final

La historia social de las mentalidades descubre la existencia de una dimensión de la justicia medieval como poder muy poco estudiada y conocida: la dimensión mental colectiva.

La mentalidad justiciera de la gente común (1) del campo y de la ciudad es una fuerza social que no dispone de un reflejo institucional estable –y, por lo tanto, está menos sujeta a los condicionamientos específicos de la cultura escrita y legal– pero actúa diariamente, lo podemos observar analizando los múltiples pleitos y pliegos de querellas conservados.

En momentos de crisis social se puede hasta redoblar la capacidad de intervención histórica eficaz de la justicia como mentalidad popular. Las duraderas consecuencias mentales, sociales y económicas del impulso justiciero irmandiño, son un excelente pa- radigma de ello.

Así, el resultado de nuestra investigación sobre mentalidad y revuelta en los prolegómenos de la Galicia moderna confirma, en líneas generales, la teoría del doble uso histórico del derecho (2) por parte de las clases dominantes y de las clases subalternas y la teoría de la supervivencia, en la Edad Media, de una concepción ascendente, populista del derecho y del poder, en pugna con la concepción dominante, descendente, teodrática y monarquista (3).

El carácter contractual del feudalismo favorece la manifestación de dicho dualismo (4). Ahora bien, para situar al derecho y a la justicia en el centro del movimiento –siempre tempestuoso– de la historia concreta, es preciso considerar, junto con la dialéctica general de las clases y de las culturas, que la historia la hacen los hombres y que estos se mueven, intervienen en cada coyuntura (fruto de una combinación irrepetible de elementos que escapa a cualquier tentativa reductora), en función de la representación social que tengan de la justicia –y de otros ideales–.

La representación abarca la idea consciente de la justicia, los sentimientos que genera y el imaginario colectivo que la envuelve (5).

Michel Foucault, en 1972, en una entrevista sobre la justicia popular, reiteraba el carácter señorial, coactivo, basado en la fuerza armada, de la justicia medieval, medio institucionalizado de apropiación del excedente económico y el carácter antijudicial de la protesta popular: En las grandes sediciones a partir del siglo XIV se combate regularmente a los agentes de la justicia por las mismas razones que a los agentes de la fiscalidad y de forma general a los agentes del poder (6).

En nuestra opinión, se trata de una visión en exceso restrictiva de las revueltas y de la conflictividad social bajomedieval. En la revuelta irmandiña, por ejemplo, se puede decir que los agentes reales de la justicia estaban con la rebelión y los agentes del poder señorial eran más bien el adversario.

Realmente, ¿es posible un levantamiento colectivo sin que sus protagonistas se sientan impulsados por una legitimación justiciera? A la hora de estudiar, en cada caso concreto, la vertiente justiciera de la mentalidad de revuelta no basta con perfilar la toma de conciencia a partir de la praxis social y de la tradición oral, hay que considerar, y mucho, la reutilización popular de la idea dominante de la justicia proveniente de la cultura escrita, sobre todo cuando las ideas dominantes están en crisis, en proceso de recomposición.

La justicia en lo cultural

En relación con la justicia, como en otros temas, la interpenetración de la cultura popular y subalterna con la cultura erudita y hegemónica, es un hecho indudable.

Es conveniente insistir en las diferencias entre el uso de la justicia como factor de conservación y como factor de cambio.

Lo primero predomina mientras el sistema medieval permanece estable y es capaz de asegurar el ejercicio de la justicia en condiciones que a la gente común le parecen normales; tiene un contenido de clase señorial, que Foucault recoge bien, y entraña una justicia institucionalizada.

Lo segundo emerge desde la base popular de la sociedad conforme la concepción descendente –que había puesto en las manos de los señores feudales el poder de la justicia– fracasa; es un fenómeno menos episódico, periféricamente o nada institucionalizado que asume, en el momento de la ascensión, contenidos de clase populares y antiseñoriales, y que basa su fuerza impulsora en la mentalidad social.

Ello es posible porque en la Edad Media el derecho y la justicia no eran concebidos como algo ajeno a la sociedad civil, como un tarea del Estado y de una voluntad racionalizadora exterior, sino que se confundía con la defensa de la existencia de la comunidad o del honor de la persona (7); estas, al sentirse amenazadas, hacen valer la alternativa de intervención que el derecho consuetudinario, e incluso legal, medieval les ofrece.

El caso es que sin esta participación de la comunidad civil la justicia pública no se habría impuesto fácilmente (al menos en Galicia) a una justicia señorial decadente que se negaba a dejar sitio libre a nuevas realidades, a nuevas necesidades.

