La Revista

A contratiempo

El género bélico, poco o casi nada explorado en la cinematografía nacional, encuentra en Boquerón la confusión sobre el género, la disolución de un proyecto narrativo a favor de cuerpos desmembrados y la confianza plena en los diálogos para poder montar una historia.

Una imagen de la cinta Boquerón. Foto: Tonchy Antezana

Una imagen de la cinta Boquerón. Foto: Tonchy Antezana

La Razón (Edición Impresa) / Sergio Zapata

00:00 / 13 de septiembre de 2015

El género bélico, poco o casi nada explorado en la cinematografía nacional, encuentra en Boquerón la confusión sobre el género, la disolución de un proyecto narrativo a favor de cuerpos desmembrados y la confianza plena en los diálogos para poder montar una historia. Sin embargo, el contratiempo de Boquerón radica en la ausencia de cinematografía, entendida ésta como un proyecto narrativo solo posible mediante la sutura de imágenes que componen espacio y construyen tiempo. Esta omisión de Antezana no es guiada por enunciados a favor del anticine y cine experimental o algo semejante, sino por el ímpetu de narrar una historia privilegiando diálogos, planos y contraplanos irresueltos y confusos, y la idea generosa de homenajear a un puñado de hombres y componer una imagen “a los jóvenes de Bolivia”.

Asimismo, la película de Antezana establece posibles diálogos, puentes, suturas cual montaje con Olvidados (2014), de Carlos Bolado, e Insurgentes (2012), de Jorge Sanjinés, pues en estas cintas se intenta reconstruir la historia y crear memoria edificada en la imaginación de los autores, los cuales de manera notable comparten posiciones parcializadas e incluso propagandísticas en torno a sus fenómenos históricos a retratar, además de compartir el apoyo del Estado.  

Pero Tonchy Antezana parece intentar hacer una película homenaje a un puñado de hombres que resistieron en Boquerón, quienes se ven anulados por el régimen de representación al que el director los somete. Los diálogos son extenuantes y están emparentados con el registro radiofónico (radionovela), la teatralidad determina la puesta en escena, se apuesta por frugales efectos especiales y una narración en bloques inconexos. El homenaje del director se manifiesta al final de la cinta, donde vemos al mismo director y guionista ingresando a Boquerón (hoy por hoy, museo) y dejando un ramo de flores en la tumba de dos soldados, uno paraguayo y otro boliviano. Entonces, la película se ofrece como una interpretación deliberada de una individualidad sobre un fenómeno histórico; sin embargo, se ancla en la historicidad de los hechos, ahí la cinta sentencia su contradicción y contratiempo: Antezana ingresa en la historia.

Asimismo, el parentesco entre esta pieza y Olvidados radica en la apropiación del gore en tanto explotación del recurso sangriento y sanguinario, saturando los tonos y fragmentando los cuerpos, y por supuesto, la exacerbación del sonido de las entrañas abiertas de los soldados. A esto, debemos agregar la recurrente modificación de la velocidad de la imagen.

Boquerón se inserta en las grandes producciones del cine oficial y supone, con otras piezas, el establecimiento de una mirada y una posición ética esclarecidas sobre el pasado. Y es también el mejor filme de Tonchy Antezana.

Pistas

La Guerra del Chaco

Con motivo de los 80 años del cese de hostilidades, el suplemento cultural La Ramona, del diario Opinión de Cochabamba, publicó un extenso análisis de las formas de representación en el cine del conflicto bélico. Lamentablemente, Boquerón se estrenó meses después y no pudo ingresar a esta revisión. Sin embargo, la película de Antezana, como ninguna otra pieza sobre el Chaco, tuvo las cuatro salas y complejos de cine de Bolivia para su proyección.   

Cine nacional

No deja de ser ingenua la idea de pensar que el cine boliviano es el que circula en la pantalla grande. Es un mito sostenido por las mismas salas, realizadores y prensa, ignorando que la noción misma de nación y plurinacionalidad se encuentra en crisis. Crisis de sentido, en el exorbitante volumen de producción cinematográfica periférica, porque el cine es un lenguaje, no una técnica. Por tanto, si Boquerón es una pieza torpe es una particularidad en un paisaje atestado de imágenes, si pensamos en la producción periférica y marginal.  

No lugar (posible)

En Boquerón no existe el lugar, el espacio, en tanto éste se construye basado en formas teatrales que no permiten vislumbrar un espacio fílmico, que requiere como basamento (en su forma clásica) el plano y su correspondiente contraplano, un relato de planos que permitan al espectador establecer el código de verosimilitud con la cinta que, a su vez, permite el desarrollo narrativo. Boquerón se enfrasca en un no lugar, un tiempo quieto, sin movimiento, reforzado con el recurso del flashback constante.

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