La Gaceta Jurídica

La punta del iceberg del racismo

Los recientes ataques racistas y xenófobos a la comunidad boliviana de Río Cuarto (segunda ciudad cordobesa, Argentina), absolutamente repudiables y causalmente injustificables, son graves no sólo en sí mismos, sino como sintomáticos de un estado de espíritu común a la gran mayoría de los argentinos. Debemos decirlo y sentir vergüenza ajena por lo que representan.

Los migrantes bolivianos protestaron contra la ola de xenofobia desatada en esa ciudad.

Los migrantes bolivianos protestaron contra la ola de xenofobia desatada en esa ciudad. Foto: telediariodigital.net

Roberto A. Ferrero

00:00 / 12 de septiembre de 2014

Existe en Argentina –que se enorgullece de la inexistencia de antisemitismo– un extendido prejuicio contra los inmigrantes de países limítrofes y de Perú. Los únicos que no lo sufren son los uruguayos, tan iguales a nosotros en su cultura, fisonomías y apellidos que los consideramos una especie de argentinos en el exilio de la Banda Oriental.

Pero los demás son víctimas de un racismo de raíz europea que no es explicado por la fórmula tan de moda de “odio a lo diferente” u “odio al otro”. Esta es una fórmula vacía, no dice qué características particulares tiene “el otro” para ser repudiado. Argentina es un país de población altamente mestizada, aunque esta no lo admita y se considere “blanca” y muy europea por el elevado grado de descendientes de italianos, españoles, judíos, franceses, etc. que la integran. Los argentinos en general consideran racialmente inferiores a nuestros hermanos latinoamericanos a los que atribuyen –a contrapelo de los hechos– rasgos de pereza, delincuencia e ignorancia.

Pero los estudios de genética y demografía histórica en desarrollo revelan gran cantidad de sangre africana y de pueblos americanos originarios que corre por nuestras venas. El mito de la “nación blanca” comienza a caerse.

Sólo una fracción ilustrada racional y democrática ha superado ese prejuicio. En cambio lo sienten prácticamente todas las fracciones de la clase dominante, sólo que lo disimulan por conveniencia: el Mercosur y el creciente comercio interlatinoamericano exigen ponerle buena cara a venezolanos, peruanos y nacionalidades vecinas. Bussines are bussines…

En cuanto a su instrumento político-electoral, la partidocracia neoliberal también es racista, pero, acostumbrados sus miembros al disimulo y al engaño, lo ocultan porque saben que es “políticamente incorrecto” expresar semejante sentimiento. Sin embargo, algunos de sus integrantes, afectados de incontinencia verbal rompen los moldes de la prudencia y dejan escapar juicios despectivos comunes al abanico político.

Este racismo y xenofobia de políticos, industriales y demás negociantes sería menos insufrible si fuera rechazado por los sectores populares. Pero la mayoría del pueblo argentino comparte esta animosidad. Desde los calificativos “paternalístico-despectivos” y pseudo-cariñosos (bolitas, chilotes, paraguas, perucas) hasta los “injuriante-calumniosos” (ladrón, vago, ratero) hay un arco que se recorre en circunstancias de crisis.

Este sentimiento de superioridad que para mantenerse debe inferiorizar, puede apreciarse todas las semanas en dos ámbitos de masa: estadios y escuelas. En los primeros son los cánticos ofensivos y denigratorios; en las segundas la burla y aun los ataques físicos a niños nacidos de las comunidades de inmigrantes. Una de ellas, la de los bolivianos, acaba de tener en Río Cuarto su “noche de los cristales rotos”.

La fraternidad latinoamericana es aún cuestión de minorías. No ha calado en las masas. En este tema tan delicado y descuidado hace falta una real “revolución intelectual y moral”, como preconizaba Gramsci. Ella debería desplegarse --sin dejar de sancionar a los culpables de actos de discriminación concretos y constatados-- desde todos los aparatos de reproducción ideológica del país, en especial desde la escuela, para inculcar a los niños y a la juventud los valores esenciales de la solidaridad latinoamericana, combatiendo y explicando los puntos de vista del opresor europeo (ahora yanqui) que las grandes mayorías lamentablemente han introyectado después de 150 años de prédica constante y sistemática. Razón tenía Marx al decir que la cultura de una época es la cultura de la clase dominante.

No obstante, los resultados de esa prédica recién se verán en las generaciones por venir. El físico francés Louis de Broglie dijo que la teoría ondulatoria de la luz se impondría sobre la teoría corpuscular no porque los sostenedores de esta última fueran convencidos, sino porque morirían y los físicos de las nuevas promociones aprenderían la primera…. Lo mismo cabe decir del racismo en América Latina, en especial en Argentina.

Junto a la exigencia de enseñar fraternidad y solidaridad a las nuevas generaciones, debería plantearse el carácter imperioso y prioritario para hacer del Mercosur y la Celac algo más que ámbitos de compra y venta. Deberían ser propulsores de una nueva cultura y una nueva espiritualidad desprovistas de sentimientos de superioridad y de rasgos racistas.

Pero a esto no lo hará nadie si no lo hacemos nosotros. La oligarquía, la burguesía y los sectores asociados a ella sólo lo harán en la medida mezquina en que les sea necesario para facilitar sus negocios. La unidad cultural y democrática de Latinoamérica es un asunto demasiado importante para dejarlo en manos de los mercaderes.

Es periodista argentino.

Tomado de: bolpress.com

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