Jean Froissart denostó a los rebeldes de la jacquerie y de la ciudad de París acusándolos de todo tipo de crímenes y delitos (8). Actitud descalificadora de los cronistas, y aún de la cultura escrita, bastante habitual que, sin embargo, pasa a ser un fenómeno marginal (9) cuando estudiamos los testimonios que aportan las fuentes posteriores acerca de la revuelta irmandiña y de las hermandades en general.

Lo normal es encontrarnos con elogios a la labor justiciera de las hermandades del tiempo de Enrique IV; así, hacia 1592, Juan de Mariana escribió: Veíanse robos, agravios y muertes sin temor alguno del castigo, por estar muy enflaquecida la autoridad y fuerza de los magistrados. Forzadas por esto las ciudades y pueblos, se hermanaron para efecto que las insolencias y maldades fuesen castigadas. A las hermandades, con consentimiento y la autoridad del Rey, se pusieron muy buenas leyes para que no usasen mal del poder que se les daba y se estragasen (10)

En general, las actitudes colectivas adversas a los hechos de 1467 en el reino de Galicia eluden la cuestión de la situación de la justicia antes del levantamiento popular y, por tanto, la legitimación de este como una masiva puesta en práctica del derecho medieval de resistencia; silencio que, en el contexto de la polémica que siguió a la revuelta, equivale a una confesión tácita.

La conciencia antiseñorial

La visión popular y la visión cortesana de la justicia, que convergieron en posibilitar la revuelta gallega, vienen de lugares diferentes y apuntan a objetivos distintos.

El padre Mariana reflejó esta distinción cuando, en la cita precedente, explicó que el rey autorizó las hermandades (...), dándoles leyes para que no se extralimitaran en su poder.

De hecho, el mismo Enrique IV, de 1458 a 1460, remitió varias cartas a los caballeros y a los ciudadanos y demás vasallos del arzobispo de Santiago, Rodrigo de Luna, emplazándolos para que dejaran de agraviar al arzobispo, a quien deben, de derecho, obedecerle y pagarle las rentas (11).

Unos años antes de la revuelta antiseñorial de 1467, Enrique IV aparece alineado con el señor arzobispo contra los vasallos, y trata de volcar el peso de la justicia real sobre los rebeldes: prueba evidente de la maleabilidad del concepto medieval del Derecho y de que el modelo popular de justicia fue impuesto en la coyuntura de 1467 superando, además del obstáculo de la oposición señorial, las resistencias previas de quienes sostenían una visión progresiva pero descendente de la justicia.

Otro ejemplo de las dificultades que tuvo que atravesar la justicia popular en su camino emergente son las resistencias provenientes de la misma hermandad.

El 24 de febrero de 1468, la Junta de Madrigal de la Santa Hermandad de los Regnos de Castilla e Leon e Toledo, a petición del conde de Lemos, escribió a la hermandad de León y del Bierzo para que cesen los levantamientos contra el dicho conde e suyos, incluyendo los máximos dirigentes hermandinos estos levantamientos y los cercos a las fortalezas, entre los males, e dapnos, e robos, e fuerças, ya que el conde y los suyos eran e son nuestros hermanos (12).

Es decir, un sector de la hermandad en Castilla-León, pero también dentro del reino de Galicia, no estaba de acuerdo en fundir la idea de la justicia con la conciencia antiseñorial, persiguiendo a los caballeros como malechores, cuestionando, en definitiva, el uso alternativo y popular del poder de la justicia que se estaba haciendo en Galicia y sus zonas limítrofes.

A finales de la Edad Media, el término injusta (13) e injustamente (14) era de utilización corriente en la cultura escrita. Sin embargo, en la cultura oral, significativamente, no consta su empleo.

Las ideas dominantes reutilizadas, la Justicia, el Rey y Dios, se expresaban siempre en positivo; los protagonistas de la revuelta ubicaban esos grandes conceptos en el conjunto mental favorable (15), no concibiendo una situación permanente de no-justicia, lo que, seguramente, no facilitaba el empleo cotidiano y popular de la palabra injusticia.

La paradigmática revolución irmandiña puso en evidencia las raíces populares del Estado moderno, que solo pudo imponer a los señores gallegos la justicia pública, pieza clave del nuevo poder, después de que los populares demolieran durante un tiempo las bases éticas y físicas (fortalezas) de la justicia señorial.

No es la feudalidad sino el pueblo quien buscó y logró apoyo en el poder centralizado en la coyuntura de revuelta de 1467 en Galicia. El paso en la Baja Edad Media del rey-juez al rey-legislador (16), ¿hubiera sido posible sin entrar en la escena la gente común? Difícilmente.

