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La ch’alla une a familias en busca de la armonía y la prosperidad

“Nada de trago”, se ha propuesto Elba Tobar. Son las 07.00, y sus 64 años la llenan de la energía necesaria para desplegar serpentinas y pétalos multicolores por todo su hogar. “La ch’alla es una ofrenda a la Pachamama, no una borrachera”, se queja.

Novedades. El puesto familiar de Marina Aguilar ofreció lo último para ch’allar automóviles y casas.

Novedades. El puesto familiar de Marina Aguilar ofreció lo último para ch’allar automóviles y casas. Foto: Pedro Laguna

La Razón / Miguel Vargas / La Paz

05:09 / 22 de febrero de 2012

La ch’alla no excluye. Por eso Elba cambia la cerveza tradicional por una botella gordita de refresco y deja que la gaseosa aplaque la sed de la Pachamama ese Martes de Ch’alla, que unió a gran parte de la población en una serie de rituales en que las familias reafirmaron su agradecimiento y esperanza en la prosperidad.

Elba lo sabe muy bien. Por eso, ya a las 09.00 está a unos pasos de la plaza El Cóndor, ante sus taxis de las líneas radio móvil Gráfico y Bronco, colocando cosas dulces —confites, azúcar, canela— sobre los autos. Y dentro de éstos, en la guantera, pone un puñado de cereales dorados y plateados “para que la platita no falte”.

La ch’alla es en familia. Por eso el hijo de Elba trae salteñas para el festejo, mientras todos colaboran de alguna forma para que la Pachamama reciba la ofrenda con el gran plus de la alegría.

Una escena similar se vive en un balconcito sobre la ciudad, en el último piso de la casa de la familia de Eva Ariñez de Oriarte, en Achachicala. Allí son 20 almas, de todas las edades, las que se afanan para que la casa reciba las bendiciones de la Pachamama. Mientras los más pequeños de-senroscan la serpentina, los jóvenes lanzan cohetillos a los techos.  

“Estamos levantados desde las 10. No puede faltar el vino de indio, el alcohol, los globos, los confites y una mesa dulce que hemos armado con pétalos de hortensias”, cuenta Eva, mientras los explosivos hacen escapar a los malos espíritus con sus estallidos, así como a algún pequeñín que resultó muy sensible a los ruidos.

COSTUMBRES. La ch’alla ha cambiado. Así lo ve doña Marisa Avilés, que tiene un puesto de ventas instalado en pleno El Prado paceño. “Antes era distinto, yo salía a vender muchas cosas más. Ahora sólo quieren cerveza y un par de paquetes nomás para la Pachamama; la gente es más borracha y más tacaña”, se queja la mujer de 49 años.

Cambios ha visto también Marina Aguilar, una vendedora instalada al final de la calle Landaeta. Sin embargo, ella no se desanima: la acompañan su mamá y sus dos hijos: Ariana, de cinco años, y Lie, de 23 días de nacido. “Tenemos estos adornos de colores con la imagen de la Virgen de Copacabana, son para los autos, cuestan a 15 bolivianos”, ofrece.

También tiene confites a cinco,  alcohol a tres, y montoncitos de pétalos de flores, desde dos bolivianos, que ellos mismos hicieron.

La ch’alla hace pensar en el otro. Atiborrada de cerveza, desde las 08.00, la calle Loayza se ha cerrado para la celebración de los canillitas. Reina Quisbert tiene 57 años, pero desde los diez que vende diarios. Temprano ha llenado de flores y serpentina su puesto de venta, y ahora está metida de lleno en la decoración de las puertas de las agencias de los periódicos. “Hoy hemos venido a ch’allar a las empresas con todo, para que les vaya muy bien. Si a ellos les va bien, a nosotros también. Es tiempo de compartir y desear el bien de los demás”, sonríe mientras ofrece una cerveza a una compañera y se ponen a bailar la morenada que toca la banda.

La ch’alla no sabe de religiones. En Tembladerani, de una iglesia evangelista salen cajas de cerveza.  Un poco más allá, la Virgen de Copacabana figura en la decoración que se ha colocado en unos camiones de transporte pesado. Ni el demonio ha quedado fuera. En la Autopista, en la denominada Curva del Diablo, apenas se puede distinguir la oscura figura en medio de una montaña de papeles de colores, flores y botellas de todo tipo de alcohol.

La ch’alla celebra el futuro. El alcalde de La Paz, Luis Revilla, en la Plaza Mayor, celebró el nuevo equipamiento de la Dirección Especial de Gestión Integral de Riegos (DEGIR). Una perforadora de pozos, un equipo de tomografía, un equipo holmatro, un doblador de cañería, un bobcat, un GPS, un cortador de pavimento, varios vehículos y otros equipos más para la prevención de riesgos —en una inversión valorada en 10 millones de bolivianos— fueron entregados con una ceremonia andina.

Tampoco se detuvo el comercio. Entre globos y la música de la banda, el mercado modelo Yungas botó la casa por la ventana y los músicos, instrumentos en mano, recorrieron todos los pisos del edificio e hicieron bailar a las alegres vendedoras.

La ch’alla no discrimina. “Ya no se dice vino de indio, es vino de ch’alla”, recomienda una severa Hilda Verástegui en una casa en Achumani, en la zona Sur.

“Mi familia siempre ha ch’allado y gracias a eso es que hemos podido construirnos esta casita y hacer estudiar a nuestros hijos”, cuenta la feliz mamá de un abogado y una ingeniera. Ninguna zona de la ciudad se quedó sin el olor momentáneo a pólvora de los cohetillos o sin el colorido de globos y serpentinas.

Se ch’allaron tanto autos del año como minibuses.

La ch’alla une a las familias. Se acerca el mediodía y en la casa de don Marcelo Fernández, en Miraflores, es hora de la comida. “Tuvimos algunos desencuentros con mis hijos”, confiesa el hombre de 58 años que tradicionalmente junta a toda la familia para el almuerzo del Martes de Carnaval. “Mi señora hace el mejor chicharrón de la ciudad”.

Con la esperanza depositada en que todo irá mejor este 2012, la familia Fernández decidió olvidar sus disputas y abrir la primera de muchas cervezas que disiparían esos malentendidos que los hacía infelices. Pero hoy, sonríen.

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