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Falleció ayer Leopoldo María Panero, el último ‘poeta maldito’

Perfil. El español murió a los 65 años en un hospital psiquiátrico.

Vate. El deceso de Panero fue anunciado por su editorial Huerga y Fierro. Foto: madridya.es

Vate. El deceso de Panero fue anunciado por su editorial Huerga y Fierro. Foto: madridya.es

La Razón (Edición Impresa) / EFE / Madrid

02:29 / 07 de marzo de 2014

Loco, inteligente, con aura de Baudelaire, Rimbaud o Peter Pan, y obsesionado con la muerte, el caos, la Coca-Cola, el tabaco, la soledad o el sexo con sabor a absenta, murió ayer en España Leopoldo María Panero, considerado el último “poeta maldito”.

Falleció a los 65 años en el Hospital Psiquiátrico de las Palmas de Gran Canaria, un lugar donde él nunca quiso estar y al que llamaba un sitio “cruel, un circo romano”. Pero Panero ya estaba muerto desde hace muchos años, para sí mismo y para la sociedad, que le arrinconó hace ya más de 40 años, cuando visitó el primer psiquiátrico, en Mondragón (Guipúzcoa, norte de España).

“Yo soy un hombre muerto al que llaman Pertur/ En la cena de los hombres quién sabe si mi nombre algo aún será: ceniza en la mesa o alimento para el vino...”, escribe Panero en Réquiem, su poema de El último hombre (1984).

El autor de Así se fundó Carnaby Street fue hijo de Lepoldo Panero, considerado el poeta oficial del franquismo, aunque su pasado era de izquierdas; hermano también de Michi Panero, un agitador cultural que destacó en la “movida” madrileña de los años 80, e hijo de Felicidad Blanc, también escritora y actriz.

A los 17 años le diagnosticaron a Panero esquizofrenia, pero eso no le impidió escribir poesía, ensayos y narraciones, además de hacer traducciones. Y fue libre en todo, con unos inicios llenos de fuerza y pulso poético. Tenía una memoria prodigiosa y una cultura de libro, con la que disparaba constantemente en sus entrevistas, cuando utilizaba la palabra.

En los últimos años dejaba por unos días el psiquiátrico e iba a la Feria del Libro de Madrid, donde se dejaba ver en las casetas de libros. Allí firmaba ejemplares de su obras, casi 60, la última una reedición de Last river Together.

Y fumaba y fumaba y bebía Coca-Cola tras Coca-Cola. “No paro de escribir. La única esperanza que me queda es la literatura, que es lo que me salva la vida”, decía. Pero que la vida “era una mierda” para el autor era una constante de su obra. “Es solo un inmenso cenicero, violeta pálida”.

Peter Pan, la conciencia de la pérdida de la juventud, la muerte, la soledad y la preocupación por que nadie llorase en su tumba, son ejes centrales del trabajo de Panero, como también mostró en una de sus últimas piezas: Papá dame la mano que tengo miedo.

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