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La irreverencia está de vuelta: ‘Sol Invictus’ de Faith No More

Lastimosamente, la publicación de un par de álbumes muy bien logrados, nunca marchó a la par de la expectativa comercial.

Los integrantes de la banda Faith No More.

Los integrantes de la banda Faith No More.

La Razón (Edición Impresa) / Sergio Candia / La Paz

00:01 / 28 de junio de 2015

Faith No More se convirtió en banda de culto mucho tiempo después de su separación. Quizás fue gracias a las proezas vocales de Mike Patton al frente de Tomahawk, Peeping Tom y Fantomas. O tal vez fue porque se logró comprender su ecléctica propuesta una vez que las fronteras entre géneros se hicieron difusas hacia el despunte del nuevo milenio.

Más allá del destacable éxito en listas de Epic hacia 1989, Faith No More produjo —probablemente— uno de los discos más importantes de los 90, el fabuloso Angel Dust (1992), un trabajo que en su diversidad estilística y sonora define de punta a canto la visionaria aproximación musical de este acto heredero —de alguna manera— de la contracultura de San Francisco, su ciudad natal.

Lastimosamente, la publicación de un par de álbumes muy bien logrados, nunca marchó a la par de la expectativa comercial. Esto sumó motivos para el punto final hacia 1998. Una decisión apresurada, puesto que las semillas sembradas pacientemente dieron lugar a una importante explosión de actos como Incubus, Linkin Park y otros tantos que continúan ingresando a la escena de la mano de una o más facetas de Faith No More.

Dieciocho años después de la publicación de su último trabajo y cuatro después de la gira reunión, sale a la luz Sol Invictus, un potente y solido álbum retorno que toma la posta de Angel Dust para deleite de nuevos y viejos fans de este acto que en su momento se definió como “muy fuerte para oídos alternativos y muy raro para oídos pesados”.

En lugar de proponer una esforzada continuidad al Angel Dust, este trabajo juega con el característico abanico de sonoridades para conseguir una contundente robustez musical filtrada por un notable cambio en guitarras que en esta ocasión llegan suavizadas y prudentemente controladas. En este contexto, la identidad recae sobre batería y bajo en una primera capa, tarea brillantemente resuelta por Bordin y Gould.

La voz de Patton, impecable  y briosa como hace 20 años, llega cargada de irreverentes e irracionales letras, desde un incidente a la hora del desayuno hasta la glorificación del improperio, una a una van trayendo de vuelta los recuerdos de memorables canciones y sinsentidos que fueron moldeando la personalidad de la banda.

Son diez temas que a lo largo de casi 40 minutos no dan tregua al descomedido juego musical que es Faith No More. La dinámica, el dramatismo, el absurdo, el giro inesperado, la grandilocuencia de lo obvio y el afán de no tomarse nada en serio más que el momento no se han diluido tras los años de ausencia. Se trata de otro disco que confirma que éste es un buen año para la música.

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