La Revista

Drácula, la historia jamás contada

Una vez convertido en superhéroe, Drácula emprende un tránsito fugaz hacia la condición de vampiro, hijo del diablo, con su propia inmolación por amor a su familia y su pueblo.

Drácula.

Drácula.

La Razón (Edición Impresa) / Sergio Zapata / La Paz

00:00 / 09 de noviembre de 2014

Una vez más el príncipe del exilio retorna a las pantallas. Gary Shore plantea la vida de Drácula, antes de ser Drácula, con la pretensión de situarnos en la antesala de la leyenda.

Estamos en la mitad del siglo XV con Vlad el Empalador, príncipe de Valaquia, ejemplar marido, padre amoroso y defensor de Transilvania. Para evitar la conquista otomana se adentra en la montaña, donde solo habitan cadáveres, y se enfrenta al poder oscuro. Vlad pactará con el diablo para poder contar con los poderes suficientes para defender a su pueblo. De ahí, la oscuridad del filme dará paso a los efectos especiales y la estridencia de entretención adolescente, encontrando sus momentos altos en la destrucción de ejércitos completos con sus propias manos y algún poder sobrenatural.

Una vez convertido en superhéroe, Drácula emprende un tránsito fugaz hacia la condición de vampiro, hijo del diablo, con su propia inmolación por amor a su familia y su pueblo.

La construcción negativa de Drácula se suscribe a los parámetros del cine adolescente actual, donde el rey de las tinieblas representa los valores positivos, próximos a la bondad, el sacrificio y la lealtad, en contraste con la codicia, la avaricia y el egoísmo. Estos elementos están más próximos al subgénero etario que al terror cinematográfico. Es así que esta historia jamás contada ofrece un vampiro próximo al rey benévolo, conspicuo y pacífico, que tras la amenaza salvaje de un pueblo invasor debe entregarse a la barbarie equivalente del invasor para expulsar a sus multitudes incivilizadas. En ese momento, el príncipe se torna en vampiro, como una reflexión intuitiva, adolescente y escolar sobre la máxima referida al coste de los medios para obtener fines, en cuyo caso, el medio se tornó en el fin: supone la vida mortal a favor de la inmortal.

Cargada con una banda sonora estridente, una paleta de color maniquea en su uso y función —pues identifica a los buenos (Drácula y su pueblo) y malos (turcos) siempre funcional a la transparencia del todo fílmico garantizando la entretención sin tregua—, la historia jamás contada del no vivo que se alimenta de sangre transcurre como la de un superhéroe incomprendido, ansioso y amoroso, cuya historia infantilizada para mercados adolescentes, que como suele suscribir este tipo de productos, abre la posibilidad a la secuela, la que se situaría en tiempos actuales, adscribiéndose con ello al universo vampírico adolescente.

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