Cultura

Un mata Che que no logra despegar - Mabel Franco

La Razón / La Paz

00:00 / 25 de marzo de 2012

Christian Castillo es el actor que se dio a conocer gracias al papel protagónico, justamente aplaudido, en la película El cementerio de los elefantes (Tonchy Antezana). Marcos Malavia es actor, director y dramaturgo boliviano que radica en Francia, desde donde viene a Bolivia periódicamente, pues es el autor intelectual —y director general— de la Escuela Nacional de Teatro, con sede en Santa Cruz.

Ambos talentos se unen en una obra, El mata Che, del autor peruano Antonio Díaz-Florián, que recoge dramatúrgicamente  el testimonio de Mario Terán, el sargento que disparó contra Ernesto Che Guevara y ayudó así a agrandar el mito del guerrillero.     

Como tema, en la medida en que involucra a seres humanos, en tanto es parte de una historia que toca a Bolivia muy de cerca, resulta importante de tratar. De pronto, esa persona a quien pocos recuerdan, que aceptó —porque al final todo es una elección, no importa cuántas órdenes se reciba— matar a un hombre indefenso, sale del anonimato para intentar gritar su verdad. Y lo hace para exteriorizar lo terrible que es para un hombre matar a un semejante mirándole a los ojos.

Lo que hay que preguntarse de inmediato es cómo llevar este drama a la escena teatral. Porque el riesgo enorme que hay que sortear es el melodramatismo. Castillo, en personaje, debe transmitir la carga de conciencia de un hombre que lleva las de perder ante el otro, sobre quien fácilmente se pinta un aura en estos tiempos.

Difícil juego de equilibrios éste: hay emotividad, tiene que haberla para expresar la sensación del soldado de estar en un callejón sin salida. Pero si se queda en esto, parece un recurso fácil. Así que uno espera un discurso sobrio, que teja argumentos para que el espectador, sepa o no del Che (si el “no” es posible, claro) pueda analizarlos. Y quizás la balanza de El mata Che de Malavia-Castillo se inclina más del primer lado. La obra se hace entonces casi predecible. Y carente de sorpresas, pierde, pese a la entrega del actor que asume el monólogo, siempre tan difícil en estas lides escénicas.

Es posible que lo que más atente contra la aceptación plena de la obra (es una lectura personal, claro), como discurso teatral y político, es que no logra trascender del caso concreto. Se queda sepultado en esa tumba que el soldado erige como altar del Che, cuando podría volar para mostrar cuán espantoso es que un ser humano se ensañe con otro sin más argumentos que “estoy obedeciendo instrucciones” y “así nomás tuvo que ser”.

Mabel Franco es periodista.

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