La Gaceta Jurídica

La televisión que tenemos en tiempos postmodernos

El Señor Justicia

La Gaceta Jurídica / Carlos Conde Calle

00:00 / 22 de noviembre de 2013

El objeto televisor ocupa un lugar de privilegio en nuestros hogares. La televisión define lo que debemos hacer o no en nuestras tareas cotidianas; prescribe cómo debemos comportarnos; en fin, los telespectadores confiamos en esa caja llamada televisión la conducción y educación de nuestros hijos.

No invento nada, pues desde las vertientes liberales y socialistas Guy Debord y Mario Vargas Llosa concluyen que la televisión degenera la cultura y, a decir también de otros como Sartori y Bourdeau, estamos viviendo la civilización del espectáculo. Conversando con un colega –a quien le pedí que citara sus fuentes teóricas–, él me decía que al televidente hay que ofrecerle peleas en vivo. ¿Y, si penetramos en la intimidad de las personas?, repliqué. ¡No importa!

Congruentes con esta línea de pensamiento, evidentemente, todos los canales entraron a una feroz competencia que ofrece, debidamente espectacularizadas, imágenes donde la violencia, el sexo y la sangre son el sino de nuestra televisión. Qué lejos están las críticas que se formulaba al Telepolicial. Hoy, porque es un excelente espectáculo, todos los canales “serios” –lease informativos y revistas informativas– replican el vilipendiado Telepolicial. Inclusive han “mejorado”, porque no hay norma ética y jurídica que valga. ¡Es que vivimos en la civilización del espectáculo! Vivimos la mediocrización del mensaje televisivo.

En los últimos días, importantes canales han cambiado sus escenografías congruentes con la civilización del espectáculo. ¿Qué linda escenografía tengo no?, dice el conductor; y otro le dice “tienes que tener igual o mejor escenografía”. Sin embargo, con escenografías o no, los conductores siguen siendo los mismos. El común de ellos se preocupa poco de formarse. ¿De qué me sirve una escenografía de 10.000 dólares si el conductor v. gr., cuando habla de temas políticos maneja conceptos demasiado basados en el sentido común y no categorías políticas?

Lindo sería que el conductor diga “mi escenografía es pobre, pero acabo de terminar un Diplomado en Ciencias políticas y el año 2014 mejoraré mi escenografía, pero, al mismo tiempo, iniciaré mis estudios en una Maestría en Ciencias Políticas”.

Todo lo que circula en los medios televisivos no es casual, obedece a matrices doctrinales que los mismos conductores actuales probablemente ignoran. Veamos.

Algunos teóricos de la comunicación piensan que vivimos tiempos postmodernos; que hemos superado la modernidad. En tanto que esto último supone la razón, la ciencia, el postmodernismo postula otros saberes, v. gr., la predominancia de los sentimientos. Explicar esto último no requiere de ciencia, se han acabado los metarrelatos, vivimos en la era del vacío, rige la incertidumbre. Por tanto, ¡sálvense quien pueda!

Para estudiar bastan los sentimientos. No obstante, no reparan en que la televisión, a pesar de todo, EDUCA; en ese sentido, una de nuestras autoras favoritas, Margarita Riviere, en su libro El Malentendido sostiene que “los medios, en mi opinión, ya no forman, o, si lo hacen, ese objetivo resulta secundario. Los medios, aunque no quieran reconocerlo, porque seguramente no tienen tiempo para reflexionar, EDUCAN. ESA ES SU MISIÓN: LA EDUCACIÓN PERMANENTE de las personas” (sic.), esto quiere decir que, inclusive, programas muy inofensivos como los musicales también educan (en este género, un buen programa educativo es de Vladimir Bravo, por el canal estatal).

Por otro lado, apelamos a Jesús Gonzales Requena, quien en su libro El Discurso Televisivo, a tiempo de diagnosticar a la televisión, sostiene que “no se trata tan sólo (...) de que la televisión devore todos los otros espectáculos, sino de que el propio espectáculo televisivo emite constantemente (...) el televisor en su multiforme labilidad (...), por tanto, la televisión tiende a convertirse no sólo en el único espectáculo (...), sino en el ESPECTÁCULO, ABSOLUTO, PERMANENTE E INEVITABLE”.

