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‘Comando’, mira a octubre

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La Razón (Edición Impresa) / Sergio Zapata

00:00 / 25 de octubre de 2015

Son imágenes que habitan en el mercado paralelo, lejos de las salas. Cada octubre nos ofrece recordar.

Una serie de testimonios abigarrados, de personas encapuchadas, registros realizados a contraluz e intervenciones sonoras sobre material de archivo dan cuenta de un fenómeno que marcó a una generación, o que al menos nos supuso la pérdida de una endeble inocencia política. Estos testimonios muestran un pasado inmediato, en 2003, cuando tras los sangrientos hechos de febrero algunos jóvenes se organizaron para afrontar un eventual enfrentamiento armado contra el Ejército regular de la república en caso de que el régimen continuara su accionar. Este material encontrado, titulado Comando, muestra un grupo que revisita aquel tiempo —los testimonios son de los últimos dos años— cuando eran changos, primer año de universidad o últimos cursos en colegio. Por su puesta en escena, el filme les permite a los miembros del Comando cuestionar su accionar desde el presente, calificándolo de infantil y romántico, pese a que algunos refieren que deberían existir jóvenes así hoy por hoy. Lo más llamativo es el tratamiento de esta colección de testimonios, que va desde la filmación con celulares —que logran un registro bastante intimista—, hasta elaborados planos secuencia, que nos sitúan frente a un producto planificado.

MEMORIA. Hay que añadir que algunas de las explicaciones sobre la organización se realizan in situ, con toda la parafernalia que esto entraña —emulando reportajes televisivos—, donde uno de los personajes, encapuchado, describe el cerro donde entrenaban, el lugar donde comían, la manera en que izaban la bandera, como si de un espacio de la memoria se tratara, develando lo que estos jóvenes tenían en mente hace escasos diez años. A estos testimonios, de carácter informativo sobre el armado, la organización y la planificación de un acto que no será ejecutado, se agrega una aguda crítica social. Este grupo de jóvenes se permite comentarios sobre la agenda política actual, adquiriendo toda la pose y garbo de comentaristas coyunturales. Estos personajes encapuchados complejizan la situación actual del país esbozando criterios de orden estrictamente técnicos, quizás por ello estos chicos, provenientes de las capas medias altas de la sociedad, no percibieron que su plan conspirativo de 2003 no tenía asidero en la realidad, la cual les superó con creces en octubre de ese año. La fecha que ingresarían a la historia, o al menos así lo refieren, estaba señalada para el 17 de octubre de 2003, día en que se conmemoraría otro aniversario de la nacionalización de los hidrocarburos. Uno de ellos, Sergio, confiesa que entre el 13 y el 15 de octubre se encontraron con algunos de sus compañeros y, mientras seguían los sucesos acaecidos por esos días vía radial, se interrogaron sobre la pertinencia de su plan y si sería ejecutable.

Sobre esta situación, el montaje paralelo es tan útil y potencia la contradicción hasta niveles casi caricaturescos, ya que enfrenta, por medio del recurso montajístico, testimonios de personajes que hoy se refieren a la necesidad real y efectiva que hubo en 2003 y que consideran que actualmente, en contraste con testimonios de sus novias, siguen existiendo las condiciones objetivas para la ejecución de la transformación social. Uno de los alegatos que sobrecoge es el de una muchacha, quien señala que estos chicos son unos jailones jugando a revolucionarios, comparándolos con el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y advirtiendo que no le sorprendería que alguno de ellos sea político. Esta declaración, en clave premonitoria, parece otorgar elementos de respuesta que señalan que uno de los miembros no quiso salir, ni encapuchado, porque está emprendiendo una exitosa carrera como funcionario público.

REALIDAD. Los personajes hablan o dan cuenta de la realidad como si ésta fuese un personaje. Estremece escuchar a Carlos explicando que la realidad los había golpeado en febrero de 2003 y que tras la organización político-militar que iban ejecutando no se percataron de que ésta se les había revelado y que ellos, como generación o grupo, no lo notaron en octubre. Este tipo de testimonios de los personajes se cierra con imágenes de archivos familiares, donde no se nos otorga información sobre quién es quién, pero que, sin embargo, fueron registradas como epístolas en caso de que algo les ocurriera. Están plagadas de saludos, de deseos de transformación social, por supuesto que casi todo este registro pertenece a fiestas repletas de alcohol y marihuana, como también a desfiles cívicos. En un diálogo con la realidad que ejecuta el director de Comando, éste resitúa su mirada en escenarios como la plaza Murillo, donde, en un ejercicio didáctico visual, explica en voz en off cómo iban a tomar el Palacio de Gobierno e inmediatamente resuelve la explicación con imágenes de los estudiantes del colegio Ayacucho apedreando este recinto. El diálogo de ambas grabaciones, de ambas temporalidades, nos permite elaborar la tesis de que ese acto escolar ejecutado por los muchachos del Ayacucho inspira la idea de efectuar la posterior incursión armada sobre el Palacio. Además, esta secuencia deja flotando el deseo del director anónimo, y de los que participaron en la producción, de que alguien algún día ejecute su plan.

DESCONOCIDA. La mayor sorpresa que ofrece este documento es que está inconcluso, a pesar de los visos de estar resuelto. El epílogo de la cinta concluye con un sorpresivo texto en pantalla, “Fin de la primera parte”, y en créditos solo figuran los alias de los personajes que circulan por la pantalla. La imagen final nos muestra la siguiente frase: “Colorín colorado, la historia no ha terminado”.

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