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Intuiciones

Cada 6 de agosto invita pensar Bolivia, sus formas, sus imágenes, su pensamiento. En este sentir es que Santiago Espinoza desarrolla una 7 intuiciones para pensar la relación campo-ciudad en la cinematografía boliviana.

Foto: www.24horas.

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La Razón (Edición Impresa) / Santiago Espinoza

00:00 / 09 de agosto de 2015

Cada 6 de agosto invita pensar Bolivia, sus formas, sus imágenes, su pensamiento. En este sentir es que Santiago Espinoza desarrolla una 7 intuiciones para pensar la relación campo-ciudad en la cinematografía boliviana, esto como elemento inteligible para pensar algo igual de provocador, la sociedad del Estado Plurinacional:

1) En las películas bolivianas del último tiempo se consuma un viaje de retorno al mundo rural andino, pero que no es definitivo: se vuelve para conocerse, encontrarse, pero con la sospecha de que no se puede vivir de forma permanente y exclusiva en el campo.

2) En El corral y el viento (Miguel Hilari, 2014) y Quinuera (Ariel Soto, 2014) no somos testigos del viaje del campo a la ciudad. Ese periplo es pasado, está fuera de campo, está asumido. Ese viaje del pasado se entendía y aún se entiende en la medida en que en este país se es (o se era) una vez que se sale del campo para superarse en la ciudad.

3) Después de la primera década de 2000, representada por un cine más urbano (Bellott, Boulocq), se ha producido en la cinematografía boliviana una suerte de “reconciliación” con lo rural, que coincide con los cambios políticos de los últimos diez años.

4) Así, esa cuota de idealización del mundo andino-rural, que se desprende de su condición ficcional, parece finalmente estar cediendo a una visión más terrenal y compleja, que se desprende de su condición documental.

5) El cine reciente está trascendiendo esa visión de la ciudad como espacio-monstruo que impusieron filmes canónicos como los de Sanjinés. Hay asombro, el mismo asombro que vemos en el personaje de Enterprisse (Kiru Russo, 2010) que por un momento se olvida de su condición de indio, cargador, pobre y oprimido para entregarse al éxtasis de un juego del parque de diversiones.

6) En el cine reciente que aborda los tránsitos entre campo y ciudad, el sujeto no se define únicamente por su origen o por su destino, sino por su capacidad de circular entre más de un espacio, por su capacidad para irse y volver y volver a irse.

7) El campo bien podría asumirse como la infancia de este país, pero también como la infancia del cine boliviano. Sin embargo, el campo es también su presente, más allá de los discursos políticos en boga. Y es su futuro, en la medida que es la promesa de reencuentro con el territorio, con el paisaje y con uno mismo.

Así como el indio se deja ganar por la nostalgia o el llamado de la tierra y de las raíces culturales para retornar cíclicamente al campo, el cine boliviano parece también obedecer a esta dinámica cíclica para retornar a su pasado, ceder a la nostalgia, atender a la convocatoria de su infancia y volver a posar la mirada sobre el campo. Puede que ya no lo haga con el idealismo ideológico o la militancia política de sus padres y abuelos, pero no por eso ha perdido la capacidad de fascinación ante el paisaje y el ethos del mundo rural, el respeto por la dignidad de los otros (que pueden encarnarse en los propios realizadores) que lo habitan y el compromiso para acompañar esos viajes de ida y vuelta entre el campo y la ciudad que han construido y siguen construyendo la historia de este país.

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