La Gaceta Jurídica

La política del culto a la imagen

De caciques y caudillos

La utilización de la imagen de culto ha sido porfiada para el poder político.

La utilización de la imagen de culto ha sido porfiada para el poder político. Foto: es.forwallpaper.com

Henry A. Pinto Dávalos

00:00 / 01 de agosto de 2014

El flamante presidente de Costa Rica, Luis Solis Rivera, quien ganó las elecciones hace dos meses con un 78 por ciento de votación representando a una fuerza de centro izquierda, ha establecido ­–decreto mediante– una disposición sui géneris dentro la cultura política latinoamericana prohibiendo que, en las reparticiones públicas (incluidos embajadas y consulados), se practique culto a su imagen.

La restricción que alcanza no sólo a su nombre, sino también a su imagen, afirma que “toda obra es pública y no de un Gobierno”, expresando de ese modo una de las consignas centrales de su Partido Acción Ciudadana que señala que el “protagonismo está en los movimientos sociales y no en personalidades específicas”; además, el día de su posesión se izó la bandera de la diversidad sexual, rompiendo los estereotipos de la cultura política latinoamericana, muy afecta al culto a la personalidad.

En efecto, uno de los problemas centrales de nuestras ambivalentes democracias radica justamente en la tendencia casi indiscutible de la cultura del “caudillo”, del “líder”, del “jefecito” incuestionable que manda en el partido desde su fundación hasta su muerte, definiendo la suerte no sólo de sus leales seguidores, sino del país que debe, en muchos casos, soportar (melo) dramas particulares como si fueran parte del debate estatal, al punto tal que con su deceso desaparece la organización partidaria, tal como sucedió al mnr de Paz Estensoro, al ps-1 de Quiroga Santa Cruz y a la adn de Banzer, y sucedería con el mir de Jaime Paz, la nfr de Reyes Villa y el mas de Evo Morales, donde todo puede pasar, menos el jefe nacional.

En todos estos casos, las organizaciones partidarias, por más democráticas que pretendan ser, impulsan en los hechos organizaciones verticales concentradas y centralistas del poder, donde el dedo o la venia del “número 1” es vital, puesto que define tanto políticas de Estado como puestos burocráticos de relevancia en sectores “estratégicos” del Estado, así naciendo las “roscas” expuestas por Zavaleta, Almaraz y Montenegro, quienes denunciaron la existencia de un poder fáctico al interior del Estado conocido como la “rosca minero-feudal”, gerente del “Superestado Minero” en la Bolivia del siglo xix.

Al presente, si bien es cierto que con el mas en el Gobierno se ha impulsado cambios relevantes en cuanto a la institucionalidad del Estado, incorporando algunas instituciones de la democracia radical como la revocatoria del mandato o el control social, poco o nada se ha transformado en la cultura política de nuestro país, donde la tendencia al caudillismo se ha acentuado. A diferencia de lo que sucede en Costa Rica, no se puede entender la política en Bolivia sin el “culto al líder”, al grado que tampoco la historia cotidiana y el devenir de nuestra colectividad no se podría concebir sin comprender el rol de este liderazgo que define absolutamente todo.

El culto a la imagen del “líder” es la mejor forma de ganar réditos al interior de la organización, evitando cualquier crítica o comentario desagradable para el “jefe”, al punto que éste se convierte en verdadero duce (líder) que dirige todo: es jefe de Estado, jefe del partido, de las Fuerzas Armadas, dueño de la empresa, de la organización sindical, el 10 del equipo de fútbol, etc. En fin, lo es todo, todo un emperador en tiempos de democracia intercultural.

Es catedrático de Derecho y Ciencia Política (UMSS).

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