La monarquía absoluta viene a ser la solución sintética que da respuesta a demandas planteadas por las clases populares, si bien de manera parcial y jerárquica, y a los problemas graves de inadaptación y falta de consenso social que tenía la nobleza que dirigía la sociedad civil bajomedieval, si bien sacrificando intereses inmediatos de los señores feudales en aras de intereses más generales de la población y de intereses más a largo plazo de la clase señorial.

En el tema fundamental de la justicia, como en otros, el uso alternativo y popular es un mecanismo regulador de la sociedad medieval, cuya puesta en práctica permite salir de la crisis bajomedieval y poner los cimientos de la modernidad del único modo realmente posible, el de contar con todas las clases sociales en presencia.

La intervención popular en el proceso de transición de la Edad Media a la Edad Moderna se resume bastante bien si decimos que fue una lucha por la justicia, esto es, una lucha de mentalidades, política y social, una lucha por un objeto ideal y por el poder y por las rentas y el señorío jurisdiccionales, todo lo cual estaba en aquel momento en curso de reestructuración en estado provisional.

Revuelta Irmandiña (Wikipedia)

La Revuelta Irmandiña, Gran Guerra Hermandina o A Gran Guerra Irmandiña (en gallego), fue una revuelta social que tuvo lugar en Galicia, España, entre 1467 y 1469; fue, posiblemente, la mayor revuelta europea de todo el siglo XV.

Comenzó en la primavera de 1467 en Galicia, en una situación de conflicto social (hambre, epidemias y abusos por parte de la nobleza gallega) y político (guerra civil en Castilla).

A Santa Irmandade (La Santa Hermandad), surgida y justificada por tal situación, se tornó en una revuelta como reacción a un sentimiento acumulado de agravio por los males y daños que el pueblo recibía de los nobles de las fortalezas. Con la unión dinástica entre los reinos de León y Castilla en 1230, Galicia se convirtió en una posesión dependiente de la Corona de Castilla. El gran peso rural en la estructura económica y la enorme influencia nobiliaria, tanto laica como eclesiástica, convirtieron a Galicia en una importante parte de la Corona.

El gran poder del clero y la nobleza en ella supusieron una gran molestia para la Corona. Esta nobleza (los Osorio en Monforte de Lemos y Sarria, los Andrade en Pontedeume, los Moscoso en Vimianzo, los Sarmiento, los Ulloa, los Sotomayor, etc.) cometía numerosos abusos que iban desde el patrocinio del bandolerismo señorial hasta el incremento desorbitado de la presión fiscal.

El campesinado fue la víctima más acusada de los abusos señoriales y, por tanto, protagonizó diversas revueltas contra la nobleza. Las más importantes fueron la Irmandade Fusquenlla, en contra sobre todo de los señores episcopales, y la Gran Guerra Irmandiña.

Irmandade Fusquenlla

La Irmandade Fusquenlla (Hermandad Fusquenlla) se formó en 1431, en las tierras del señor de Andrade, por la extrema dureza con la que Nuno Freire de Andrade, o Mao, trataba a sus vasallos.

La revuelta se inició en las comarcas de Pontedeume y Betanzos y se expandió por los obispados de Lugo y Mondoñedo e incluso el arzobispado de Santiago de Compostela. Roi Xordo, un hidalgo de baja estirpe de La Coruña, dirigió las tropas de la Irmandade Fusquenlla. Pereció en la represión posterior a la derrota irmandiña (1435).

Gran Guerra Irmandiña

La Gran Guerra Irmandiña (Gran Guerra Hermandina) ocurrió entre 1467 y 1469. Los preparativos para la formación de una Irmandade Xeral (Hermandad General) empezaron en los años anteriores por parte de Alonso de Lanzós y con el apoyo de varios ayuntamientos (La Coruña, Betanzos, Ferrol, Lugo), que actuaron como motores iniciales del movimiento.

En este caso, la revuelta irmandiña fue una auténtica guerra civil por la participación social que tuvo.

Años consecutivos de malas cosechas y pestes provocaron una revuelta popular. Según los testigos del juicio Tavera-Fonseca, los “irmandiños contarían con unos 80.000 efectivos. En la organización y dirección de la guerra irmandiña participaron varios grupos sociales: campesinos, gentes de ciudades, baja nobleza, hidalguía e incluso miembros del clero (varios miembros de la estructura eclesiástica apoyaron económicamente a los irmandiños)”.