De acuerdo al mismo autor, “los programas informativos interpelan al sujeto COMO ESPECTADOR, es decir, como alguien que consume un espectáculo sobre el que no puede intervenir...”. ¿Qué puede hacer el televidente, ante la banalización de la cultura? Una manera de luchar contra la trivialización de ésta es que tome conciencia crítica; que no crea en todo lo que dice la televisión.

Otro autor, Robert Duncan McNeill dice respecto a la televisión, “que todo sea breve, que no fuerce la atención de nadie, SINO QUE SE DÉ ESTIMULACIÓN CONSTANTE con variedad, novedad, acción y movimiento. No detengáis la atención en ningún CONCEPTO, personaje ni problema Durante Unos Cuantos Segundos. Pequeño es mejor. Hay que evitar la complejidad. Los matices son necesarios. Los adjetivos sobran en mensajes simples. La  estimulación visual es sustituto del pensamiento y la precisión verbal es un anacronismo (...) ¡Excelente programa!”. Espectáculo por encima de conocimiento. Peor aún: “espectáculo que impide el conocimiento. Desinformación por trivialización y descontextualización” (sic) El autor explica muchas conductas de “profesionales” de la televisión.

Entrevista corta, por favor, ¿para qué?, para no decir nada. El conductor no necesita tener más conocimientos que puro sentido común. ¡Ciencia para qué!, ¡es que la entrevista larga es antitelevisiva!. ¡Falso! La entrevista en profundidad requiere que el conductor conozca del tema. ¡Claro, para eso no hay tiempo! Como dice McNeill, no hay que forzar la atención de nadie; en sentido contrario, cuando el televidente empieza a comprender advertiría que su conductor preferido es muy livianito, que no aporta nada. ¡Qué decepción!

No, lo que hay que ofrecerle es “variedad”, de manera que se produzca sobreinformación y el televidente no aprenda nada. Esa es la razón por la que, sin excepción, en todo los canales, se presentan programas bajo el rótulo de “revista” de 06.00 .a 09.00. Todos se parecen, no hay diferencias. Todos son banales, superficiales, porque abarcan todos los temas posibles. Es como dice el autor, no hay que COMPLEJIZAR ni lograr que piense ni un segundo, porque cuando el televidente piense perecerán; el televidente se habrá dado cuenta de que los mensajes que emiten los canales son demasiado superficiales.

En definitiva, lo que buscan los canales de televisión no es informar y educar; sino tener consumidores pasivos, acríticos y dispuestos de mantener su ignorancia relativa; o, como dice Paulo Freire, el televidente es una especie de banco. ¡Auxilio, el conocimiento ha sido sustituido por el espectáculo! Deseo engarzar estos criterios con el género periodístico.

Este autor sostiene que “la historietista Marjane Satrapi (Irán) lo dice así: es como si cuanta más información se tiene, menos se supiera. Es lógico. Yo, por ejemplo, si veo demasiados cuadros en un museo me olvido de todos enseguida. DEMASIADA INFORMACIÓN BLOQUEA EL CEREBRO (...) la sobreabundancia de información, un espejismo de conocimiento, nos hace creer que no hay más periodistas explicándonos que está sucediendo”. (...) descubrir se ha vuelto escandalizar.

Reportear se ha convertido, sobre todo, en entrevistar. Pero la entrevista se ha vuelto un acto teatral y en la mayoría de las ocasiones NO LLEGA A SER UNA SITUACIÓN DE CONOCIMIENTO, mucho menos una experiencia; tan sólo es un resumen de declaraciones más o menos oficiales y, en el mejor de los casos, la grandilocuencia de confesar. Algunos periodistas se empeñan en parecerse cada vez más a fiscales o curas”.

La televisión, gradualmente, tiene que dejar el mero espectáculo y proponer conocimiento (episteme). ¿Cuánto de lo que escribo se ha confirmado por los casos de la presentadora Paola Belmonte y del senador Adolfo Mendoza? Aquí no importa la ética ni las normas jurídicas. Son sujetos públicos. Como nuestra televisión razona sobre la base del “espectáculo”, estos casos encajan perfectamente en su visión. ¡Error!, aun cuando los hechos fueran verdades, ellos tienen derecho a la intimidad. Vaya mi solidaridad con ambos. ¡Los hombres y mujeres del espacio público, tienen derecho a su privacidad!

Es experto en Derecho de la Información.

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