La Revista

‘Kintsugi’, la herida visible

Banda. Los músicos estadounidenses Death Cab For Cutie.

Banda. Los músicos estadounidenses Death Cab For Cutie. www.mtv.com

La Razón (Edición Impresa) / Sergio Candia / La Paz

00:02 / 19 de abril de 2015

Bautizado en referencia al arte japonés de reparar cerámica, el octavo álbum de los estadounidenses Death Cab For Cutie encuentra a sus miembros entre disyuntivas personales que inmediatamente brindan sentido singular a la referencia japonesa. Es como si Ben Gibbard nos estuviera tratando de insinuar una metáfora personal, emotiva y frágil, después del alejamiento del guitarrista Chris Walla y del ingrato divorcio por el que atravesó.

Cuatro años después del exuberante Codes and Keys, este disco expone fragmentos emocionales y ansiedad. Los artistas del Kintsugi sostienen que la reparación de piezas quebradas de cerámica implica exponer estas fracturas porque son parte de la historia del objeto, es por esta razón que se emplea una mezcla basada en polvo de oro para la reparación. Siguiendo al pie de la letra esta metáfora, el disco abre con No room in frame una carta abierta a su otrora compañera, no hace falta decir más.

Más adelante en Everything’s a ceiling la ansiedad todavía manifiesta su presencia en la melancolía de la añoranza. A lo largo de este álbum encontramos varias pistas que insinúan un proceso catártico, que se apoya en la música para trasmitir emociones, esa riqueza de textura y planos que son el sello característico de Death Cab For Cutie está presente y por alguna razón cobra un sentido distinto en este disco. La profusión de trabajo en ese sentido alcanza niveles muy cercanos a uno de sus más destacables trabajos, The Photo Album. Evidentemente 14 años después el trabajo podrá ser el mismo en nivel, pero diferente en humor y color. La banda ganó madurez a través de apagar sonidos, manejar silencios e introducir una especie de economía melódica.

La complejidad quita sentido al mensaje, la sobreabundancia melódica extravía el oído en preciosismos que no vienen al caso.

Death Cab For Cutie no es una banda de primera línea, de resonancia mundial, es de las que prefieren estar ahí sin marcar presencia, aparecer a momentos y diluirse. Su música es somera en su elaboración y apunta hacia oídos ávidos de descubrir detalles, escuchar letras existenciales y sumirse en paisajes sonoros de soft rock.

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