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El Museo de Metales Preciosos guarda el tesoro de San Sebastián

Patrimonio. El centro posee cerca de 2.000 piezas.

Tesoro. La diadema es la pieza más llamativa de la colección de oro.

Tesoro. La diadema es la pieza más llamativa de la colección de oro.

La Razón / Jorge Soruco / La Paz

00:00 / 17 de julio de 2012

Es uno de los museos más visitados del Complejo Jaén. Tras su fachada colonial el Museo de Metales Preciosos Precolombinos esconde un avanzado sistema de seguridad que protege el lujo del tesoro de San Sebastián y otras 2.000 piezas.

La colección más importante, y llamativa, también cuenta con una historia igual de fascinante, que incluye curiosidad, crimen, patriotismo y rescate.

En 1916, el geólogo cochabambino Federico Armestegui desenterró en la Coronilla el ajuar funerario más completo y exquisito de la cultura tiwanakota hallado hasta la fecha en Bolivia.

“Es, realmente, un tesoro. Entre las piezas se encuentran diademas, brazaletes, placas pectorales... todas trabajadas con delicadeza y esmero”, cuenta Dagner Salvatierra López, arqueólogo y  responsable del repositorio.

Durante un tiempo, Armestegui expuso la fabulosa colección en su propio domicilio, pero allí varias de las piezas fueron sustraídas. Por ello, el geólogo depositó lo que quedaba en un banco. Mas la travesía del tesoro no terminaría sino hasta 1918, cuando la Alcaldía paceña rescató las joyas de un francés que de algún modo tomó posesión de las obras y se preparaba para sacarlas del país.

Debido a la cantidad e importancia de la serie, no es de extrañar que, un vez que se autorizó la creación del museo en 1976, el tesoro de San Sebastián se convirtiera en el núcleo del lugar.

El repositorio se formó gracias a la donación de material o recuperaciones de colecciones obtenidas por arqueólogos, tanto profesionales como aficionados.

Tal es el caso de la serie Fritz Buck, una de las más numerosas que se conservan en el centro y que incluyen objetos de plata, cerámica y piedra.

Gracias a innovaciones en la museografía, como sensores que iluminan las vitrinas cuando una persona se acerca, las diferentes secciones del espacio han conseguido atraer la atención de los visitantes, nacionales y extranjeros.

“Antes podíamos decir que era la sala de oro la más llamativa, pero las otras secciones también tienen su atractivo, como las ramas incaicas, los monolitos o los sahumerios”, agrega Salvatierra.

La anterior semana, el Museo de Metales Preciosos Precolombinos presentó un catálogo en el que se cuenta la historia del centro y se ilustran algunas de las piezas en exposición.

La distribución del tomo es gratuita. Los principales beneficiarios de la publicación, cuya realización tomó ocho meses, son los cientistas sociales, que pueden registrarse en el museo para poder recibir su ejemplar.    

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