La Revista

Walter White toca a tu puerta

Toda la historia de Breaking Bad puede comprenderse a partir de las formas en las que tratamos de entender al personaje...

The Breaking Bad. Foto: cinemascine

The Breaking Bad. Foto: cinemascine

La Razón (Edición Impresa) / Mary Carmen Molina / La Paz

02:05 / 07 de septiembre de 2014

Pocos podrían no admitir la sensación de fastidio frente a Walter White. Esta sensación en la relación que establecen con el personaje en cada etapa de su historia, en el proceso y los hechos de sus decisiones, siempre en juicio, sometidas a observación. Walter White es sujeto de la moral, de los más diversos y contradictorios sentidos que ésta supone para cada uno de los observadores/espectadores.

Ya sea como padre de familia que descubre tener cáncer y decide convertirse en fabricante de metanfetamina para solventar su tratamiento y el futuro de su familia; como hombre que descubre su fascinación por el poder a través de un artificio, una especie de excusa u objeto aleatorio con una función específica (el oscuro y bajo mundo del tráfico de droga, la metanfetamina en sí); como sujeto de la tensión de morales, moralejas y moralinas alrededor de la tiranía de “el fin justifica los medios”; desde todas éstas y otras lecturas, White es una especie de reservorio del poder de la permisividad y la prohibición, la valoración y el juicio de quienes aceptan o el sentido de sus actos.

Odiamos a Walter White porque podemos hacerlo. Su poder no tiene que ver con su tiranía sino con la nuestra o, más bien, de la nuestra deviene la suya.

Toda la historia de Breaking Bad puede comprenderse a partir de las formas en las que tratamos de entender al personaje, las maneras en las que decidimos condenarlo, nuestras elecciones por la compasión o el desprecio: W. W. actúa para nosotros y —aquí la genial vuelta de sentido— termina sometiéndonos a nuestro propio juicio. La empatía ha sido anulada para dar paso a la tiranía del sentido radical de la vigilancia: observa quien es observado, devuelve una mirada directa, autoritaria, en verdad, obscena. Como diría Walt Whitman, (el) otro W. W.: “Me celebro y me canto a mí mismo. / Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti, / porque lo que yo tengo lo tienes tú / y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también”.

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