Los jefes del movimiento pertenecían a la baja nobleza (hidalgos). Pedro de Osorio actuó en el centro de Galicia, sobre todo en la zona compostelana, Alonso Lanzós dirigió la revuelta en la zona norte de Galicia y Diego de Lemos encabezó las acciones irmandiñas en el sur de las provincias de Lugo y norte de Orense.

El auge del movimiento irmandiño fue posible por la existencia de lo que el estudioso Carlos Barros llamó “mentalidad justiciera y antiseñorial” de la sociedad gallega bajomedieval, que rechazaba las in- justicias cometidas por los señores, considerados popularmente unos “malhechores”.

Los enemigos de los irmandiños fueron fundamentalmente nobles laicos, dueños de castillos y fortalezas y encomenderos de las principales iglesias y monasterios. Los irmandiños destruyeron alrededor de 130 castillos y fortalezas durante los dos años de la guerra irmandiña.

Los linajes Lemos, Andrade y Moscoso fueron el blanco preferido de los irmandiños. Los irmandiños, por el contrario, no atacaron a los eclesiásticos. En un primer momento, parte de la nobleza que sufrió la ira de los irmandiños huyó a Portugal o Castilla.

En 1469, Pedro Madruga inició desde Portugal el ataque feudal con el apoyo de otros nobles y de las fuerzas del arzobispo de Santiago de Compostela. Las tropas feudales, que contaban con una mejor maquinaria de guerra (las tropas de Pedro Madruga usaban modernos arcabuces), vencieron a los irmandiños, arrestando y matando a sus líderes.

La victoria de las tropas de Pedro Madruga fue posible, en parte, por el apoyo de los reyes de Castilla y Portugal, además de la división de las fuerzas irmandiñas.

Notas

1. Una cosa es la ley escrita y otra bien distinta la mentalidad popular, lo pudimos comprobar al indagar la tipología y la jerarquía delictiva, según los casos de Corte, las querellas populares y los casos de hermandad, véase A mentalidade xusticieira dos irmandiños, pp. 131 ss.

2. Véase José María LASO PRIETO, “Sobre la teoría del uso alternativo del derecho”, II Congreso de teoría y metodología de las ciencias, II, Oviedo, 1984, pp. 559-566.

3. Walter ULLMANN, op. cit., pp. 23-28.

4. Ídem, pp. 27, 156.

5. Cornelius CASTORIADIS, L'intitution imaginaire de la société, París, 1975, pp. 162 ss.

6. Michel FOUCAULT, Mocrofísica del poder, Madrid, 1978, pp. 48-50.

7. Manuel GARCÍA-PELAYO, La idea medieval del derecho, Caracas, 1962, p. 3.

8. Jean FROISSART, Crónicas, Madrid, 1988, pp. 177 ss.

9. En 1622, Malaquías de la Vega, puesto de parte del conde de Lemos, escribió sobre la hermandad gallega de 1467: “porque aviendosse instituido para librar a los agraviados, ellos haçian mayores agravios a los pobres, y flacos, y a los poderosos que querian destruir), y contraraçon y justiçia, tomaron al Conde de Lemos todas sus tierras, destruyendole las fortalezas, y robandole sus bienes, y los de sus vasallos”, Chronologia de los jueces de Castilla, BN, ms. 19418, fol. 341.

10. Historia de España, Obras del padre Juan de Mariana, BAE, II, Madrid, 1854, p. 163.

11. Archivo Histórico Diocesano de Santiago, Fondo General, leg. 21, fol. 104, 108, 130 v.

12. Archivo de E.J. Pardo de Guevara, Madrid.

13. “e suplico mandasemos revocar e dar por ninguna la dicha sentençia, como ynjusta e muy agraviada”, 1497, carta ejecutoria de la Chancillería de Valladolid sobre el pleito mº Vilar de Donas/conde de Monterrey, publica José Luis NOVO CAZóN, El priorato santiaguista de Vilar de Donas en la Edad Media (1194-1500), A Coruña, 1986, p. 473.

14. “sin tener para ello cabsa alguna que justa fuesse salvo la malicia de tener á la dicha su parte sin hacienda ynjustamente y pidio ser enmendada la dicha sentencia”, 1515, carta ejecutoria del pleito Sancha de Lobera/García Sarmiento (copia), Archivo del Museo de Pontevedra, Colección Sampedro, caja 11.

15. A mentalidade xusticieira dos irmandiños, Vigo, 1988, pp. 69-83.

16. Manuel GARCíA-PELAYO, La idea medieval del derecho, Caracas, 1962, p. 46.

*    Es investigador y docente de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Santiago de Compostela, España.

Tomado de: h-debate.com

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