La Revista

Los difuntos regresan a la vida en el Carnaval rural andino

Recuerdos. Los festejos duran siete días hasta el Domingo de Tentación

Alegría. Una pareja de danzarines orureños se desplaza por la Avenida del Folklore en las fiestas de Carnaval.

Alegría. Una pareja de danzarines orureños se desplaza por la Avenida del Folklore en las fiestas de Carnaval. AFKA.

La Razón (Edición Impresa) / Micaela Villa / La Paz

00:03 / 07 de febrero de 2015

Hermosa quebrada verde, la tierra de mis abuelos. Cenajo, pueblo querido, ni en la distancia te olvido... así canta Elizabeth Plaza  desde hace 75 años cuando llega a su tierra, en Potosí, para vivir el Carnaval con su gente, recordando a los difuntos.

No debe faltar nada. Es domingo   —en la ciudad de La Paz se realiza la Farándula y la Entrada de Pepinos— y las familias se preparan con anticipación. Una mesa con elementos similares a las preparadas en la fiesta de Todos Santos es puesta para recibir a los visitantes que rezan por los que se fueron.

“En el contexto andino, en algunas poblaciones se celebra a los muertos, es decir, mientras en los espacios urbanos nadie los recuerda, en el contexto andino esto tiene mucha fuerza”, señala a La Razón Milton Eyzaguirre, antropólogo y jefe del Departamento de Extensión y Difusión Cultural del Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef).

Muy entusiasmada y recordando su vivencia, Plaza cuenta que en el área rural las celebraciones duran siete días, desde el lunes de Carnaval hasta el Domingo de Tentación, y está prohibido dormir en las noches. “Son como 30 personas (que viven en Cenajo, al norte de Potosí), pero para el Carnaval pasamos los 300, entre nietos, bisnietos, otros familiares que llegan de las ciudades. Viví hasta mis 12 años ahí, pero voy periódicamente porque mis padres están enterrados en el jardín de mi casa”.

Casi al finalizar la tarde de ese domingo, mientras algunos visitantes juegan cartas para recaudar dinero para la familia del difunto, las mujeres preparan alimentos para el día siguiente.  El lunes comienza el Carnaval. El mejor amigo del fallecido o un tercero lo personifica y hasta viste su ropa para que al atardecer los pobladores, liderados por este “difunto”, asistan a un determinado espacio para vivir la fiesta. No solo se recuerda a un fallecido, por lo que se forman varios grupos.

Al llegar se escucha el discurso principal y el encargado es el que personifica al extinto. Los mensajes son positivos para la comunidad, de cooperación mutua y de bienestar a la familia que perdió a su ser querido. Tal es la alocución que hasta el comunario más “insensible” derrama lágrimas.

“Aconseja a los hijos para que cooperen a su madre si quedó viuda, que se ayuden, que cuiden sus sembradíos y no olviden los buenos actos del pueblo”, prosigue. Comienza el baile al son de una banda que toca guitarras y charangos. El “difunto” aprovecha la distracción de los comunarios que lo acompañan y desaparece, mientras los más atentos, al verlo, le lanzan frutas o alimentos andinos.

El martes, los protagonistas son los cabecillas del pueblo, personas seleccionadas con anticipación y que tocan casa por casa para proseguir con la fiesta, esta vez en su misma vivienda. Como hay varios cabecillas, la competencia se hace más graciosa y se apuesta a la picardía de cada uno. “Por favor visítenos en la casa”, dice uno, “primero a la mía, o la comida se enfría”, comenta otro.

Eyzaguirre indica que este tipo de festejos se realizan más en comunidades de las provincias Aroma, Inquisivi, Pacajes, Omasuyos, además de otras de los departamentos de Potosí y Oruro, sin embargo, algunas celebraciones han sufrido cierta transformación con el ingreso de danzas urbanas.

“Los comunarios tocan los pinquillos, que es el instrumento que les agrada a los muertos, además de tarkas y tokoros. Lo negativo es que se deja de lado la interpretación de danzas autóctonas por otras de la ciudad, como caporal y morenada”, dice el antropólogo.

El miércoles es para los madrugadores, muchos salen a bailar con el kukuli (especie de fantasma), que no es personificado, y en la casa donde son recibidos los esperan con un plato de comida. “Kukuli madrugadora, a las cuatro de la mañana”, cantan entre todos. En caso de no ser atendidos, encierran a las familias con piedras colocadas en sus puertas de entrada a su vivienda.

Otros pobladores son más juguetones, cuando llegan a una casa, roban una pierna de cordero; en otras, bolsas de papa, y en otras, quesos. Todo es llevado a otra vivienda para preparar más alimentos. Nadie se ofende, es parte de la celebración. “Me molestaba, no me dejaban dormir (los kukulis), pero me acostumbré”, sostiene Plaza.

El jueves, viernes y sábado, las invitaciones y fiestas en las viviendas continúan, mientras los visitantes van dejando sus pueblos para volver a la ciudad y a sus fuentes laborales. El domingo llega con más festejo y acompañado de platos con carne de cordero y cerdo. “Toda la semana es fiesta, qué manera de bailar”, indica Plaza, quien añade que alista maletas, pues este año vivirá nuevamente su Carnaval, “estoy joven e iré a carnavalear”.

Herencia a los recién casados

Visita

El antropólogo Milton Eyzaguirre informó que en los carnavales rurales andinos también se tiene la costumbre de apoyar a los recién casados, dejándoles determinada herencia. La pareja visita a sus padrinos y con ellos a sus progenitores, quienes les entregan tierras, animales y productos para que la nueva familia progrese.

Agradecer

Por otro lado, algunas familias agradecen a sus deidades por los cultivos entregados y piden prosperidad para su futuro. “Se agradece a las apachetas, los sapos y achachilas por los productos obtenidos. También se marca a los animales”, señaló el investigador.

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