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Apúrate, que llega Lila

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concierto. Lila Downs ofrecerá un recital en La Paz el miércoles 26 de agosto a las 20.00 en el Teatro 16 de Julio (El Prado). Foto: Elena Pardo

concierto. Lila Downs ofrecerá un recital en La Paz el miércoles 26 de agosto a las 20.00 en el Teatro 16 de Julio (El Prado). Foto: Elena Pardo

La Razón (Edición Impresa) / Daniela Otero - periodista

00:00 / 16 de agosto de 2015

En la cocina verde de mi abuela, las mujeres se reunían no solo a cocinar, sino, sobre todo, a ponerse al día respecto a las andanzas de cada miembro de la familia. En esa cocina, todos teníamos un apodo. Yo, que siempre tuve la mordida cruzada, era la wijla jeta; una de las hijas, la de piernas flacas, era la k’aspi chaqui; el tío barrigón era el p’uñu wisa, y el otro tío que además de barrigón era operado de la vesícula era el t’iri wisa, es decir, el hombre que tenía la barriga remendada.

Recordando esas conversaciones logré relacionarme con el quechua y así, también, aprobé mi examen de idioma nativo en la universidad. Lo que nunca imaginé, sin embargo, era que una cantante mexicana, de padre gringo y madre indígena oaxaqueña, iba a recuperar la cocina verde de mi abuela en cada una de sus canciones.

Esta mujer, de voz prodigiosa y versátil, logró escribir, en cada verso, las conversaciones que sostuve con la mujer más determinante de mi vida. Es que Lila Downs es una cantante, intérprete y compositora oriunda de Oaxaca, México, que nos recuerda  que todas las mujeres de una familia están estrechamente ligadas. Que llevamos en el inconsciente a nuestra abuela, a nuestra madre y a nuestra hija y esa herencia se reproduce hacia adelante y hacia atrás; es decir, arrastra a las abuelas de nuestras abuelas y a las hijas de nuestras hijas.

Mezclando los idiomas nativos que aprendió de los pueblos indígenas mexicanos, Lila Downs se yergue como el prototipo de mujer latinoamericana y en sus canciones da voz a los indígenas y a los migrantes del continente.

Y no solo eso. Cada una de las canciones de Lila Downs es un homenaje a la mujer y una reivindicación de su género.

Por eso es triste comprobar que su música no ha sido muy difundida en Bolivia. Eso es una pérdida para las mujeres bolivianas, para aquella que convivió en su casa con otras mujeres, compartiendo la cocina, las cuitas y las recetas. Para aquella que se identifica con su pueblo y guarda en su memoria el aymara, el quechua o el guaraní. Para cada una de las hermanas que decide irse a España o a Estados Unidos.

La música de Lila también contiene a la mujer que muele llajua en batán, como las mexicanas muelen maíz en sus metates. Y homenajea a todas las madres que concibieron un varón y sueñan criarlo como al hombre nuevo: aborreciendo la violencia de género y superando el ancestral patriarcado. Y también a las que concibieron una mujer a la que, si conocieran a Lila, con seguridad le cantarían La Martiniana: “Niña, cuando yo muera, no llores sobre mi tumba, toca sones alegres, mi vida, cántame La Sandunga. No me llores, no. No me llores, no, porque si lloras yo peno. En cambio, si tú me cantas, yo siempre vivo y nunca muero”.

Así que, si tú eres de las nuestras, de las que le rogamos a la Virgen cuando tenemos penas, de las que cree que la Madre Naturaleza es la madre de todos nosotros, de las que sonreímos cuando tenemos una pulsera nueva, de las que queremos milagros, pero disfrutamos mucho de los pecados o de las que tiene penas que no las mata el licor... Apúrate, hermana, que llega Lila.

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