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‘Hang on to yourself’, o los beneficios de la duda

No se puede confiar en un sistema que vende el riesgo sin preferencia. O eso es lo que piensan algunos. Pocos, en verdad, que terminarán confirmando la sospecha, dando paso a una evidencia, vendiendo bajo para, luego, vender bajo. Sistema es una de esas grandes palabras que aparecen por aquí y por allá en The big short (La gran apuesta), la comedia cínica de Adam McKay sobre la crisis financiera que marcó y cambió el sistema hasta hoy.

Foto: collider.com

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La Razón (Edición Impresa) / Mary Carmen Molina

00:00 / 31 de enero de 2016

No se puede confiar en un sistema que vende el riesgo sin preferencia. O eso es lo que piensan algunos. Pocos, en verdad, que terminarán confirmando la sospecha, dando paso a una evidencia, vendiendo bajo para, luego, vender bajo. Sistema es una de esas grandes palabras que aparecen por aquí y por allá en The big short (La gran apuesta), la comedia cínica de Adam McKay sobre la crisis financiera que marcó y cambió el sistema hasta hoy. Qué es sistema, qué sistema, de qué cosa estamos hablando. Es posible responder con las palabras “económico”, “financiero” o “bancario”, pero tendríamos la sensación de estarnos olvidando de otras cosas. Cosas que, cabalmente, nos dan esa estructura fija y pesada que pocos se animarían a cuestionar: el sistema, una especie de red gigantesca donde todo lo que tiene sentido —“económico”, “financiero”, “bancario”, pero también “ético”, “físico”, “cotidiano”, “familiar”, “personal”, “emocional”— debe funcionar. Es en esto en lo que no se puede confiar, dicen o dijeron esos pocos entre 2005 y 2007 en Estados Unidos, cuando la crisis de bienes raíces latía hasta estallar.

Con un elenco de popularidad y solvencia indudable (Steve Carrell, Ryan Gosling, Christian Bale, Brad Pitt, Marisa Tomei), la comedia nominada a los Oscar es un frenético viaje por oficinas y redes telefónicas de Wall Street y un universo de entidades financieras de los tipos más insospechados. Cifras, cifras y cifras, en medio de siglas, siglas y siglas, de las que poca noticia podríamos tener, abarrotan infinitas conversaciones por celular entre sujetos que tienen como único horizonte la compra-venta, el crédito y la deuda, la inversión y las ganancias. Sin embargo, este horizonte tiene un hueco o, digamos, un agujero negro al que pocos prestan atención: el mercado americano de bienes raíces. Confiar en el sistema significa creer que la gente siempre pagará su hipoteca, porque no puede dejar de hacerlo, porque es así, básicamente, como el sentido de la vida parece funcionar. No confiar en el sistema es poner la mirada en ese sentido y lo que parece sustentar: qué clase de hipotecas son y qué beneficios tiene hacer préstamos a personas que pueden dejar de pagarlos. El sentido funciona, pero de otra manera: vender este tipo de confiabilidad crediticia en una serie de bonos (y bonos de bonos de bonos hipotecarios) no debería suponer un riesgo, porque el sistema, en su veta más rentable, no debe fallar. El sistema, sin embargo, es una burbuja y el sentido, finalmente, es un delito, un fraude. Apostar para la virtualidad de este fraude, con el conocimiento de que será un hecho, es señalar la crisis y, por supuesto, invertir en ella.

Este sentido es más obtuso, menos fácil de comprender. O, en todo caso, menos atractivo para la inversión. Por eso, cuando algunos corredores, consultores, banqueros y pequeños inversores ven la burbuja parece que lo que han encontrado no puede ser real. La fe es la siguiente, según explica la mismísima Selena Gomez en una de las escenas de la película, en las secciones que podríamos denominar “Economía para principiantes, en boca de gente rentable”: creemos que lo que funciona en el presente va a funcionar también en el futuro. Es una cuestión de supervivencia salir a trabajar un martes y sostener con seguridad que un auto no te atropellará, como (no) sucedió el lunes. Pero la seguridad es una creencia que, en el mundo de inversiones y falacias hechas de bonos de hipotecas riesgosas, termina por tener un sentido concreto: lo que ocurre en el presente no es de hecho lo que ocurrirá en el futuro. El descubrimiento de esta lógica es gris, como lo es la apuesta que sucede a esta iluminación del agujero negro. Esos pocos que vieron la burbuja apostaron en contra de la sostenibilidad del mercado de bienes raíces: invirtieron en la confiabilidad crediticia sabiendo que ésta no era real, y recibieron, cuando la realidad fue real, un enorme pago del seguro. La realidad real: el sistema bancario fraudulento, millones de americanos pagando la deuda de este sistema.

Lo gris de la pérdida de sentido del sistema es ganar una apuesta que significa una crisis mundial. La lectura entre cifras del desastre no es una condena y la censura ética que podría aflorar en nuestras limpias, críticas y conscientes conciencias no pasa ni por ahí cerca. Que tire la primera piedra quien esté libre de pecado, o algo así. Pero no, decir eso sería una imprecisión poco ética. En todo caso, que nos ampare el sentido —cualquiera que sea éste—, pero no el sistema. The big short es una película para ver con los oídos y apostar a que en ese atropellado ritmo de la jerga de inversiones y creencias, el sistema del sentido se cae, observamos la caída y reímos fuerte. Correremos despavoridos o comeremos pipocas. Otra forma de las cifras, las cifras y las cifras.

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