La Revista

In dust we trust ‘Interstellar’, de Christopher Nolan

La búsqueda de la respuesta o la solución, a través de las inquietudes de un expiloto de pruebas de la NASA y su hija, es un ensayo, un acto de fe, de amor. Así reacomoda las cosas Nolan en Interstellar.

El póster de la película 'Interestellar'

El póster de la película 'Interestellar'

La Razón (Edición Impresa) / Mary Carmen Molina Ergueta / La Paz

00:02 / 30 de noviembre de 2014

El mundo está lleno de polvo. Mirar al horizonte es mirar polvo, sentarse a la mesa es comer polvo, salir de la casa es hundirse en el polvo. El polvo es una dimensión. Ciertamente, es el polvo de una galaxia, la misma y diferente, otra en su inexactitud respecto de lo que conocemos como hogar, planeta Tierra, nuestro mundo.

Es la paradoja revistada: pasaron tantos años y el mundo ha cambiado, más bien, algo le ha pasado. La búsqueda de la respuesta o la solución, a través de las inquietudes de un expiloto de pruebas de la NASA y su hija, es un ensayo, un acto de fe, de amor. Así reacomoda las cosas Nolan en Interstellar: una regular aproximación a las obsesiones apocalípticas de Hollywood y, a la vez, una más original revisión de sus propias preocupaciones.

Éstas, que articulan el perfil de autor en todas sus películas, se mueven casi siempre a partir de la desestabilización o la mirada hacia la desestabilización de la realidad, sus certezas, lo que debiera estar fijo en ella y, de pronto, ya no lo está. Es por esto que el caos, el miedo, la histeria y la fatalidad siempre son escenarios naturales en su obra. Interstellar no es diferente, es decir, responde a este tejido de ideas, pero desde un lugar menos confortable, no amable, desconocido: el mundo hecho polvo, gesto minimalista que le sirve para hablar de la difuminación de la vida, de un borroneo que podría encontrar fin y resurrección en la desolación más pura de todas: el espacio, el que no conocemos, la inmensa constelación de universos que gira alrededor, libre, inasible.

Hay una serie de imágenes, de ideas fascinantes en la película de Nolan: el fantasma como figura de articulación del tiempo, éste como una dimensión espacial, los hoyos negros y sus tesoros. Sin embargo, la fórmula narrativa que las acoge es menos ambiciosa, común y fácilmente adjudicable a un sector, a una postura: el comercio de las inseguridades posmodernas acerca del fin del mundo. Que la cinta sostenga su guión en lo cursi no es un dato lanzado, digamos, al polvo: la creencia ulterior del relato es su confiabilidad en lo sentimental más allá del sentimiento, más acá de un poder científico-humanista (¿qué?), inestable, improvisado.

Pistas

‘Gravedad’

El filme de Alfonso Cuarón logra lo que Interstellar evita. El tema de Gravedad es el cuerpo: en el espacio es otro, es ajeno, es desconocido, por lo tanto, su muerte, de alguna manera, no le pertenece. La angustia de morir en el espacio, de perder el cuerpo en esa nada que circunda todo lo que existe y que no puede comprenderse, es el motor de una película casada con la desesperanza. Interstellar habla del espacio como escape posible, intimidante pero comprensible, traducible y funcional a la sobrevivencia.

‘Prometeo’

En la cinta de Ridley Scott, dos arqueólogos visitan LV-223, luna habitable en un sistema interplanetario lejano, descubierto en un mapa estelar que aparecía en escrituras de varias culturas. Quieren encontrar a los ingenieros, raza creadora de los humanos. La ciencia ficción y el terror se encuentran a través de la perversidad del conocimiento y su compleja relación con la sobrevivencia de la raza humana. La principal diferencia con Interstellar, película en la que el conocimiento es un laberinto que, finalmente, puede atravesarse.

‘Wall-E’

Aunque está dirigida a un público infantil, sus temas permiten también articulaciones de corte, digamos, más existencial. La idea de un robot que limpia la basura humana dejada en el planeta abandonado es un giro sugerente con respecto a la relación entre conocimiento y expiación: el primero como vía para la segunda no ocurre en un lugar feliz, sino desolado, inhabitable y, de cierta manera, traicionado. El conocimiento traiciona, revela esta película. Interstellar sostiene la alternativa opuesta.

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